
Que no hay sólo dos sexos, hace tiempo que lo sabemos. Que no hay sólo dos géneros, ni dos orientaciones, ni dos identidades, es algo que yo sé hace tiempo, pero que me surgió el otro día en una cena con amigas. Estábamos bromeando acerca de las chicas que nos gustan a cada una y allí se decidió que yo no podía considerarme lesbiana. Más allá de que hace tiempo que yo misma no me considero lesbiana sino bisexual, lo cierto es que en dicha cena se restringió aún más la etiqueta de lesbiana que se me puede aplicar.
La verdad es que es cierto que no se puede decir que a mí me gusten las mujeres, sino sólo las mujeres masculinas. Esto va más allá de decir que tengo ciertas preferencias eróticas (como tiene todo el mundo) o que no me gustan todas las mujeres (faltaría más), sino sólo algunas de ellas. Lo que quiero decir es que mis preferencias eróticas nunca han incluido a mujeres de las consideradas femeninas, ni siquiera ligeramente femeninas. Nunca jamás en la vida me he sentido atraída por ninguna mujer que tenga rasgos de esos llamados femeninos o que se asuma como tal. Que conste que estoy hablando de gustos eróticos personales, nada más. Por supuesto no juzgo ni opino sobre ningún aspecto físico ni estético, ni opino que ningún comportamiento erótico sea mejor que otro; sólo digo lo que a mí me erotiza, nada más.
Porque a mí una mujer que asuma rasgos físicos femeninos, que se vista de mujer, no puede erotizarme nada. No me erotizan las mujeres con pelo largo, ni las que se maquillan, ni las que llevan falda o zapatos de tacón. Es completamente imposible que me sienta sexualmente atraída por una mujer así. Y tampoco me gustan los cuerpos femeninos supuestamente más deseables que aparecen en la imaginería hetero, pero también lesbiana. Esas mujeres supuestamente perfectas de los anuncios, las revistas o el cine no me suponen nada sexualmente. Me gustan las mujeres con las caderas estrechas, el culo pequeño y los pechos pequeños también. Eso en lo que hace al aspecto, que es lo primero que vemos y lo que nos erotiza al principio, aunque luego en lo que hace a los comportamientos personales y sexuales la cosa se complica, porque me he encontrado con chicas muy masculinas de aspecto que después asumían comportamientos de los considerados muy femeninos en su vida sexual, y la cosa entonces tampoco funcionaba bien.
Cuando cuento esto fuera de mi círculo más íntimo la primera reacción es siempre decir que lo que pasa es que a mí me gustan los hombres. Pues no. Desde luego no me siento atraída sexualmente por los hombres en general, aunque es verdad que me siento más atraída por determinados hombres que por las mujeres femeninas. Pero en realidad, lo que a mí me gustan son las mujeres masculinas. Y esto ha sido así desde siempre, aunque cuando era niña o adolescente era muy complicado encontrar a ninguna mujer que se visibilizara como masculina, por lo que fui heterosexual hasta muy tarde. Y nunca sentí deseo por una mujer, en toda mi vida, hasta que llegué a la universidad y me encontré con una butch. Y entonces sí que me di cuenta de que yo era una mujer a la que le atraen sexualmente las mujeres masculinas, como por cierto nos ocurre a muchas. Es hora de que dejemos de pensar en binario, porque el mundo binario no refleja la realidad, sólo la simplifica.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.