
En las últimas semanas he tenido ocasión de volver a una vieja discusión que parece que no tiene fin: las ventajas o desventajas de la lactancia materna. Es un tema que para mí es mucho más que teórico, porque fue en el parto de mi hijo y en la subsiguiente lucha para defender mi derecho a no dar de mamar cuando prácticamente nací como feminista. Sé que suena exagerado o espectacular, pero aquel fue un suceso que me marcó mucho y a partir del cual yo comencé a leer, a aprender, a hablar con otras mujeres… y hasta aquí. Por eso nunca dejo de entrar en ese debate cuando se plantea y en las últimas semanas me lo he encontrado varias veces.
Por una parte leí una entrevista muy interesante a Elisabeth Badinter a propósito de su último libro, Conflicto, en el que critica muy duramente la ola de nuevo naturalismo que estamos viviendo y que yo relacionaría, en algunos aspectos, al neomachismo. Este naturalismo trata de convencernos a las mujeres de que volvamos a un parto y crianza naturales: hay que dar de mamar, hay que hacerlo mucho tiempo, se puede parir en casa y sin epidural mejor. Al mismo tiempo que leía esa entrevista me vi envuelta en una polémica sobre este tema en el Facebook, y no era la primera vez: éste es un tema recurrente.
Curiosamente, las partidarias de la lactancia comienzan siempre denunciando que son víctimas de una campaña antilactancia. Basta con pasarse por un hospital o tener a una amiga o familiar recién parida para comprobar in situ que lo que ocurre es exactamente lo contrario. Lo que ocurre es que como lo que sí es cierto es que, a pesar de todos los intentos, las mujeres que dan de mamar mucho tiempo son muy pocas, las que lo hacen se sienten perseguidas y heroínas de la causa. No hay tal persecución, sino al contrario: cualquiera puede leer en los periódicos la ofensiva que existe a favor de volver a la lactancia materna exclusiva, y ver que ésta se apoya en una ofensiva también médica y hospitalaria. El debate parece girar alrededor de la lactancia, pero en realidad es un debate sobre la libertad de elegir de las mujeres y también sobre el rol social de la maternidad.
No quiero dejar de contar mi experiencia. Todo empezó mal ya antes del parto sólo porque manifesté que no quería sufrir nada; anatema, al parecer. Por lo que luego he visto, las madres deben aceptar que sufrir y pasarlo mal forma parte del lote de la maternidad y que manifestar cariño por una misma está mal visto. Como se preveía un parto doloroso y complicado, pedí que me hicieran una cesárea, que no quería esperar entre dolores a ver si el niño cabía o no cabía. Desde el principio expresé una clara voluntad de que, dando por hecho que no se haría nada que perjudicara al niño, lo que más me importaba era que no me doliera, y ante esa actitud mía, el médico le dijo a mi madre que nunca había visto a una madre tan egoísta. Mi pecado fue decir: “Si mi hijo está bien, quiero estar bien yo también y, sobre todo, no quiero que me duela”.
Cuando por fin nació yo ya tenía muy mala fama en la planta del centro hospitalario. Enseguida manifesté que no quería darle de mamar (mi madre no dio de mamar a ninguno de sus hijos y siempre ha hablado de las ventajas del biberón). Acababa de entrar en un trabajo nuevo que me hacía mucha ilusión y el padre de mi hijo trabajaba en casa, así que estaba claro que al niño lo criaría él. Simplemente elegí que no quería dar de mamar. No tenía ideas preconcebidas acerca de darle de mamar o no el tiempo que estuviera en el hospital, pero cuando lo hice por primera vez me resultó muy doloroso y desagradable. Además tenía poca leche y el niño no paraba de llorar de hambre, así que ¿para qué iba a pasar por eso una semana? Estaba agotada, quería dormir y el biberón se lo podía dar el padre o mi familia. Las enfermeras se negaron. Cuando dije que necesitaba descansar me dijeron: “¿Y qué te creías que era ser madre?”. Fue un infierno. Los médicos se negaron a retirarme la leche y me pasaba el día en el llamado “sacaleches”, que me hacía sentir como si fueran a ordeñarme. Las enfermeras no me hablaban si no era para dejar claro que yo no merecía ser madre. La posibilidad de elegir fue inexistente. Entonces yo no hice otra cosa que llorar. Ahora les hubiera puesto una denuncia.
Hablando de esta cuestión el otro día con mi cuñada, que es feminista y ginecóloga en un hospital público (además de madre primeriza), me comentaba que ella tampoco quiso dar de mamar y que la situación es hoy mucho peor que cuando yo tuve a mi hijo; que los talibanes de la lactancia han impuesto su ley en la sanidad pública hasta el punto de que los biberones están escondidos para que ninguna enfermera o médica se apiade de alguna madre que no pueda o no quiera dar de mamar. Mientras están en el hospital, la orden es que todas den de mamar, quieran o no. Me cuenta mi cuñada que ella ha llegado a comprar biberones en la calle para dárselos a madres con grietas terribles en los pezones o a otras que no les ha subido la leche por las razones que sea o que no quieren pasar por esa experiencia; que compra los biberones fuera y se los da a escondidas. Mi cuñada me dice, ya lo sabía yo, que el biberón es tan seguro como la leche materna y que los estudios que se hacen para demostrar las ventajas de una sobre otra son… estudios; que cualquier médico sabe que los estudios dependen de quién los pague y que no pasa nada por criarse con biberón, como demuestran ya varias generaciones de niños y niñas criadas así. En todo caso, no hace falta que me lo dijera nadie. Es una cuestión de elección y las mujeres, en algunas cuestiones, estamos retrocediendo. Se acaba de demostrar que en los partos en casa el índice de mortalidad es mucho mayor para los bebés y las madres que en los hospitales, como por otra parte era lógico, pero muchas actrices y famosas siguen alabando el parto en casa como si fuera una gran experiencia.
Puedo entender perfectamente que haya mujeres a las que les guste dar de mamar. Entiendo que la sensación de cercanía e intimidad con el bebé que se puede obtener en ese momento sea agradable para algunas. Pero lo que entiendo con mucha dificultad es que algunas mujeres no quieran anestesia epidural en el parto. Por supuesto tienen derecho, pero me resulta incomprensible. Me dice mi cuñada que cuando llega una mujer que no quiere epidural el parto suele ser más complicado y más peligroso. Aunque el dolor varía mucho de mujer a mujer, en general las mujeres que están con mucho dolor no ayudan ni siguen las instrucciones de los médicos. Por el contrario, una mujer serena, consciente y capaz de razonar es una ayuda importante. La verdad es que yo no consigo ver ningún valor ni moral, ni ético, ni práctico, ni de salud, ni de beneficio para el niño… ni de ningún tipo, en ese sufrimiento. Es como pedir que te operen de apendicitis sin anestesia. Sólo la religión da valor al sufrimiento. Bueno, la religión y también el patriarcado que tradicionalmente define como un valor en sí mismo el sufrimiento y el sacrificio de la madre, que presenta como una muestra de generosidad. Me parece que muchas mujeres, aunque no lo piensen así, siguen presas de esa concepción de que maternidad, sacrificio y sufrimiento van de la mano, pero eso no es más que una trampa. El sacrificio en sí no tiene ningún valor y no es mejor madre la que más sufre, ni quiere más a su hijo la que más se sacrifica. Cada una que plantee su maternidad según su propia filosofía de vida, pero la mía —y la de cada vez más mujeres— considera que en la maternidad, como en la vida, sacrificios los justos y dolores los menos.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.