Clue naranja nombre

CLUE. Novela erótica ilustrada. Capítulo Siete

Siete. Bip bip

“Uh! And I suddenly see you
Uh! Did I tell you I need you every single day of my life?
Got to get you into my life…”

Got to get you into my life. The Beatles

Copia de Logo CLUE modified morado solo ULola me observaba, me miraba desde el sofá a la mesa donde yo estaba escribiendo un mail. Sus ojos me inquietaban, pero más me desesperaba no saber el motivo de tanta insistencia silenciosa. Levanté la cara y la enfrenté con gesto desenfadado.

—¿Qué?
—Nada —me respondía.
—Dímelo.
—No es nada.
—Lola, por favor, no paras de clavarme la vista y me estás poniendo histérica.
Suspiró y aspiró tomando así un poco de aire.
—Creo, y sólo digo creo, que me he enamorado de ti.

En ese momento, como una brutal alarma en medio de la noche, mi teléfono móvil sonaba y se movía compulsivamente al ritmo de la función vibradora.

—Lola, ¿pero qué dices? No bromees.

Le lanzaba estas palabras, aunque tenía casi la absoluta certeza de que lo que estaba declarando era verdad, o al menos así creía entenderlo ella.

—No lo hago, te lo digo con el corazón en la mano.
—Pero… pero tú sabías que esto era…
—Sí, yo sabía, yo sabía —interrumpió así mi preparado argumento—. ¿Por qué eres tan fría? ¿Eh? ¿Por qué? Nos va bien juntas, lo pasamos bien, ¿no?

Bip, bip. Recibí un mensaje de texto.

—Sí, Lola. Lo pasamos en grande, pero yo no puedo decir eso, ¿sabes? No puedo decir que estoy enamorada de ti.
—Oye, oye, que yo sólo he dicho “creo que estoy enamorada de ti”.
—Bueno, pues entonces dejemos este debate hasta que una de las dos tenga algo claro, ¿vale?

Mi alma veleidosa no quería seguir con esa discusión. Cogí el teléfono como excusa y me fui hacia la ventana que presidía su estudio.

BUZÓN jue, 22. 1 msje. nuevo. De: *********, 18:52 LLAME GRATIS al 123 para escucharlo.

Marqué 1 2 3.

Tiene un mensaje nuevo recibido el veintidós de julio a las dieciocho cincuenta y dos.

Hola, soy Sara. Ya veo que no te pillo en buen momento. Este es mi móvil por si estás dispuesta a devolverme la llamada. Ciao”.

Para devolver la llamada pulse 1.

¡Dios mío, Sara! Los ojos se me abrieron como platos ¿Sara? ¡¿Sara?! Y yo no había cogido el teléfono. ¡Mierda! Ahora las palabras de Lola me sonaban lejanas, a kilómetros de mí, así que no sentí ningún tipo de desazón cuando le dije que me iba a mi casa de inmediato.
—Pero, ¿por qué te pones así?
—Esto no tiene nada que ver contigo. Lo siento, pero tengo cosas que hacer y no puedo seguir aquí más tiempo.
—¿Qué es eso tan urgente de repente?
—Te lo explico luego. Adiós.

Recogí mis cosas como una exhalación y, por supuesto, no esperé a llegar a casa para hacer esa llamada. El escondrijo donde se alojaba mi alma dejó de ser un nido de roedores que agujereaban mi interior, y sus orificios se convirtieron en huequitos luminosos por donde se filtraba la luz, tan transparente, brillante y potente que todo se volvió de un cálido color. La luz del sol.

Un tono, dos, tres, cuat…

—¿Sara? ¡Soy yo! —contesté apresuradamente sin dejarla ni hablar.
—Lo sé. Hola. —Su voz era la medicina que paliaba en mí todo resquicio de culpa que pudiera llegar a sentir por Lola.
—Hola. Necesito verte.
—¿Verme?
—Sí.
—¿Y cuándo?
—Ahora.

A través del auricular noté que se reía.

—¿Ahora?
—Ahora, en este instante necesito verte, ahora, sí. Tengo que hablar contigo.
—Bueno, pero ese “ahora” ¿lo podemos dejar para dentro de unas horas? —me interrogaba y su voz goteaba en mis oídos, se escurría penetrando dentro de mí tocándome el cerebro, tocándome el corazón, me lo exprimía, me lo apretaba y se desparramaba delirante de pasión. Me excité. Miré el reloj, eran casi las siete y media de la tarde.
—Vale —contesté escuetamente.

Volví a escuchar que reía.

— ¿Y dónde quieres verme? ¿Va todo bien?

Si hubiera dejado hablar en ese momento a mi guerrera salvaje, le hubiera dicho que en mi cama dentro de dos horas, entre mis sábanas sin absolutamente nada de ropa.

—Oh, claro, todo va como siempre, ¿te parece bien a las nueve y media en el restaurante donde estuvimos la última vez?
—Mejor en otro sitio, ¿no crees? Aquel día no estuvimos muy acertadas ¿Por qué repetir?
—¿Dónde te apetece? Cualquier lugar es perfecto para mí.
—¿Te viene bien por la zona del cruce de Bailén con Mayor? —me preguntó.
—¿Bailén con Mayor? ¡Sí! Sí, sí. Muy bien.
—Pues eso, te veo allí entonces. ¿En un par de horas? ¡Tú invitas!
—¡Yo invito! —con aspecto de alelada hubiera contestado, invitado o hecho lo que ella hubiera querido.—¿Sara?
—Dime.
—Gracias por llamarme.
—No hay de qué.
—Hasta luego.
—Hasta ahora —fueron sus últimas palabras y colgó.

Sara había elegido el sitio y la hora de nuestro encuentro, dentro de dos horas en el cruce de la calle Mayor con Bailén. El estómago comenzó a avisarme de que entrábamos en terreno peligroso y los nervios empezaron a apoderarse de mí. Me di prisa en llegar a casa porque ese intervalo me daba algo de tiempo para apañarme y armarme un tanto. Mi móvil volvía a sonar. Me lancé a él como una majareta. Lo primero que me vino fue que Sara se lo había pensado mejor y prefería cancelar nuestra cita, pero cuando lo cogí, la enorme pantalla me revelaba que era Lola quien no dejaba de hacer chirriar el aparato con insistencia. “¡Ahora, no! Joder Lola, lo siento”.

Recordé la primera vez que había visto a Sara, recordé sus manos y su pelo, recordé cómo la buscaba, recordé cómo me ponía, recordé su primera sonrisa y sus primeras palabras, cómo me perdí en sus ojos y cómo me llamaban sus labios. Rememoré cómo la imaginaba junto a mí, cómo la ansiaba y la deseaba. Pensé en su voz: “Que me deseas”. Sí, como jamás en mi vida he deseado a nadie, a nadie, a nadie. Tú me despedazas, me descompones dejando que mis protones y neutrones se abandonen y mis partículas últimas pierdan su consistencia, para luego hacer que mi sustancia recobre todo su sentido. Tenía que hacerlo, debía poner toda la carne en el asador. Sara tiene que ser mía. La diosa es mía, y yo soy la guardiana de sus ocho puntos cardinales.

Estaba segura, salí de casa repleta de convicción. Eran las ocho cincuenta y llegaba de sobra. Justo en la acera de enfrente por la que yo caminaba, a poca distancia de mí, vi cómo Lola bajaba del autobús que la dejaba en mi puerta. Aceleré el paso y volví los ojos hacia delante. Me quedaba sin aliento y me movía deprisa. No tenía vuelta de hoja, estaba claro: yo era mala persona, pero no me importaba un carajo; esa era la cruel realidad. Apagué el móvil para que ella no lo hiciera retumbar más y desconecté con él mi conciencia.

Estaba esperándola y la vi acercarse por la calle Mayor. Su forma de andar hacía que su pelo se moviera acompasadamente. Me invadió el miedo, pero no tenía intención de dejarle ganar esta vez. Caminé hacia ella a pesar de que me pulverizaba con su simple existencia.

—Aquí me tienes —espetó.
—¡Y no sabes cómo me alegro! —nos saludamos con bastante naturalidad aún en tan extraña situación.

—¿Por qué hemos quedado aquí? ¿Dónde vamos?
—Tomamos algo, ¿no?
—Claro.
—Pues venga.

La seguí sin más durante un rato hasta que llegamos a adentrarnos en la Cava Baja. Terminamos en un sitio atestado de gente y buscamos un lugar donde apoyar nuestras bebidas. Una mesa alta a la que sólo acompañaba un taburete fue la elegida. Ella se sentó sin preguntar. De nuevo ejercía tiránicamente su estatus de divinidad y yo me dediqué a gravitar alrededor de su persona. La ley de la atracción de los cuerpos se había puesto en marcha. Sara estaba tan habladora como antes, parecía como si no hubiera ocurrido nada y nos hubiéramos visto ayer. Comenzó a contar cualquier anécdota que se le venía a la cabeza y yo le seguía la corriente. Al igual que ocurrió con Estefanía, el alcohol cumplió disciplinadamente su parte del trato y distendió el ambiente. El bullicio de la gente nos obligaba a hablarnos de cerca y poco a poco mi cuerpo relajado se había casi instalado entre sus piernas, que descansaban en las maderas del asiento.

—¿De qué querías hablarme? —preguntó de repente.
Corroboré entonces que, efectivamente, yo estaba acojonada, pero no me achiqué. Aunque aturdida, reaccioné.

—De ti, de mí. De las dos —sorbí de mi vaso—. De que, como creo que ya sabes, mi interés por ti va más allá del simple gusto por el diálogo. De que a mí me atraen las mujeres.

Supongo que no se esperaba mi franqueza. Bajó la cabeza y sonrió. Sara siempre sonreía y, cuando lo hacía, la electricidad movía mi persona como si llevara incorporada una batería de la que sólo ella sabía accionar el contacto.

—Ajá. ¿Y?
—¿Y? —le repetí—. Y quiero confesártelo.

Me acerqué a su oído simulando que le iba a desvelar un secreto. Noté que giraba la cabeza hacia el otro lado facilitándome la labor. No pude sino aprovechar la coyuntura y dejé que mis labios rozaran traviesamente su lóbulo. Al separarnos, me miró turbada.

—Vámonos —concluyó.

Íbamos mareadas. Andábamos de forma apresurada y de repente ralentizábamos los pasos. Me había cogido del brazo y yoCerca PEQUEÑO Y NARANJA articulaba cualquier idea ridícula que se me pasara por la imaginación, soltaba una bobada detrás de otra y no cesábamos de reír a carcajadas pero me daba cuenta de que la tensión me dominaba. Elegí un portal antiguo del que algún vecino descuidado no había terminado de encajar la puerta, la empujé y entramos. Como si todo hubiera estado planeado, a tientas y con la luz apagada, la arrastré a un sitio perfecto situado al fondo del todo, debajo de las escaleras que subían a la primera planta. Los que entraran podían vernos con facilidad, pero los que bajaran no notarían nuestra presencia. Nos la jugamos a un cincuenta por ciento de posibilidades de ser descubiertas como dos depravadas. Estábamos tan cerca que sentía su respiración y mi alma agitadas. Sara estaba apoyada en la pared y me abalancé contra ella para enlazarla. Aunque era nuestro primer abrazo, sentí cómo se introducía perfectamente mi cuerpo entre sus manos. Parecía como si nunca hubiera salido de aquel espacio y todo, todo en ella me resultaba, de forma incomprensible, familiar. Su pelo, su olor, su sonido, sus brazos, su calor. Yo sostenía su cabeza entre mis dedos acercándola lo más posible a mí. Sara me agarraba con fuerza por la cintura. El cuerpo me respondía a medias y cuando nuestras mejillas contrapuestas se tocaron, me volví loca por buscar sus labios. Pensé en hacerlo, pero Sara ya se había acercado tímidamente besando la comisura de mi boca, y en ese momento no dudé; quería entregarle todos mis anhelos contenidos. Aunque revolucionada por dentro, nuestros besos y caricias incipientes sabían exactamente por dónde moverse. Por primera vez descubrí la sensación de un placer dulcemente apasionado. Las ideas chocaban en mi cabeza, estaba sucediendo, había sucedido. Mi diosa se había hecho carne para tocarme.

—Sara, me muero —susurré entrecortada.

Mis ojos estaban cerrados, pero intuí con claridad que ella sonreía de nuevo mientras nos besábamos; esa preciosa sensación de que sonríes mientras besas.

—Ni se te ocurra, ahora no —me contestó.

¡Todos los miércoles un nuevo capítulo!

Ilustraciones por Chus Rodriguez

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