
Electroshock, de Juan Carlos Claver. Con Álvaro Vaguean, Sergio Caballero, Carme Elías, Juan Fernández, Alejandro Jornet, Juli Mira, Susi Sánchez y Julieta Serrano. España, 2006, 98 min.

Pilar (Carme Elías) y Elvira (Susi Sánchez), dos profesoras que imparten clases en el mismo colegio y comparten piso, se enamoran la una de la otra. Si los tiempos fueran otros, probablemente hubieran tenido un final feliz. Pero no. Corrían los últimos años de la dictadura franquista. En aquella España, muy diferente de la de hoy, no se le permitía a una vivir, incluso de puertas hacia dentro, una historia de amor fuera de cánones fijados por un régimen dictatorial respaldado por la Iglesia católica.
La película no llega a explicitar la relación entre estas dos instituciones (el poder ejecutivo y la Iglesia), pero le transporta al espectador a aquella época. Labor que queda a cargo de la dirección de arte y vestuario, responsables de ubicar la acción en un espacio y tiempo determinados. En este caso: la Barcelona de los años 70. Las menciones a Franco son escasas. Las referencias apenas puntúan la trama: en un momento dado, por ejemplo, se ven los titulares del periódico que lee el padre de Pilar. El director Juan Carlos Claver opta por utilizar el momento histórico como transfondo, centrándose en el drama familiar y personal vivido por las protagonistas.
La primera información que llega al espectador respecto a la historia es la de que está basada en hechos reales. Un cartel negro con letras blancas lo anuncia. La segunda es una imagen impactante: se ve a una mujer con un cuchillo ensangrentado en la mano.Narrada en flashbacks, la trama arranca con Elvira clavándose un cuchillo, del que ya gotea sangre, en su propio vientre. Luego la trasladan al hospital. Después del intento fallido de suicidio y bajo los cuidados de un psiquiatra, Elvira empieza a compartir con el médico (y por ende con el espectador) su historia. Poco a poco se desvelan los motivos que la llevaron a tratar de poner fin a su existencia.

Recatada y tímida, Elvira daba clases en un colegio de Barcelona. Allí conoció a la alegre y valiente Pilar, con quien compartía piso y otras afinidades. La amistad toma otros tintes cuando, después de regalarle a Elvira un collar (de aquellos que se traspasan de una generación a otra como herencia familiar), Pilar se ofrece para ponérselo a su compañera y al hacerlo le besa el cuello. Su acto las lleva a cuestionar la naturaleza del sentimiento que nutren y qué tipo de vínculo las une; tanto por la muestra explícita de cariño como por el valor simbólico del gesto. Pilar no le está haciendo un mero regalo a Elvira, la está invitando a ser parte de su familia. Feliz pero asustada, Elvira corresponde (ya que también quiere a Pilar), pero no deja de cuestionar si aquello está bien o no. Al final, ellas son "dos mujeres" y les habían enseñado que aquello no era correcto. En una mezcla de sorpresa y alegría, le confiesa a su compañera sus temores y su amor. No le asusta lo que siente sino una posible represalia. Pilar, a su vez, no parece dispuesta a renunciar a ello por miedo a ser marginada socialmente, puesto que ve que es correspondida. La misma espontaneidad y alegría que le hace ganarse broncas con la vecina por poner la música alta, la imprime a su relación con Elvira, a quien regala flores e invita a hacer picnic. Para Pilar lo que pensaban los demás estaba de más. Por tal actitud paga un precio muy alto.

Los momentos idílicos llegan a su fin cuando Carmela (Julieta Serrano), la madre de Pilar, interviene. El hecho de que dos mujeres solteras compartieran piso no era bien visto y a Carmela esto le preocupaba. ¿Qué dirían de su hija? Si además hubiera la sospecha de que fuera lesbiana, peor todavía. Porque esta condición era considerada enfermiza. Y como toda enfermedad, debe ser tratada. Si es posible, curada. Como Pilar le hace oídos sordos a los reclamos de su madre, ésta toma una decisión drástica: interna a su hija en un psiquiátrico para que "la curen". El tratamiento consiste en enseñarle fotos de hombres y, en seguida, fotos de mujeres, siendo estas últimas acompañadas de electroshocks; de ahí el título de la película.
De vuelta a casa de su familia y bajo la vigilancia estricta de su controladora madre, Pilar no es ni sombra de lo que fue. La alejan por completo de Elvira. Sin norte, no esboza reacción. Con cargo de conciencia y afectado por la creciente apatía y depresión de su hija, el padre le da a Pilar la dirección de Elvira y dinero para que vaya a verla. No entiende por qué su hija es como es, pero no soporta verla sufrir. La diferente reacción de los progenitores muestra cómo cada miembro de una típica familia española de clase media lidia con la homosexualidad de su única hija. Por un lado, la aceptación y tolerancia. Por otro, el intento de cambio. Maneras distintas de encarar la situación.

Con el avance de la historia, la introducción del personaje de Mario (Sergio Caballero), el más aplicado de los alumnos de Elvira, que en versión adulta será el abogado encargado de su defensa y amigo fiel, nos permite hacer una lectura más contemporánea de la aceptación de la homosexualidad, pero en este caso masculina. E incluso comprobar que más que un cambio de actitud, lo que se percibe es la reacción más tolerante del entorno, aunque no del todo respetuosa. Inicialmente Mario tiene algún que otro enfrentamiento con el investigador encargado del caso.
El hecho de que el guión se centre en la investigación policial y en un posterior juicio (Elvira es acusada del asesinato de Pilar) le da dinamismo a la historia pero, a la par, no profundiza ni en el drama personal vivido por sus protagonistas ni en cómo el tratamiento al que Pilar fue sometida afecta y destruye no solo su vida sino las de varias personas de su entorno afectivo. Quizás esta opción narrativa se explique por el hecho de tratarse de un telefilm modesto, aunque bien realizado. Como los escenarios son austeros y escasean los planos más abiertos, así como movimientos elaborados de cámara, inevitablemente el peso de la obra recae sobre la trama. Pero se priorizan acciones y diálogos en lugar de reacciones y cuestionamientos. De positivo, el trabajo de interpretación de las tres actrices que sacan máximo partido de los diálogos. Si por un lado el personaje interpretado por Susi Sánchez funciona como el hilo que conecta las diferentes épocas, siendo casi omnipresente, además de marcar el punto de vista a partir del cual se cuenta la historia, son las interpretaciones de Carme Elías y Julieta Serrano las que destacan. Ambas actrices han sido galardonadas en premios tanto de televisión como de cine. La respuesta del público, especialmente en festivales de temática LGTB, ha sido positiva. Y a pesar de que la obra deja algo que desear en términos de refinamientos cinematográficos, funciona como denuncia.
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