
Hace unos pocos días se publicaron en varios medios de comunicación los resultados de un estudio sobre la sexualidad de los españoles y españolas. Por supuesto que se refieren a la sexualidad heterosexual, aunque no lo digan. Lo que más ha llamado la atención a tenor de lo publicado es que en dicho estudio una de cada tres mujeres asegure fingir en la cama, es decir, fingir orgasmos. Es gracioso que a estas alturas estemos así. Cuando yo era joven, las feministas teníamos a gala no fingir un orgasmo y pensábamos que un futuro en igualdad traería unas relaciones sexuales honestas para ambos miembros de la pareja y placenteras también para ambos.
Cuando las mujeres tuviéramos sexo sólo por placer y cuando les hubiéramos explicado a ellos dónde estaba el clítoris, nos parecía que todo iba a ser pan comido. Craso error, desde luego. No hemos avanzado mucho. El pene sigue siendo el rey de la cama, y así no hay quien pueda. La novedad sexual a finales del siglo XX es que antes, que las mujeres tuvieran o no orgasmos era irrelevante, mientras que ahora es obligado. Nadie se puede levantar de la cama sin haber tenido su orgasmo y por eso una amiga mía heterosexual dice: “Si no finges un orgasmo no acaban nunca”. Así es. Haciendo lo de siempre es obligatorio tener un orgasmo, así podrían resumirse la mayoría de las relaciones sexuales heterosexuales. Porque cuando decimos “sexo” decimos sexo masculino. Y si no, preguntemos a la gente… ¿qué entienden por sexo? Sexo es coito, es decir, actividad sexual en la que hay erección, penetración, eyaculación. Es decir, sexo es cuando el pene es el protagonista; lo otro, el orgasmo femenino, vendrá si el pene está bien erecto, si penetra bien y si finalmente eyacula.
Desde mi punto de vista no ha habido una verdadera revolución sexual. La llamada revolución sexual de los 70 consistió en tener muchas relaciones y muy variadas, con mucha gente; es cierto que por primera vez en la historia de la sexualidad se habló del clítoris y del orgasmo femenino. Sí, algunas feministas pusieron en cuestión la centralidad de la penetración, pero en seguida fueron tachadas de radicales y locas. Hoy las cosas han vuelto a su cauce, el pene sigue siendo el centro, y ellas fingen para que ellos acaben y también para no poner en peligro una autoestima que, en el caso masculino, sigue dependiendo de que se les diga que su pene ha funcionado muy bien.
Imaginemos que se ha producido una verdadera revolución sexual. Dos personas (o más) se acuestan. Él se dedica a acariciarla donde ella le dice, después se masturba, porque ella ha tenido bastante. Otras veces él le chupa el clítoris y después ella le masturba. Otras veces ella le hace una felación y nada más. En otras ocasiones, pasan mucho rato acariciándose y ella le penetra a él con los dedos o con un dildo y él lo encuentra muy placentero. A veces, él se dedica a ella con caricias y cuando se ha corrido, la penetra; y aunque ella no va a tener un orgasmo, no obstante le parece agradable y se siente bien. A veces él no tiene ganas de sexo y ella, que sí tiene ganas, se lo hace contra su muslo mientras él se limita a besarla al acabar. Otros días es ella la que no tiene ganas, y él se masturba mientras la mira desnuda; a veces hacen un 69… Podríamos llenar páginas y páginas.Y ahora quitemos él y ella y pongamos, también, él y él y ella y ella…y sigamos llenando páginas y páginas.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.