Cosas que no consigo entender

Este mes tengo tantas preguntas y tan pocas respuestas que tengo que empezar a preguntándome: ¿por qué? En los últimos meses un par de amigas me han dicho que se encuentran incómodas al estar con sus novias en sitios públicos ¿Por qué? Por las miradas. Miradas de odio, miradas de rabia, de asco también; miradas de deseo, de repugnancia y miradas incómodas.

¿Por qué tenemos que aguantar todo tipo de miradas cuando vamos paseando de la mano con nuestra novia por la calle o en la universidad? ¿O por qué debemos tener miradas clavadas en nosotras cuando damos un beso a nuestra pareja, o aguantar comentarios como “¡Lo que hay que ver! ¡Tened un poco de educación! ¡Enfermas!” O aún peores: comentarios de hombres diciéndote que eso les gusta.

Yo he tenido suerte y en pocas ocasiones he tenido que aguantar miradas de ese tipo, pero sí comentarios, muchos comentarios. El pasado mes de agosto tuve una lucha verbal continua sobre el tema de la homosexualidad y no sé qué me duele más: si las miradas o palabras incómodas de la gente desconocida, o las reflexiones homófobas y acusadoras de amigos míos que conozco desde hace más de diez años.

Comentarios que van desde: “Los maricones y lesbianas tienen una enfermedad hormonal”, hasta cosas como “Sería mejor fusilar a todos los travestis y transexuales y así no tendríamos que pagar sus operaciones.” Mi homosexualidad en mi pueblo de Burgos no era del todo visible; lo sabían mis amigas, algunos pocos chicos y un par de primos, pero, curiosamente, este verano, sin ser yo consciente de ello, lo sabían los sesenta jóvenes que veraneamos allí.

Todo empezó una tarde de piscina hablando de cosas intrascendentes, cuando salió el tema. Suerte que sólo había un chico y 5 o 6 chicas, y ellas piensan muy diferente a ellos; son mucho más abiertas. Pero él no paró de llenarme de acusaciones. La primera fue que los homosexuales no eran gente normal, y claro yo, inocente de mí, que no era consciente de que él ya tenía esa información y jugaba con un as en la manga, le solté: “¿Me ves cara de anormal? ¿No te parezco normal? ¡Porque soy lesbiana! Sí, sí me gustan las mujeres.” Claro, yo esperaba que él pidiera perdón e intentara reflexionar, pero no, va y me suelta que ya lo sabe, y que si me gustan las chicas es que no soy del todo normal. Me destrozó, me fusiló por dentro, me dejó de piedra sin apenas saber reaccionar. Era incapaz de comprender cómo un amigo mío desde la infancia me podía decir esto; un chico de mi pandilla desde hacía diez años, con el que jugué al escondite, compartí mis primeras verbenas y con el que había pasado todos mis veranos y algunas navidades desde que me llegaba la memoria. ¿Cómo podía soltarme esas acusaciones y quedarse tan tranquilo? Después de discutir durante semanas con él y comprobar que todos los chicos pensaban igual, acabé rindiéndome y decidí no tener esas conversaciones, porque acababa cada tarde con mala leche e impotencia dentro de mí. Hasta que un día de fiesta, mientras estábamos bebiendo, me empezó a decir que él respetaba a los homosexuales, que si les veía por la calle no les tiraría piedras (cosa que algún amigo suyo sí que haría) y que aunque los gays le daban mucho asco las lesbianas no, que no me preocupara. Me estuvo explicando que estaba afiliado al grupo de jóvenes del PP y que iba a estudiar Ciencias Políticas. “¿Qué tipo de gente va a estar metida en política?”, me pregunté yo durante el resto del verano. Pero nada, tenía el privilegio de ser una chica lesbiana y no un chico gay, y al menos no le daba asco.

¿Por qué piensan así? Cada día se lo preguntaba a las chicas cuando nos quedábamos solas. Estaba llegando a un punto de desesperación y el verano se me hacía cada vez tremendamente más largo, y las chicas les disculpaban diciendo que son de Castilla y que allí son mucho más cerrados. Yo ni lo sé, ni lo puedo entender. Supongo que si ellos no entienden cómo a mí me puede gustar una persona de mi mismo sexo, yo tampoco puedo entender por qué piensan así. De todas formas, me gusta ver el lado positivo de las cosas, y lo hay. Por todas estas acusaciones, miradas y comentarios agresivos he podido llegar a entender un poco más a mis padres; su punto de vista es que no es una cosa natural, pero que lo respetan, y ni miran mal ni comentan nada cuando ven a dos gays por la calle o cuando traigo amigas lesbianas a casa. Sus miradas, en todo caso, son de asombro y curiosidad, porque si a día de hoy en el lugar donde han nacido, la gente de mi edad y mis propios amigos piensan así, ¿qué educación habrán recibido ellos? Nunca han visto, ni han conocido, ni han tratado con gente homosexual; y sí, no deberían pensar así ni tener esas ideas, pero son ideas desde la ignorancia.

No me ha quedado más remedio que intentar reeducar a mis padres y a mis amigos, pero en el caso de estos últimos a veces he tenido que desistir para no quedarme con un mal gusto del verano. Pero, ¿por qué? ¿Por qué no podemos erradicar estas miradas, comentarios y mentalidades? ¿Por qué no puedo cerrar los ojos y taparme los oídos con todas mis fuerzas e ignorar estas cosas? ¿Por qué cada día tengo la necesidad de gritar que soy lesbiana por todas partes y de que todo el mundo se entere? ¿Por qué?




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