
Fingersmith. de Aisling Walsh. Con Elaine Cassidy, Sally Hawkins, Imelda Staunton, Charles Dance y Rupert Evans. Reino Unido, 2005, 181 min.

Jerga inglesa comúnmente usada como sinónimo de “ratera”, Fingersmith puede parecer un título poco apropiado para una historia de amor. Quizá encaje mejor en una telenovela o en una trama de intrigas. El tema es que no se me ocurre una manera mejor de definirla: Fingersmith es una historia de amor lésbico llena de intrigas y narrada en formato de culebrón. De manera que su elección es bastante adecuada.
Más si se tiene en cuenta que el título está cargado de doble sentido: su traducción casi literal sería “dedos ligeros”, término empleado para referirse a quienes tienen mucha habilidad con las manos. Guiño de la autora, Sarah Waters, a la comunidad lésbica, su público objetivo. Recurso que ya había utilizado previamente: otra de sus obras, también adaptada por la BBC en el mismo formato de miniserie, Tipping the velvet, se puede traducir como “lustrando/acariciando el terciopelo”. Pues sí: la autora elige a dedo (con doble sentido, por favor) el título de sus obras.
Ésta cuenta la historia de dos huérfanas, Sue (Sally Hawkins) y Maud (Elaine Cassidy).
Tras conseguir que le contraten a Sue, después de entrenarla y conseguirle una carta de recomendaciones falsa, el plan del caballero parece marchar bien. Hasta que una noche, Maud, acometida por terribles pesadillas que la persiguen desde los tiempos del manicomio, le despierta a Sue. Su sueño inquieto – acompañado de gritos que desesperan a Sue – hacen con que ella irrumpa en la habitación de su ama y trate de tranquilizarla. Entre sollozos, Maud le pide a su criada que no se marche, le ruega que duerma con ella. Esto se convierte en un hábito. Luego las dos se hacen más cercanas. La película gana un tono homoerótico creciente: simples toques de mano, el acto de vestir y desvestirse, de recostarse en la cama o de poner un collar pasan a tener una connotación sexual.

Cuando se avecina el día de la boda de Maud, ésta le pide a Sue que le muestre qué hacer en su noche de nupcias, ya que no sabía cómo portarse, qué esperar. Cortada y algo sorprendida, pero deseosa de atender la petición de su ama, Sue la besa y acaricia. Maud aclara que por cuenta del encerramiento a que su tío la había sometido, no tuvo la oportunidad de probar ciertas cosas. Sue sigue. Ambas se entregan.
Después de esto, Sue que ya no estaba tan segura de llevar a cabo el plan, se siente aun más culpable. Al fin y al cabo se había enamorado de su victima. Pero quizá ya sea demasiado tarde para dar marcha atrás.
Diferente de lo que suele pasar en una película clásica, el clímax se da justo a la mitad del metraje, estrategia para enganchar el espectador televisivo. La escena clave – la conclusión del plan que supone la eminente separación de Sue y Maud – supone que una de ellas cumpla su destino fatídico y la otra cargue la culpa de haber colaborado para ello.

La sorpresa reservada al espectador está estratégicamente ubicada a medio metraje: todo lo que se ha visto hasta entonces no es lo que parece y precisamente por esto, hay que seguir el hilo de la narrativa. Queda la tarea de desvelar qué de hecho sucedió, su porqué y el desenlace.
La primera mitad de la película es mostrada a través del punto de vista de Sue. Luego, después del punto de giro, se dan a conocer distintas versiones de lo ocurrido a través de los ojos de otros personajes.
Con una trama ingeniosa, Fingersmith seduce y engancha al espectador. Su ‘plot point’ sirve no solo para atrapar al espectador como para humanizar a los personajes. Por un lado, los héroes (si es que los hay) no son quienes se imaginaba. Por otro, el espectador no solo queda expectante (más allá del “a ver cómo termina esto”, tiene lugar el “a ver cómo se aclara esto, a ver cómo sigue”), sino que la historia gana nuevo gas. Después de la revelación postmatrimonial, la audiencia no dejará de ser sorprendida. La autora, Sarah Waters, guarda muchos ases en la manga.
Las actrices, guapas y competentes, dan cuenta del recado. La ambientación, como de hábito en una producción de la BBC, es correcta y armónica. La dirección de fotografía, diferente de las películas y miniseries norteamericanas de época, en lugar de panorámicas deslumbrantes, malabarismos con la cámara y planos abiertos, se pone a servicio de la narrativa. Todo funciona. Todo está bien cuidado. Pero el gancho para atraer al espectador no es ni el reparto ni la habilidad del equipo técnico de la BBC, sino la autora de la obra en la que se basa esta adaptación: Sarah Waters.

Éxito literario y televisivo, sus novelas han marcado un antes y un después en la literatura contemporánea (en 2003, la revista Granta1 la puso en la lista de los 20 más talentosos escritores jóvenes de Gran Bretaña. El mismo año, Sarah Waters recibió el premio South Bank de literatura y fue nombrada autora del año en los British Book Awards). Sus tres primeros libros, todos de temática lésbica, rescatan una cierta tradición literaria inglesa sin dejar de ser actual. Quizá de esta combinación de elementos provenga el secreto de su exitosa franquicia. Los tres títulos dan protagonismo a las lesbianas de un periodo que, en nombre de la moral y buenas costumbres, prefería ignorarlas.
Las retrata sin obviar su deseo sexual, así como la materialización del mismo. Quizá porque la autora se ha percatado de que el hecho de ambientar sus historias en la era victoriana no la obligaba a emplear un abordaje coherente con los tiempos que corrían. En términos estilísticos, sus obras no dejan de ser culebrones más refinados, como las novelas de antaño, con un diferencial: suelen tener una carga de erotismo lésbico considerable (alejándose así de los personajes hetero-casi-asexuales de Jane Austen) y logran ser más enrevesadas que las películas de suspense de hoy. Atractivos fundamentales para conquistar a las lectoras contemporáneas, que exigen buen ritmo, cierta dosis de erotismo y sexo, algo que les sorprenda y un gancho eficaz para no abandonen la lectura. Profunda conocedora de la tradición literaria victoriana inglesa, la autora prácticamente ha creado un subgénero: la literatura neo-victoriana lésbica contemporánea. Licenciada en Literatura Inglesa por la Universidad de Canterbury, destacó al presentar su tesis doctoral Pieles de lobo y togas: ficción histórica gay y lesbiana, de 1870 hasta el presente. Este trabajo de investigación le dio herramientas para ambientar los libros que componen su trilogía victoriana: Tipping the velvet (o El lustre de la perla, de 1998, publicado originalmente, al igual que sus otros romances, por Virago Press), Affinity (Afininidad, de 1999) y Fingersmith (Falsa identidad, de 2002). Luego, tras un cambio de registro y ambientación, publicó dos otros novelas: The nightwatch (Ronda nocturna, de 2006) y The little stranger, de 2009. Sarah Waters también ha publicado artículos sobre género, sexualidad e historia en revistas como Feminist Review, Journal of the History of Sexuality y Science as Culture.

Quedamos a la espera de una nueva trilogía. La era victoriana nunca fue más lésbica y entretenida que en las historias de Sarah Waters.
P. D.: además de haber sido exhibida por la BBC en formato de miniserie, Fingersmith triunfó en festivales de cine LGTB, repitiendo el éxito y la estrategia de lanzamiento, exhibición y distribución de Tipping the velvet. Como todo lo que hace Sarah Waters.
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Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.