De catastrófico embrión a lesbiana visible

Directora Revista MíraLES

Se supone que yo no iba a nacer. Ni mi madre ni mi padre terminaban aún el colegio cuando se embarazaron de mí. Mi padre, en ese tiempo, quería ser cura. Y mi madre no tenía nada claro, ni siquiera hablaba demasiado. Me convertí en un catastrófico embrión que amenazaba con arruinar una muy poco prometedora carrera religiosa y cualquier tipo de futuro que quisiera forjarse mi madre. No pesaba ni 4 gramos cuando ya la había liado bastante y mis abuelos decidieron que, sin importar lo que pensaran mis padres, era mejor deshacerse de mí que soportar las miradas y comentarios de desaprobación que pudieran surgir en el ambiente católico y conservador en el que vivían.

Se supone que yo no iba a nacer, pero nací igual. Fue una casualidad. La casualidad de que, a pesar de las súplicas de mi abuela, el médico se negara a arriesgar la vida de mi madre por practicar un aborto de un embarazo tan avanzado. Por lo que de un embrión catastrófico me convertí en la muñeca de dos adolescentes que jugaban sin mucho éxito a ser adultos responsables. Los juegos nos cansaron pronto. Los roles también. Por lo que comenzamos a alternar los lugares. Y yo, a la vez que hacía de hija, podía perfectamente hacer de madre o de amiga. O no hacer de nada y simplemente deambular.

De embrión catastrófico, 55 kilos después, me convertí en una lesbiana que se supone que no debía salir del armario ni suscitar nuevamente la desaprobación del ambiente católico y conservador que le rodeaba. Pero salí igual, porque si midiendo 35 centímetros tuve la entereza de venir al mundo, a pesar de saber que no era una niña planeada y esperada, con 1 metro y 30 centímetros más que entonces, tengo la fuerza suficiente como para no interrumpir mis procesos internos, para no censurar la persona que soy y para vivir en libertad.

Somos más fuertes de lo que pensamos. También más poderosos. Ser una niña no deseada te abre los ojos y las alas, porque te muestra el poder que tienes para cambiar las circunstancias y las actitudes de quienes te rodean. La magia que existe cuando lo peor que puede sucedernos se transforma en lo mejor, en lo más querido y lo más especial.

No es fácil ser criada por dos adolescentes. Pero te crece antes el pensamiento. Se te estira, como las emociones, porque crecer al mismo tiempo en que crecen tus padres te hace entender acerca de cómo evolucionamos y nos reinventamos a cada momento.

Somos más fuertes de lo que pensamos, de lo que siquiera imaginamos. No importa lo que sucedió antes. No importa si el punto de partida lo marca un catastrófico embrión, una desgracia, una enfermedad. Cuando logras cambiar a tu familia te das cuenta de que puedes cambiarte a ti mismo, tu forma de estar y pasar por la vida y, de paso, cambiar el mundo. Porque lo que importa, al menos lo que a mí me importa, no es haber sido una niña que no debía nacer, sino convertirme en la mujer que deseo ser.




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