
Eloïse, de Jesús Garay. Con Diana Gómez, Ariadna Cabrol y Laura Conejero. España, 2009, 92 min.

La película empieza con este diálogo en off. Se ve a una niña caminando por un pasillo de hospital de la mano con su madre. Luego, a una adolescente nadando en una amplia piscina. Suena un teléfono. Contesta una mujer que confirma ser la madre de Asia. Flashes de información aparentemente inconexa. Éstas son las primeras imágenes de Eloïse.
Queda claro, desde el primer fotograma, que el espectador no tiene por delante la típica película que muestra las aventuras y desventuras amorosas de jóvenes en su momento de transición a la edad madura, aunque los elementos reincidentes en este tipo de crónica cinematográfica estén allí: los dilemas, las fiestas, las clases, los intereses paralelos. Las chicas más populares de la universidad, las freaks. Cada quien con sus miedos e inseguridades. Pero su enfoque, intimista y algo poético, marca la diferencia. Su narrativa esquiva los clichés del género.
La historia arranca con una invitación: acompañar a Asia en su rutina. Sea en casa, bajo estricto control materno. Sea en la universidad, con sus amigas. Tímida y delicada, evita el choque directo (valga la ironía por el trágico desenlace de la trama). Tanto que, por no enfrentarse a su madre, halla la manera de burlar sutilmente sus imposiciones (hace ilustraciones a escondidas en lugar de leer sobre teoría arquitectónica, por ejemplo). Introspectiva pero firme, no se deja llevar por sus amigas (tiene personalidad, no se mimetiza cuando va en pandilla). Especialmente cuando a éstas, sin más, les da por criticar a una chica a la que apenas conocen.
La chica en cuestión es Eloïse que, según Norah y Érika, sería bruja y lesbiana. Cuando la ve pasar, Asia no puede evitar seguirla con la mirada. Sus amigas se dan cuenta, pero piensan que le llama la atención por lo inusual que es. Comentan las historias que habían escuchado sobre ella. Fantasean acerca de aquella joven solitaria que ignora los comentarios guasones que hacen a su espalda. Sin poner mucha atención a las tonterías proferidas, Asia intenta descubrir algo más sobre aquella criatura que despierta su curiosidad. Se fija en el libro que lee: Demian, de Hermann Hesse. La presencia de Eloïse la hace olvidar el acontecimiento previo: Nathaniel, el buen partido del campus, les había propuesto ir al cine el miércoles. La invitación, extensiva a sus dos amigas, no ocultaba que quien le interesaba era Asia.
Lo más probable ocurre: Las amigas de Asia se enrollan con los amigos de Nathaniel. Y ellos (Asia y Nathaniel) empiezan a salir. Poco después (sí, Nathaniel siempre llega antes), Asia y Eloïse estrechan relaciones. Si es cierto que nuestros ojos buscan lo que, inconscientemente, queremos encontrar, Asia no es la excepción. Deseando volver a coincidir con Eloïse, sus ojos identifican un dibujo en el tablón de anuncios de la facultad que guarda gran similitud con el de la portada del libro que leía Eloïse. Tal dibujo ilustraba un anuncio que reclutaba a modelos interesados en posar. Asia decide presentarse en el local y fecha indicados. Su expectativa se comprueba: Eloïse lo había puesto. Una vez allí, no sabe cómo actuar. Sincera y desubicada, dice que no sabe muy bien qué la ha motivado a apuntarse. Desilusionada, Eloïse se pone a recoger su material a la par que esclarece que si Asia no tiene claro qué quiere, mejor ni siquiera empezar (metáfora que también se podría aplicar a la decisión de embarcarse en una relación). Sin palabras, Asia decide retirarse. Cuando estaba a punto de irse, cambia de idea: aquel era el pretexto perfecto para mantener el vínculo con Eloïse. Después del pequeño contratiempo, queda pactada la colaboración.
En la misma proporción que su relación con Nathaniel se torna más seria, crece su deseo por Eloïse. Si por un lado llega a acudir a una comida familiar en compañía del novio (había que complacer a la familia), por otro no consigue ocultar la fascinación creciente que alimenta por su retratista. Eloïse se percata de ello. Y, en sucesivos intentos de poner a prueba a Asia (o simplemente de percibir cómo ésta asimila lo que sucede), evidencia sus preferencias sexuales. En los pasillos de la facultad, le sonríe, como quien flirtea, a una desconocida. En la tienda de ropas, después de saludar a Asia, le roba un beso a la dependienta. Por si hiciera falta, un comentario suyo, cuando las dos, después de cenar, van juntas a un bar, pone fin a cualquier duda. Cuando Asia le pregunta si también había llevado hasta allí a su cita del ballet, dispara: “Con ella me salté los preliminares. Me la llevé directamente a la cama”.
Era viernes y la noche apenas estaba empezando. Después de un par de copas, Eloïse propone que se vayan a la piscina. Ellas nadan, flotan, conversan. De vuelta a casa, Asia le invita a Eloïse a subir (el momento era perfecto: su madre estaba de viaje y Nathaniel, enfermo, en la cama). La lluvia que empieza a caer en aquel preciso momento no les da mucho margen para pensarlo. Eloïse se despide (“mejor así”). Asia, delante de su portal, no se mueve. Eloïse lo percibe, se da la vuelta y corre hacia Asia. Las dos se besan. Cuando nace el día, sin embargo, Asia (cuyo el nombre, de origen griego, significa “ascenso del sol”) empieza a evaluar lo que había sucedido. Se siente rara, no se reconoce.
Uno de los temas centrales del largometraje dirigido por Jesús Garay es la aceptación. Especialmente la de uno por sí mismo. Más importante que preocuparse por cómo va a reaccionar la familia o los amigos es ocuparse de ser feliz. Y Asia se atreve a ello. Después de superar su propio prejuicio (siente asco de sí misma al verse reflejada en el espejo después de su primera experiencia lésbica) se rinde a un sentimiento contra el que no puede luchar (está enamorada). Se da cuenta de esto cuando le invade un tremendo vacío al ver partir a Eloïse, habiendo pasado las dos la noche anterior juntas.

Poética y bella, la película tiene por lo menos dos escenas antológicas. La del carboncillo (Eloïse le pide a Asia que cierre los ojos y le invita a explorar sus otros sentidos motivada por el sonido del carboncillo rozando el papel) y la del momento de intimidad sexual que comparten (tierno y apasionado).
El guión, de Cristina Moncunill, plantea una situación inicial que mezcla tres tiempos diferentes (con derecho a flashbacks y flashforwards) para luego, ir absorbiendo todos los acontecimientos mostrados, dotándoles de importancia y sentido dentro de la narrativa. El mosaico de imágenes visto al inicio cobra sentido con el transcurrir de la trama y el guión, de manera inteligente y sencilla, ata todos los cables.
Parte indudable del mérito de la película se debe a la sintonía que tiene la pareja protagonista. Ariadna Cabrol (también se le puede ver interpretando a otro personaje lésbico en Las películas de mi padre) irradia los fotogramas con su presencia. No solo tiene una mirada potente, sino que imprime espontaneidad, actitud e impulsividad a un personaje entrañable como lo es Eloïse. Diana Gómez, por la naturaleza reservada de Asia, le hace un contrapunto perfecto. Laura Conejero, de semblante serio y pesado, transmite todo el dolor de su personaje sin tener que emitir un monosílabo. Su expresión da cuenta de lo sufrida y solitaria que es. Una mujer dura consigo y con los demás. Una mujer llena de culpas.
La fotografía, naturalista, pero con predominio de tonos más pasteles, solo contempla cambios de registro visual en secuencias puntuales. El recurso de saturar la imagen es utilizado únicamente en la escena que muestra a las dos recogiendo las cosas de Asia y montándose en un autobús. Como la referida escena podría no ser real, había que diferenciarla. En las tomas de la piscina, se pasa al otro extremo: la imagen está casi subexpuesta. Luego también habría que destacar las preciosas metáforas visuales: reiteradas veces la cámara encuadra a Asia por la espalda, a la altura de la cabeza, como si intentara entrar en su mente, como si intentara desvelar qué le pasa.
El único “pero” sería la conclusión demasiado abrupta que se la da a la historia, un tanto fuera de lugar. Eloïse y Asia merecían un final (o más bien, un inicio) más feliz. La alta carga dramática de los minutos finales, no obstante, es suavizada por un desenredo alternativo: Asia y Eloïse se escapan rumbo no se sabe dónde. Lejos de convenciones sociales y ataduras. Casi prefiero imaginármelas así: juntas, viajando por el mundo, enamorándose de paisajes, como a Eloïse le aconsejaron que hiciera. Y que todo lo demás no haya sido más que una pesadilla.


¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.