Clue naranja nombre

CLUE. Novela erótica ilustrada. Capítulo Dos

Dos. Buscando a la diosa

 “… Not the thoughts your actions entertain…”

 A Real Hero. College & Electric Youth

 

pEINADO MORADO¿Qué hora era? ¿Me había dormido? ¿Se me había hecho tarde? Afortunadamente el desasosiego de este desconcierto sólo duró los segundos que tardé en mirar la hora en mi radio despertador y comprobar que, imperturbable, era la misma, temprana y monótona hora de siempre. Me había descolocado el hecho de haber conciliado el sueño serenamente y de una vez sin despertarme durante la noche para hacer la ronda nocturna, consistente en levantar a tientas la tapadera del váter, miccionar esmeradamente, como si se tratara de un trabajo para subir la nota de alguna asignatura, esforzándome innecesariamente en algo que está claro que ya ha salido por sí solo, para luego volver a la cama, sin dejar antes de verificar que las vecinas del piso de arriba siguen con su ajetreada vida noctívaga. Una vez que todo está bajo control ya puedo descansar tranquila. Lo cierto es que, a veces, me daba la sensación de que no terminaba de aliviarme el hecho de acostarme sola; al fin y al cabo hacía poco más de dos meses desde que Lourdes y yo lo habíamos dejado, aunque antes de eso ya no compartíamos la cama. Esta noche había sido distinto, caí rendida y me dormí sin inmutarme hasta la mañana siguiente. Era maravilloso, notaba cómo sin predecirlo se me dibujaba una sonrisa en la cara al percatarme de que la razón de aquel plácido sueño no era otra más que la chica desconocida de la cafetería, la que había colmado mis fantasías la noche anterior. Me alegré enormemente. Era viernes y me había impuesto la misión de intentar cruzar alguna palabra con ella o, al menos, poder curiosear sus rasgos de frente, el empíreo rostro de la diosa Kali.

Me vestía despacio, porque el tiempo me lo permitía, analizando lo que iba a ponerme. Quise arreglarme tímidamente un poco, presentarme con un aspecto aceptable para que ella, al posar sus ojos en mí, viera algo que le agradase simplemente. A veces me quedo atónita pensando en lo inconstante del ser humano. Somos tan cambiantes como la variabilidad del clima, tenemos un baremo de inestabilidad muy parecido al meteorológico. Tan pronto estamos en calma como que el viento de levante nos mueve las mareas a cincuenta kilómetros por hora y nos sube y baja los niveles del agua haciéndonos zozobrar. Yo misma soy un ejemplo de ello. Hacía tres días pensaba que no estaba preparada para embarcarme en otra relación y, sin embargo, aquí estoy componiendo mi apariencia para gustarle a otra persona de la cual desconozco desde su nombre hasta precisamente cualquier cosa que le guste. Entré al cuarto de baño para peinarme y decidí dejar estas divagaciones en la puerta: no era el momento. Realmente estaba muy emocionada. Puede parecer una tontería o una locura, pero deseaba verla con tanta fuerza que evocando de nuevo mi noche de pasión imaginaria volví a mojar la ropa interior. Tampoco era momento de esto ahora, tenía que salir a buscar a la diosa. Sin motivo me dirigí al trabajo demasiado deprisa, dado que no llegaba tarde no existía tal necesidad. Además, casi prefería llegar allí cuando ella ya estuviese, pero algo dentro de mí apremiaba mi paso y lo hacía galopante.

Conté los minutos hasta que dieron las nueve y tomé el camino hacia la cafetería que había ascendido ahora a la categoría de santuario. Cuando entré ella aún no estaba. Tuve que esperar de nuevo. Pedí como de costumbre, y mientras tanto elaboraba mi plan de ataque. Primero, Kali entraría y escogería, como las veces anteriores, una mesa libre cerca de alguna ventana. Mientras ordenaba un cortado depositaría sobre la tabla el pequeño maletín que enfundaba su inseparable portátil y acto seguido se sumergiría en un tecleo de letras constante. ¿Qué es lo que escribe tanto? Seguramente esté relacionado con su trabajo, ¿quién sabe?, pero puedo intentar quizás hacerle alguna pregunta sobre el aparato, para entablar conversación o romper el hielo de alguna manera. Conjeturando de forma disparatada se me había pasado el tiempo y no había reparado hasta entonces en que el primer paso del plan aún no había sido dado, no hallaba rastro de Kali por ningún sitio. Decidí no turbarme, al fin y al cabo tenía que reconocer que me estaba montando mi propia película. Estaba perseverando ansiosamente para ver a alguien a quien no conocía, alguien que sin saberlo ha formado parte de mis más apasionantes ficciones sexuales, alguien a quien me había dispuesto invadir sin titubear. A veces, sinceramente, yo misma creo que estoy rozando la fina línea entre la cordura y el “estar como una cabra”, pero de nada me servían tampoco estas reflexiones, pues en mi mundo más interno deseaba de manera vehemente que Kali se manifestara, que iluminara el santuario con su presencia, que me dejara verla otra vez para adorarla como a una aparición mariana. No pudo ser, ella no se presentó y yo ya tenía que irme. Las sienes me apretaban, me sentía ridícula y estúpida, y profundamente triste.

Afronté el martirio laboral como pude sin intención ninguna de aportar mi granito de productividad al día de hoy. ¡Qué absurda! ¿Cómo podía entregar mi estado de ánimo a una completa desconocida? Pues sí, así era. Kali me había hechizado. Parecía la presa indefensa de una leyenda griega en la que los dioses se divierten jugando con el destino humano. Llegué a casa y sin pensarlo mucho desbloqueé el teléfono. Automáticamente busqué el número de Carla, mi incondicional Carla que siempre está ahí para escuchar mis lamentaciones.

—Lo que me estás contando, ¿va en serio?

Fue su respuesta cuando terminé de exponer que llevaba tres días locos soñando que le hacía el amor a la mujer más apetecible con la que me había encontrado nunca, que la aguardaba por las mañanas tan sólo para observarla y poder fantasear con ella y que había perdido el juicio hasta tal punto, que a pesar de que todo indicaba que esa persona estaba fuera de mi alcance, yo me había armado de valor para encararla, y ella ni siquiera se había personado.

—Tengo que darte la razón. ¡Estás enloqueciendo! —me escupió. —Pero aun así, soy tu amiga y te aprecio. Esta noche te vienes conmigo, he quedado con las chicas. Verás cómo hacemos que te olvides de la tal Kali. Lo pasaremos genial.

De manera que sin vacilar demasiado y sin nada mejor que hacer, ahí estaba yo en un club de ambiente con mis amigas y unEscena con Lola recortado 4 colores montón de chicas. En medio de todas, entre la gente, buscaba su pelo, alguien que me recordara a ella aunque fuera en lo más mínimo. Ciertamente aquella obsesión me estaba dominando. ¿Qué me pasaba? No, es más, ya ni siquiera quería saber qué me sucedía, más bien me preguntaba: “¿Por qué me ocurre esto ahora que necesito un poco de estabilidad emocional?” Por algo terminé con mi novia. Imposible, no podía fijar mis ojos en nadie, su imagen me venía una y otra vez a la cabeza; la comparara con quien la comparara ninguna me parecía lo suficientemente buena para medirla con ella. Ante la actitud interrogante de mis amigas, a las que no pretendía aguar la fiesta, decidí que la mejor opción sería intentar evadir el tema y llenar de nuevo el vaso de tubo con algo de alcohol. Tras cuatro copas y dos invitaciones a tequila mi mundo empezaba a tambalearse peligrosamente. Ya no era dueña de las prescripciones que mi cerebro trasladaba a mis músculos, más bien parecía que cada uno iba por su lado. Sonreía fácilmente a cualquier careto que se me cruzara por delante, y la ligereza del gesto parecía que se me había petrificado en la mandíbula. Vi como una chica de pelo corto y sutil aspecto varonil se acercaba hacia mí. Me acordé de que había encontrado su mirada unas cuantas veces durante la noche. Perseguí su contoneo mientras pasaba fácilmente entre el gentío y continuaba lo que parecía un acceso directo a mí. Tenía un aire desenfadado y una pose dura, demasiado estándar en ese sitio, pero me gustaba su contorno, su pelo disparado hacia la cara y sus labios profusos.

—Ya no controlas mucho, ¿verdad?. —Me preguntó cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que pudiera escucharla con claridad entre aquel tumulto.

—¿Quién eres tú?

—Lola.

Pasaron ochenta y tres minutos y dos cigarros hasta que Lola y yo salimos del local con destino a su casa, que según ella, estaba cerca. Me agarraba fuertemente de la cintura y me achuchaba el cuello como si quisiera morderme. En efecto, en cinco minutos Piernas recortadoestábamos en su apartamento. Estaba algo mareada, pero aún así fui capaz de resistir el envite de su cuerpo cuando se abalanzó contra mí. Botamos en la cama. Nos besamos rudamente al principio, para más tarde bajar la presión y hacerlo delicadamente. Eso me gustó. Yo sostenía su nuca y contorsionaba sus labios contra mi boca. Por supuesto, buscaba a la diosa; pero a la vez, por alguna razón, me sentía eufórica, me sentía deseada. El deterioro de mi relación anterior había mermado y casi borrado esa sensación de mi mente, pero ahora lo percibía muy bien. La chica me estaba quitando la ropa. Cuando estuve completamente desnuda comenzó a acariciar con su embocadura todo mi organismo. Ella no se había despojado de nada. Pasaba suavemente sus labios por mis piernas y mi vientre erizándome la piel. Se desvistió delante de mí. Ya en cueros, se tumbó encima. Nuestras piernas supieron ensamblarse estratégicamente y comenzamos a frotarnos con el muslo ajeno. Cogimos velocidad. Yo notaba como mi pierna se empapaba, ella estaba muy agitada, suavemente vaporosa. Nos besamos de nuevo. Si alguien nos hubiera observado desde fuera habría supuesto que estábamos enamoradas, pero no era así; yo no sabía nada de esa persona, y ella no conocía absolutamente nada de mí. Pero la deseaba, en ese momento, la necesitaba. Como si me hubiera leído el pensamiento fueron bajando sus mimos hasta mis pechos, que no cesaba de acariciar exquisitamente. También los besó y mordió y chupó. Siguió bajando y sufrí un roce mojado entre mis ingles que se convirtió en un vaivén de lametazos; desatinados al principio, para volverse más certeros cada vez. ¡Ufff! Mientras me meneaba recordaba como la noche anterior, en mis ilusiones más húmedas, había devorado a la diosa. Sentí como me derramaba por la vagina y mi placer se multiplicó por tres. Mi turno. Quise tocarla y pringué dos de mis dedos con su boca. La penetré con ellos alocadamente, me paseaba por sus labios y su clítoris sin dirección concreta. Ella intentaba cazar las yemas de mis dedos desesperada. Ambas habíamos logrado aquella noche, sin anhelar otra cosa, compartir la calidez de un cuerpo humano para llegar al orgasmo, sin más.

El fin de semana se había presentado impredeciblemente convulso. El lunes volví a mi vida con la certeza de que no tenía ni idea de qué hacer con mi vida. Padecía un hambre voraz y mi masa imploraba cafeína. Ensimismada, me dirigí a desayunar. Comía y pensaba en Lola, quien me había dejado tres mensajes en el móvil, aún no había contestado a ninguno.

—Disculpa, ¿podrías pasarme el periódico del local?. Lo tienes justo al lado.

Giré la cabeza en dirección contraria hacia donde mi interlocutor me indicaba para asegurarme de que, efectivamente, esa voz, que tanto había reproducido en mi cerebro, pertenecía a la resbaladiza diosa Kali, aquella a la que había buscado incesantemente estos días. No llevaba su habitual maletín y se había sentado en la barra, dos taburetes más allá del mío.

Estaba claro que el destino se sobrepasaba conmigo, pero yo no iba a quedarme paralizada viendo las cosas pasar delante de mí. “Ahora o nunca”, pensé…

 ¡Todos los miércoles un nuevo capítulo!

 Ilustraciones: Chus Rodríguez

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There are 15 comments

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  1. juntd

    me parece muy buena la historia no dejes en suspenso es muy feo jajaja 🙂 he leido muchos relatos eroticos y tu lo explicas de una manera real y no tan sucia ya que sea miercoles

  2. little trouble

    uffff que esa Lola se ha terminado portando bien al final … no se como no había leído esto antes
    y que mente la tuya de crear algo tan bueno que me he imaginado todo !!!
    yo si te invitaba a ti el café de la mañana es cosa de que digas si y listo 😀


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