
Siempre que presento alguno de mis libros me regaña alguien; pero quien más me regañan son mis amigas feministas que nunca están de acuerdo con las personas escogidas por mi (o por la editorial) para hacer la presentación. Se quejan de que siempre (o casi siempre) me presentan hombres y, claro, tienen razón. La presentación en Madrid de mi segunda novela (el 25 de febrero en Fuentetaja) también la va a hacer un hombre: Jesús Ferrero. Lo que no saben mis amigas es lo que siempre me esfuerzo por encontrar a una mujer que quiera presentarme y cómo me resulta siempre de todo punto imposible.
Partiendo de la base de que las personas que presentan un libro tienen que ser medianamente conocidas, al menos en sus campos de actividad, lo cierto es que ninguna mujer conocida (ni siquiera medianamente conocida) ha querido nunca presentar mis libros. La razón, hasta ahora, es que todos mis libros hablan de lesbianas o de sexo. Precisamente por eso las dos mujeres que han participado en mis presentaciones eran lesbianas reconocidas, activistas lesbianas, pero nada de periodistas, escritoras, actrices, o famosas sin más. La única mujer que aceptó sin problemas presentar un libro mío que hablaba de lesbianas fue Lidia Falcón, pero se piense lo que se piense de Lidia lo que es indudable es que es una mujer que se atreve con todo. Dejando aparte a las activistas, las lesbianas, por el contrario, viven aterradas de todo. Con los hombres no he tenido problemas, ya fueran gays o heterosexuales. A los hombres les da igual, a ellos nadie les va a confundir con lesbianas, ni hay problemas tampoco si se habla de sexualidad femenina, otra cosa sería hablar de sexo en masculino, entonces allí ellos también puede que tuvieran problemas.
De la cobardía de muchas lesbianas podría dar fe. Podría hacer una lista de todas las mujeres, todas ellas feministas, todas ellas progresistas, unas lesbianas y otras no, que han rechazado presentar mis libros. Es más, podría hacer una lista de las que primero han aceptado y después se han arrepentido. Sería una especie de lista de la vergüenza, y nunca mejor empleada la palabra vergüenza. No son capaces, todavía de abordar ese tema en público; no son capaces de soportar la idea de que alguien pueda pensar que son lesbianas sólo porque hablan de lesbianas, no son capaces de enfrentarse al miedo al “contagio del estigma”, para poder ayudar a desactivar ese estigma. Y lo peor es que muchas son efectivamente lesbianas que lo único que quieren es que eso no llegue a saberse.
En fin, mis amigas que me regañan pueden estar tranquilas. He escrito un libro que no habla de lesbianas y ni siquiera de sexo. Ya veréis como entonces no tengo ningún problema en que lo presente alguna mujer.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.