
Sí, ya lo advierto, voy a hablar de los pelos que tenemos entre las piernas; de los pelos del pubis, por decirlo finamente. Y de los míos en concreto, y no porque sean especialmente interesantes, sino porque últimamente he tenido ocasión de pensar mucho en ellos.
Las primeras revistas porno que yo vi en mi vida, allá por los 70, fueron unas que guardaba mi abuelo en un armario. Hoy nadie consideraría que aquello era porno, sino más bien fotografía artística. Consistían en fotos de mujeres desnudas, sin más, y en poses muy dignas todas ellas, tumbadas casi siempre, mirando al infinito. Nada de piernas abiertas, nada de poses extrañas, nada de hombres ni otras mujeres en la foto, nada de artefactos (ni látigos, ni correas, ni cueros). El desnudo sin más. Aunque debía de haber revistas más fuertes, eso es lo que mi abuelo compraba cuando iba a Francia y era considerado porno. En todo caso, a lo que iba, todas las mujeres que aparecían fotografiadas tenían una mata de pelo entre las piernas. A nadie le llamaba la atención, todas las mujeres tenían esa misma mata de pelo.
Con el tiempo esos pelos han ido desapareciendo y ya no hay porno en el que aparezca una mujer con su pubis peludo; todas están depiladas. Yo, ingenua de mí, cuando veía eso pensaba que ese pubis libre de pelos se daba sólo en las actrices porno, que las mujeres que no se dedican a posar para la pornografía seguirían con sus pelos. A mí (y es algo estrictamente personal, no quiero ofender a nadie) las mujeres depiladas ahí no me erotizan nada, sino al contrario. Me parecen niñas pequeñas, que es exactamente lo que quieren parecer, y a mí no me gustan las niñas ni las adolescentes. Además, la verdad es que todas las mujeres con las que me he acostado tenían sus pelos en su sitio. (todas menos una y no me gustó nada). Yo vivía tan tranquila con mis pelos y los pelos de las demás. Vivía en el limbo.
Hasta que hace unos días me pasó algo que es el motivo de este artículo. Fui a mi revisión ginecológica de todos los años. Fui con mi hermana porque la ginecóloga es mi cuñada y así nos hace la revisión a ambas. A la hora de hacerme la citología estaba ahí, espatarrada, con mi cuñada procediendo y mi hermana mirando con el ceño muy fruncido. Cuando le tocó el turno a ella yo no la miré nada, la verdad, estaba junto a su cabeza. Mi sorpresa fue cuando salimos de la consulta. Mi hermana me dijo:
—Vaya vergüenza, ¿tú te crees que se puede ir así?
—¿Así cómo? —dije yo sin tener ni idea de qué me estaba hablando.
—Con esos pelos. Ya podías depilarte un poco para ir al médico.
—Pero si no tengo pelos —dije yo creyendo que se refería a las piernas. Por su mirada comprendí que no se refería a esos pelos. ¡Vaya! Me quedé atónita.
Cierto que he leído artículos sobre cómo la pornografía (heterosexual) está imponiendo modas y cuerpos, pero como no me afectaba no supuse que hubiera llegado tan lejos. Es decir, pensaba que algunas mujeres se depilaban el pubis, no pensé que se hubiera convertido en algo obligatorio. Dos anécdotas más, en apenas unos días, vinieron a sumarse a esta sensación. Estaba viendo en la televisión una serie americana en la que la protagonista se prepara para pasar su primera noche con un tipo con el que ha ligado y le pregunta a su mejor amiga qué tiene que hacer para que su noche sea un éxito. Respuesta de la amiga: “¿Te has depilado ahí abajo?” La depilación como requisito previo al sexo, como la posibilidad de ser rechazada en caso contrario. Días después estaba viendo en la televisión la muy tonta y machista película Sexo en Nueva York. Hay una escena en la que las cuatro amigas están tomando el sol en bañador y de repente una se fija en que a otra se le salen algunos pelillos por la parte de arriba del muslo. Y las risas y las bromas son generales. La aludida explica que no se ha depilado porque hace mucho que no tiene sexo. La depilación como descuido de sí misma que se castiga con la falta de sexo.
La verdad es que después de la bronca de mi hermana, después de que la televisión me advirtiera seriamente que hay que depilarse el pubis, la siguiente vez que fui al médico me sentí un poco incómoda. De repente, me había hecho consciente de algo que antes ni siquiera sabía que existía: que los pubis peludos están mal vistos y generan desaprobación. Pensé que cuando saliera de la consulta todos se pondrían a comentar: “¿Has visto a esa, cómo va, con todos esos pelos?” Pensé en afeitarme aunque fuera para la visita médica, me sentí como si estuviera violando alguna ley.
Y la estoy violando. Lo cierto es que hay una presión real para que las mujeres nos parezcamos a lo que la industria del sexo ha decidido que seamos. Cada vez existe una presión mayor por parte de la pornografía y de la moda que presentan cuerpos que ni siquiera existen en la vida real, ya que todos ellos están modelados por el photoshop. Se trata de que además de someternos a un imposible, tengamos cuerpos que parecen impúberes. ¿No es eso lo que les gusta a los Sánchez Dragó, Sostres y compañía? Lo cierto es que más allá de las declaraciones machistas, hay un feedback en el que nosotras adecuamos nuestros cuerpos y nuestro aspecto a la mirada masculina heterosexual y sólo a ella. Pero nos consolamos diciendo que lo hacemos porque queremos.
Fue sólo un momento, la verdad. Enseguida recuperé la calma y decidí dejar mis pelos en su sitio. Nunca me han molestado. A mí me gusta esa agradable mata de pelo entre las piernas y sí: ya sé que para gustos los colores, pero estos son los míos.
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Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.