Dios es lesbiana

Yo estaba destinada a ser santa. Estaba destinada a ocupar un lugarcito en el Vaticano, a posar con las manos juntas en alguna estampita y que se me concediera al menos un día, no el de todos los santos, no, que ese ya está muy trillado. Uno diferente, uno para mi sola, que para ser santa tengo el nombre y todo: María Jesús.

Directora Revista MíraLES

Ya los 6 años me acercaba a cualquier desconocido que mostrara algún signo de aflicción en su cara o en sus palabras y le tranquilizaba con una palmada en el hombro y un: “no te preocupes, confía en Dios, Él se ocupará de tus problemas”. Robaba comida en casa para darla a los pobres y cada domingo escupía la hostia, sin que nadie lo notara, la guardaba bajo mi almohada y comía un pedacito cada día. Incluso, cuando me parecía que mi madre o mi abuela no actuaban según las leyes de Moisés, les filtraba un trozo de hostia en su plato de comida. Eso, lectoras todos, es santidad de la buena.

En algún momento se truncó el camino. Más que cuesta arriba, se volvió un acantilado. Aún no tengo claro si fue el mío para acercarme a la iglesia, o si fue el de la iglesia para acercarse a mí.

Dos caminos. El de ellos era muy corto. Se terminaba en un armario tan sofocante y pequeño como un ataúd. Y como si esto fuera poco, para lograr la beatificación tendría que haber actuado como ellos, haber escogido quienes eran dignos de vivir y de morir, como hace la iglesia al negar la despenalización de la homosexualidad en 8 países del mundo, tendría que haberme opuesto férreamente a que dos personas que se amen puedan contraer matrimonio y adoptar niños y, para ganar más puntos, asegurar, tal como hace Ratzinger que el paraíso está cerrado para los homosexuales, que jamás verán el reino de los cielos.

Más fácil que seguir ese camino, inaugurar una nueva religión, una en la que Dios es Lesbiana. Una donde el paraíso no sea la vida eterna de los católicos, donde no existan las huríes, mujeres que se revirginizan tras cada embestida, para complacer así a los buenos musulmanes heterosexuales.

Nuestro paraíso lo inauguraremos aquí en vida. ¿Para qué esperar? En éste la gente no morirá ni será violada por su orientación sexual. No será discriminada en trabajos ni escuelas, no tendrá que andar por la vida cargando un armario en la espalda por miedo al rechazo. En este paraíso las calles de Chueca se hacen tan extensas que cubren todo Madrid, toda España, toda Europa, y siguen más allá. No es necesario estar arropado por las calles del barrio gay para dar un beso, tomar la mano, abrazar.

Catolicismo, judaísmo, islamismo han dañado por cientos de años la imagen de lesbianas y gays al declararlos enemigos del Dios que cada uno se ha bosquejado y cuya imagen se ha encargado de difundir incluso a fuerza de “santas” guerras

Y ya que el panorama en esas religiones se ve tan negro, mejor acogerse a la llamada de la Diosa Lesbiana. Esta religión tiene un solo mandamiento, muy breve y simple: exige visibilidad, porque así se conquistan los espacios cotidianos. Que nos miren. Aprendamos también a mirar. Porque así se normalizan las ideas, los pensamientos, las leyes. Así se hace fuerza para avanzar y para traspasar las fronteras y llegar a los que no tienen la suerte de haber nacido en un país más tolerante o bajo un credo menos opresivo y homófobo.




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