
Acabo de bajarme del avión. Me aguardan 9 horas de escala en el aeropuerto de Buenos Aires antes de llegar a mi destino final: Santiago de Chile, donde me esperan mi familia, mis amigos, el verano y un mes de ansiadas vacaciones. En el momento en que bajé del avión, lo hizo también Diego Armando Maradona.
Los rostros de decenas de pasajeros que se encontraban en mis mismas condiciones físicas (aletargados, tullidos tras casi 13 horas viajando sentados, ojerosos y cansados) se iluminaron como los de los niños felices y unieron sus voces para vitorear al famoso futbolista, recordándome así a la multitud de preadolescentes que ayer por la tarde, en la Puerta del Sol de Madrid, lloraban histéricas anta la aparición del joven cantante Justin Bieber.
Es curiosa la reacción que los "ídolos" provocan en la gente. Me hace pensar en los casos más extremos, y tal como demuestra la historia de la humanidad, las adoraciones pueden tornarse peligrosas, al punto de extirpar los ojos y provocar una ceguera muy oscura, porque hace creer que aún se conserva la vista, pero es la mirada de otro proyectada sobre nuestros propios ojos. A lo largo de mi vida he visto a mucha gente cambiar sus conductas para imitar las de los demás y hacer suyas las opiniones ajenas. La ceguera es un mal actual muy extendido. A todos nos ha sucedido alguna vez que, ya sea por momentos o por largos periodos, entregamos nuestra percepción a los ojos de ídolos o líderes de opinión que nos enturbian la mirada.
Un desafío importante es aprender a confiar en los propios sentidos. Enfocar los ojos desnudos y decidirse a conocer realmente el mundo que nos rodea. Las personas que nos rodean. Las historias que nos rodean. Cuando no tenemos miedo no somos tan diferentes los unos de los otros. Cuando estamos libres de prejuicios somos mucho más parecidos de lo que pensamos.
Las incitaciones a no permitir ni respetar las diferencias, como pueden leerse todos los días en los periódicos de parte de diversos líderes de opinión, pueden además hacernos perder la piel, la sensibilidad, cuando no nos fiamos de nuestros sentidos. El señor Ratzinger, por ejemplo, se encarga de despellejar a muchos fieles cada día.
Detrás de la homofobia hay ceguera. Detrás de la lesbofobia internalizada de muchas chicas también. En cada prejuicio, en cada indecisión de ser nosotras mismas, en cada miedo se esconde una incapacidad de ver el mundo tal como soñamos verlo y sentirlo.
No me gusta la oscuridad. Es curioso que nunca tuviera miedo a las arañas, los terremotos o los aviones. Sin embargo, desde la infancia me persigue la perturbadora intranquilidad de estar a oscuras. Quizás es porque a oscuras te mueves torpemente dando tumbos con lo que se te cruza, como le sucede a mucha gente a plena luz del día.
No me gusta la oscuridad. Pero lo que menos me gusta es que se pose en mis ojos la oscuridad de otras miradas.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.