Febrero 2012

por María Jesús Méndez

Usted, mujer lesbiana, no se engañe. Usted no existe. Ya sé que pareciera que si, pues así, a simple vista, viajando en el metro o paseando en la calle, parece usted una mujer común y corriente, una mujer real. Pero no lo es.
Su inexistencia comenzó antes de que usted pudiera asimilarla. No nació gritando desde el interior de dos piernas abiertas, porque usted, mujer lesbiana, ha sido parida por un hombre, no por otra mujer.

  • Por las que ya no están. Por los que ya no están. Por todas esas lesbianas y esos gays que perdieron su vida a causa de la homofobia. Por esos adolescentes que creyeron que morir era mejor solución que soportar las burlas por su orientación sexual.

    Por aquellas y aquellos que están obligados a vivir en un armario para preservar el trabajo o la integridad física. Por aquellas/os que no se pueden casar, que no pueden adoptar, por las/os que tienen miedo

  • ¿Qué es el matrimonio? Nejoud al Ahdal, yemení, lo descubrió a los 12 años, cuando después de una breve ceremonia, un hombre de 28 años la alejó de su familia y la llevó a vivir a casa de sus padres, donde la violó y la golpeó cada noche durante casi un año. Nejoud, que pensaba que el matrimonio era solo una fiesta con regalos, comprendió que, en su cultura, “matrimonio” quiere decir que dependes absolutamente de un hombre.

  • Me faltó tiempo. Me faltó abrir un poco más los ojos. Me sobró ver demasiada televisión. Supongo que, de haberlo sabido antes, sólo un poco antes, me habría tomado menos molestias en tratar de entender cómo se relacionaban los números entre sí. Entender las ecuaciones, los logaritmos, la geometría. No me gustaban las matemáticas. De alguna forma, y muy levemente, intuía que en la vida las cosas no responderían a normas tan exactas y precisas. Que sumar no siempre era conseguir algo mayor. Que incluso restar podía llevar a la abundancia. Pero yo veía demasiada televisión y me creía que el mundo era como lo contaban los periódicos y lo contaba la gente.

  • No puedo con Cenicienta. Ni con Blancanieves. Me pongo mala cada vez que mis hermanas me piden que les relate estos cuentos. Espero que nunca se parezcan a ellas. Espero que desarrollen herramientas para salvarse a sí mismas, que tengan una intuición fuerte para identificar cuándo están a punto de morder una manzana envenenada. Que sepan decir que no a cualquier tipo de sometimiento. Que mantengan los ojos abiertos siempre, independientemente de si reciben o no el beso que esperan. Sumisas y estúpidas. El sino de las princesas de Disney hasta que son rescatadas por sus príncipes.

  • Mi madre me dice que soy una histérica. Me acusa de volverme loca con mucha facilidad. Tiene razón. El mundo me indigesta. Como una bomba de tiempo oscila un tic tac en mi estómago. Un tic tac que crece con diferentes sucesos: con un líder religioso recibido por cientos de miles de jóvenes y autoridades españolas como si realmente fuera el representante de Dios en la Tierra y no un intolerante, homófobo y encubridor de pederastas.

  • El derecho a ser una zorra es un derecho que toda mujer debe ejercer libremente en su vida. O, al menos, durante algún momento. El derecho a ser una mala mujer, una borracha, una puta, una enferma, una histérica, una bruja… o cualquier nombre que se haya utilizado para identificar y mortificar a quienes cruzaban deliberadamente las fronteras que se les imponían a su cabeza, sus deseos y libertad.

  • Ya sé que así, dicho de la nada, parecerá irrisorio y ridículo, pero tienes que saber que no. Que mi lesbianismo no es una forma de llamar tu atención. Que cuando beso a una chica en un bar, la abrazo o le cojo la mano, no es una manera seductora de pedirte que te unas a nosotras o que nos des conversación. No sé si habrás notado, pero cuando eres tú el que está con una chica en un bar, besándola o abrazándola, por muy guapa que sea tu compañera, no me acerco a sugerir mi presencia en un acto sexual ni a dejar claro lo muy excitante que me parece vuestra exhibición del amor o la pasión que desbordáis.

  • Pareciera que el color y las palabras no pueden mezclarse. ¿Cómo de serio y creíble es un discurso que sale de unos labios pintados de rojo? Hace poco di una conferencia acerca de lesbianismo y visibilidad; cuando acabó se me acercó una de las asistentes y me comentó que antes de que comenzara la ponencia había descartado la profundidad e intensidad de mi mensaje por mi apariencia femenina. Que normalmente las activistas con un discurso más potente tienen el pelo corto y una imagen, si no del todo masculina, al menos más ambigua

  • Esta mañana recibí una carta que me cambió. Era del padre de una niña de once años. Para proteger la intimidad del padre y la hija les llamaremos Javier y Elena.

    Javier, divorciado de su mujer hace tres años ve a Elena dos fines de semana al mes y algunas tardes entre semana, puesto que es la madre la que goza de la custodia de la única hija del ex matrimonio.

  • ¿Qué es existir? ¿Basta con inspirar y espirar para decir que existimos? Respirar es, básicamente, el acto que diferencia a los que estamos sobre la tierra y los que descansan bajo ella. A lo largo de la historia han sido millones las mujeres que han inspirado y expirado. ¿Pero realmente han existido? Recuerdo que en una ocasión un estudiante de periodismo entrevistó a una amiga mía, activista lesbiana, y le preguntó en qué año habían llegado las lesbianas a Chile.

  • Se supone que yo no iba a nacer. Ni mi madre ni mi padre terminaban aún el colegio cuando se embarazaron de mí. Mi padre, en ese tiempo, quería ser cura. Y mi madre no tenía nada claro, ni si quiera hablaba demasiado.

  • ¿Qué sucedería si una mañana, mientras lees el periódico, encuentras tu foto en la portada? Una foto de cuerpo entero ilustrando el siguiente titular: "Lesbianas, van a por nuestras hijas, ¡colgadles!".

  • Me queda un mes para cumplir 30 años, para convertirme en un número redondo y bastante significativo. Me costó shacerme a la idea, renunciar a ese matiz tan flexible que acompaña a los "veinti…" Me costó hasta que alguien me dijo: "¿Por qué no te gusta cumplir años? ¿No te das cuenta de cuánto tiempo vas a estar muerta cuando te mueras?".

  • Acabo de bajarme del avión. Me aguardan 9 horas de escala en el aeropuerto de Buenos Aires antes de llegar a mi destino final: Santiago de Chile, donde me esperan mi familia, mis amigos, el verano y un mes de ansiadas vacaciones. En el momento en que bajé del avión, lo hizo también Diego Armando Maradona.

  • La voz. Siempre me llamó la atención la voz. Cómo una idea, una palabra podía surgir en la cabeza, conectar con los pulmones, encargados de expeler el aire que hace vibrar las cuerdas vocales y romper el silencio. Romper el vacío.

    Una suma de voces puede formar un grito poderoso. Y quizás es este grito el que necesitamos para romper el silencio de la invisibilidad lésbica.

  • Digamos que es cosa de suerte. Soy mujer, soy inmigrante y soy lesbiana.

    Con cada categoría puedo ganarme detractores y enemigos. Y, sobre todo, injusticias de parte de misóginos, homófobos y xenófobos que caminan por la vida bajo una nube negra, cargada de intolerancia e ignorancia.

    Sí, es cosa de suerte que en este mismo instante, siendo mujer, inmigrante y lesbiana, pueda estar juntando con facilidad todas las letras que dan vida a esta editorial. Tomando en cuenta que 800 millones de personas en el mundo no saben ni leer ni escribir, y que dos tercios de esta cantidad son mujeres.

  • Todo comenzó por una necesidad. Una necesidad como la sed o el sueño, de esas que te secan la garganta o te cierran los ojos sin que puedas hacer mucho para impedirlo.

    Era la necesidad de construir letras que a su vez construyeran espejos. De coger los párpados de nuestras lectoras y nuestros lectores y abrirlos hasta hacerles atrapar la realidad de un mundo en que las protagonistas son mujeres que aman a otras mujeres.

  • Cuando eras pequeña y la gente te preguntaba qué querías ser de mayor, ¿tú decías que querías ser gay?", me soltó mientras se tomaba un helado y las huellas del chocolate se inmortalizaban en los alrededores de su boca. Le sonreí. ¿Cómo no? Desde que mi hermana Valentina, de 7 años, ha entendido lo que en fines prácticos y cotidianos significa ser homosexual, sus preguntas arrancan a velocidades vertiginosas, en cualquier lugar y ante cualquier persona.

  • Me pasa que tengo calor, que llevo muchas horas sentada frente al ordenador, que estoy agobiada porque debo acabar la editorial, tengo mi cuarto sin hacer y debo poner una lavadora.

    No, no. Reformulo la pregunta. Que qué es lo que me pasa, más allá de las tareas cotidianas y los altibajos de la temperatura. Ah, pues en ese caso me pasa que tengo lesbianismo. Al parecer es lesbianismo crónico con un agravante de visibilidad y permanentes convulsiones de activismo mediático. Que sí, que sí, que estoy enferma y las posibilidades de recuperación son nulas. Mis síntomas aumentan cuando una mujer me parece atractiva y la fiebre sube a niveles insoportable al momento de un encuentro íntimo y/o sexual.

  • Yo estoy orgullosa de ser lesbiana.

    Estoy orgullosa de caminar por la calle y darle la mano a una chica. Aunque no sea la calle de un barrio gay, aunque la calle esté llena de gente. Aunque la gente me mire a mí, mire mi mano y mire a la chica que la sostiene. Estoy orgullosa de estar en un bar o un restaurante y besar a una chica en la boca. Aunque no sea un bar o restaurante gay, aunque el bar o restaurante en cuestión esté lleno de gente y aunque la gente me mire a mí, mire mis labios y mire a la chica que los besa.

  • El escritor Paul Valèry decía que las personas y los libros tenemos los mismos enemigos: la humedad, el fuego y, por supuesto, nuestro contenido.

    Nuestro contenido. Nuestras ideas, nuestra introducción, nuestros capítulos, nuestras notas al pie. Nuestro prólogo, nuestra conclusión. Todo lo que decimos cuando decimos y todo lo que decimos cuando callamos.

    Hace algunas semanas una joven lesbiana reunió a su familia para comunicar su orientación sexual y para informarles de que se iría a vivir con su novia.

    Los padres y tíos de la chica se acercaron con los brazos abiertos. ¿Para abrazarla? Cabría esperar que sí, ya que es justamente la familia el grupo de personas que más debería quererte. Pero me permito adelantar el final de la historia antes de llegar a él. No era para abrazarla ni para apoyarla. En esta historia ganan los prejuicios y no el amor.

  • Lo que cuenta suele ser mucho más grande que lo que no. Pero quizás por esa misma grandeza o altura suele pasar más inadvertido en el día a día.

    Lo que cuenta se deja ver cuando menos lo esperas. Un día, a las 3:42 de la madrugada, a las 4:03 de la tarde o cuando más seguro puedes estar de que todo lo tienes bajo control.

    En un momento el mundo bajo tus pies se remece y tu vida no vuelve a ser cómo era. Puedes perder tu vida, perder a alguien, perder algo material o algo dentro de ti, tal como sucede con los chilenos que han sufrido uno de los terremotos más destructivos de su historia.

    No es necesario vivir en un país sísmico para ser víctima de un terremoto, para que la calma desaparezca, los cimientos de una vida se estremezcan y se vengan abajo. Hace dos meses una joven pareja compuesta por Steven Monjenza y Tiwonge Chimbalanga, decidió casarse en su país, Malawi. En medio de la celebración fueron detenidos, encarcelados, maltratados y ahora esperan que se dicte la sanción por homosexualidad y escándalo público que podría encerrarlos por 14 años.

  • Lo que cuenta.

    Lo que cuenta suele ser mucho más grande que lo que no. Pero quizás por esa misma grandeza o altura suele pasar más inadvertido en el día a día.

    Lo que cuenta se deja ver cuando menos lo esperas. Un día, a las 3:42 de la madrugada, a las 4:03 de la tarde o cuando más seguro puedes estar de que todo lo tienes bajo control. En un momento el mundo bajo tus pies se remece y tu vida no vuelve a ser cómo era. Puedes perder tu vida, perder a alguien, perder algo material o algo dentro de ti, tal como sucede con los chilenos que han sufrido uno de los terremotos más destructivos de su historia.

    No es necesario vivir en un país sísmico para ser víctima de un terremoto, para que la calma desaparezca, los cimientos de una vida se estremezcan y se vengan abajo. Hace dos meses una joven pareja compuesta por Steven Monjenza y Tiwonge Chimbalanga, decidió casarse en su país, Malawi. En medio de la celebración fueron detenidos, encarcelados, maltratados y ahora esperan que se dicte la sanción por homosexualidad y escándalo público que podría encerrarlos por 14 años.

  • Las Mujeres.

    Las mujeres no somos violentas.
    Las mujeres amamos de verdad.
    Son los hombres los que maltratan, los que golpean, los que humillan.
    Mitos.

    Mitos que deambulan por el imaginario, dotando a las ideas de la facultad de colorear en tonos pasteles un cuadro que representa la ternura y la compenetración de las relaciones lésbicas y que se acomoda tan fijamente entre ceja y ceja que puede dificultar reconocer el maltrato como tal cuando éste se presenta. Porque el maltrato no viene teñido de colores pasteles, el maltrato no entiende de ternura. El maltrato pinta de un color que duele y que marca. A veces incluso que quema, quema la piel y deja huellas para siempre.

  • A veces, de pequeña, me escondía en un armario. Era el armario de una de mis tías. Me sentaba sobre su ropa y me tapaba con sus pantalones y sus abrigos hasta que el olor a detergente, naftalina y suavizante podía respirarlo directamente desde mi piel, hasta que me confundía con todo lo que colgaba de las perchas y me sentía tan inerte como cualquiera de las prendas de vestir.

  • A las diez de la noche tengo una reserva para cenar con mis amigas lesbianas. Seguramente las convenceré para después ir a tomar un coctel, probablemente un mojito. Contentillas nos encaminaremos al Planet, o al Fulanita, bailaremos, nos reiremos, con un poco de suerte ligaremos y alguna se irá acompañada.

    Al llegar a casa veré un poco de televisión o leeré un poco, hasta que el sueño me venza y me dormiré tranquila, pensando que lo más difícil que me ha tocado vivir con mi salida del armario son las peleas con mi madre, sus silencios y omisiones que con el tiempo maduraron, mutaron y nos acercaron más.

  • "Beeteljuice", "beeteljuice", "beeteljuice". Después de pronunciarlo tres veces aparecía el fantasma tan popular de la película de Tim Burton.

    Lesbiana, lesbiana, lesbiana… uf, ¿cuántos fantasmas pueden aparecer para muchas mujeres? Algunas no son capaces de pronunciar la palabra "lesbiana" ni aún cuando tienen una en la boca. L-e-s-b-i-a-n-a. Ocho letras conspirando para formar una palabra "aterradora" que tiene su origen en el hogar de la poeta Safo: la isla de Lesbos.

  • Pequeños lugares que ocupamos en el mundo. Como ropas, nos visten, nos colorean o ensombrecen la apariencia, nos sitúan, nos relacionan, nos aportan carga emocional. Se trata de los roles, que como sustantivos nos califican y se hacen casi extensivos a nuestros nombres.

    En mi caso el tema de los roles siempre fue un territorio ambiguo. Nunca estaba realmente segura del papel que me tocaba desempeñar. Al concebirme aún estando en el colegio, mis padres parecían a veces mis hermanos, a veces mis hijos. Mis abuelos parecían mis padres y mis tíos mis hermanos. Mis hermanas una mezcla de hijas y sobrinas.

  • Yo estaba destinada a ser santa. Estaba destinada a ocupar un lugarcito en el Vaticano, a posar con las manos juntas en alguna estampita y que se me concediera al menos un día, no el de todos los santos, no, que ese ya está muy trillado. Uno diferente, uno para mi sola, que para ser santa tengo el nombre y todo: María Jesús.

    Ya los 6 años me acercaba a cualquier desconocido que mostrara algún signo de aflicción en su cara o en sus palabras y le tranquilizaba con una palmada en el hombro y un: "no te preocupes, confía en Dios, Él se ocupará de tus problemas". Robaba comida en casa para darla a los pobres y cada domingo escupía la hostia, sin que nadie lo notara, la guardaba bajo mi almohada y comía un pedacito cada día. Incluso, cuando me parecía que mi madre o mi abuela no actuaban según las leyes de Moisés, les filtraba un trozo de hostia en su plato de comida. Eso, lectoras todos, es santidad de la buena.