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por Rubén GP

Noviembre y el 20-N

Noviembre 2011

 

Noviembre es un mes de efemérides luctuosas. Es el mes en el que la plata de los álamos se vuelve oropel y el sauce llora por la huida del verano. Un mes a cuyo saldo de treinta días se le pueden añadir un par más, pues el cero de su cuenta desaparece con la celebración de los espíritus en la estadounidense fiesta de Halloween. Una antesala de disfraces monstruosos y bromas terroríficas que se marchitan en pocos días como las hojas en los hayedos.

Y después de agasajar a los espíritus se homenajea a los muertos con las tradicionales procesiones florales a los cementerios. Y es que noviembre arranca “oficialmente” en el Santoral Católico con las celebraciones de Todos los Santos y los Difuntos.

Y en este año el Destino ha querido ver algunas procesiones más. En este noviembre desfilaremos ante las urnas con nuestros votos en las manos. Unas procesiones en las que incineraremos algunos cadáveres políticos y encenderemos antorchas en honor al nuevo espíritu resucitador. Ese espíritu corpóreo que nos ha prometido la salvación, un paraíso sin crisis ni problemas. El Parnaso terrestre, pues del llamado Paraíso terrenal ya se encargan otros amigos nuestros.

Además este noviembre no sólo es el mes en el que se celebran “unas” elecciones legislativas. Estas son “las” elecciones legislativas. Unas elecciones especiales que merecen ser recordadas y tener su artículo determinado. Éstas serán las primeras elecciones legislativas complemente libres en todo el territorio nacional gracias a la desaparición definitiva de la banda terrorista que acompañó el final del franquismo y todo el periodo democrático. Gracias a todos los que han hecho realidad ese sueño tan deseado.

Y antes de que este acontecimiento tan feliz ocurriera, ya era una elección “especial”, aunque sólo lo fuera entonces por la fecha elegida. El tercer domingo del mes fue el escogido por el Destino para convocarnos a la denominada (con mucha pompa y cierta ironía) “fiesta de la democracia”. El 20-N es el otro símbolo de estas elecciones. Un 20-N que nos recuerda aquel día de noviembre de 1975. Una jornada fatídica para algunos y un día de liberación para la mayoría. Una fecha grabada en las mentes españolas como el 6-J en la memoria del mundo. Aquella jornada, el día D, se inició el desembarco que marcó la liberación de un continente. Aquel 20-N comenzó la transformación de un país.

No falta mucho tiempo para que el sol nos salude entre la niebla dominical. Pero antes de sentir ese tibio abrazo este 20-N, durante los próximos quince días tendremos que soportar una campaña electoral probablemente tan anodina, cara y soporífera como las últimas que podemos recordar. Un derroche de oratoria que al menos servirá para recordarnos nuestro deber moral de acudir a votar, aunque sea en blanco para expresar disconformidad.

Será un periodo durante el que tenemos la obligación (y el deber) de reflexionar sobre cuál será el color de la papeleta que introduzcamos en la urna. Una papeleta siena para el Senado y otra blanquecina para el Congreso. Pero sobre el tono de esos lienzos habrá que dar unas cuantas pinceladas para las que deberemos escoger un pigmento. ¿Rojo? ¿Blanco? ¿Azul? ¿Verde? ¿Rosa? ¿Cuál será el color elegido?

Votaremos a unos por su política social. A otros por su habilidad en asuntos económicos. A estos por su interés regional. A aquellos por su doctrina o sus propuestas renovadoras. O movidos por el hastío y el desencanto escogeremos a esos de más atrás.

Cada uno optaremos por un camino, el que más nos convenza o se adecue a nuestros intereses y necesidades inmediatas. Ahora bien, el color de quien venza en esta lid ¿influirá tanto en el resultado como pensamos o podemos intuir? ¿Cuál es la utilidad de nuestro voto? ¿Y la de nuestra abstención? ¿Es este entramado la Política propugnada por el ilustrado Montesquieu para su teoría de separación de poderes? ¿Nuestra Política se adapta a la definición que daba Aristóteles en su obra homónima?

La Política debería dedicarse, por definición, a mejorar la sociedad a través de la acción pública. Pero en más de una ocasión, nuestros políticos (que no politólogos) retuercen su significado y nos hacen pensar que la orientación de sus decisiones no es precisamente la más adecuada para alcanzar los objetivos del grupo sino los del individuo. Una Política que se adapta bastante bien a la definición de Weber.

Al fin y al cabo, la Política también puede verse como un juego. Un combate incruento para conseguir el poder. Una partida que algunas veces se va de las manos y entonces le deja el campo libre a otro juego, el juego de los mayores: la guerra.

Se nos ha dicho muchas veces que la Democracia es el menos malo de los sistemas políticos ideados por el ser humano. Es imperfecto y francamente mejorable, pero sigue siendo el menos malo. Y eso es un aspecto a tener muy cuenta.

Platón no ensalzaba a los políticos porque el gobierno de su República ideal tenía que estar en manos de los filósofos. Ellos eran los únicos con la habilidad necesaria para dirigir los destinos de los demás. Dirigir los destinos de aquellos de quienes brota el poder: el pueblo.

Un pueblo que ejercía su poder en la democracia directa ateniense sin necesidad de intermediarios. Las decisiones se aprobaban con un voto directo en la Asamblea popular que se reunía en el ágora y donde todos los ciudadanos tenían igual derecho a hablar o actuar.

Una igualdad más teórica que real pues la opinión mayoritaria podían orientarla con facilidad los elocuentes (y tal vez corruptibles) oradores griegos. Una igualdad y una libertad aplicable a quienes tenían derecho a voto, que era un sector aún demasiado exclusivo y excluyente: los varones libres, poco más de una cuarta parte de la población.

La Atenas de Pericles y algunas otras metrópolis y polis griegas en los siglo IV y V a.C. fueron los primeros reductos sin monarca o gobierno de la aristocracia. La oligarquía y la tiranía fueron condenadas al ostracismo y la democracia fue llamada a la plaza pública. Una democracia sobre la que no todos hablaban maravillas. Una democracia asamblearia fue la que condenó a Sócrates a beber la cicuta, considerándolo culpable de “perversión de los jóvenes”.

La democracia: un sistema político sobre el que se ha dicho que si es bueno, es el mejor de los sistemas. Mas si es malo, es el peor pues implica la maldad de muchos, de todos los tiranos. En la tiranía solo se vive bajo el yugo de un malvado y además siempre es posible educar al heredero para que se convierta en un filósofo y así gobierne como “el mejor”. En la oligarquía, los malos serían unos pocos, los elegidos, “los mejores”: los aristócratas. En la democracia, los malos somos todos.

Comentarios como estos se aplicaron a una democracia directa y no a una representativa como la nuestra, pero aun así es posible entender su intención y qué es lo que pretenden hacernos ver. La democracia directa tan reclamada por anarquistas y parte de los socialistas no alcanzó el nivel de excelencia esperado. Y una democracia participativa tampoco parece satisfacer las necesidades humanas. Unas críticas que pueden aplicarse también a la democracia indirecta y a la vía intermedia, la llamada democracia semidirecta.

Cualquier democracia es el gobierno de la mayoría, pero los modelos descritos más bien podrían definirse en ocasiones como el “gobierno de una minoría”. Una anomalía que desanima a muchos de sus miembros. Individuos cuya desilusión se transforma en protesta, en un clamor por el desarrollo de una democracia participativa o social.

Un clamor consecuencia de la indignación. Un sentimiento opresivo que agota nuestras energías y nos fuerza a gritar, a quejarnos. Un desencanto que no es un invento contemporáneo. Ya impregnaba los primeros versos del Oficio de Difuntos del compositor español Tomás Luis de Victoria. La emotiva Taedet animam meam, cuyo texto está tomado del libro de Job: “Estoy hastiado de mi vida, voy a dar libre curso a mis quejas, a hablar de la amargura de mi corazón. Quiero decir a Dios: ¡No me condenes! Hazme saber por qué me afliges de este modo”.

Entonces se imploraba a Dios. En nuestra sociedad aconfesional esa divinidad suprema, ubicua, omnipotente pero no omnisciente se llama Política. Por eso este noviembre también es el momento de preguntarse ¿Es mejor el sistema presidencialista a doble vuelta o nuestro actual sistema electoral? O mejor aún, preguntémonos ¿es justa cualquier clase de democracia?

El lema de la Sezession vienesa dice así: “A cada época su arte. Al arte su libertad”. Cambiemos “arte” por cualquier otro sustantivo que se adapte bien y tendremos un lema sobre el que pensar y actuar. El motivo anterior está esculpido en una cúpula de laurel dorado en la Friedrichstrasse de la capital austriaca. El nuestro podemos grabarlo donde lo recordemos siempre y lo vean nuestros “herederos”.

Letras grabadas como las de los epitafios de las lápidas. Epitafios que resumen una vida en unas pocas palabras. Palabras que se convierten en la lectura de quienes acuden a los cementerios. Visitas para recordar a quienes están en otra dimensión. Dimensiones diferentes cuya existencia parece probada por la Teoría de Cuerdas si bien su número aún es motivo de discusión.

Y puesto que, según Schopenhauer, “la música es el único medio para expresar el significado profundo de la existencia”, quiero cerrar este prisma invitándoos a escuchar el Réquiem de la Misa de Difuntos del compositor francés Gabriel Fauré. Una partitura emocionante con un sublime desenlace coral in crescendo. Una música que no se dedica a glosar la tristeza y el desánimo por nuestro último viaje. Una música que nos recuerda la felicidad, el gozo que nos dará nuestro descubrimiento postrero. Y una música que nos invitará a pensar. Y este tradicionalmente gris noviembre es un buen momento para hacerlo. Tanto como cualquier otro, o tal vez más.

Muchas gracias.

Imágenes:Juno flamígera de Leighton, Ninfas buscando la cabeza de Orfeo de John William Waterhouse, Marea baja de Edward Poynter y Orfeo y Eurídice de George Friederic Watts.

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