Clue naranja nombre

CLUE. Novela erótica ilustrada. Capítulo Seis

Seis. Nadir

“And I wonder if I ever cross your mind

for me it happens all the time…” 

Need you now. Lady Antebellum

 

CLUE OSCURO ++ RECORTADO amarillo con logoMi epopeya no había mutado demasiado. La guerrera épica que llevaba dentro de mí se encontraba justo en el nadir de la historia. Mi ánimo derrotado se había rendido y ya sólo me dejaba llevar por los sucesos cotidianos como se somete la arena disciplinada de la orilla que vuelve arrastrada al mar. Lola cada vez iba ocupando más espacios en mi mente, nuestras conversaciones, nuestras discusiones, nuestras cosas y Kali había dejado su lugar eterno para convertirse en un recuerdo. Me sentía como un rompecabezas en el que de repente no encaja ni una sola de las piezas aunque vinieran todas empaquetadas en la misma caja y la foto exterior mostrara un bucólico paisaje, una famosa construcción o un cuadro archiconocido, yo no sabía encontrar las claves para conformar apenas una de las esquinas. Mi vida en este instante no tenía esquinas, ni recovecos, ni rincones, ni callejones, ni laberintos, ni subidas, ni bajadas, ni sensaciones, ni emociones. Mi vida volvía a ser plana. Ese fue el motivo de mi última locura.

Llegaba a mi apartamento después de haber pasado casi una semana entera en casa de Lola. La miraba y sentía lástima por ella y rabia por mí, porque no podía corresponderle del todo, porque se me hacía tediosa, a veces, su cercanía y, sin embargo, no paraba de refugiarme en ella; pero no era capaz de convertirla en víctima. Me sorprendía en ocasiones de la frialdad polar con la que podía arremeter contra su persona, usando desde la indiferencia más absoluta hasta la mirada más devastadora. Me apenaba profundamente mi actitud y nuestra mentira, pero eso no me impidió volverme un ave rapaz cuando, tirando de la bolsa de deporte que contenía mis cosas, coincidí con la vecina de arriba, una de las chicas que comparte piso justo encima del mío. Nadie en el edificio tenía muy buena opinión sobre las actividades y movimientos que rodeaban la sexta planta. Yo siempre había presumido que aquella chica era prostituta junto con sus compañeras, pero nunca le conferí demasiada importancia al asunto. En mis noches en vela, mejor o peor, el bullicio de la sexta planta me había venido como anillo al dedo para distraer la mente y someterme a los placeres del cotilleo vecinal. Solía escuchar pasos y gemidos a altas horas de la madrugada, pero más que una molestia eran una compañía para mí. Una de ellas llamaba mi atención, no exactamente por su belleza; había algo en su persona que magnetizaba mi retina cuando la veía pasar. Supongo que siempre se dio cuenta, porque nunca intenté esconder mi agrado por sus faldas y sus escotes atrevidos, y ahora estaba plantada justo delante de mí en la cabina cuadrada que nos elevaba, primero a mi planta y luego a la suya. Yo miraba al suelo haciéndome la pensativa con la bolsa entre las manos. Ella llevaba unas sandalias rojas en forma de serpiente; la cabeza del animal asomaba hacia sus dedos y el resto del cuerpo se enroscaba en sus tobillos. Sus piernas, sanas y salvas de la mordedura del venenoso reptil, sostenían con la elegancia de unas columnas corintias su cuerpo envuelto en un vestido blanco que agraciaba sus proporciones. Empecé a notar que me agobiaba un poco. Últimamente el sabor de mi vida apagada generaba en mí un deseo insólito por sobrepasar límites y decidí seguir el impulso.

 —Son muy bonitas tus sandalias, aunque también diría que un tanto letales.

—¿Letales? ¡Ah! ¿Lo dices por la serpiente?

—No, lo digo por ti.

—Entonces, ¿yo tendría que decir que lo que te parece bonito no son mis sandalias, sino yo? —me salió con esas en medio de un torrente de carcajadas.

Su rapidez de respuesta me dejó sin palabras y sólo supe agachar la cabeza y vacilar.

—Oye, espero no haberte incordiado —ya habíamos llegado a mi planta y ella empujaba la puerta para dejarme salir—. Sólo era una broma, lo he dicho por los tópicos, ya sabes.

—¿Los tópicos?

—Sí, los tópicos, las habladurías. Aquí todo el mundo piensa que yo soy puta y tú lesbiana.

—¿Y no lo eres?

—Por supuesto que no. ¿Y tú lesbiana?

—Yo sí.

Escuchamos los alaridos y los golpes de algún impaciente que necesitaba el ascensor libre.

—¡Lo siento! ¡Siento haber sido tan bruta! —no dejaba caer la pesada puerta de color grisáceo y yo empezaba a ponerme nerviosa—. ¡Oye! ¿Tienes algo importante que hacer hoy? ¿Quieres venir luego a tomar algo a casa y así recompenso mi metedura de pata? —me decía con una sonrisa de oreja a oreja asintiendo a la vez con la cabeza—. Nos pasamos la vida ascensor arriba, ascensor abajo y luego no sabes ni quién duerme cerca de ti. ¡Anímate!

—¿Cuándo? —pregunté antes de que me diera tiempo a arrepentirme.

—En un par de horas. Nos refrescamos y preparo un picoteo.

Miré el reloj y subí los ojos reflexionando sobre el asunto. Mi mejor plan era poner dos lavadoras y pasar la aspiradora. El vecino cabreado iba a echar el edificio abajo tronando sobre la puerta.

—¡Genial! ¿Por qué no?

 Aún habiendo llamado al timbre me estaba preguntando si no sería mejor salir corriendo escaleras abajo y dejar esa cita para otra ocasión en la que yo estuviera menos ahogada en mis cosas y más lúcida, pero Estefanía, que así se llamaba la chica, abrió de sopetón y me pilló con cara de póker en la puerta. Cuando crucé el umbral, la disposición del sitio introducía al visitante directamente al salón. Siempre había pensado que todas las viviendas tendrían la misma estructura y echaba de menos el recibidor. Sin ese elemento me resultó imposible ubicar dónde se oían los ruidos nocturnos desde mi apartamento. Y si ella no era prostituta ¿Quién de sus compañeras lo era? ¿Se podía compartir piso con alguien con tal profesión sin más? De golpe me extrajo Estefanía de mis disquisiciones y colocó encima de un posavasos, que evocaba el recuerdo de “yo estuve allí” de lo que parecía alguna ciudad costera, una copa de vino blanco y esparció unos cuantos cuencos por la mesa. Al principio nuestra conversación sin sentido iba de banda a banda como las bolas en una mesa de billar sin un taco que las empujara hacia el hueco perfecto, pero poco a poco el vino hizo su efecto y entre aceituna y aceituna relajamos la charla y la tensión. Sin proponérnoslo Estefanía y yo dimos inicio aquel día a un ritual semanal en el que aprendimos a beber vino y a cotillear sin parar.

Imagen recortada p modified¡Qué bonito fue el día en que me di cuenta de que me gustaban las mujeres! Todo descansó dentro de mí y comencé a observar sin reparos esos cuerpos femeninos que disparan mis sentidos más allá de la órbita terrestre. Esa misma sensación reviví cuando Estefanía se sentó a mi lado y me acarició la pierna diciéndome que siempre había querido hacerlo con una mujer. No puse inconveniente alguno y resolví, por tanto, dejarla hacer. Que jugueteara conmigo, que curioseara mi cuerpo, que se entretuviera en su fisgoneo, que merodeara cuanto quisiera por mi persona y se satisficiera. Mi punto de partida estaba preparado y palpitante. “¡Vayamos a mi habitación!”, me dijo sin más, y yo la seguí como un perro babeante, como el azor se proyecta sobre el guante de su cetrero buscando la carne. Una Diana exuberante me había capturado como se atrapa a un animal salvaje con un vago señuelo. A media tarde, las cortinas entornadas de su ventana dejaban entrar una luz apacible y agradable, lo suficiente para ver pero no para mirar con precisión. Me tumbó sobre su cama y se sentó encima de mí a horcajadas, frotándose con la costura superior de mi pantalón. Veía cómo el vestido blanco que había recortado sus rodillas en el ascensor ahora se extendía sobre mi vientre y mis muslos dibujando ondas al compás de su movimiento. Yo notaba cómo sus bragas constreñían mis ingles mientras ella comenzaba a acariciarse los pezones. Eso fue mi perdición. Quise tocarlos y aprisionarlos yo también; me dispuse a erguirme para rozarlos con mis labios, pero ella volvió a empujarme hacia atrás recortando mis movimientos y me los acercó. No desaproveché la oportunidad. Supo medir cada gesto, cada sensación. Nos desnudó a ambas metódicamente y yo sólo tenía que dejarme llevar; me dejaba llevar de nuevo como las olas del mar. Comenzó a subir por mi vientre sin dejar su postura sentada mientras iba mojando mi ombligo con su untura. Continuó ordenada por la ruta de mis pechos hasta la boca donde se paralizó para dejarme probar, yo chocaba contra sus piernas. Comenzó entonces una cadencia ajetreada de sus caderas que me decían cómo actuar. Sin esperarlo, me giró sobre el cuerpo y puso mi cara contra las sábanas; así inauguró mi espalda a lengüetazos que bajaban fieles hacia mis nalgas. Entre tanto alojó una mano en mi abdomen, que yo encogía para dejarla descender holgada al calor de mi deseo. Comenzó a rozarme con sus dedos, que para no haber estado entre las piernas de otra mujer jamás, sabían exactamente dónde buscar mi placer. Nunca me habían hecho aquello. Noté una humedad cálida justo entre mis cachas que cosquilleaba mi ano, y sus dedos apretaron por delante toda mi feminidad.

 Cuando quise darme la vuelta me detuvo.

—Espera.

—¿Qué ocurre?

—Un momento —me dijo.

Se levantó y no pude ver muy bien qué hizo, pero volvió junto a mí.

—Perdona que no te lo haya dicho antes, pero lo cierto es que me siento mal si te vas sin saberlo.

—¿El qué?

—Pues que nos han estado viendo.

—¿Viendo?

—Sí.

—¿Quién?

Me señaló hacia una mesa donde tenía abierto un ordenador portátil.

—Bueno, ya sabes, trabajo con la webcam.

—¿Qué?

—No podía desperdiciar esta oportunidad, pero no es que haya querido aprovecharme de ti, realmente quería hacerlo contigo.

Yo no salía de mi pasmo y no daba más crédito a lo que me estaba sucediendo.

—Ya, más bien sabías que un numerito lésbico tiene tirón y ¿qué mejor que echar mano de la vecina de abajo, lesbiana y separada hace pocos meses, no?

—Mira, si quieres te puedo dar algo.

—¿Algo?

—Dinero —me contestó con seriedad.

—¿Dinero? —Al final la puta iba a resultar que era yo—. Adiós. No quiero dinero, me lo he pasado muy bien. Gracias.

—Si te sirve de algo, no se nos ve la cara.

—¡Qué alivio! —contesté irónicamente—. Eso no va a impedir que, te denuncie.

Metí un portazo a lo Rett Buttler y bajé las escaleras hacia casa.

Digamos que la cosa no podía empeorar más. Bueno, sí, las cosas siempre pueden empeorar, pero esto era el colmo de lo que me podía haber pasado en la vida. Ahora mi escarceo amoroso estaba en la web a disposición de todo pervertido que quisiera pasar un rato agradable. Prefería no pensarlo, no pensarlo más. No le contaría nada a Lola, ni a Carla; no le contaría nada a nadie. Esto era mejor asumirlo y guardarlo para mí, pero no acababa de creérmelo todavía. ¿Estas cosas pasan? Si me lo hubieran contando siempre hubiera pensado que son ese tipo de historias que se inventan y se van haciendo grandes bolas que ruedan y ruedan de boca en boca, de ciudad en ciudad y de país a país, pero lo cierto y verdad es que desgraciadamente me había pasado a mí.

No sabía dónde encontrar a Kali, el motor de mi espíritu durante ese corto periodo de tiempo. Pero quien supo impulsar mi maquinaria, izar mis velas en la oscura y turbulenta travesía siendo los ojos de mi nave mediterránea, quien aún seguía en mis sueños mientras iba desapareciendo de mis pensamientos se había apoderado del inconsciente porque yo no le dejaba más dimensión, pero ella permanecía escondida, acechando el momento de mi erupción, y así fue. Cuando todo comenzó a tornarse acre, yo, amazona, liberé mi sentimiento reprimido, me marqué las mejillas a ambos lados de la cara con los colores de la guerra y salí en busca de mi presa con hambre cazadora. Después de los sucesos desastrosos de esos días y de mi existencia empapelada, no reparaba mi arrojo en peligro alguno, ya fuera humano o sobrenatural. Había decidido concluir mi leyenda con un hecho glorioso. Las puertas de mi mente se abrieron, se afinó mi olfato rastreador y decidí buscar a Kali en el último sitio donde me dejó. Volví a aquel restaurante donde habíamos compartido nuestra única, funesta, fatídica y nefasta comida. ¿Realmente esperaba encontrarla allí? No tenía ni la más remota idea, pero no existía otra pista. Intentaba realimentar mi entereza de esta manera las quince o dieciocho veces que había dirigido mis pasos hacia aquel sitio y, asomando la cabeza por los ventanales, había comprobado que no encontraba señales de Sara.

Iba acelerada para llegar a tiempo a no sé qué lugar cuando fui consciente de que había tomado de nuevo la misma calle de aquelclue6 oscuro+recortado modified azul restaurante. No pude sino mirar hacia dentro; no me importaba recordar aquel bochornoso momento si podía recrear mi último encuentro con ella. A pesar de haber sido horrible, se había convertido, como un bálsamo de fuerte olor, en un recuerdo dulce que me relajaba la musculatura. ¿Que me deseas? ¿Ella estaba dispuesta a saciar mi deseo? Como si un radar se hubiera activado dentro de mí, cuando me fijé bien alcancé a atisbar una mesa en la que parecía que habían terminado hace rato con la comida, pero en la que mantenían una acalorada conversación. Sus dos ocupantes se señalaban el uno al otro y parecían bajar y levantar el tono de voz. Eran un hombre de avanzada edad, de alta estatura, de esos cuya mano parece que te puede coger toda la cara de una vez, y una mujer de unos trein… una mujer que… una mujer que no era otra que Sara. Era Sara. ¿Por qué? ¿Ahora? Estaba tan increíblemente guapa como siempre y entonces comprendí que el tiempo sin verla habían sido años luz, que no me perdonaba por haberla alejado de mi pensamiento y que mi sentimiento se despertaba vivo al solo segundo de mirarla. Me quedé allí unos diez minutos, observando. Ellos seguían enfrascados en lo suyo. Ella volvía, cada vez con más fuerza, a ser Kali para mí, la diosa que insufla vida al universo, a mi universo. Irresistible, inconfundible. ¡Ahora! Entré en el sitio abriendo tan enérgicamente la puerta que un grupo de una mesa cercana se volvió a mirarme. La que ocupaba Sara no se había percatado de nada. Me acercaba dispuesta a interrumpir sin saber ni qué hacer ni qué decir exactamente, pero me aproximaba.

 —Hola, Sara.

Ella levantó la vista y me reconoció de inmediato. Creo que se sorprendió. Miró al hombre que tenía enfrente y volvió sus ojos hacia mí.

—¿Esther? ¿Cómo estás?

—Bien. —Mientras contestaba buscaba en mi bolso algo con lo que apuntar—. ¿Y tú?

—Bueno, como siempre, supongo.

Sin pensarlo dos veces, cogí el papelito con la cuenta que tenían encima de la mesa, apartando lo que habían dejado de propina, y escribí detrás mi número de teléfono.

—Sara, te lo suplico, llámame. —Se lo entregué a la vez que descubría sus ojos de nuevo—. Te lo suplico.

Boquiabierta me siguió con la mirada mientras yo me marchaba.

—Tengo prisa. Hasta luego.

Moví la mano a modo de despedida dirigiéndome a ambos. Creo que se quedaron un tanto pasmados.

—Adiós —contestó.

Parecía que el corazón me botaba con el claro deseo de salirse por la boca y me dio por correr. Imaginaba que corría entre la maleza, salteando las espinas, mientras me desprendía de la ropa para zambullirme de lleno en un estanque salvaje donde aguardaba mi fiel caballo en el que montaría desnuda después.

¡Todos los miércoles un nuevo capítulo!

Ilustraciones: Chus Rodríguez

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