
Cisne negro, de Darren Aronofsky. Con Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel, Barbara Hershey, Winona Ryder y Benjamin Millepied. EE.UU., 2010, 108 min.
“En este mundo hay sólo dos tragedias:
una es no obtener lo que se quiere;
la otra es obtenerlo.Esta última es la verdadera tragedia.”
Oscar Wilde

La película arranca anunciando la trama dentro de la trama. Thomas repasa con sus bailarinas la obra de Chaikovski. “Una chica, convertida en cisne, necesita amor para romper el hechizo. Pero su príncipe es seducido por otra, el cisne negro. Desolada, ella, el cisne blanco, se suicida”. Dichas estas palabras, el coreógrafo revela que va a hacer casting para definir quién será la protagonista del montaje.

Opuestas, las dos trazan sus estrategias para llegar a la cúspide. Pragmática, Lilly compensa la técnica que le falta haciendo uso de su poder de seducción no sólo sobre el escenario. Nina, a su vez, está dispuesta a poner a prueba su cuerpo y mente. En los entrenamientos, extrapola los límites de su capacidad física. En su proceso de composición de personaje, se ve obligada a enfrentarse a sus fantasmas. Y no son pocos los que la aterrorizan. Tiene una madre controladora que le echa en cara que tuvo que renunciar a su carrera como bailarina por haberse quedado embarazada de ella. Trata desesperadamente, por tanto, de ver realizado su sueño frustrado a través del éxito de la hija. Proyecta en ella todo lo que ha soñado para sí. Le impone una disciplina muy rígida y la mantiene en una burbuja que la ahoga. La culpa y el temor a fracasar le persiguen a Nina. Lleva siempre las uñas muy cortas porque sus pesadillas hacen que se flagele por las noches. Sin amigos ni pareja, la rutina de Nina se resume en ir a la compañía a entrenar y luego en volver a casa para entrenar aun más. No suele salir. Sólo se desplaza de su casa a la compañía de ballet y de ésta a su casa. Solitaria, Nina tiene problemas con su sexualidad. No ha tenido oportunidad de explorarla y le asusta cualquier manifestación de su libido. Por eso la presencia de Lilly claramente la perturba. Su sensualidad, a la par que le atrae, le causa repulsión. Y su mente le juega una mala pasada. La rivalidad y el deseo van de la mano. Y esto confunde a Nina. Su relación con Thomas también es tensa. Cuando él la intenta besar, ella actúa de manera agresiva: le muerde. Esto le sorprende, pues Nina nunca pierde la compostura.

Es precisamente este mordisco inesperado el que hace que Thomas decida confiarle a Nina el reto de encarnar a la protagonista de El lago de los cisnes. Habría que darle una oportunidad a esa niña aparentemente impoluta que quizá no lo sea del todo. Su porción oscura existe y él la quiere ver aflorar. Juega a ser Frankenstein, a construir a su criatura. La anima a acostarse con hombres, a probar los placeres de la carne. En una mezcla de curiosidad morbosa y estímulo creativo, trata de convencerla para salir de la burbuja que la protege y aportar al personaje lo que su aspecto tierno, introspectivo e inocente oculta. El cisne negro lo demanda.

Si a principio se podría identificar fácilmente a una como el cisne blanco y a la otra como el negro, el desarrollo de la película derrumba tal maniqueísmo, intencionalmente forjado para destacar la rivalidad creciente que se establecerá entre ellas. Luego la tarea se hace más ardua: al paso que ciertos matices de los personajes son desvelados, las certezas ceden lugar a dudas. El espectador pasa a tener más información pero menos conocimiento acerca de lo que de hecho está ocurriendo. Sin darnos mayores pistas, la trama nos invita a hacer una incursión no solo en el mundo del ballet, sino también en la mente de Nina. Y así, el espectador se encuentra acorralado entre dos realidades paralelas: la externa y la interna, la de dentro y fuera de la mente de Nina. Se funden realidad y delirio, se mezclan personalidades dispares. Como en Repulsión, de Polanski, o Persona, de Bergman, el espectador es rehén de una narrativa que constantemente cambia de punto de vista, atrapando al espectador en el mismo laberinto en el que se encuentra el personaje clave de la trama. Luego está el ballet dentro del ballet. Nina lo vive y lo interpreta. Sin darse cuenta, interpreta algo que de hecho está viviendo, ya que su historia se confunde con la que ensaya. Si sobre el escenario se da el embate entre el cisne blanco y el negro, dentro de Nina también. La trama, así, se convierte en un rebuscado ejercicio de metalenguaje.

Durante el proceso de búsqueda y construcción del personaje, Nina se metamorfosea. En el intento de sacar de sí el cisne negro que lleva dentro, pasa a reconocerse. Y luego a extrañarse. Nina pierde el suelo. Su proceso de composición del personaje se confunde con su enfrentamiento consigo misma. Vida y obra se mezclan en las entrañas del propio proceso de (re)creación. Se trata de un ballet, pero igual podría ser una película o una función teatral. La entrega que ciertos trabajos demandan, y en especial el artístico y creativo, tiene medios que pueden ser muy tortuosos, especialmente porque hacen creer que los fines lo justifican todo. Ciertas oportunidades pueden ser únicas, no hay que dejarlas escapar. Es un mundo cruel y glorioso, que exige entrega y muchas veces le obliga a uno a hacer muchas concesiones, apartándolo de lo que sería una existencia común y corriente. No es un oficio para todos. De por medio, egos inflados e inseguridades disimuladas. Miedo y valor. Se juega con la emoción, con la proyección de un “yo” forjado, que también es parte de aquel que le da vida. Perderse y encontrarse es una constante. No cualquiera es apto para lidiar con ello.

Conducida con sutileza y pulso firme por Darren Aronofsky, Cisne negro guarda mucha semejanza con dos de sus proyectos anteriores, El luchador (2008) y Réquiem por un sueño (2000). Tanto Nina como Randy (personaje de Mickey Rourke en El luchador) viven en función de su oficio: parecen dispuestos a sacrificarlo todo por brillar sobre un escenario. Sea éste un ring o un teatro. Traen en las cicatrices su historia escrita en el propio cuerpo. Emocionalmente inestables y autodestructivos, embarcan en ciclos viciosos de los que no consiguen escapar. En el tour de force que emprenden, parecen no conocer límites. No respetan la sensatez, no se rinden ante el agotamiento físico. Las consecuencias pasan factura. O bien las ignoran o parecen estar dispuestos a pagarlas. Podrían haber llegado a la cima, pero como en la fábula del escorpión y la rana, perdieron la batalla por las únicas personas capaces de derrotarlos: ellos mismos. La empatía que despiertan, fruto de la mirada casi solidaria del director —y en esto Darren se asemeja a Tim Burton (Ed Wood)—, no les absuelve, pero los redime. Nina y Randy, como los personajes de Réquiem por un sueño, son parias. Desfilan por la pantalla sin ocultar su tragedia evidente. Están obsesionados: unos viven para el vicio, otros para la lucha o el ballet. No tienen vida más allá del encierro voluntario en el que se metieron. La metamorfosis de Nina es producto de una necesidad, pero también consecuencia de su soledad.

Este puzzle cinematográfico, con una edición hábil e inteligente, no viene con manual ni piezas fáciles de encajar. Se asemeja a Mulholand drive, de David Lynch, por la manera como conjuga realidades paralelas. Sin embargo, lo que prevalece es la atmósfera de terror psicológico construida por Darren Aronofsky —quizás la mejor edificada desde El silencio de los corderos—, ya que logra sacar al espectador de su pasividad, proporcionándole momentos de deleite e incomodidad. Mérito de la ambientación y de la excelente dirección de fotografía, Cisne negro es una película visualmente bella y aterradora como su protagonista, Nina.
Y Natalie Portman, ¿es capaz de interpretar un personaje totalmente diferente de todo lo que había hecho hasta entonces? Fue la cuestión que se plantearon algunos ejecutivos de Hollywood. Al director Darren Aronofsky no le cabía la más mínima duda. Desde que se involucró en el proyecto tenía en mente a la actriz para protagonista de su producción. Y a lo largo de los ocho años que ha tardado en llevar la historia a la pantalla grande, desde que empezó a trabajar en el guión, no ha cambiado de idea. Los múltiples premios que ha recibido Natalie Portman han callado a muchos. La actriz también ha puesto mucho de su parte: para interpretar a Nina Sayers, se impuso una dura rutina de entrenamientos. La actriz, de 29 años, había estudiado ballet de pequeña, pero llevaba 15 años sin practicarlo. Necesitaba recuperar la destreza y volver a familiarizarse con las zapatillas. Más que convincente como bailarina, Natalie Portman también destaca por su interpretación. La manera como compone su personaje, una talentosa y dedicada bailarina, pero atormentada y autodestructiva, tiene matices complejos, que logra imprimir a su personaje con maestría. Al igual que Nina, Natalie Portman consigue convertirse en el cisne negro. Puro metalenguaje.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.