
Todavía no me he recuperado de la impresión que me produjo que una amiga latinoamericana, lesbiana ella, me dijera el otro día que no estaba a favor de la lucha a favor del aborto y que dijera, además, que las lesbianas no tenemos que inmiscuirnos en esa lucha porque no nos afecta. Para empezar ya es absurdo decir que hay algo referente a la condición femenina, como la maternidad o la ausencia de ella, que a las lesbianas no nos afecta, siendo como somos mujeres exactamente igual que las demás. Y más aún ahora, que las lesbianas tienen hijos y son madres casi en la misma medida que las mujeres heterosexuales. Las lesbianas pueden querer ser madres y por la misma razón pueden no querer serlo. Pueden estar embarazadas y después, también por la razón que sea, arrepentirse o no querer llevar a término el embarazo, como cualquier mujer. Eso sin contar que la posibilidad de ser violada es exactamente igual a la de cualquier mujer, incluso mayor en el caso de países muy homofóbicos, como casi todos los de Latinoamérica.
Pero además, la base del derecho al aborto es la misma que la base del respeto a la libre orientación sexual: el derecho a ser dueñas de nuestros cuerpos. Un derecho largamente negado, conquistado muy duramente y nunca terminado de conquistar del todo, como demuestra el retroceso que se ha vivido en algunos países de la región en los que se ha prohibido recientemente incluso el aborto terapéutico. Además, no es sólo el aborto en sí lo que está en juego. Lo que se juega con el aborto es a quién pertenecen nuestros cuerpos: al estado, a la familia o a nosotras mismas. De manera que el derecho al aborto es un índice muy claro de la situación social de las mujeres en cualquier país. Es matemático. Allí donde se reconoce el derecho al aborto, la situación de las mujeres es mucho mejor que allí donde no se reconoce. Si hay derecho al aborto, hay protección a la libre expresión de la orientación sexual, hay protección ante los malos tratos y la violencia, hay más igualdad. Y al contrario.
Así que puedo entender que una esté en contra del aborto o le genere conflictos morales; en ese caso es muy libre, que no aborte. Lo que me resulta imposible de entender es que una mujer sea partidaria de que sea el estado el que decida y no ella misma. Si dejamos que el estado controle nuestros cuerpos, lo hará para todo y con todas sus consecuencias. Y entonces simplemente me gustaría decirle a mi amiga que ni siquiera la dejarán ser lesbiana.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.