por Clarissa González

Viola di mare.

Diciembre 2011

 

Viola di mare. De Donatella Maiorca. Con Valeria Solarino, Isabella Ragonese, Ennio Fantastichini. Italia, 2009, 105 min

"Nello stesso mare di tutti, nuota un piccolo pesce che da femmina si fa maschio per amore. Io prendo per me il suo nome"1

Salvatore (Ennio Fantastichini) siempre ha deseado tener a un hijo varón: el heredero que daría continuidad a su labor en la cantera de tufo volcánico, el macho que perpetuaría el nombre de la familia. Para su sorpresa (y disgusto), Angelo nace Angela (Valeria Solarino).

Él rechaza a su hija y su odio se extiende a todas las mujeres. Trata a su esposa y cuñada con desprecio. Las ve únicamente como criadas: están allí para atenderlo. Su madre y tía parecen resignadas, pero Angela, sobre todo después del retorno a la isla de Sara (Isabella Ragonese), decide enfrentarse a todo y a todos, incluso a su padre.

Angela y Sara, muy unidas cuando eran niñas, tuvieron infancias difíciles. Si Angela ha tenido que convivir con un padre autoritario y agresivo, Sara perdió al suyo siendo aún pequeña: los camisas rojas se lo llevaron y ella jamás volvió a verlo. Sin otros medios para subsistir, pasa a servir a la baronesa, quien la lleva lejos de la isla. Regresa ya veinteañera. Cuando se reencuentra con Angela, queda evidente que el afecto que sentían la una por la otra no se ha difuminado con la distancia y el paso de los años. Solo ha cambiado: ahora se muestra más apasionado e intenso. Finalmente tendrán las dos la oportunidad de retomar una historia que fue abruptamente interrumpida.

Desde un primer momento, Angela ve a Sara no como la niña con la que le encantaba estar, sino como mujer. Si antes no entendía muy bien la naturaleza del sentimiento que nutría por Sara, ahora no tiene ninguna duda: la desea. La busca, se declara. Ve que es correspondida y no tiene reparos en cortejarla. Pasan a verse a escondidas y cada vez con más frecuencia.

Todo parecía marchar bien. Pero el idilio parece llegar a su fin cuando Salvatore arregla un matrimonio para Angela. Ésta se niega a casarse y declara su amor por Sara. Por no estar acostumbrado a que le lleven la contraria, su padre decide castigarla, encerrándola en una cueva. Sin las más mínimas condiciones de higiene, aislada y a oscuras, ella sobrevive gracias a la comida que le lleva su tía Agnese (Maria Grazia Cucinotta). Pasa a vivir como un bicho. Desesperada con la situación y angustiada por los gritos y ruidos que provienen del cautiverio, Lucia, su madre (Giselda Volodi) le propone a Salvatore libertarla y asumir que Angela es, de hecho, Angelo. Ella juega con el punto débil de su marido: sabe que él siempre había deseado tener un hijo varón. Le instiga a reconocer a Angela como tal. Ella no es como las demás mujeres: también ama a una mujer. Es solo cuestión de vestirla de manera adecuada a “su condición” y arreglarlo con el cura, que, ante la presión de Salvatore, cambiará su partida de nacimiento.

Una vez libre, Angela cambia los vestidos por los pantalones y pasa a llevar el pelo corto. Trata de sobrevivir en un mundo masculino y machista. El poder, en la esfera pública y laboral, siempre ha estado asociado a lo masculino; tanto es así, que cuando la mujer conquista espacios en el mercado de trabajo, se androginiza. A falta de otros referentes, la mujer “se efebiza”. Fue así de los años 20 a los 40, hasta que explotó la moda unisex en los años 80. Los iconos cinematográficos de la primera mitad del siglo XX lo reflejan: Greta Garbo y Marlene Dietrich. Una se traviste en reina Cristina para vivir su libertad; la otra seduce a hombres y mujeres con su frac y sombrero. Ya los 80, tras la revolución sexual y gracias a los ecos de los movimientos hippie, punk y glam, además de las primeras conquistas del colectivo LGTB, fueron marcados por una sugerente ambigüedad sexual, quizá más perceptible en la industria de la música que en la del cine. David Bowie, Prince, Boy George... son ejemplos de ello.

Es interesante percibir que tanto en dramas de época (caso de este) como en dramas contemporáneos (como Boys don’t cry), siempre que una mujer, por el motivo que sea, recurre al travestismo, los hombres (o porque no soportan la transgresión femenina o porque no admiten competencia) las castigan. Y lo hacen a través del símbolo máximo de afirmación de poder masculino: el pene. En las dos historias, ambas basadas en hechos reales, mujeres travestidas de hombres son víctimas (o casi) de una violación. Es una manera de recordarles quiénes son “hombres de verdad” (el pene marca la diferencia). Y los dueños del falo son quienes mandan.

Curiosamente, entre las clases más altas, ciertas ambigüedades son permitidas. La baronesa, por ejemplo, siempre solicita la presencia de Sara cuando se va a bañar. Disfruta cuando ésta le frota la espalda, le toca la piel. En otra ocasión, trata de seducir a Angelo. Cuando éste intenta escapar, ella le dice que no tiene por qué preocuparse, que sabe que él es mujer. Queda claro, por la manera como se insinúa a ambas, que las mujeres la atraen. Ella no se corta a la hora de entrarle a Angela ni se priva de los mimos de Sara. Su posición privilegiada la pone por encima de lo que es correcto e incorrecto, de lo que es socialmente aceptado. Todo se le permite.

La dirección de fotografía explora la belleza de la isla Favignana, cercana a la costa de Sicilia. Además del paisaje, destacan las escenas íntimas compartidas por las protagonistas. Son visualmente muy bonitas: planos abiertos y cerrados, desde arriba o al mismo nivel, se combinan de manera exquisita. Mérito también de la edición de imágenes. Sin embargo, el contraste entre las escenas exteriores e interiores, algo tosco, a veces salta. Hay escenas especialmente oscuras que podrían rendir más si se pudiera apreciar mejor las reacciones de las actrices por el dramatismo de la situación. Especialmente las que comparten Angela y su tía en la cueva. Con respecto a la edición, primorosa en las escenas de intimidad, habría que indicar, no obstante, que en algunos momentos, debido a la brusquedad de los cortes, deja lagunas narrativas (falta de información) o dramáticas (no terminan de comunicar lo que la secuencia pide). Hay escenas que parecen haber sido mutiladas, como si faltaran trozos. Da la impresión de que antes de llegar a la versión final, la directora Donatella Maiorca tenía una obra más extensa, que tuvo que podar. La banda sonora, muy acertada, abraza la historia. Junto al paisaje, es un aliciente que ameniza la dura realidad vivida por la mayoría de los habitantes de la isla.

Las actrices tienen buena química juntas. Valeria Solarino hace con sutileza la transición de Angela a Angelo. Conquista al espectador tanto antes como después del cambio. Su reto no reside simplemente en travestirse, sino en hallar la manera de imponerse (y defenderse) ante la desconfianza de los habitantes de la isla. ¿Cómo convencer a todos, que la conocen desde que nació, de que no es lo que siempre han creído que era? Le toca, en un primer momento, interpretar a un nuevo personaje y, posteriormente, no creerse su propio cuento: no puede mimetizarse, aunque algunas situaciones conduzcan a ello. Con destreza, lo logra. Isabella Ragonese, a su vez, consigue dosificar de manera inteligente el drama que arrastra su personaje. Ella es el agente pasivo de esta historia: sufre las consecuencias de la acción, no la pone en marcha. Por las circunstancias, cuando su padre se murió, se tuvo que ir de la isla. Con Angela se casa cuando ésta, “convertida en hombre”, pide su mano. Para poner fin a los rumores, también es ella quien se sacrifica cuando, tras el acoso e intento de violación del que Angela es víctima, la pareja decide tener un bebé. Ennio Fantastichini, como el padre autoritario y despiadado, acierta en el tono. Las actrices Maria Grazia Cucinotta y Ester Cucinotti, tía y madre de Angela respectivamente, brillan en papeles secundarios. También Lucrezia Lante della Rovere en el papel de la baronesa. .

Triste y romántica, la película Viola di mare, basada en la novela Minchia di Re, de Giacomo Pilati, se centra en la historia de amor vivida por las protagonistas. Muestra básicamente que, por amor, una es capaz de convertirse en otra persona. Lástima que la valentía de unas pocas suela ser frenada por la cobardía de una mayoría acomodada e incapaz de enfrentarse a sus propios fantasmas: por esto les duele tanto que alguien ajeno –y a la vez cercano– viva su libertad (o trate de hacerlo) con un par de ovarios bien puestos. Esto les recuerda cuán pequeñas y cobardes son. La película de Donatella Maiorca, asimismo, no deja de meter el dedo en la llaga: denuncia la opresión femenina en el siglo XIX. Quizá no tan distante de la realidad actual si leemos los titulares de periódicos que alertan de casos de violencia de género y sucesos como los que culminaron en la muerte de Brandon/Teena. Desde algunos rincones, el mar puede ser púrpura, pero, desde luego, no es de todos ni para todos.

 

1 "En el mismo mar de todos, nada un pequeño pez que se transforma de hembra en macho por amor. Tomo su nombre para mí."

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