
El feminismo de la segunda ola nació con, entre otras cosas, un potente discurso sobre la sexualidad. Cosas que hoy nos parecen obvias, como que sexualidad y reproducción no son lo mismo, como que las mujeres tienen derecho al placer sexual y que éste no depende de la penetración ni de su vagina, como que la heterosexualidad no es natural ni inevitable, que tenemos derecho a nuestro cuerpo, a controlar nuestra reproducción…todo eso no surgió por generación espontánea, lo formuló y lo hizo popular el feminismo. Entonces significó una auténtica revolución.
No sólo eso, el feminismo acertó al explicar que la sexualidad es una construcción cultural y que la (hetero)sexualidad, tal y como la conocemos, es una construcción del patriarcado que tiene por objeto contribuir a la desigualdad de las mujeres. Desde ahí, el feminismo cuestionó las instituciones sexuales imperantes, especialmente la heterosexualidad obligatoria, que hace parecer natural, necesaria e inevitable la atracción y complementariedad entre los sexos. Con la teoría feminista la naturalidad del sexo, la complementariedad entre los géneros, las construcciones sexuales…todo eso saltó por los aires.
Pero en las siguientes décadas el feminismo occidental según iba alcanzando pequeños espacios de poder, iba siendo más y más temeroso de perderlos. Con la institucionalización del feminismo, éste dejó de lado cualquier teoría/opinión sobre la sexualidad para centrarse en algunos aspectos materiales de la desigualdad entre hombres y mujeres, olvidando la materialidad de la opresión sexual y obviando también que sin un profundo cambio cultural/simbólico en lo referente a la sexualidad, la igualdad es imposible. No debería ser ni necesario explicar que cuestionar la institución de la heterosexualidad obligatoria y el uso que el patriarcado hace de ella, no tiene nada que ver con mantener prácticas heterosexuales satisfactorias.
El miedo que siempre han tenido las feministas heterosexuales a ser confundidas con las lesbianas, el miedo a perder la cuota de “respeto y prestigio” social y político, que tanto les ha costado conseguir, les ha llevado a alejarse de cualquier cosa que suponga la más mínima posibilidad de que se las tome por lesbianas. De ahí, no sólo los inmensos armarios de muchas de ellas, sino también el alejamiento de cualquier cuestionamiento de la heterosexualidad. Cuestionamiento y crítica que, por cierto, realizan sin problemas muchas feministas heterosexuales anglosajonas, al parecer menos pacatas o más conscientes de lo que significa la institución heterosexual que es, sobre todo, un sistema de control de todas las mujeres y de todos los hombres. La institución heterosexual divide el mundo en dos mitades, naturales y complementarias y que se atraen como los polos magnéticos. Construye el género social, reparte papeles y expectativas, construye prácticas y sistemas de pensamiento.
En lo más inmediato hay multitud de cuestiones fundamentales para el feminismo que requieren de un profundo cambio sexual o que no pueden ser explicadas y combatidas si no tenemos en cuenta la construcción social de la sexualidad: la prostitución, la división sexual del trabajo, la relación entre poder y sexualidad, la violación, la violencia, la construcción del amor y su utilización para someter a las mujeres…así como todas las implicaciones simbólicas que tiene la sexualidad en nuestra cultura y que inciden de manera determinante en construir un sistema de desigualdad.
El otro día estaba en una asociación feminista y leía en la pared la lista de “derechos sexuales y reproductivos” de las mujeres que se supone son una de las principales reivindicaciones feministas. Los leí con atención para cerciorarme de que los diez derechos allí consignados eran exclusivamente derechos reproductivos y no derechos sexuales. Es patético que 50 años después de que el feminismo comandara lo que entonces se llamó “revolución sexual” y que vino a cambiar la manera en que vivíamos hombres y mujeres, la manera en que nos relacionábamos, la manera en que nos pensábamos a nosotras mismas, como sujetos de derechos sexuales, de placer, de bienestar, de libertad y felicidad, hayamos acabado ahora, otra vez, confundiendo sexualidad y reproducción. Es terrible que el feminismo que comenzó siendo una potente teoría sobre la sexualidad haya acabado sin nada que decir sobre ésta.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.