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CLUE. Novela erótica ilustrada. Capítulo Cinco

Cinco. Apaga la luz

 Big girls cry when their hearts are breaking”

 Big Girls Cry. Sia

3+recortadoEn ese instante sentí cómo una bola de fuego subía desde mi estómago a mi garganta abrasando a su paso mi esófago, mis pulmones y mi corazón, que aún calcinado latía descontrolado sacudiendo mi respiración. Mis ojos atónitos no pudieron sostener su mirada. Me quedé tan impresionada que al mantelito color crema que cubría la mesa que compartíamos le vertí la copa que protegía mi mano para, supuestamente, no parecer nerviosa. Una mancha de vino que la tintorería no sería capaz de combatir, apenas se notaría, pero ahí estaría presente, duradera, latente, contando la historia transparente de la mano que la derramó. Eso me recordó que quien debía volver a su historia era yo. ¿La diosa Kali había visto a través de mí? No, la diosa Kali, la dualidad de la diosa Kali, se había puesto de manifiesto. Su espíritu oscuro. Cruel ensañamiento del ser desenfrenado y salvaje que había bailado una vez sobre Shiva.

No tenía agallas para comprobar su reacción al verme absolutamente avergonzada. Si en ella quedaba algún resquicio de duda seguramente mi actitud no había hecho más que confirmarlo. ¿En serio me había soltado que “la deseo” así por las buenas? ¿Es tan evidente esto? ¿Cuándo le he dado tantas pistas? ¿Quién es…? ¿Quién es ella para decir que…?

—¿Por qué dices eso? —pregunté.

—¿Te he molestado? —me contestó con otra pregunta atrevidamente.

—No, pero ¿por qué lo dices?— le insistí, aunque no estaba muy segura de si quería saberlo.

—Intuición simplemente— arguyó riendo como si no diera ninguna importancia al asunto—. No quiero parecer descarada pero… ¿no crees que es raro que dos personas extrañas queden para comer?

—¡Pero si acabas de decirme que no somos tan desconocidas!— inquirí con asombro.

—Desconocidas no es lo mismo que extrañas, ¿no crees?

—No, más bien no entiendo nada de lo que quieres decirme

—¿Te estás enfadando?— me preguntaba mientras le entraba la risa.

—Todo esto me parece un poquito peculiar, y eso contando con que yo venía preparada para situaciones cortantes pero tengo que admitir que esta conversación me está haciendo sentir algo incómoda— contestaba a la vez que adivinaba cómo mi cara se calentaba.

—Quiero decir que presiento que hay algo más detrás de una insignificante comida concertada por mera casualidad y que las coincidencias en muchas ocasiones son provocadas por las personas, hay cosas que se respiran en el aire sin intermediar las palabras —continuó sin vacilar— y que no me parece mal. Y que no tengo nada que perder si te digo todo esto. Es sólo que noté que me mirabas de cierta forma, o creí notarlo.

—Mira, últimamente me están sucediendo cosas que no controlo ni de lejos y puedo asegurarte que esta es una de esas. ¿Hemos quedado porque creíste notar que te miraba de cierta forma?

—En parte sí, pero principalmente hemos quedado porque tú has querido y yo también.

Su afirmación era tan cierta que no supe rebatirla y lo que se presentaba como un estupendo almuerzo entre Sara y yo se convirtió en un dejar transcurrir los minutos, en una situación desagradable y en una sensación agobiante llena de silencios incómodos y miradas ausentes. A Sara ya no le salían las palabras tan ágilmente y a mí se me había pasado el interés por contestar a sus preguntas. Deseando terminar con aquello, nos despedimos apáticamente y cada cual se fue por su lado. No quise mirar hacia atrás, pero lo que suelo querer y lo que suelo hacer en la mayoría de ocasiones no se corresponde, así que me di la vuelta para ver marchar a Sara, quien caminaba hacia delante sin titubear. No se giró, ni me miró de nuevo.

Parecía que me habían caído dos toneladas de peso encima, me costaba arrastrar el cuerpo y sólo pensaba y pensaba que tenía que haber aprovechado la oportunidad. ¿Por qué soy así? ¿Por qué? Siempre me ha pasado lo mismo, nunca he sabido beneficiarme de las cosas buenas al instante. Detrás de la puerta de mis frustraciones están todas esas primeras oportunidades perdidas. Es como si mi mente se volviera opaca, como si me hubieran inyectado el veneno de la serpiente Temple y mi sistema nervioso dejara de comportarse con normalidad. Fui consciente en ese momento de que mi propia imaginación había creado una criatura que acompañaba mis ilusiones continuamente generando una obsesión por aquella persona sin caer en la cuenta de que no estaba preparada para sus reacciones reales, la Sara que había cobrado vida en mi cabeza no era la Sara que hablaba hoy conmigo, y yo nunca fui especialmente valiente, siempre corro a las trincheras rechazando el ataque. ¿Ella se había fijado también en mí?

***

Pasó abril, pasó mayo y no volví a ver a Sara ninguna otra mañana desde entonces. No pisó el santuario matutino. Aunque yo me había preparado un minucioso discurso y una sarta de explicaciones por mi comportamiento gélido de aquel día, jamás tuve la oportunidad de decírselo; fueron las frases las que se congelaron antes de que pudieran salir de mis labios. Tampoco sabía dónde buscarla. La esperé cada día hasta hace unas semanas en que he dejado de esperarla. La primavera con sus colores no había conseguido que mis días dejaran de parecer oscuros. Alguna vez he escuchado decir que las mujeres lo complicamos todo demasiado, que a veces no nos dejamos fluir. Reprendo furiosamente esas afirmaciones, pero me pregunto si no habrá algo de cierto en ello. ¿Por qué no me dejé fluir en aquel restaurante?

Lo único que había seguido su curso era mi relación con Lola, la cual había traspasado la frontera entre El Paso y Ciudad Juárez, entre los encuentros fortuitos y las citas para comer, pasear, ir al cine, hacer la compra o quedarme en su casa. A veces me sentía despreciable usando su interés a mi completo capricho. Soy un gusano adhiriéndose a ella como las llantas de aleación al asfalto Beso recortado modificadopara menguar mi dolor. Realmente rastrero. Anoche con Lola al lado, me sucedió de nuevo, soñé con Sara. ¿Por qué sencillamente no puede salir esa mujer de mi cerebro de una maldita vez? Mis sueños con ella son tan reales… De repente Lola ya no estaba, en su lugar de la cama una Sara adormecida, destapada y de espaldas a mí respiraba profundamente. Yo veía cómo su torso se movía al ritmo del aire que entraba y salía plácidamente de su cuerpo. Sólo llevaba puesto un ligero camisón de color pálido que no cubría sus rodillas ni sus hombros y que me dejaba adivinar la figura que vestía. Me acerqué con cuidado y olí su pelo, lo besé, pegué mi pecho a su espalda y rodeé su cintura con mi brazo. Entré en el Olimpo de los dioses. La mano de Sara agarró la mía, no estaba dormida. Hice un movimiento automático con la cadera y apreté mi vientre contra ella recogiendo en mi regazo sus piernas que se correspondían tan perfectamente que ya no quisimos separarnos. Ella siguió mi movimiento mientras nos metíamos mano, nos mecíamos tocándonos y jadeábamos a la vez. Sostenía mi cabeza entre sus dedos cuando nuestros besos empezaron a quemar y sus labios incandescentes ardían arrasando mi boca. Su lengua, políglota en besos, esa lengua que no me cansaba de probar, me decía que necesitaba más. “¡Bésame, Sara!” Y Sara obedecía y me dejaba morder, lamer, hacerme con su alma, sacarla de su cuerpo a base de sexo. Parecía como si me hiriera con una daga, un corte pequeño, fino, afilado, cuando su pelo me cercenaba la cara y el cuello. Me4recortado +oacuro naranja gustaba enredarme con él mientras me sesgaba el hálito. Me permitía jugar por debajo de su ropa, recorría sinuosamente el borde de sus muslos hasta que conseguía entrometerme entre ellos con un claro destino, buscaba su textura, su sabor, su alimento “¡Cómo te deseo!” Sara levantaba toda su complexión para hacérmelo llegar. Otras veces me entregaba sus pezones, yo los recibía retirándome la melena de la cara, deseando meterlos en mi boca, apretándolos entre mis labios y absorbiéndolos muy dentro de mí, sedosos y erectos me destrozaban completamente, me moría de ganas de hacerle de todo, de arañarla con mis garras, de marcarla, de borrarla, de poseerla, de atarla, de adorarla. Sara me estaba deshaciendo, me estaba vaciando y yo sólo podía desear que esto no fuera otro sueño. Así solían terminar mis fantasías mientras yo flotaba en el aire.

Por eso, por eso cada noche cuando Lola y yo nos acostábamos habiendo tenido sexo o sin él, yo le pedía que apagara la luz para sumergirme en mi océano de sueños con la mujer que realmente deseaba. La locura me estaba pudiendo porque me enamoré perdidamente de ella desde la primera vez que la vi “¡Que Dios ruegue por mí!” Porque el amor no es sólo un sentimiento, es un estado que no te deja vivir, un estado provocado por una palabra, un gesto, una impresión, un estado que viene de la nada para convertirse en todo sin comprender nunca donde estuvo el punto de partida, qué fue exactamente lo que lo detonó para ahora aprovecharse de mí, porque las personas estamos construidas sobre movedizas bases naturales que creemos estables pero que se tambalean todas cuando ella me mira, y se desplomaron la última vez que me miró. Es un sentimiento codicioso que sólo necesita una materia donde sobrevivir: yo.

—Esther, ¿quién es Sara? —me preguntaba Lola interesada.

—¿A qué viene esa pregunta?

—Es que hay noches, mientras duermes, en las que, a veces, repites ese nombre. Al principio no entendía bien lo que decías, pero ahora se me inflan las sienes cada vez que lo pronuncias.

Esbocé una sonrisa al estilo de ese forajido que sale en las películas al que han acusado por un delito que jamás cometió, y al cual el sheriff ha creído capturar, pero que siempre se guarda un as en la manga para escaparse o disparar. Yo preferí disparar.

—Es la persona que quiero para mí.

 Lola no se inmutó, me cogió y me empujó suavemente en dirección a la cama.

 —No, hoy no me apetece realmente. Apaga la luz, por favor.

 Clic.

 ¡Todos los miércoles un nuevo capítulo!

Ilustraciones: Chus Rodríguez

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There are 6 comments

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  1. Gaby

    “Detrás de la puerta de mis frustraciones están todas esas primeras oportunidades perdidas.” Qué buena frase, se aplica a todas las situaciones de la vida. a esperar otra semana, ésta historia ya me atrapó. Saludos.


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