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por Rubén GP

El abanico de seda

Octubre 2011

 

La regla de las Tres Obediencias: “Cuando seas niña, obedece a tu padre, cuando seas esposa, obedece a tu marido; cuando seas viuda, obedece a tu hijo”

El abanico de seda es la autobiografía novelada de un personaje ficticio: Lirio Blanco. Un relato que sirve como molde en el que hornear la vida de miles de mujeres reales. Esposas, hermanas, madres, doncellas, sirvientas, hijas que tienen (o tuvieron) vidas idénticas y padecen (o padecieron) vejaciones similares o incluso peores.

Una vida a través de una celosía. Una vida sin amor ni alegría más allá de la satisfacción al esposo y el cuidado de los hijos. Una vida humillada por los malos tratos del cónyuge. Unos malos tratos que eran bien vistos y aceptados como algo “natural” en un matrimonio. Una violencia física -incluso con varas de bambú- que servía para mantener el orden en el hogar y para lograr que cada pieza estuviera en su casilla del tablero.

Lirio Blanco vivía en un ambiente familiar en el que los hijos competían por merecer la atención de su madre. Una familia de campesinos humildes en la que las hijas eran vistas como una carga más que como una bendición. Así nos lo cuenta ella misma:

“Me miraba como todas las madres miran a sus hijas: como a un visitante que está de paso. Yo no era más que otra boca que alimentar y otro cuerpo que vestir hasta que me fuera a vivir a la casa de mi esposo”

Su infancia la marcó una madre fría y ambiciosa que proyectaba los matrimonios de sus vástagos como un oficial desarrolla una estrategia en la batalla. Y su vida adulta la marcó el enlace que otros eligieron sin consultarle.

La trama dEl abanico de seda muestra las dificultades que agobian a quienes viven en una cultura en la que obediencia y sumisión son las virtudes más valoradas en una mujer. Las viudas deben permanecer sentadas en silencio porque así lo manda la tradición. Las mujeres pobres sobreviven como esclavas en el servicio doméstico de las inacabables mansiones abarrotadas de incienso y oropeles. Las damas y damiselas distinguidas viven encerradas en la “Habitación de Arriba”. Una sala exclusiva en la que una celosía de madera o de papel de arroz es el único contacto de sus moradoras con el mundo exterior, con esa sociedad que las pinta con tinta invisible.

Son muy pocas las mujeres que escapan de esa red. Sólo algunas de las damas de las familias más selectas pueden ocupar su tiempo pintando, o bordando en sus habitaciones interiores, o leyendo y paseando por jardines artificiales con colinas, arroyos, puentes, lotos, peonías y crisantemos. E incluso ellas están sometidas a la autoridad de los varones de su familia.

Cualquiera que fuera su estamento social, las mujeres siempre vivían aparte de la sociedad. Lo ignoraban todo sobre ella y ella nada quería saber de sus vidas. Una situación muy bien descrita en el pensamiento no expresado de una de las protagonistas de la novela:

“Sabía que pasaría casi toda mi vida en una habitación como aquélla. También sabía que la diferencia entre el reino interior del hogar y wai el reino exterior de los hombres constituía el núcleo de la sociedad confuciana. Tanto si eres rico como si eres pobre, emperador o esclavo, la esfera doméstica pertenece a las mujeres y la esfera exterior a los hombres. Las mujeres no deben salir de sus cámaras interiores ni siquiera mediante la imaginación”

Leyendo este relato de Lisa See, comprenderemos que el vendado de los pies es la expresión superlativa del sometimiento de las mujeres a esa sociedad injusta y machista. Sus páginas nos conmueven cuando nos describe con detalle el procedimiento común en cualquier familia. La tradición ancestral recomienda vendar los pies de las niñas para conseguir unas extremidades de muy pocos centímetros: los anhelados “lotos dorados”. Una costumbre que nos parecerá salvaje pero que pese a su crueldad fue uno de los muros de carga del edificio social chino durante más de un milenio. Una tradición humillante que aunque fue prohibida a mediados del siglo XX tras la revolución maoísta, aún se practica en algunos condados “remotos”.

Siete centímetros -aproximadamente la longitud de un pulgar- es la medida ideal de los pies de una mujer china. Las niñas no podían resistirse ni eludir su destino. No hay elección ya que no someterse a la tradición sería condenarse a una vida de vergüenza y oprobio. Si no se les vendaban los pies pasaban a ser como animales. Las criadas de pies grandes eran la escoria social, poco más que unas mendigas harapientas.

Una aberración que no siempre acababa bien pues la habilidad para vendar de la madre determinaba si el resultado logrado era adecuado u obtenía unos muñones deformes. Muchas niñas morían durante los primeros meses en que los huesos de los pies debían romperse. La carne se infectaba y si el cambio del vendaje y la limpieza no eran escrupulosas entonces morían con ambas piernas gangrenadas sin que nada paliara el dolor que sentían.

Una tradición absurda en apariencia pero imprescindible por su importancia. El valor social de una mujer se asociaba a la “calidad” (tamaño y aspecto) de sus “lotos dorados”. Asimismo, el sacrificio, los dolores, las malformaciones y el riesgo de muerte de la víctima involuntaria tendrían como recompensa el mayor tesoro de la vida femenina: una buena boda.

La niña es muy hermosa, desde luego, pero los lotos dorados son más importantes que un rostro agraciado. Una cara bonita es un don del cielo, pero unos pies diminutos pueden mejorar la posición social.

Un casamiento concebido no para disfrutar sino para lograr descendencia y perpetuar la estirpe del marido. Y es que el concepto confuciano del matrimonio es parecido al de la religión católica, si bien el primero estima a los hijos varones mucho más que a las niñas.

Cuando una mujer se casaba, no vivía en el hogar de su esposo hasta que no quedaba embarazada. Y cuando concebía, partía de la cárcel familiar natal a la prisión de la familia política. En “su” nueva casa estaba bajo el mandato de su marido y también debía plegarse a los deseos de sus suegros. La suegra era la mujer más importante del hogar y trataba a sus nueras como criadas. Y a esta humillación hay que añadir el hecho de que tenía que ganarse un puesto entre las nueras. Una competición despiadada ya que los “privilegios” recaían en la esposa del primogénito que hubiera concebido un varón.

En las familias acomodadas las concubinas de los esposos no se reprueban. Sirven para aumentar la fama de un clan. Dan imagen de poderío y aportan alegría y satisfacción al dueño y señor de la casa y de sus habitantes. Y todo ello porque la importancia doméstica de una mujer china iba de la mano con su fecundidad, y en particular con su capacidad para concebir hijos varones.

Unos esponsales basados en el dinero, la posición social, los signos favorables de los cielos, las ofrendas o la reputación familiar y en los que ni por asomo se pensaba en el amor o en la atracción física. Años y años de matrimonios concertados entre padres para unos niños de seis años que nada pueden decir.

Una verdadera dama debe eliminar la fealdad de su vida […] La belleza sólo se consigue a través del dolor. La paz sólo se encuentra a través del sufrimiento. Yo te vendo los pies, pero tú obtendrás la respuesta.

Una de las pocas decisiones libres en la vida de una “damita” acomodada era la posibilidad de establecer un contrato de laotong o hermanas del alma. Una amistad especial y única entre dos mujeres que duraba toda la vida. Un vínculo más fuerte que el matrimonio, con un amor diferente que unía a dos mujeres incluso en el Más Allá. Una amistad sin obstáculos, sin soledad, sin diferencias.

Sólo algunas favorecidas por la suerte conseguían una laotong, pues era una cuestión tanto de clase social como de coincidencias astrológicas (mes, día y hora de nacimiento; colores de pelo u ojos). Las mujeres que no cumplían los estrictos requisitos debían conformarse con una hermandad grupal que se disolvía al casarse. Y desaparecía con la boda porque las jóvenes esposas no podían malgastar su tiempo con las antiguas amigas. Todo su tiempo era para su marido y su familia política. De hecho, no podían tener amigas ni otros vínculos afectivos más allá de los estrictamente familiares.

La relación con una laotong se establece por decisión propia, con el objetivo de lograr una camaradería emocional y una fidelidad eterna. En cambio, la boda no se celebra por decisión propia y sólo tiene un objetivo: engendrar hijos varones.

Una anciana Lirio Blanco resume su pasado con amargura en un par de frases: “Yo era una niña mediocre que vivía con una familia mediocre en un pueblo mediocre. Ignoraba que pudiera haber otra forma de vivir.”

Y pese a sus quejas, ella fue una niña afortunada. El vendado de sus pies fue perfecto y logró unos lotos dorados excepcionales. Unos pies tan atractivos que le labraron un destino especial a través de una alianza matrimonial insospechada.

La campesina sencilla llegó a ser la señora de un clan importante, tuvo un hijo en el nivel más alto de la corte imperial y disfrutó una amistad con una laotong.

En mi país llaman teng ai a esa clase de madres. Mi hijo me ha dicho que en la caligrafía de los hombres esa palabra está compuesta por dos caracteres. El primero significa “dolor”, el segundo “amor”. Así es el amor maternal.

Flor de Nieve fue la elegida para unirse a nuestra protagonista por los vínculos de la amistad eterna. Flor de Nieve era la hija menor de una familia acomodada de una aldea cercana a la de Lirio Blanco. Una niña eterna -hermosa, refinada y caprichosa- que ocultaba su vergüenza bajo gasas y telas suntuosas. Una lengua rápida que mentía para protegerse, para evitarse el desprecio de quienes la rodeaban. Una mente ingeniosa que mentía sin maldad. Vivía atenazada por el temor de que alguien descubriera el secreto de su familia. Una niña inteligente, despierta y con cierta educación. Una enamorada de los pájaros que anhelaba volar y escapar de su mundo “de aguja y dedal”.

Lo que había aprendido el día que conocí a Flor de Nieve: que ella era más sutil y sofisticada en sus palabras que la segunda hija de un vulgar campesino.

Una amistad “perpetua” que confundirá sus caminos y anidará en el bosque del romance. Un abanico blanco será el símbolo del amor entre estas dos mujeres. Un abanico que acompañará a Lirio Blanco desde los siete hasta los ochenta años que sus ojos alcanzan a ver. Una edad poco habitual pues casi todas las mujeres fallecían alrededor de los cincuenta años por la dureza de sus tareas y sus obligaciones.

El amor de Lirio Blanco y Flor de Nieve despliega sus alas en la China imperial de la segunda mitad del siglo XIX. Un imperio de túnicas feudales gobernado por una casta de funcionarios en cuyas huestes sólo desfilaban los varones. La dinastía Qing era la casa reinante en esta última etapa de dominio de quienes eran considerados Hijos del Cielo. Un imperio milenario limitado por la Gran Muralla y el Gran Océano. Un imperio celestial asentado en tres pilares: una rígida estructura de castas y alianzas familiares, el respeto a la sabiduría de los ancestros y la devoción a las tradiciones y a la perfección. Una China tan enigmática como inflexible en la que los varones inteligentes progresaban a través del sistema de exámenes imperiales; unas pruebas tan exigentes, parciales y objetivas como nuestro sistema de oposiciones.

Una civilización oriental en la que el imperio de las mujeres lo delimitaban las murallas de sus hogares conyugales o las tapias de los conventos en los que vivían la soledad de su soltería o su viudedad. Y para las menos afortunadas sus reinos ocupaban una mínima parte de las mansiones en las que se servían en un régimen hermanado con la esclavitud. Las mujeres de esta historia esculpen torres de flores en escala de casa de muñecas para iniciar y romper relaciones amorosas y de amistad. Casi todas sufren un vacío vital absoluto y arrastran una pena constante que no relaja su tortura ni una sola vez.

Desde niña he sabido que no me correspondía ser amada; aún así, ansiaba que quienes me rodeaban me expresaran su cariño, y ese deseo injustificado ha sido la causa de todos mis problemas.

Una China que no era sólo el territorio de funcionarios, soldados, letrados bonzos o sacerdotes. También era el feudo de sirvientes, doncellas, pajes o ayudantes de cámara. Y el hogar de aldeanos, ganaderos, jornaleros, artesanos. Y de otros muchos varones y hembras analfabetos. Seres humanos tratados como bestias que vivían atemorizados por las supersticiones más variopintas. Creencias que construyeron una sociedad de adivinos y casamenteras. Un gremio de personajes que prosperaba explotando a esa masa de personas confiadas, de mentes sencillas, corazones grandes y espíritus atemorizados. Una nación delicada y elegante en la que los colores, los tejidos, los bordados y los detalles eran de una importancia máxima. No derramar el té al servirlo, mantener la posición adecuada frente a la mesa, hacer bordados impecables, moderar los llantos o las risas, controlar los excesos en la comida y la bebida, saber improvisar poemas eran muestras de la educación de un miembro respetable.

Y en este cultivo social, germina una semilla que es pieza esencial en el tablero de weiqi de El abanico de seda: el Nu Shu.

Nu Shu es un código secreto de escritura usado por las mujeres, y sólo por ellas, en una zona aislada de la provincia de Hunan hace más de un milenio. Parece ser la única escritura del mundo creada y usada sólo por mujeres. Un idioma concebido para comunicar lo prohibido: los sentimientos auténticos.

El un shu era un medio por el que nuestros pies vendados podían acercarnos unas a otras, por el que nuestros pensamientos podían sobrevolar los campos […] los hombres de nuestras casas no concebían que nosotras pudiéramos tener algo importante que decir. No imaginaban que pudiéramos tener emociones ni expresar ideas creativas.

Los rasgos inclinados y suaves de la escritura Nu Shu se correspondían con la dulzura y elegancia de sus autoras. Mujeres que componían textos líricos con unas metáforas sublimes. Poemas sobre pieles pálidas como lunas de agosto, sobre lirios de agua y pájaros multicolores. Cantos a la indulgencia teñidos por el color del arrepentimiento sincero. Himnos a la pena, a la alegría, a la vida, a la muerte, al dolor, a la esperanza, al alba y al ocaso, a la guerra y a la paz.... Textos refinados cuya interpretación dependía mucho del contexto en el que se habían escrito. Sus frases rebosan detalles que si eran mal entendidos daban lugar a equívocos que herían allí donde más dolor podían causar.

Flor de Nieve y Lirio Blanco recurren a este idioma privado para comunicarse sus intimidades, sus anhelos, sus frustraciones, su amor, sus desavenencias o su arrepentimiento.

El contrato de laotongs de estas dos hermanas espirituales es peculiar desde su origen. Y esa peculiaridad lo convertirá en una amistad única y especial en la que con el tiempo habrá una inversión de roles: la criatura protegida será la parte protectora y aquella que antes protegía pasará a ser una necesitada.

“No hay nada más malvado que el corazón de una mujer”. Es un viejo proverbio...

Un enlace “luminoso y perfecto” que no se ve libre de la oscuridad. Las mentiras entre las hermanas de espíritu corrompen su unión. Brotan dudas que corroen el corazón y envician la pureza de su estanque emocional. Las fantasías de las sedas estampadas se convierten en pesadillas bordadas en harapos. El aroma a incienso se vuelve hedor de muerte. Y un mensaje Nu Shu en una varilla de un abanico blanco es un adiós inesperado acompañado de una ofensa ruin e imperdonable: la traición, la falsedad y el engaño. Un mensaje que abre un periodo muy duro durante los años del amor y la sal. Un insulto al que se responde con una carta de vituperio. La rabia y el rencor desatan los sentimientos más destructivos y la boca airada esparce sus semillas infectas. Y lo hace sin importarle estar fulminando la reputación de quien ha sido hermana y amante.

Flor de Nieve era mi alma gemela para toda la vida. Yo le profesaba un amor mayor y más profundo que el que jamás sentiría por mi esposo. Ése era el verdadero significado de la relación entre dos laotong.

La traducción de El abanico de seda al español es muy buena. Trasmite la musicalidad de la prosa oriental y el ritmo de su poesía. Y conserva la habilidad de su autora para conmovernos y arrancar lágrimas de sangre a nuestros corazones.

La novela de Lisa See es una historia escrita con una tinta negra como el firmamento en una noche sin luna. Y al mismo tiempo, es una luna que acuna a dos mujeres dormidas bajo la misma colcha. La luz de la luna baña un hogar triste que es feliz por una vez. Dolor y alegría, muerte y vida, llanto y risas, yin y yang. No todo es previsible ni predecible en las vidas de los seres humanos. Y este rasgo lo comparte la obra que nos ocupa. Un relato en el que son bastantes los giros insospechados y muchas las sorpresas desagradables:

Un matrimonio puede truncarlo el aguijón de una abeja al clavarse en el pálido cuello de una niña hermosa. Una nieta y una abuela pueden fallecer en un mismo día cuando idéntico fantasma roba sus almas. Tal vez una muestra de justicia poética, en la que el espíritu torturado de una niña arranca la vida a su arrugada torturadora.

En un verano idílico brotan epidemias de difteria y fiebres tifoideas; hay rebeliones tras la muerte del emperador y persecuciones sangrientas y huidas en masa a las montañas por senderos de cabras; los campesinos inocentes de un pueblo tranquilo deben refugiarse en valles glaciares donde morirá más de la mitad de ellos. Los cambios de estación traerán matanzas, incendios, violaciones, brutalidad, robos y saqueos; Habrá mujeres que fallecerán en esas marchas inhumanas por las infecciones en sus pies vendados y poco acostumbrados a caminar; habrá varones que se suicidan por agotamiento o hastío... y cualquier otro suceso digno de aparecer en la sección local de un diario.

Flor de Nieve era mi hogar, y yo el suyo.

El lesbo-erotismo de este relato se concentra en la amistad entre las dos mujeres protagonistas. Una relación entre dos amigas que es modelo para una relación amorosa entre dos lesbianas. Hay pasajes que narran contactos de las pieles desnudas, miradas, pensamientos idénticos, recuerdos permanentes blindados frente al olvido.

El deseo se impone al sentimiento o a la timidez. Deseo que es signo de amor. Un deseo silencioso que lleva a dos adolescentes, desnudas en la misma cama, a dibujarse caracteres chinos con dedos ensalivados en el vientre y las caderas hermanas.

Antes de dibujar el último carácter del verso me tumbé de costado junto a ella para ver mejor cómo reaccionaba su piel. Me lamí el dedo, tracé el carácter y observé cómo un pezón se tensaba y fruncía. Nos quedamos inmóviles […] Soplé sobre los trazos, consciente de la sensación que con eso iba a causar, y observé cómo se agitaba el vello que crecía entre sus piernas.

En definitiva, El abanico de seda es una novela tan dura como delicada. Una historia sobre la importancia de la sinceridad y la lealtad en la amistad verdadera. Un relato de traiciones, de rupturas, de reconciliaciones, de arrepentimiento. Una historia de abanicos envueltos en seda. Un relato de arroz, de sal y de hiel. Una novela en clave femenina hasta en la más insignificante de sus letras. Una novela sobre mujeres cuya huella es tan difícil de borrar de nuestros recuerdos como diluir el amor roto en el abismo del corazón.

Y sobre todo, una narración que nos sumerge en el océano oriental de las laotongs y delNu Shu. Bañémonos en las palabras de Lisa See, o mejor aún, en los mensajes cifrados de Lirio Blanco y Flor de Nieve.

Muchas gracias.

El abanico de seda. Lisa See, Trad. Gemma Rovira Ortega. Salamandra, Barcelona (2007).

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