
El mes de septiembre pasado se entregaron en Londres los Premios Europeos a la Diversidad bit.ly/vws2Pl. Estos premios europeos, al parecer, se otorgan a periodistas de los que se valora “su trabajo en las áreas de igualdad, diversidad e inclusión a lo largo de toda Europa”. En vista de eso, este año se nominó a Julie Bindel, una periodista lesbiana y transfóbica y, según ella, feminista.
Ya me parece sorprendente que hayamos llegado a una situación en la que se puede nominar para unos premios que se supone premian la igualdad, diversidad e inclusión a una persona que se dedica a fomentar con sus escritos y su actividad la no inclusión, la desigualdad y la discriminación. Una demostración más de que las víctimas siempre pueden convertirse en verdugos; la historia está llena de casos así. Nunca se puede perder de vista a los otros/as ni se puede llegar a pensar que las injusticias o la discriminación pueden surgir aisladas unas de otras.
Lo cierto es que Julie Bindel es una transfóbica a la que yo ya había leído algunas barbaridades anteriores. No es la única, hay algunas otras representantes de lo que se ha llamado feminismo radical que han escrito cosas semejantes sin que eso les pase factura dentro del feminismo. En el caso de Bindel, por ejemplo, una parte del movimiento feminista la apoya y la admira porque ha escrito también mucho en contra de la trata de mujeres, pero sus opiniones intolerantes y discriminatorias sobre las personas transexuales descalifican, en mi opinión, su supuesto trabajo feminista. No puede haber feminismo allí donde se mantienen posiciones que claramente atentan contra los derechos de otras personas. No se trata sólo de que una parte muy importante del feminismo ignore que las mujeres transexuales son mujeres sometidas a condiciones terribles de exclusión social; esto va más allá, porque se trata de que esta persona trabaja activamente para recortar derechos o para impedir que se reconozca a las mujeres transexuales. De los hombres transexuales no se sabe qué opina, parece que no le importan tanto. Bindel defiende que los tratamientos de reasignación no se incluyan en la Seguridad Social o que las mujeres transexuales no puedan inscribirse con su sexo en la partida de nacimiento. Ella llama a las personas transexuales “timadores del género”. Se supone que el género es algo tan irremediablemente ligado a los genitales que cualquier intento de una persona de obviar la adscripción genital es un timo. Pero un timo ¿a quién? Porque la palabra “timo” tiene implicaciones muy determinadas. El timo exige intención de beneficiarnos a costa del perjuicio de otra persona. Si no hay perjuicio no hay timo.
Las feministas transfóbicas son fundamentalistas del género, empeñadas en que el género (o el sexo) es eso que llevamos entre las piernas y que en todo caso es irremediable e inmutable. En realidad, tienen derecho a pensar eso, de la misma manera que hay personas trans que piensan que el género es eso que llevamos inscrito en el cerebro desde el mismo momento en que nacemos y que es irremediable e inmutable. Yo no creo ninguna de las dos cosas, pero esa es otra cuestión. Las vivencias acerca de lo que significa ser mujer, ser hombre o no ser ninguna de las dos cosas de manera muy definida, son personales, son intransferibles, son siempre valiosas y válidas. El problema es llegar a pensar que tu experiencia en esa cuestión es la única que tiene validez; el problema es negar la posibilidad de que otras personas tengan experiencias distintas acerca del género y el sexo, y lo peor de todo es (además de negar radicalmente otras visiones y otras vivencias de sí) trabajar para recortar derechos o para dificultar su ampliación; hacer un activismo dirigido a dificultar aun más las vidas de personas que de por sí ya encuentran muchas dificultades.
El feminismo no puede justificar de ninguna manera ninguna acción dirigida a mantener la desigualdad de nadie, ni tampoco puede apoyar ninguna acción u opinión que atente contra la libertad de nadie o la dignidad de nadie. El feminismo no puede justificar nada que signifique mantener o aumentar incluso el sufrimiento de nadie, basándose además en una creencia personal acerca de lo que significa ser mujer o ser lesbiana, o ser transexual; y más aun cuando no se es transexual.
Como he dicho, yo creo que el género no tiene nada de biológico. No creo que haya nada en el cuerpo que marque eso que el feminismo identificó como género, ni creo tampoco que haya nada en el cerebro que lo marque de manera indeleble. Creo que la vivencia acerca del género, el sexo y el deseo es fruto de una amalgama indistinguible compuesta por muchas cosas, y en la cual tiene también que ver la biografía personal, inserta siempre en unas determinadas coordenadas temporales y espaciales, claro. Esta es mi opinión y también mi experiencia como lesbiana (la de mucha gente, por cierto), pero no pretendo imponérsela a nadie, especialmente porque en esta cuestión la propia experiencia es lo que debe estar por encima de cualquier otra cosa. Y, sobre todo, porque no soy transexual, así que lo que aquí vale es la opinión de las propias personas transexuales.
Las mujeres transexuales que se definen como tales son mujeres, y el feminismo debería ser un lugar tan acogedor para ellas como para cualquier otra mujer oprimida. Que no lo sea es culpa de fanáticas como Julie Bindel, alguien que jamás debería recibir un premio de nada, y mucho menos un premio por el trabajo a favor de la diversidad, la inclusión o la igualdad.
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Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.