
Lazos ardientes (Bound), de Andy Wachowski y Larry Wachowski. Con Jennifer Tilly, Gina Gershon y Joe Pantoliano. EE.UU., 1996, 109 min.

Corky: “Por favor, no te disculpes. No soporto a las mujeres que se disculpan por tener ganas de sexo”.
Violet: “No quiero disculparme por lo que hice. Quiero disculparme por lo que no hice. ¿Tienes una cama en alguna parte?”
Después de atravesar las letras del título, como a posteriori hará con la pared que separa el piso que reforma Corky (Gina Gershon) del que Violet (Jennifer Tilly) comparte con su marido, la cámara se desliza por un ropero, mientras se escuchan voces en off. La película empieza con un flash forward tanto sonoro como visual. Enseguida, la imagen de Corky, amordazada y con un corte en la cara, llena la pantalla.
Clave para presentar los tres vértices del triángulo amoroso central, la película arranca con la mencionada escena del ascensor. Se ve a Corky dentro, la puerta a punto de cerrarse. Una voz de mujer pide que se espere un momento y detiene la puerta con la mano. Violet entra y se dirige al fondo, justo donde está Corky. La sigue Caesar (Joe Pantoliano), que no se aleja de la puerta. Violet no deja de mirar a Corky. Cuando el ascensor llega a la planta indicada, Caesar se adelanta. Ella, antes de salir, mira a la cara a Corky, que también se baja en la décima planta. Casualidad: parece ser que todos tenían el mismo destino.

Hecho este planteamiento inicial, ya se entera el espectador de lo que puede suceder entre ellas y del riesgo al que se enfrentarían, siendo el compañero de Violet un mafioso. El deseo que las une (o los lazos ardientes del título en español) parecen predominar sobre la razón.
Con el pretexto de pedirle a Corky que evitara hacer mucho ruido por las mañanas, Violet la visita con una taza de café en las manos. “Pensé que te vendría bien un poco de café”. Observa el piso, su estado, los instrumentos de trabajo esparcidos por el suelo. Al día siguiente, Corky recibe una llamada del hombre que le había encargado la reforma. Le pide que le eche un cable a la mujer del vecino. No le sorprende constatar que se trataba de Violet. Su pendiente se había ido por el fregadero. Después del “rescate”, Violet se empeña en compensar a Corky de alguna manera. Como ella no acepta dinero, la invita a una copa. Se sientan en el sofá. Violet se fija en el tatuaje de Corky y le enseña al suyo, cerca del pezón. Le coge a Corky de la mano para que lo sienta, la besa y la conduce a su entrepierna. Un ruido las interrumpe. Caesar regresa a casa. Rápidas, se recomponen sin que él se dé cuenta de nada.

En cuanto logra escaparse de casa, Violet busca a Corky. Finalmente pueden concluir lo que habían empezado. Luego, la complicidad carnal da lugar a otro tipo de complicidad y las dos deciden unir fuerzas para hacerse con un dinero de la mafia. Todo parecía transcurrir a la perfección, pero algo, en el último momento, sale mal. El espectador ya se lo esperaba: el flash forward anuncia un clímax tenso. Las voces en off al inicio y la imagen de Corky desfallecida ahora cobrarán sentido en la historia. Poco antes de dar por concluida la misión, Violet, nerviosa, llama a Corky. Caesar la pilla y se percata de que había sido su mujer y no otro mafioso quien le había engañado. La acción se traslada al piso de al lado. Los tres se enfrentan.
Los hermanos Wachowski manejan con precisión todos los trucos de la narrativa cinematográfica. Si por un lado la película rompe con las expectativas por tener a una pareja de lesbianas como protagonistas de una historia de cine negro, por otro sigue el esquema de este género. Todos sus elementos están allí: la mujer fatal, el gángster; los que engañan, los que son engañados; el clímax y el ajuste de cuentas. Sin pretensiones más allá que hacer una película de género, el gran mérito de los Wachowski es precisamente este: hacerla.

Cuentan con un buen reparto para ello, en el que destaca la pareja de protagonistas. Quizá si exceptuamos su papel en Balas sobre Broadway (Dir.: Woody Allen, EE.UU., 1994, 99 min.), Jennifer Tilly, así como Gina Gershon, tiene aquí su incursión más acertada por el mundo cinematográfico. Ella hace de su Violet una especie de Marylin morena. Su punto femme fatale, algo inocente, esconde una mujer capaz de dar un gran golpe; y precisamente por tener esta capacidad escondida, triunfa. Nadie se imagina de lo que ella podría ser capaz (quizá ni ella misma). No es la típica mujer de mafioso, ni la seductora de películas de cine negro (rubia y heterosexual ), ni la tonta de turno. Tampoco una persona ambiciosa dispuesta a pasar por encima de quien se interponga en su camino. Es solo una mujer decidida: quiere romper vínculos con la mafia y salir bien parada (he aquí un cliché que no llega a comprometer). Por casualidad, encuentra a la persona perfecta para poner su plan en marcha: Corky. Con chaqueta de piel y calzoncillos, Gina Gershon dosifica bien el punto macarra y chulo de su personaje. La buena química de esta pareja improbable (la mujer de un mafioso y una fontanera) sostiene la película. Poco a poco se percibe que ellas tienen muchas más cosas en común de lo que se podría imaginar a simple vista. Pero más que afines, Corky y Violet son complementarias: funcionan bien juntas. Lo demás encaja: por coincidir en aquel momento preciso, además de ser quienes son y estar con quienes están, ellas tienen todo lo que necesitan para llevar a cabo su plan estrafalario para hacerse con el dinero de la mafia.
Con buenos diálogos como el que abre esta crítica (mérito de los guionistas, función también ejercida por los hermanos Wachowski), Lazos ardientes cuenta con muchos aciertos, empezando por el título: Bound, que podría ser traducido del inglés como “límite” o “saltar”, es muy adecuado. Corky y Violet se saltan sus principios y deciden asumir todos los riesgos. Y aunque no lo hagan en plan romántico y kamikaze (más bien se lanzan a ello porque encuentran la oportunidad de sus vidas), solo deciden dar el paso porque confían la una en la otra. En un mundo donde “todo forma parte del negocio”, la confianza ciega y el amor no tienen cabida. Solo la lealtad profesional. Pero estas dos cómplices, en los negocios y en el sexo (también en el amor) se saltan todas las normas.

Después de que el cine más comercial se empeñara en construir una imagen negativa de la lesbiana, mostrándola obsesiva, frígida, desequilibrada, mala o vampiresa —(para constatarlo se sugiere ver el documental Celuloide oculto (Dir.: Rob Epstein, Jeffrey Friedman, EE.UU.,1995, 102 min.) o leer los libros Miradas Insumisas. Gays y lesbianas en el cine, de Alberto Mira (Egales, Madrid, 2008) o Placeres ocultos. Gays y lesbianas en el cine español de la transición, de Alejandro Melero Salvador (Notorious, Madrid, 2010)—, finalmente, en los años 80 se empezó a cuestionar este estereotipo (y a construir nuevos, también es cierto). Colabora la diversificación temática y de género (las lesbianas pasan a protagonizar incluso cintas como esta, que es una revisión del cine negro), además de la mayor visibilidad que empieza a conquistar el colectivo lésbico (el vínculo homoerótico y afectivo entre mujeres deja de ser solo sugerido en la pantalla grande). Estrenada en 1995, Lazos ardientes llamó la atención por no obviar las escenas de sexo. Y por transformar a ambas en “bandidas carismáticas” (cuentan con la simpatía del espectador, que se pone de parte de ellas), aunque sin el mismo brillo de Thelma & Louise (Dir.: Ridley Scott, EE.UU., 1991, 130 min.). De todas maneras, en ambas películas queda clara una cosa: algunos hombres no tienen ni idea de lo que una mujer es capaz de hacer. Que Caesar lo diga.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.