

Chloe, de Atom Egoyam. Con Julianne Moore, Amanda Seyfried, Liam Neeson, Michael Thieriot. EE. UU., 2009, 96 min.

Mujer sospecha que su marido la traiciona y decide ponerlo a prueba. Contrata a una joven para seducirlo. Lo que ella no podría imaginarse era que caería en su propia trampa al solicitar los servicios de Chloe (Amanda Seyfried).
Catherine (Julianne Moore) tiene una vida aparentemente bien estructurada. Ginecóloga dedicada, goza de prestigio profesional. David (Liam Nesson), su marido, es un atractivo profesor. Michael, el hijo del matrimonio, es un músico de futuro prometedor. Los tres viven en una linda casa, tienen amigos elegantes y un buen coche. Motivos para celebrar no les faltan. Tal vez por esto, a Catherine le gusta organizar fiestas.
A raíz del cumpleaños de David, Catherine decide prepararle una fiesta sorpresa. Invita a sus amigos a casa, les sirve buen vino y aperitivos, mientras espera a que su marido regrese de un viaje laboral. Pero él no regresa. O por lo menos no a tiempo de comparecer en la fiesta. Como se entretiene después de una charla, pierde el último vuelo. Catherine se mosquea. Él trata de restarle importancia a lo ocurrido. Decepcionada, ella llega a la conclusión de que su marido prefiere estar con sus alumnas a estar con ella. Muy atento, David intercambia mensajes con algunas de ellas tanto por correo electrónico como por móvil. Catherine, al interceptar el teléfono de David y constatar que el flujo de mensajes no cesa, decide pasar a la acción. Habría que dar un paso más y averiguar qué estaba sucediendo.

Cuando conoce a Chloe, cree que ella es la chica perfecta para ayudarle a descubrir la verdad sobre David. Le explica lo que le sucede y le pide a Chloe que lo busque. Ella lo hace. Pero, para sorpresa de Catherine, Chloe lo exime. Obsesionada, Catherine decide insistir en ello. Le pide a Chloe que se acerque más a David, que lo seduzca. Chloe lo hace: sigue las instrucciones que le son dadas y después se lo cuenta todo a Catherine. Como el plan procede sin grandes avances, acaba extendiéndose más tiempo del previsto. Quizás porque Catherine está más interesada en encontrar lo que estaba buscando que en descubrir la verdad. O simplemente porque no sabía cómo ponerle fin a aquella situación. Todo se complica aún más cuando las dos pasan a compartir más que secretos. Chloe, a medida que se acerca más a David, también se hace más íntima de Catherine. Si en un primer lugar, el dolor de Catherine la conmueve y conquista, después ella se descubrirá perdidamente enamorada de su clienta. Las dos se implican tanto a nivel físico como afectivo. Catherine carece de atención, mimos y orgasmos. Chloe está dispuesta a dárselo todo.
El problema surge cuando Catherine decide no seguir más. Chloe no se conforma. Las mentiras son desveladas. La situación se les escapa de las manos. Las personas heridas son peligrosas. Un fin trágico que se deja prever.
Cabe aquí un pequeño paréntesis. Para Catherine, ¿qué habrá significado lo suyo con Chloe? ¿Algo más que una aventura? ¿Un desliz en un momento emocionalmente turbio? ¿El combustible que necesitaba para dar nuevo gas a su matrimonio?
Puede que haya ahí un interesante pero discreto mensaje subliminal: retratar la hipocresía de una familia de clase media al mostrar el intento desesperado de una mujer de salvar un matrimonio que ya ha dado de sí. ¿Acaso no os da la impresión de que Catherine y David sólo siguen juntos por comodidad/conveniencia? Ni compañerismo, ni complicidad. Sexo y deseo, menos. Para huir de esta trampa sin arriesgar la seguridad que teóricamente aporta la familia nuclear, se opta por una aventura. Se aplaca el deseo sin comprometer lo otro. Es patético, pero también verosímil, constatar que tal vez a Catherine le encantaba creer en las mentiras que le contaba Chloe. Y que aquello que sucedió entre ellas fue lo que le permitió a Catherine redescubrir su sexualidad.


¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.