
No hay nada más aburrido que el amor. Y lo digo en serio. Odio la dependencia emocional hacia otra persona, esa sensación de que de pronto el cuerpo propio no te basta, la imposibilidad de concentrarse completamente en algo. ¿Cómo es posible que si te pasas la vida entera sin una persona, de un momento a otro te parezca que es una puta mierda si no la tienes al lado? Que sí, que sí, no hay nada más aburrido que el amor y nada más exasperante que la gente que está enamorada a tu alrededor. Acabo de comer con mis amigas Ángela y Ester, y tengo la certeza de haber sido la única que ha podido digerir la lasaña a gusto, sin que un extraño e invisible objeto amoroso me obstruyera el tubo digestivo, impidiéndome disfrutar de la comida (como le sucedía a Ángela), y sin estar pendiente del móvil y los mensajes (como le sucedía a Ester, que con esto de Internet en el teléfono ya no pasa a estar sólo pendiente de los sms, sino también de sus correos, su Facebook y su Twitter).
Así ha sido la comida con mis amigas. La primera, Ángela, enamorada de Ana, su nueva novia; y la segunda, Ester, enamorada del predecible y patético juego de tira y afloja al que le está sometiendo una chica.
Creo que el amor está sobrevalorado. Cuando lo sientes piensas que es para siempre, y al menos a mí, lo único que me pasa “siempre” es que me aburre; me dura seis meses con suerte. Corto las relaciones y paso a ser paciente forzada del psicoanálisis al que me someten mis ex y sus amigas, que buscan excusas más llevaderas antes que aceptar que a mí el amor por ellas se me acaba: que tengo miedo a sufrir, que tengo miedo del amor, que sólo busco sexo y odio los compromisos por algún trauma de la infancia o que simplemente soy una perra sin corazón.
Quizás es el amor lésbico lo que está sobrevalorado. Hasta mi hermana, la perfecta heterosexual tan enamorada del amor que podría escribir el guión de una película de Disney, piensa que el amor entre dos mujeres es perfecto, incondicional, tierno y que tiene la suerte de no cargar con la volubilidad de un órgano tan infiel y caprichoso como el pene.
¿Que las lesbianas amamos para siempre y en exclusiva? Anda ya, si nuestro clítoris puede ser tan inconstante como una polla. Lo que sucede es que lo disimulamos mejor. Así lo quiso la anatomía.
No soy el Mr. Scrooge de las relaciones lésbicas, como dicen mis amigas; simplemente me aburre el amor, que curiosamente comienza a morirse en la epidermis. Cuando ya no me apetece que me toquen, que me besen, que me follen.
Mi amiga Ester piensa que es porque soy demasiado superficial y porque no me doy el tiempo de conocer a alguien más profundamente. “Puede ser”, le he dicho, “pero creo que prefiero ser superficial antes de caer tan fácil en los juegos perversos de lesbianas psicóticas que buscan tener a las chicas a sus pies”. Insulté a la niñata que colma sus sueños. Se ha cabreado conmigo. Es probable que mis psicoanalistas no se equivoquen y sea una perra sin corazón.
Mi amiga Ángela cree que simplemente no he conocido a la chica que me haga cambiar mis costumbres e ideas del amor. Lo que Ángela no sabe es que sí he conocido a una chica que podría hacerme cambiar la idea del amor, pero el problema es que ella la conoció antes y ahora es su nueva novia Ana. No se lo he dicho. Eso me hace ser una perra, pero al menos una perra con corazón. Pero bueno, eso ya es tema de otra columna.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.