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por Beatriz Gimeno

Sin mentiras

Agosto 2011

 

Este está siendo para mí un verano catártico. Es un verano de esos de “borrón y cuenta nueva”. Me ha servido para tomar muchas decisiones, pero en lo que se refiere a mi vida afectivosexual, por llamarla de alguna manera, he tomado una decisión trascendental: voy a dejar de mentir. Estoy harta de mentir.

Llevo toda mi vida tratando de hacer compatible mi no monogamia con una vida rodeada de personas que son monógamas seriales o que, en el mejor de los casos, siempre valoran la monogamia y la pareja sobre cualquier otro tipo de organización de los afectos y de la vida sexual. A mí, la monogamia, serial o no, y la pareja tradicional siempre me han parecido un invento del diablo y nunca he podido con ello. Sin embargo, mis parejas suelen exigirme exclusividad sexual y amorosa, así que la única solución que he encontrado ha sido la mentira y llevar doble o triple (o cuádruple) vida. No se trata de promiscuidad porque, aunque no tengo nada contra la promiscuidad, yo no me calificaría como promiscua. No lo soy en el sentido de que no suelo tener sexo con alguien a quien no conozco o a quien después no voy a volver a ver.

Ese tipo de relación me produce angustia, porque por lo general, si tengo una buena relación sexual con alguien, siempre me engancho y quiero repetir; al fin y al cabo la primera vez nunca es la mejor. En la repetición suelo ir desarrollando vínculos afectivos del tipo que sea. A mí me ocurre una cosa curiosa: no distingo deseo y amor, pero no al estilo tradicional de muchas mujeres que desean sólo a la persona a la que aman. A mí me pasa exactamente al revés. Amo a quien deseo. No conozco más amor que el que inspira el deseo, aunque ese amor dure dos días, o dos meses, o dos años. Claro que el deseo puede darse por varias personas que coincidan en el tiempo; por lo tanto el amor también, al menos en mi caso. Mis amores se superponen y acumulan en el tiempo, como el deseo.

Yo siempre he querido decir la verdad y lo he hecho. Siempre que he comenzado una relación lo he explicado; he explicado cómo soy y cómo funciono, lo que me gusta, la vida que llevo… Lo curioso es que al comienzo todas se muestran de acuerdo y aceptan la situación, pero con el tiempo todas las personas con las que he mantenido una relación más o menos larga se han empeñado en ir ganando terreno, en ocupar todo el espacio, todo el tiempo, todo mi interés. En seguida llegaba el sufrimiento en cuanto sospechaban siquiera que yo veía a otra o a otras, así que yo comenzaba a mentir y acababa enredada en situaciones entre trágicas y cómicas que implicaban no sólo andar mintiendo y duplicando mi tiempo, sino también mi vida social. Porque no podía permitirme que quienes eran amigas de una amante, me vieran con otra. Separando vidas, separando espacios, separando amigas, separando todo, mintiendo aquí y allá… Al final todo se hizo insoportable.

Finalmente, quizá porque ya no aguantaba más una situación que me estaba impidiendo vivir tranquila, este verano forcé, inconscientemente, una situación en la que todo quedó al descubierto. Se produjo un pequeño escándalo, sufrimos, lloramos, nos insultamos, nos recriminamos... Esas cosas dolorosas. Pero al final creo que he encontrado el camino de la tranquilidad. La paz está en llevar la vida que quiero de la manera que quiero, y con la gente que quiero y que me quiere. La paz está en no mentir más, en no decirle a nadie que es la única persona de mi vida si eso no es verdad y por mucho que sea eso lo que quiere oír. Yo no exijo ser la única en la vida de nadie; si estoy enamorada quiero mi espacio, pero mi espacio no tiene por qué ser la vida entera de esa persona. Creo que es absurdo pretender ocupar la vida entera de otra persona, ocupar el deseo entero de otra persona, todo su amor, todo su tiempo. Yo no pido eso de nadie y no puedo darlo tampoco. A partir de ahora se acabaron las mentiras. Voy a vivir tranquila.

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