
La actriz Cynthia Nixon, que interpretaba al personaje de Miranda en la serie Sexo en Nueva York ha declarado que ella escogió ser lesbiana. Ahora hay pocas lesbianas que lo declaren tal cual y, además, en cuanto lo dices saltan mucha gente enfadada diciendo que ellos/ellas no han elegido. Bueno, yo también lo elegí, siempre lo he dicho. Hace años muchas mujeres lo elegían pero después se impuso la explicación más gay: se es gay o lesbiana de nacimiento.
Siempre me preocupa el tema de la biología utilizada como base para la propagación de estereotipos de género y estoy muy pendiente de estas cosas. Que las ciencias naturales en general son una de las columnas sobre las que tradicionalmente se apoya la ideología antifeminista es muy conocido y ha sido muy estudiado y denunciado. Tenemos estudios de sobra que demuestran cómo la biología es utilizada sistemáticamente para reforzar estereotipos desiguales, para “naturalizar” la desigualdad, en definitiva. La razón es que la naturaleza y las ciencias que pretenden explicarla gozan de una credibilidad ilimitada en el público no informado, en todo el mundo, en realidad.
Hay gente muy callada en el sexo, hay gente que habla mucho. Y no me refiero a hablar cuando estás follando (que las hay que hablan mucho): me refiero a hablar antes de empezar. Yo antes pensaba que esto era lo normal, especialmente si la relación iba a ser esporádica o si era la primera vez… hablar para asegurarse de que saliera lo mejor posible. Es cierto que yo soy muy racional para todo, para casi todo.
El mes de septiembre pasado se entregaron en Londres los Premios Europeos a la Diversidad bit.ly/vws2Pl. Estos premios europeos, al parecer, se otorgan a periodistas de los que se valora “su trabajo en las áreas de igualdad, diversidad e inclusión a lo largo de toda Europa”. En vista de eso, este año se nominó a Julie Bindel, una periodista lesbiana y transfóbica y, según ella, feminista.
El 23 de septiembre se ha celebrado el Día de la Bisexualidad y las personas bisexuales han aprovechado para visibilizarse. Apoyo sus reivindicaciones sin lugar a dudas, simplemente porque si la gente se organiza alrededor de algo que sienten como una desigualdad, discriminación o falta, y si esa reivindicación, además, está¡ encaminada a ampliar los márgenes de libertad y derechos, no queda sino apoyarla. Sin embargo, yo siempre he tenido una relación ambivalente con la bisexualidad organizada.
Desde que escribí mi libro sobre Dolores Vázquez en el que denunciaba la manera en que la prensa mete en el armario a las lesbianas, quieran o no, se me ha quedado una especie de sexto sentido que me hace estar atenta en cuanto sale una noticia sobre lesbianas. En mi libro denunciaba la manera en que “el armario” funciona como un instrumento de la lesbofobia y se usa metiendo en el mismo a las lesbianas con el objeto de que no se las vea, porque la visibilidad es la principal herramienta de normalización y empoderamiento.
Este está siendo para mí un verano catártico. Es un verano de esos de “borrón y cuenta nueva”. Me ha servido para tomar muchas decisiones, pero en lo que se refiere a mi vida afectivosexual, por llamarla de alguna manera, he tomado una decisión trascendental: voy a dejar de mentir. Estoy harta de mentir.
Un Orgullo más, y ya van… Este es un poco especial para mí porque me coge melancólica, al borde de los 50, y esa no es una edad cualquiera. Una se pone a hacer recuento. Hay gente a la que le da por llevar la cuenta de todas las personas con las que se ha acostado, ¡qué mal gusto! Yo, como soy pesimista y trágica, llevo la cuenta de aquellas que me han rechazado, así me mortifico un poco.
Hace poco se discutía en una lista de lesbianas si los roles sexuales son buenos o no y si tienen un reflejo necesario y lineal en la vida cotidiana. En concreto en la lista se discutía si los roles de dominio/sumisión se trasladan luego o no a la vida cotidiana. Es decir, si el papel que asumes en la cama, si es que asumes uno de esos dos papeles, es lo que eres luego fuera de ella. Lo que siempre me asombra de estas discusiones no es tanto lo que se dice en ellas, sino el lugar desde el que se dice lo que se dice. Un lugar que es siempre, aunque no se nombre, el lugar de quien asume para sí “la normalidad” y desde ahí juzga comportamientos, prácticas, sentimientos, que ya desde el comienzo son extraños y siempre de otras.
El otro día leía en una revista lésbica el enésimo artículo de queja sobre la inexistencia de cuartos oscuros para lesbianas y me di cuenta de que aún no he hablado de eso en esta columna. Vaya por delante que no tengo ninguna idea preconcebida, sólo intuiciones. Es decir, no me importaría que existieran cuartos oscuros para lesbianas. Pero me pregunto si esa preocupación por el cuarto oscuro no será una fijación androcéntrica, es decir, que como es algo que les gusta a ellos nos tiene que gustar/preocupar/ocupar a nosotras.
Todavía no me he recuperado de la impresión que me produjo que una amiga latinoamericana, lesbiana ella, me dijera el otro día que no estaba a favor de la lucha a favor del aborto y que dijera, además, que las lesbianas no tenemos que inmiscuirnos en esa lucha porque no nos afecta. Para empezar ya es absurdo decir que hay algo referente a la condición femenina, como la maternidad o la ausencia de ella, que a las lesbianas no nos afecta, siendo como somos mujeres exactamente igual que las demás. Y más aún ahora, que las lesbianas tienen hijos y son madres casi en la misma medida que las mujeres heterosexuales.
Que no hay sólo dos sexos, hace tiempo que lo sabemos. Que no hay sólo dos géneros, ni dos orientaciones, ni dos identidades, es algo que yo sé hace tiempo, pero que me surgió el otro día en una cena con amigas. Estábamos bromeando acerca de las chicas que nos gustan a cada una y allí se decidió que yo no podía considerarme lesbiana. Más allá de que hace tiempo que yo misma no me considero lesbiana sino bisexual, lo cierto es que en dicha cena se restringió aún más la etiqueta de lesbiana que se me puede aplicar.
últimamente hablo mucho, escribo mucho y leo mucho sobre fantasías sexuales. A raíz de la presentación de mi novela Deseo, Placer he dado varias conferencias y estoy preparando alguna ponencia sobre el asunto. Además es un tema que siempre me ha intrigado y que siempre he tenido en la recámara para escribir sobre ello en algún momento. ¿Por qué nos excita lo que nos excita? ¿Por qué a una persona le excita sexualmente lo que a otra le parece asqueroso?
Sí, ya lo advierto, voy a hablar de los pelos que tenemos entre las piernas; de los pelos del pubis, por decirlo finamente. Y de los míos en concreto, y no porque sean especialmente interesantes, sino porque últimamente he tenido ocasión de pensar mucho en ellos.
El otro día estaba esperando a una amiga en el aeropuerto y mientras esperaba, y como no tenía mucho que hacer, miraba a la gente que iba saliendo por la puerta que tenía enfrente. Me sorprendí pensando que para ser un vuelo de quince horas el que estaba desembarcando, sólo las monjas, las musulmanas y los hombres parecían viajar cómodos.
Cada cierto tiempo, pero cada vez más a menudo, una empresa farmacéutica afirma haber encontrado la viagra femenina, esa píldora mágica que acabe con los “problemas sexuales” de las mujeres de la misma manera en que la famosa pildorita azul provoca erecciones en los hombres. El último invento fue desechado hace poco por las autoridades sanitarias de EE.UU. porque no parecía servir para nada. Pero por supuesto, las farmacéuticas no desesperan. La medicalización del cuerpo de las mujeres y la consideración de que éste es enfermizo y patógeno de por sí tiene detrás una larga historia que por ahora no tiene visos de acabar.
En las últimas semanas he tenido ocasión de volver a una vieja discusión que parece que no tiene fin: las ventajas o desventajas de la lactancia materna. Es un tema que para mí es mucho más que teórico, porque fue en el parto de mi hijo y en la subsiguiente lucha para defender mi derecho a no dar de mamar cuando prácticamente nací como feminista. Sé que suena exagerado o espectacular, pero aquel fue un suceso que me marcó mucho y a partir del cual yo comencé a leer, a aprender, a hablar con otras mujeres… y hasta aquí. Por eso nunca dejo de entrar en ese debate cuando se plantea y en las últimas semanas me lo he encontrado varias veces.
Es obvio que estamos experimentando un auge del llamado “neomachismo” que no es sino el machismo de siempre pero ahora revestido de otras características que intentan modernizarlo y, así, hacerlo más digerible para las nuevas generaciones. Miguel Lorente, el delegado del gobierno para la violencia de género, denomina “neomachismo” a este fenómeno que está surgiendo y que intenta nutrirse de nuevos argumentos para justificar el avance de las mujeres hacia la igualdad. Lo que tiene de nuevo el neomachismo es que ya no se apoya en los viejos argumentos de que la mujer está mejor en casa cuidando a la prole, no. Ahora, el neomachismo o postmachismo utiliza argumentos que pueden parecer “razonables” a mucha gente que no analiza la cuestión de fondo.
HHace ya algunas semanas que un tema me venía llamando y yo no le hacía caso. Leí varios artículos, los guardé por si escribía sobre ello, pero siempre había algo más importante o que me llamaba más la atención. Sin embargo, cuando parecía que el asunto había desaparecido de los medios, entonces regresó y me decidí a escribir. Es el tema de la aplicación de la Ley de Igualdad en las cárceles. La Ley de Igualdad obliga a acabar con cualquier diferencia laboral entre hombres y mujeres, no hay trabajos que puedan hacer sólo los hombres ni trabajos que puedan hacer sólo las mujeres.
No aguanto más eso que llaman programas del corazón, me enferman; y no tanto por cotillas como por machistas. Pocas cosas son hoy día tan machistas como esos programas. Estamos luchando por leyes de igualdad, estamos ahí protestando, escribiendo cartas, defendiendo un ministerio, tratando de acabar con las manifestaciones más groseras y más evidentes de la desigualdad, que están por todas partes, y no hay un solo programa de televisión en el que haya un mínimo de cuidado con eso. Y no digo que los programas del corazón se imbuyan de repente de feminismo militante, ¡faltaría más!, sino que en los programas de la televisión pública traten de ponerse atención a esas cuestiones.
Es inevitable hablar del velo. Hablamos ahora, pero hablaremos mucho más en el futuro, porque este es un asunto que no ha hecho sino empezar. Lo primero que vemos es que va a ser un asunto que los partidos de la derecha aprovecharán, como en el resto de Europa, para exhibir toda su islamofobia, pero vemos también que la izquierda, también como en el resto de Europa, no tiene clara su postura, por lo que me temo que cuando el debate llegue de verdad, nos cogerá sin una postura clara. Ciertamente que el debate es muy complejo pero, en mi opinión, hay algunas cosas que deberíamos tener claras, al menos las feministas.
En el último número de MíraLes aparecía un artículo sobre la violencia en parejas de lesbianas y precisamente este mes de abril tengo que dar una conferencia en la Universidad de Salamanca sobre la diferencia entre la violencia intragénero y la violencia de género. La diferencia no es baladí, porque de que se aplique una categoría u otra va a depender que se aplique un tipo penal u otro, una sanción u otra.
Hace unos pocos días se publicaron en varios medios de comunicación los resultados de un estudio sobre la sexualidad de los españoles y españolas. Por supuesto que se refieren a la sexualidad heterosexual, aunque no lo digan. Lo que más ha llamado la atención a tenor de lo publicado es que en dicho estudio una de cada tres mujeres asegure fingir en la cama, es decir, fingir orgasmos. Es gracioso que a estas alturas estemos así. Cuando yo era joven, las feministas teníamos a gala no fingir un orgasmo y pensábamos que un futuro en igualdad traería unas relaciones sexuales honestas para ambos miembros de la pareja y placenteras también para ambos.
Siempre que presento alguno de mis libros me regaña alguien; pero quien más me regañan son mis amigas feministas que nunca están de acuerdo con las personas escogidas por mi (o por la editorial) para hacer la presentación. Se quejan de que siempre (o casi siempre) me presentan hombres y, claro, tienen razón. La presentación en Madrid de mi segunda novela (el 25 de febrero en Fuentetaja) también la va a hacer un hombre: Jesús Ferrero. Lo que no saben mis amigas es lo que siempre me esfuerzo por encontrar a una mujer que quiera presentarme y cómo me resulta siempre de todo punto imposible.
últimamente se habla mucho del poliamor, es decir, hablando en plata la posibilidad de amar y/o vivir con más de una persona. En realidad, todas somos poliamorosas, otra cosa es vivir como tales; otra cosa es que estemos dispuestas a arrostrar las consecuencias de nuestras decisiones. Tengo amigas que se dicen poliamorosas y lo que hacen en realidad es practicar la infidelidad de toda la vida. Es decir, engañar a su pareja mientras mantienen relaciones con otra a la que puede que también engañen con respecto a la primera. La cosa no suele acabar bien y, al final, todas sufren.
El feminismo de la segunda ola nació con, entre otras cosas, un potente discurso sobre la sexualidad. Cosas que hoy nos parecen obvias, como que sexualidad y reproducción no son lo mismo, como que las mujeres tienen derecho al placer sexual y que éste no depende de la penetración ni de su vagina, como que la heterosexualidad no es natural ni inevitable, que tenemos derecho a nuestro cuerpo, a controlar nuestra reproducción…todo eso no surgió por generación espontánea, lo formuló y lo hizo popular el feminismo. Entonces significó una auténtica revolución.
Aunque no comprendo que una lesbiana pueda no ser feminista –entre otras cosas porque si no se garantizan los derechos de las mujeres ni siquiera habría lesbianas- cada vez entiendo mejor a esas lesbianas que dicen que no son mujeres (desde Monique Wittig hasta muchas amigas mías).
La construcción de las lesbianas y el deporte femenino son dos cosas que van a la par en el tiempo. Los médicos construyen a las lesbianas en el momento en que algunas mujeres comienzan a hacer deporte. Hasta ese momento no existía la categoría de lesbiana, entre otras cosas porque para poder ser lesbiana, para poder vivir sin depender de un hombre, una mujer tenía que ser independiente, cosa que no es posible, ni siquiera pensable, hasta el siglo XIX. Es entonces cuando algunas mujeres se independizan de los hombres y escogen a otras mujeres como amantes o compañeras de vida. Por la misma época, algunas comienzan a practicar deporte, lo que es visto casi como una incitación al lesbianismo.
Usted, mujer lesbiana, no se engañe. Usted no existe. Ya sé que pareciera que si, pues así, a simple vista, viajando en el metro o paseando en la calle, parece usted una mujer común y corriente, una mujer real.
Pero no lo es.