
A mi madre le gustan las mujeres, de Inés París y Daniela Fejerman. Con Leonor Watling, Rosa Mª Sardá, María Pujalte, Silvia Abascal y Eliska Sirova. España, 2001, 96 min.
“En este mundo hay sólo dos tragedias:
una es no obtener lo que se quiere;
la otra es obtenerlo.Esta última es la verdadera tragedia.”
Oscar Wilde

Casi diez años después, vuelvo a ver A mi madre le gustan las mujeres. Me apetecía escribir sobre una comedia romántica y ésta me trae buenos recuerdos: risas, la presencia de Leonor Watling, la sencillez y efectividad de su guión. No me ha llevado nada de tiempo decidirme: son pocas las comedias románticas de temática les que me resultan realmente simpáticas. Rosas rojas, Guardando las apariencias, El favor, La memoria de los peces y un par más. Desde el especial dedicado a Habitación en Roma, me quedé con el gustillo de escribir sobre otra película española. Ha empezado a sonar una canción de Marlango y lo he entendido como una señal.

La trama arranca cuando las tres coinciden en la casa de su madre para felicitarla por su cumpleaños. Sofía (Rosa María Sardá), una pianista de gran prestigio, aprovecha la ocasión para darles una noticia: se ha vuelto a enamorar. Las tres se alegran. Recelosa, Sofía les dice que se trata de una persona más joven. A las tres todo les parece fenomenal. Sofía decide entonces presentarles a Eliska, la chica con la que empezó una relación. Cuando perciben que la madre está muy enganchada, elaboran un plan para separarla de su pareja. Lo empiezan a poner en práctica cuando descubren que Sofía ha comprometido parte de sus ingresos para asegurar la permanencia de Eliska en España, ya que la chica, de origen checo, tiene problemas con migración. Surge la duda: ¿estará Eliska de hecho enamorada de Sofía? Habrá que seducirla para asegurarse de ello.

Divertida y sin pretensiones más allá de entretener, la película habla del lesbianismo en el ámbito familiar huyendo de lo obvio (es la madre quien sale del armario), sin prejuicios y de manera divertida. Temas más delicados como el amor intergeneracional y las dudas sobre cómo la identidad sexual de una se ve afectada por la revelación de alguien cercano que la hace cuestionarse, le dan relleno al bollo.

Resulta gracioso ver como las tres hermanas, aunque se digan modernillas, se quedan perplejas pero intentan no demostrarlo. Se percibe así como hay gente que se juzga progre y cambia de parecer cuando la situación le afecta directamente. Y, en el otro extremo, la ruptura de expectativas: el ex marido de Sofía, padre de las tres, se lo toma muy bien. Sin embargo, merece la pena destacar que el conflicto vivido por Elvira, la más trastocada por lo ocurrido, funciona como hilo conductor. La revelación de su madre la hace pensar en abandonar un trabajo que no la llena y definir su vida también en el aspecto afectivo. Ya Jimena se da cuenta de que más vale enfrentarse al mundo que vivir de apariencias cuando una relación ya no da más de sí. Sol, a su vez, opta por dar su recado en el escenario: le dedica a su madre una canción durante un concierto con su banda al que toda la familia comparece. La escena, junto con el monólogo proferido por Elvira sobre pollas, es la más auténtica del largometraje. Por si quedaba alguna duda, se evidencia lo difícil que les está resultando asimilar la nueva realidad. Elvira llega incluso a dudar de su propia identidad sexual. Ya que se parece tanto a su madre en algunas cosas y siempre sabotea sus relaciones con los chicos con los que se lía, ¿no será que lo hace de manera inconsciente porque de hecho lo que le gustan son las mujeres? Sus dudas son abordadas en las sesiones con un psicoterapeuta con memoria de pez, como los del acuario que adornan su consulta.

Leonor Watling sorprende. En parte gracias a ella, la película es redonda. Tiene un guión muy eficiente y situaciones verdaderamente graciosas y bien construidas que funcionan muy bien, porque las actrices están afinadísimas y parecen estar muy a gusto con sus personajes, lo que le da mucho frescor y buen ritmo a la historia. Todo fluye sin obstáculos.

Sin ningún exceso narrativo o dramático, la ópera prima de las guionistas y también directoras Inés París y Daniela Fejerman cumple con el propósito de divertir al público de manera ligera, aunque no descuide ciertos detalles. La edición y el raccord, por ejemplo, demuestran que las cineastas tienen amplio dominio del lenguaje cinematográfico. La dirección artística, a cargo de Soledad Seseña, además de correcta, ayuda a dibujar el perfil psicológico de los personajes. El piso en el que vive Elvira es el acogedor lugar donde ella se suele esconder con sus neurosis. La habitación que ocupaba Sol en la casa de su madre dice mucho de su personaje: modernilla pero caótica. Sofía, interpretada por la siempre brillante Rosa María Sardá, tiene una casa igual de elegante que la exitosa pianista que la habita. Sí, son muchos los méritos de esta peli tan simpática. En especial, el entretenimiento ligero que ofrece y el buen sabor que le deja a una después de hora y media con Leonor Watling.
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Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.