Alla Nazimova, afrodita rusa en New York

Lesbiana de origen judío. Actriz, guionista y productora. Alla Nazimova logró desafiar un destino que se le impuso difícil y agrio en la infancia, para tomar las riendas de su propia vida.

El 22 de mayo de 1879, en la región de Crimea (actual Ucrania) nace una niña a la que llamarían Marim Edez Adelaida Leventon, más conocida por todas nosotras como Alla Nazimova. El apodo de Alla se lo puso su madre, una mujer joven de escasa cultura. El apellido artístico Nazimova lo adoptó de un personaje de Los niños de las calles, una novela rusa.

Desde muy pequeña su piel y su psique de niña conocieron el maltrato y el abandono. Primero fue su padre, hombre violento y perturbador que las maltrataba a todas. La situación se volvió insostenible y, al poco tiempo de haberse trasladado a Suiza la familia al completo, sus padres se divorciaron.

Alla comenzó a desarrollar su faceta artística mostrando su gusto por la música y por el violín como instrumento; sin embargo, su sufrimiento aún no había acabado. Según su propio testimonio, uno de sus hermanos adoptivos la violó sistemáticamente durante esta época.

La tragedia y el maldito destino no le dieron tregua aún. Su padre se casó, se la llevó consigo de vuelta a Rusia, y la vida le puso al lado una madrastra que la maltrataba continuamente a base de descalificaciones por su aspecto masculino y poco agraciado.

En 1889, con ocasión del que fuera su primer concierto (navideño), su padre le dio una paliza cuando ella expresó la buena acogida que había tenido y el éxito de su actuación. Imposible entender cómo, habiendo sido él mismo quien la animara a continuar sus estudios de música en el Conservatorio Imperial, pudo tener semejante reacción. Esta paliza, que podría haber quedado en una de tantas recibidas, la marcaría, sin embargo, para el resto de sus días. A partir de aquel desgraciado incidente, cada nueva actuación de Alla supondría para la artista la depresión y el pánico.

Burlas e insultos de sus compañeras de internado a los 15 años, de nuevo por su apariencia; el deseo de ser actriz de teatro enfrentado a la negación de un padre que le impedía perseguir su sueño; y, a la muerte de éste, a la negación del hermano mayor, su nuevo tutor legal.

Se vio obligada a combinar el teatro con la prostitución para salir adelante durante su adolescencia. Estando en la calle conoció un mundo nuevo a partir del día en que se topó con un grupo de mujeres que repartían octavillas con consignas del tipo “la mujer y el sufragio universal: cómo conseguir que la mujer tenga los mismo derechos del hombre”. Asistió a escondidas a varios mítines de legendarias feministas y empezó así a tomar consciencia.

En 1904 comenzó a brotar su fama como actriz, en particular a partir de su interpretación de El pueblo elegido, en la capital inglesa. Nazimova sedujo con su arte y su talento a la alta esfera del teatro británico y se convirtió en un mito.

Se dedicaría al teatro hasta que, durante la primera guerra mundial, en 1915, participó en el cortometraje Novias de guerra, un llamamiento al pacifismo. En esta época ya había conocido a Emma Goldman, con quien mantuvo una relación una vez asentada en Nueva York. La célebre anarquista y periodista, sin embargo, acabó dejando a la artista, cansada de sus continuos líos amorosos con otras mujeres, entre quienes estaba Mercedes De Acosta.

Su fama se disparó y los tiempos difíciles de oscuridad y maltrato pasaron, aunque nadie podría arrancarlos de su interior. Crecieron los contratos y las oportunidades de trabajo. Filmó su segunda película. Y en Los Ángeles rodó la tercera, Ojo por ojo. El lesbianismo estaba muy mal visto y castigado por la industria cinematográfica de la época; pero a Nazimova no pareció afectarle mucho. Así, creó una especie de círculo sáfico con June Mathis como guionista y Natacha Rambova como directora artística. Ambas eran lesbianas. El éxito del proyecto fue brillante y tuvo una magnífica repercusión económica. Hasta tal punto que nuestra artista pudo permitirse el lujo de comprarse una enorme mansión, a la que bautizaría “El jardín de Alla”. Las reuniones de las que esta casa fue testigo pasaron a la posteridad por acoger en ellas a la mayor parte de la élite sáfica de Hollywood, quien a menudo se daban cita allí para organizar fiestas en las que no faltaban el alcohol, la droga y las orgías entre lesbianas.

Fiestas estrafalarias, libertad y libertinaje, diversión… Parecía como si Nazimova hubiese querido recuperar todo el tiempo perdido en su infancia y adolescencia, algo que, por otra parte, parecería completamente lógico. Ella era divertida, de carácter, sin miedo, fuerte, perseverante y generosa con sus compañeras. Al contrario que muchas de las mujeres de la época, Alla Nazimova tuvo un sueño, y fue a por él. Quiso ser actriz, y luchó hasta conseguirlo.


Pero a pesar de la fuerza arrolladora de nuestra protagonista, Afrodita fue una asignatura pendiente en su vida que le constaría cara. No consiguió llevarla a la gran pantalla por tratarse de una película en la que el amor lésbico se expresaba abiertamente. Hollywood ordenó quemar los rollos y, esta vez sí, impuso su Código Hays: un código de conducta que castigaba y condenaba las conductas homosexuales entre sus actores. A partir de entonces éxitos y fracasos comenzaron a entrelazarse y el estatus de Nazimova vivió el inicio de su declive. Al mismo tiempo, su estética lésbica no fue bien acogida y se enfrentó a un público estadounidense que ocasionó grandes pérdidas en sus cuentas bancarias.

Alla Nazimova decidió que era momento de partir y tomó rumbo a la capital del amor: París, en donde una sáfica Rive Gauche la estaba esperando. Allí conoció a través de Mercedes De Acosta a la sobrina de Oscar Wilde, Dolly, una carismática mujer con un sentido del humor especial y abiertamente lesbiana.

Los últimos años de su vida los pasó con Doodie, su compañera, con quien interpretó pequeños papeles de anciana. Murió en California en 1945 y sus restos descansan en el cementerio de Forest Lawn. Dicen que en su tumba nunca faltan violetas, la flor sáfica por excelencia.




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