La palabra que da miedo

Directora Revista MíraLES

“Beeteljuice”, “beeteljuice”, “beeteljuice”. Después de pronunciarlo tres veces aparecía el fantasma tan popular de la película de Tim Burton. Lesbiana, lesbiana, lesbiana… uf, ¿cuántos fantasmas pueden aparecer para muchas mujeres? Algunas no son capaces de pronunciar la palabra “lesbiana” ni aún cuando tienen una en la boca.

L-e-s-b-i-a-n-a. Ocho letras conspirando para formar una palabra “aterradora” que tiene su origen en el hogar de la poeta Safo: la isla de Lesbos.

La primera vez que la escuché fue en el colegio, cuando una de mis amigas, justo aquella por la que sentía ese tipo de atracción inexplicable que sólo se explica años después, cuando rastreas tu pasado y reconoces a la incipiente lesbiana que siempre –aún cuando más hetero puedes ser- llevas dentro.

“¿Sabes lo que es ser lesbiana? Es que te gustan las mujeres y te pones arriba de ellas y te frotas muy rápido. ¿Cómo será eso?”, me preguntó mi amiga con una cara que a mis 16 años no supe interpretar. O quizás supe, por eso me ruboricé y cambié de conversación.

Desde ahí en adelante “lesbiana” ha sido una de las palabras más cargadas de sentido, emociones y miedos que he escuchado.

Mi madre parece tenerla fobia o no tenerla incorporada en su diccionario. Hace poco me llamó por teléfono y me comentó que les había contado a sus amigas de “lo mío”. Y que sus amigas le habían dicho que no se preocupara, que conocían muchas “mujeres como yo”.

¿Cuántas veces hemos escuchado decir a una chica que no es lesbiana, que está enamorada de su novia pero que no le gustan las mujeres?, ¿Cuántas veces hemos asentido compasivamente, sabiendo que cuando acabe su relación la veremos colgada de la mano de otra? Conozco chicas que más que despertar mi compasión provocan mi exasperación cuando llevan más de 6 años viviendo con sus novias y afirman que son heterosexuales.

La semana pasada conocí a tres chicas que provenían de un grupo de autoayuda de aceptación de su lesbianismo. “A mi me costó tres años pronunciar la palabra lesbiana, prefería decir que me iban las chicas”, me comentó una de ellas.

¿Qué es lo que da tanto miedo de ser lesbiana?, ¿qué es lo que asusta tanto de reconocerlo, o de hasta incluso pronunciarlo?

Al parecer hay cosas que no existen si no las nombramos, que vivimos en una especie de limbo de identidad hasta que no nos atrevemos a apodar las inclinaciones. Nombrar es dar vida.

Y no sólo se trata de nombrarlo frente a los demás. También frente a una misma, tantas veces como sea necesario para despojar a la palabra de los miedos, tanto como necesitemos para darle una connotación positiva, que signifique libertad, paz, felicidad.

Por cierto, a mi amiga, la del colegio, la palabra lesbiana también se le hizo muy aterradora. Más de diez años después de que nos separáramos, logré encontrarla por Facebook. Ahora es madre y está casada con un hombre con el que ni siquiera comparte la cama.

Me confesó que se casó porque no tuvo valor para buscar chicas, porque no tuvo el valor para contárselo a nadie. Porque no tuvo las agallas de mirarse al espejo, directo a los ojos y decirlo en voz alta: “Soy lesbiana, y está bien”.




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