
En este primer mes de otoño, con el verano en el desván de nuestras experiencias, me dispongo a escribir el décimo prisma de este año. Muchas son las ideas que han pasado por mi mente para escribirlo. Pero muy pocas son las que plasmaré en el papel. Y no porque no tenga ganas de hacerlo o las haya desechado casi todas. Pocas serán las que conozcan el placer -o el sufrimiento- de volverse corpóreas porque las palabras traicionan al pensamiento.
Aunque un proyecto tenga una estructura y un desarrollo perfectos en nuestras mentes, no nos será fácil comunicarlo a los demás. Sea por escrito o por oral, no encontraremos las palabras adecuadas para expresar aquello que pretendemos hacer o encontrar.
Es lo mismo que ocurre cuando tratamos de confesarle a alguien un aspecto de nuestra vida que hasta ese momento no hemos compartido con nadie. La incapacidad para comunicar nuestros sentimientos en ese momento nos devuelve a los niveles inferiores de ese reino animal sobre el que nos gusta imperar. Si complicado es vivir, es aún mucho más difícil y penoso explicar nuestra vida. O mejor dicho, es mucho más penoso querer explicar nuestra vida y no ser capaz de hacerlo.
Hay algunos momentos de nuestra existencia en los que somos, de una manera inexplicable y casi aterradora, lo que llegaremos a ser más tarde. Y ni siquiera nos damos cuenta de ello.
Y en nuestro camino nos encontramos con personas que dan mucha importancia a lo que eres. Y con otras que consideran menos lo que eres y mucho más lo que has sido. Y con algunas que ignorando presente y pasado, se concentran en el porvenir, en lo que puede ser, en la probabilidad. Son quienes viven en un mundo de incertidumbre y segundas oportunidades.

Son los soñadores, que no han de ser necesariamente unos ilusos. Son los que van mas allá y sorprenden por su comportamiento y sus actitudes. Son aquellos que no suelen gozar de buena prensa pues concentran el fuego de la crítica y la censura destructiva. No obstante, aunque ellos sean ofendidos o vilipendiados por la mayoría, nadie nos puede impedir que continuemos honrándolos en nosotros mismos, en nuestro yo más íntimo. Y es que, afortunadamente, esa privacidad es la única parcela de nuestro patrimonio realmente inalienable. Lo que aparece a los pies de nuestras sombras no es sino la realidad. Y más aún en un mundo en el que la magia y la ilusión nos confunden aun sin quererlo.
Cuando alguien nos ve llorar se preocupa por nosotros. Nos pregunta qué nos ocurre, por qué estamos así. Cuando vemos llorar a alguien que nos importa, nos preocupamos por él. Le preguntamos qué le ocurre, por qué está así... Pensamos que algo ha nublado su felicidad y nos comportamos cumpliendo lo que consideramos nuestro deber: volver feliz a quien creemos triste. Y en algunos casos, no pensamos o no queremos ver que es posible ser feliz sin dejar de estar triste. El placer y el sufrimiento son sensaciones más parecidas de lo que nos gusta admitir. La frontera entre uno y otro es tenue como la luz invernal. La vida es nuestro único bien y al mismo tiempo es nuestra única maldición.
La alegría verdadera va mucho más allá de la idea común que de ella se tiene. Es gozar con los demás, con sus éxitos o disfrutar ayudándolos a superar sus fracasos. Uno puede sentir simpatía por los demás y no pedirles compasión, alegría o compañía, ni siquiera ternura. A veces es suficiente con escuchar su vida.
Casi todas las teorías coinciden al afirmar que una infancia solitaria y silenciosa convierte al niño en un adulto tímido y, por tanto, taciturno. Y ser tímido tampoco es tan problemático como solemos creer. Algunas veces se nos presentan ocasiones que vemos como una oportunidad única y que después resultan ser un fiasco. Y la timidez que nos impidió lanzarnos a aquella aventura “única e irrepetible” nos protegió de un fracaso. Nuestros defectos son, en esos casos, los mejores adversarios de nuestros vicios y nuestra precipitación.

El silencio nos incomoda. Nos esforzamos por llenarlo de palabras, queremos evitarnos a nosotros mismos y a quienes nos acompañan la intranquilidad que engendra el silencio en nuestro interior. Nos da miedo que el silencio se establezca entre nuestro yo y los demás. Es terrible que el cofre del silencio pueda llegar a ser abierto y su contenido se disperse en nuestro ambiente. Olvidamos que todo silencio está hecho de palabras que no se han dicho. Y desde este punto de vista, el silencio es aún más rico que la conversación. Llenar un vacío verbal con palabras vanas es tan absurdo como tratar de ocupar un espacio libre con cacharros inútiles antes desechados. El silencio es la alegría de los débiles y el consuelo de los fuertes. No se debe tener miedo a las palabras cuando se ha consentido en los hechos. Y tampoco se debe temer al silencio cuando se ha consentido en compartirlo.
Nada nos acerca tanto a los demás como tener miedo juntos o comunicarse sin palabras. Compartir temores y silencios son dos de los nexos más sólidos entre los seres humanos. Y es que el mundo sólo existe para cada uno de nosotros en la medida en que contenga y comprenda nuestro propio universo personal. El silencio, al igual que el dolor, no nos enseña nada sobre sus causas pero nos enseña a conocernos mejor.
Nos hace falta el silencio porque el silencio es el único que nos permite escuchar nuestra vida. Para algunos la música debería ser silencio, el misterio de un gran silencio que buscara su expresión. La música tendría que ser el desbordamiento de un gran silencio. La pasión necesita gritos, el amor se complace con las palabras pero la simpatía suele ser silenciosa.

Si nos escuchamos vivir, seremos conscientes de nuestra existencia, de nosotros mismos. Y si somos conscientes de nuestra entidad, seremos capaces de poner en marcha nuestras ilusiones. Y sólo haciendo realidad nuestros anhelos conseguiremos descubrir nuestra identidad. A medida que van cayendo una tras otra nuestras ilusiones -y nuestras creencias- vamos conociendo mejor nuestro yo verdadero.
Algunas veces conseguimos dirigir nuestros actos, pocas nuestros pensamientos pero en nuestros sueños no podemos influir jamás. Es en silencio cuando uno incuba sus sueños y sus secretos. Hay algo puro en un acto, aunque sea reprobable, si lo comparamos con los pensamientos que de él nos hemos formado. La realidad es siempre menos impura que la imaginación desatada.
El error, el vicio o la impureza son parte inevitable de nuestras vidas. No es posible vivir en la pureza o en la virtud inmaculada. De hecho, la virtud tiene sus tentaciones, como todo en el mundo. Y éstas son mucho más peligrosas que las propias del vicio porque no desconfiamos de ellas.
Aquellos que son muy severos con los demás son las personas que se reprochan no haberlos sido con ellas mismas. Se arrepienten de su escaso auto-control o de haber rebajado su escala ética personal. Y sintiéndose culpables, proyectan en los demás las restricciones que querrían haberse aplicado a sí mismos.

Suelen decir que es bastante más difícil ceder una sola vez que no ceder nunca. Por tanto, cuando rompemos la barrera y accedemos a algo por primera vez, la violación de la norma será más fácil cuanto más frecuentes sean nuestros intentos. Hay que ser cautos ante la pureza. No podemos imaginar cuánta turbiedad puede albergar la pureza más diáfana. Tanta como candor y bondad puede encerrarse en la culpa. Las etapas de excesiva disciplina son nocivas. Las reglas rigurosas en exceso engendran intranquilidad en nuestro espíritu. Llegamos a vivir esperando el momento que nos permita romper la norma. Acabamos cediendo a la primera tentación que se nos presenta, simplemente porque nos lo habían prohibido desde hacía demasiado tiempo.
Hay cierto placer en creer que estamos solos y que nadie piensa en nosotros. Nos simplifica la vida pero también es una gran tentación ya que nos hace olvidar nuestras ilusiones y difumina la realidad hasta el punto de volverla irreconocible. Es inútil e improductivo condenarse a una existencia vivida en una soledad absoluta de los sentidos y del corazón.
Por eso también necesitamos a “los otros”. Si no tuviéramos a los demás, no dispondríamos de un espejo en el que contemplarnos. La opinión de “los otros” es lo que le da a nuestros actos un aroma de realidad. Si nadie sabe nada de nuestros actos, nuestras acciones no tendrás más realidad que la de los gestos que hacemos en nuestros sueños. Por eso, a medida que van desapareciendo aquellos a los que hemos amado, disminuyen las razones para conquistar una felicidad que ya no podemos gozar juntos.

Sin embargo, pese a ser conscientes de necesitar a los demás, hay personas que sufren por la falta de soledad. No quieren estar rodeados de “los otros” durante todo el tiempo. Disfrutan cuando pueden pasarse tiempo solos, escuchándose y escuchando a quienes no están. Pasean acompañados por ese caminante que nunca nos abandona como reza el famoso poema de Antonio Machado.
Es en el silencio y en la oscuridad cuando mostramos nuestra imagen más sencilla y más sincera. Y lo hacemos porque ni nuestros ojos ni nuestros oídos nos pueden engañar entonces. Es cierto que un placer solitario es un placer estéril. Pero ningún placer es estéril si nos reconcilia con la alegría de vivir. Es maravillosa nuestra habilidad para cambiar una vida triste, oscura y aburrida por una existencia llena de aventuras y luz con el simple hecho de imaginarlo.
No nos interesamos por aquello que nos parece sencillo o frecuente. Las situaciones comunes y corrientes no logran conmovernos. Nos habituamos a algo y ya no nos afecta. Cuando lo entendemos como algo propio de nuestra naturaleza, pasa al cajón de lo normal. Y ya sabemos lo que implica dicha “normalización”. Lo prohibido o lo extravagante es lo que reclama nuestra atención. Hay un placer perverso en darse cuenta de que se es distinto al resto. Por eso cuando nos sabemos diferentes a los demás y creemos que hacemos o sentimos algo prohibido, tendemos a encerrarnos en nosotros mismos. Debemos callar o hablar sólo con nuestros cómplices en el delito. Y restringimos nuestro auditorio porque tenemos que escoger entre mantener nuestras inclinaciones “diferentes” y una renuncia completa que probablemente no es humana. Dicha renuncia implicaría rechazar cualquier posibilidad de ser felices. Y limitar nuestra alegría a unos cuantos corazones tampoco es humano puesto que cualquiera termina cansándose de vivir formas furtivas y despreciadas de la felicidad.

Hay que tenerle miedo a esa calma en la que dormimos cuando están cerca acontecimientos importantes que creemos controlados. Nos suponemos tranquilos tal vez porque hayamos tomado una decisión que consideramos correcta y olvidamos que nuestros deseos no son la norma que rige el mundo. Es muy valiente dar la razón a los acontecimientos cuando no podemos cambiarlos.
Todos hacemos sufrir cuando nacemos y sufrimos cuando morimos. Cambiemos el verbo por reír y el regalo de nuestro tiempo habrá merecido la pena. La Historia siempre avanza, sin mirar atrás. Puede que las vidas se extingan, pero van a renovarse inmediatamente con el nacimiento de otro ser. Un ser el que se va a revivir la ilusión perdida.
Muchas Gracias.
Imágenes: Hilas y las ninfas de John William Waterhouse, La bella dama despiadada de Edward-Burne Jones, Encuentro de Abraham y Melquisedec de Peter Paul Rubens, Una fiesta con música de Arthur Hughes, Perseo y las ninfas de Jones y Retrato de Phyllis Waterlo de Waterhouse.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.