“¡Estaba segura de que ya no era gay!”

Me mudé a Tel-Aviv cuando tenía 18 años. Era la opción más natural para mí siendo una adolescente palestina que se cuestionaba su identidad sexual. Por aquel entonces, recuerdo pasar noches en vela preguntándome por qué me enamoraba de chicas en lugar de chicos. Estaba ansiosa de graduarme en el instituto y empezar la universidad en Tel-Aviv. Afortunadamente, mis padres priorizaron mi educación superior e inmediatamente apoyaron mi decisión.

Alquilé un apartamento con dos de mis mejores amigas del instituto. Ellas fueron las primeras a las que les hablé de mi atracción hacia las chicas y ellas también fueron las primeras en excluirme, rechazarme y tirar por tierra mi reputación por el hecho de ser gay.

Unas semanas después de la esperada mudanza a Tel-Aviv, conocí a la primera lesbiana, cara a cara. No hace falta decir que era judía. No había nada especial en ella, nada excepto el hecho de que ella sería la primera chica a la que besaría. Más tarde, conocí a otras chicas judías, empezamos a salir a bares gays y así fue como me introduje en la vida gay de Tel-Aviv, que por aquel entonces no incluía a ninguna otra chica palestina.

En las discotecas, fiestas y bares gays había un mundo gay a parte. Me enamoré y me desenamoré, tuve ligues, relaciones, affaires y creí que esos días eran los más felices de mi vida. Los sentimientos de ambigüedad y confusión finalmente fueron sustituidos por sentimientos de esperanza y satisfacción. La única cosa que importaba eran todas las chicas que iba conociendo, las fiestas en las que bailé hasta la madrugada y todos los buenos amigos que hice en ese periodo.

Pasó un año y el verano se acercaba. Sentía que estaba perdiendo el control sobre mi vida. Nadie de toda la gente que conocí, de los amigos que hice y de la chicas con las que salí me preguntaba sobre mis estudios o cómo me iban las cosas en la universidad o con mi familia. De repente, me sentí extraña, completamente fuera de lugar. Estaba confundida otra vez y me sentí desamparada y perdida en un mundo que parecía distante y remoto.

Un día, una mujer casada con la que estaba saliendo, me dijo: “Te quiero más que a nada, pero quiero que te vayas a casa. Vuelve a casa de tus padres, no te quedes aquí. No tendrás éxito aquí.” Mientras escuchaba sus palabras, tenía lágrimas en mis ojos porque por primera vez sentí que alguien realmente se preocupaba por mí, se preocupaba lo suficiente como para dejarme ir.

La idea de irme a casa ya me asaltaba desde hacía unos meses, pero imagino que estaba esperando a que alguien que me importaba me lo dijera. Sus palabras resonaron en mi cabeza por un tiempo, hasta que un día recogí todo y me marché, así como así, sin ni siquiera decir adiós.

Ella me dejó ir, pero años después me desperté echándola de menos y deseando poder volver a verla.

A finales del verano, yo estaba en casa con una nueva etapa por delante. Mis padres estaban encantados de tenerme de nuevo en casa y sentí que todo lo que había pasado en Tel-Aviv formaría parte de mi pasado, que nadie lo sabría jamás.

Al principio, era muy difícil dejar atrás el pasado. Después de todo, el pasado es lo que me define, define quién soy yo, mi existencia. Aunque yo vivía en Haifa, mi corazón y mi alma estaban todavía en Tel-Aviv. Echaba de menos mi vida allí, mi libertad, la libertad de ser lo que soy. Echaba de menos la forma en que mi corazón late por una mujer de la que me acabo de enamorar. Echaba de menos el principio de las historias, los primeros besos. Pero, sobre todo, echaba de menos ser yo misma. Me sentía extraña en mi propio cuerpo, y esa sensación se quedó conmigo durante meses.

A pesar de las dificultades y los desafíos, decidí seguir con mi decisión de estar en Haifa, y poco a poco, Tel-Aviv y mi vida allí parecían un recuerdo lejano de un lejano pasado.

Mi segundo año en Haifa marcó el comienzo de mis mejores años. Después de ser excluida y rechazada por mis compañeros de clase debido a los rumores de que yo era lesbiana en el primer año, me convertí en la estrella de mi departamento. Destacaba en todas las clases y me convertí en la preferida de los profesores. También fue cuando conocí a mi mejor amiga. Aunque me costó tres años sincerarme con ella, era la única amiga que me aceptó como soy.

Pasaron tres años desde que tomé la decisión de dejar de salir con mujeres. Rechazaba pensar en mujeres, estar con ellas. Ni siquiera me permitía fantasear con mujeres. Yo creía que las mujeres eran una distracción, algo de lo que sin duda debía prescindir.

No sé si era feliz en aquel entonces. Lo que sí recuerdo bien es que me sentía contenta con mi elección porque volvía a sentirme incluida, instalada; fui aceptada, querida, respetada, apreciada… Pero todo aquello tenía un precio, uno muy caro. Todo aquel reconocimiento se produjo al cancelar mi verdadero yo y ocultar mi verdadera identidad.

Después de graduarme en la universidad, gané una excelente reputación y mi carrera profesional floreció. Mi padre estaba muy orgulloso de mí y mi madre, que siempre rechazó que viviera en Tel-Aviv, estaba de nuevo orgullosa de tener a su hija.

Fue entonces cuando conocí a mi futuro marido. Hubo una sincronización perfecta y se produjo en un momento en que yo estaba completamente sola en el mundo. Mi padre, a quien amaba más que nada, enfermó de cáncer. Fue una agonía verlo morir justo en frente de mí. Mi marido estaba allí conmigo, con mi familia, y por eso sentí que le debía la vida.

Mi padre falleció y fue entonces cuando mi mundo se vino abajo. Todavía no he podido superar el dolor de perderlo, porque sé muy dentro que él era el único de mi familia que lo entendería, que me aceptaría por ser gay. Desafortunadamente, no vivió lo suficiente para que llegara esa revelación y ahora me culpo por haber perdido mi única oportunidad de salir del armario con mi familia.

Tras la muerte de mi padre, me cuestioné la idea de casarme. Después de todo, ya estaba dentro de las normas sociales y había encontrado un hombre maravilloso del que ya me estaba enamorando. Parecía un perfecto final feliz para una vida de confusión e incertidumbre.

Yo era bastante reacia, pero al final nos casamos y eso acabó con el último vestigio de duda que tenía sobre mi sexualidad: ¡estaba segura de que ya no era gay! Muy pronto, me quedé embarazada de mi primer hijo y fue cuando nuestra relación comenzó a deteriorarse. Nos separamos dos meses después del nacimiento de mi hijo y nos divorciamos al año siguiente.

Mi hijo y yo nos mudamos a un nuevo apartamento y, una vez más, me sentí completamente sola, aunque esta vez fue muy diferente. Tenia un bebé en mi regazo y él era el mundo para mí. Él era mi orgullo y por primera vez en años, me sentí abrumada con sentimientos de alegría y felicidad.

Aunque todos los días, cuando caía la noche, sola en mi cama, pensaba en las mujeres otra vez. Echaba de menos la suavidad de la voz de una mujer, los besos tiernos de los labios de una mujer y la forma apasionada en que una mujer me hace el amor, haciéndome perder el sentido.

No podía permitirme el lujo de ir a vivir a Tel-Aviv de nuevo, tenía demasiadas responsabilidades con mi hijo y mi familia. Me gustaba estar entre ellos y sentía que mi hijo era lo primero. Pero un día conocí a una chica en la playa y muy pronto comencé a sentir algo por ella. Vivía en mi ciudad, y aunque yo siempre me he protegido de dejarme ver con mujeres cerca de casa, me sentía muy natural al enamorarme otra vez. Pasamos un maravilloso año juntas, pero como todas las cosas buenas de la vida, nuestra relación terminó.

En esta etapa, yo estaba más a gusto con mi sexualidad. Sabía que quería salir con mujeres, pero nunca pensé en salir del armario. Ahora que mi padre ya no está con nosotros, parece demasiado difícil y descabellado considerar siquiera sincerarme con mi madre. Ella también sufrió el dolor de perder a mi padre y sufrió la “vergüenza” de mi divorcio. Se preocupa constantemente por su hija madre soltera, por lo que sentía mucho que cargara con una verdad más, la verdad sobre su hija homosexual.

Mi vida comenzó a cambiar cuando me uní a Aswat-Palestinian Gay Women. Yo ni siquiera sabía que existían. Llevan una línea de apoyo y reuniones para los miembros del grupo, todas son mujeres palestinas homosexuales. Aunque en un principio era muy difícil para mí estar expuesta ante completas desconocidas, poco a poco, la idea de ser parte de este magnífico esfuerzo me atrajo.

Hoy, con Aswat, siento que puedo estar fuera del armario, entre las mujeres que se convirtieron en mis amigas más cercanas. Hablo de Aswat en eventos locales e internacionales, he creado mi propio mundo, un mundo donde puedo ser yo: “gay”, pero esta vez una lesbiana orgullosa.

Cuando pienso en mi vida, no me arrepiento de los “años perdidos” de no ser gay, porque ellos fueron los que me dieron más fuerza. He aprendido que en la salida del armario no todo es blanco y negro y que hay una zona gris en el medio, una zona que me permite estar dentro y fuera al mismo tiempo.

Hoy en día, cuando cae la noche, puedo oír el sonido de su voz suave, susurrando canciones de cuna de amor y afecto. Cuando la veo, puedo probar la dulzura de sus besos sensuales y sentir su piel de seda en todo mi cuerpo. Cuando la vida se hunde, sé que estar en sus brazos hace que mi corazón cante y baile con entusiasmo. Cuando cae la noche, sé que amo a una mujer y si todo el mundo lo sabe o no ya no es un problema. Que lo sepamos nosotras es suficiente.




There are no comments

Add yours

Click to Hide Advanced Floating Content
 
Click to Hide Advanced Floating Content
 

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies