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por Rubén GP

Casa de muñecas

Diciembre 2011

 

Casa de muñecas es un drama en tres actos que -junto con Los espectros- marcó un hito en la dramaturgia europea. Un teatro que denuncia las injusticias a las que estuvieron -y aún están-, sometidas las mujeres en una sociedad orgullosa de proclamarse “justa e igualitaria”. La pluma del premio Nobel noruego Henrik Ibsen (Skien, 1828-1906) entintó las cuartillas de esta obra estrenada en 1880. Unas representaciones semilla de escándalo y motor de altercados sociales. Sentado en sus butacas de terciopelo, el público sentía cómo el acero verbal de los personajes de Ibsen atravesaba la armadura moral de sus cómodas existencias. Unas armas bien afiladas que los herían allí donde duermen (o deberían dormir) los valores de un ser humano.

Helmer.- ¡Vaya, vaya! La testarudilla pide auxilio.
Nora.- Sí, Torvaldo. No puedo resolver nada sin ti.
Helmer.- Bien, bien; reflexionaremos y algo se encontrará.
Nora.- ¡Qué amable eres! […]

El insigne dramaturgo fue un rebelde cuya vida transcurrió tan pródiga en escándalos personales como en premios literarios. Ibsen defendió siempre la identidad nacional noruega y atacó con igual furia la hipocresía de la sociedad en la que tenía que vivir: un mundo machista en el que una mujer se sentía perdida y vacía si no tenía hijos o un esposo. Sin ellos no tenía a nadie con quien dar sentido a su existencia. Eran mujeres mujeres consagradas en cuerpo y alma a sus deberes conyugales a quienes no les permitían sentirse seres humanos; ellas vivían como títeres cuyos hilos eran manipulados por sus padres durante la juventud y por sus maridos (o sus primogénitos varones) durante el resto de sus años.

Indignado por esta situación injusta, el literato nórdico recurrió a su talento creativo para denunciar esas desigualdades, acusar a los responsables y defender los derechos del individuo frente a la colectividad.

Helmer.- Sí, he tenido una ocurrencia estupenda.
Nora.- Una ocurrencia soberbia. Pero también a mí me cabe el mérito de complacerte.
Helmer.- ¿Mérito? ¿Por complacer a tu marido? Bueno, bueno, locuela mía; harto sé que no es eso lo que intentabas decir. Pero no quiero importunarte...

La trama de Casa de muñecas se desarrolla en tres días de uno de los últimos inviernos de un siglo agonizante. Unas navidades cuyas orejas asoman por los confines de lagos helados y marcan el ocaso en solitarias llanuras cristalinas.

En unas cien páginas se nos narra una historia ambientada en el mundo burgués. No es una obra sobre aristócratas adinerados, príncipes perversos o herederos ociosos. Es el relato teatral de una familia burguesa que vive en un piso debajo de la vivienda de un cónsul aficionado a las fiestas de disfraces y a las bailarinas sensuales.

Y rodeando esa trama principal, discurre el sendero de dos náufragos de la vida que deciden soltar las tablas sobre las que se mantienen a flote, tenderse las manos y unirse en un destino común. Arribarán en un embarcadero desconocido que será su salvación o su destrucción pero que, al menos, no será un puerto solitario.

Nora.- ¿Y por qué no?
Sra. Linde.- Porque una mujer casada no puede pedir dinero prestado sin consentimiento de su marido.
Nora.- ¡Oh!, cuando se trata de una mujer un poco práctica, de una mujer que sabe desenvolverse con habilidad...

En el entorno social de Ibsen las pocas mujeres que trabajaban fuera de sus casas y ganaban dinero sentían “cierto placer” al hacerlo. Su trabajo no era un camino para la realización personal; era la única manera de llegar a sentirse “casi un hombre”, es decir, acercarse a la cúspide de la Creación/Evolución.

Una época con clubes femeninos especializados en clases de cocina, bordados, charlas “sociales”, confección... y huérfanos en Economía o Filosofía. Clubes para mujeres conscientes de su posición subordinada. Siervas que tenían cuidado para no ofender a quienes tenían poder e influencia sobre ellas y sus destinos. Ellas eran acusadas de las conductas depravadas de sus hijos, recayendo en ellas la mayor parte -cuando no toda- la responsabilidad y la culpa por el “fallo” en la educación filial.

Casi todas esas féminas acomodadas estaban casadas. Eran esposas que sólo podían ser felices y sentirse alegres si eran capaces de complacer a sus maridos. Eran mujeres mimadas y protegidas incluso más que las muñecas que sus hijas cuidaban en el parque. Mujeres con alianzas de oro que no eran símbolo de enlace sino grilletes de esclavitud ahogando su libertad.

Centurias de cónyuges plegadas a los deseos de sus esposos: desviviéndose en la crianza de los vástagos, amueblando sus particulares universos domésticos, cuidando el jardín, tocando el piano para los amigos de sus maridos o merendando con sus iguales. Cerebros y lenguas apartados de la Política y la Ciencia porque sus opiniones no merecían la atención de unos oídos embotados por el humo de los cigarros y el aroma del brandy.

Batallones de esposas que vivían ignorando las miserias y los sinsabores de la vida porque sus existencias se agotaban en los pasillos de sus hogares. Hogares conyugales que eran casas de muñecas. La señora de la casa no era más que una marioneta esperando a su titiritero. La felicidad de cualquiera de esas casas de muñecas se desvanecería si el “amo” descubriera que le debía favores a su esposa. Las heridas en el amor propio del macho dominante -responsable único de sustentar la familia y proporcionarle bienestar económico- traerían la desgracia y la vergüenza. La iniciativa femenina era peligrosa ya que socavaría las columnas del poder doméstico y esa debilidad acabaría destruyendo el entramado social que en ellas se sustentaba.

Nora.- […] ¿De veras que no querías a tu marido? En tal caso, ¿por qué te casaste con él?
Sra. Linde.- Aún vivía mi madre, enferma y sin apoyo alguno. Por añadidura, tenía yo a mis dos hermanitos a mi cargo. No me creí con derecho a rehusar la oportunidad.
Nora.- Por mi parte, estoy segura de que llevabas razón.

Además de ser crítica social, el drama de Ibsen es un análisis de las relaciones conyugales, de su envenenamiento por la daga de la sospecha o de su destrucción por el sable del honor mancillado. Familias, matrimonios y separaciones que también interesaron a otro ilustre artista nórdico: el cineasta sueco Ingmar Bergman. Secretos de un matrimonio, Fresas salvajes o Sabarande permanecen en nuestras retinas como muestra de su interés.

Un análisis ampliado a conceptos como la debilidad de la frontera “amor-amistad íntima” o la vacuidad de las promesas grandilocuentes que no vienen acompañadas por acciones inmediatas. Amargos son el recelo y la envidia que sienten hacia las nuevas amistades aquellos que -en su casi absoluta soledad- tratan de ser amigos únicos. No son capaces de soportar que sus amigos se interesen por alguien más allá de ellos y sus ombligos. Una soledad árida y egoísta contrapuesta a esa soledad y ese silencio creativos e inspiradores tan anhelados por los románticos.

Nora.- He sido muñeca-mujer en tu casa, como en casa de papá había sido muñeca-niña. Y a su vez han sido muñecos míos nuestros hijos. Encontraba gracioso que jugaras conmigo tú, como cuando yo juego con ellos lo encuentran gracioso. Ya ves lo que ha sido nuestra unión, Torvaldo.

Casa de muñecas es intemporal como cualquier obra cumbre. Su argumento admite mil y dos lecturas o revisiones escénicas. Una obra breve con escenarios sencillos, diálogos elegantes, principios éticos inmutables y personajes de insondable profundidad psicológica:

►Nora: Eje de la trama y anticipo del cambio social. Una fémina tan cándida como astuta. Una “corderilla” que sabe desenvolverse en la sombra con la agilidad de una anguila. Su amor ciego le da la osadía para atreverse a desdeñar los peligros que conlleva actuar a escondidas. Esta esposa fiel se deja chantajear por temor a que un préstamo obtenido sin consentimiento conyugal pueda ser descubierto por su esposo. Tal descubrimiento desharía su casa y condenaría a la “muñeca” al destierro moral y a la muerte en vergüenza y soledad. Una “mentira por amor” y los comentarios satíricos de su esposo llevan el temor a su corazón cuando se ve a sí misma como responsable de “pervertir” a sus hijos y su hogar. Una muñeca irresponsable y tan insignificante que ni siquiera merece tener la llave del buzón familiar.

►Torvaldo Helmer: Abogado, esposo de Nora y futuro director de banco. Varón ilustrado, orgulloso y amante del orden y la exquisitez. Teme ver su honor manchado por los rumores y recurre a cualquier medio para evitarlo. Se afana por conservar las apariencias y no convertirse en tema de las tertulias vespertinas. Un hombre pasional y devoto del amor conyugal que -respetando las normas y usos sociales- somete a “su Norita” a una vida de “tórtola locuela y ardilla complaciente”. Un burgués irónico y sutil hasta el punto de contrastar las clases sociales comparando la elegancia del bordado con la rudeza del tricotado.

►Cristina Linde, la amiga de Nora. Una viuda de modales tradicionales y espíritu moderno. Una dama que desea trabajar “libremente como un hombre” y recurre a las influencias de Nora para que su esposo le encuentre un buen puesto. Una joven que rechazó el amor de su amado por el dinero de un pretendiente no querido. Una elección impuesta por las carencias familiares. Una renuncia que arrebató la llama de la ilusión a su alma y la habilidad para gozar a su corazón.

Sra. Linde.- No, Nora. Me debato en un vacío insoportable. Hoy no me queda nadie a quien consagrarme. Así es que no he podido resistir más allí, en aquel rincón perdido. Estimo preferible entregarme a una ocupación, desechar mis pensamientos. Si al menos me acompañara la suerte de encontrar una colocación en cualquier oficina... Nora.- ¿Te conformas con eso? ¡Es tan fatigoso y te hace tanta falta reposar! Te convendría ir a un balneario.

►Nils Krogstad: Empleado bancario amante de los vicios caros, chantajista sin escrúpulos, falsificador de firmas y pretendiente desairado años atrás por la señora Linde. Un varón ambicioso y deshonesto que no obstante, sabe ver la luz de la salvación en los ojos de una amante recuperada.

►Ana María, la nodriza de los Helmer. Mujer bondadosa que cometió un desliz de soltera. Una “indiscreción” pagada con la renuncia forzosa a la hija “malnacida”. Una bastarda abandonada para que su madre pueda conservar el trabajo que le da el sustento. Una aya que cuida a los hijos de Nora con la misma devoción con la que, años antes, crió a su señora.

►Doctor Rank: Amigo de infancia de Torvaldo y confidente de Nora. Un enfermo irredento que visita a diario el hogar de los Helmer porque es el único lugar en el que puede saborear el aroma de la felicidad. Un hábito cortés que se interpreta como un cortejo amoroso mal disfrazado de cortesía fraternal. Un hombre que quiebra el escudo de la confianza con una flecha de Cupido. Un desahuciado que anuncia su muerte y reclusión con una tarjeta de visita marcada con una cruz negra.

Helmer.- Me has amado como debe una mujer debe amar a su marido, por más que erraste en la elección de medio. Pero ¿supones que yo te quiero menos porque no sepas guiarte tú sola? No, no; apóyate en mí para hallar ayuda y dirección. No sería yo hombre si tu incapacidad de mujer no te hiciera doblemente seductora mis ojos. Olvida las duras palabras que te he dicho […] te lo perdono, Nora; te juro que te he perdonado.

Nora se nos presenta en el primer acto como una mujer imprudente y despilfarradora. Una dama que, línea a línea, evoluciona desde su papel como esposa complaciente y “alondra enjaulada” hacia el de defensora del derecho a la independencia y a decidir sin necesidad de la tutela varonil. Una metamorfosis femenina que Ibsen ya anticipa en los decorados de cada acto. El abeto vestido con los adornos navideños acaba como un solitario poste verde-amarillento. Un cambio inverso al que sufre el espíritu de la protagonista de Casa de muñecas: Nora entra arrastrándose como oruga otoñal y sale volando como mariposa invernal. Una criatura transparente como el cristal y dura como el diamante. Un animal atípico confortado por el calor de la esperanza naciente.

Nora no se siente culpable del delito que le imputa su esposo en nombre de la sociedad. Ella actuó por amor a su cónyuge. Primero para salvarlo de su enfermedad; y después, para evitarle la humillación de tener que pedir dinero prestado.

Nora.- No puedo creerlo. ¿Acaso no iba a tener derecho una hija a evitar inquietudes y angustias a su padre moribundo? ¿No va a tener derecho una mujer a salvar la vida de su marido? Quizás no conozca yo a fondo las leyes; pero estoy segura de que en algún texto debe de consignarse que se permiten cosas así. Y usted, que...

En Casa de muñecas un par de cartas, firmadas por Krogstad, son elementos de giro del drama y germen de las metamorfosis. Sin necesidad de que leamos una sola de sus líneas, vemos cómo su contenido revoluciona un hogar, transforma una vida y cambia una sociedad en el pórtico de entrada del siglo XX.

La primera de esas cartas con el matasellos del chantaje asoma por la rendija del buzón del matrimonio Helmer. Una caja metálica que es el cofre de la desolación absoluta y del perdón egoísta. Un perdón ruin e interesado que se interpreta como una segunda creación. Quien perdona se convierte en Creador y de ese modo se concede a sí mismo el poder para regir los destinos de la criatura perdonada. Él es el único dios de esa vida femenina que posee. Una vida que en ese momento sólo anhela dejarse atrapar por el anzuelo de la esquiva soledad.

El amor a la sinceridad y la devoción a la soledad harán virar la nave de los acontecimientos hacia un puerto inesperado. Las mujeres sometidas son quienes en último término se encargan de arrastrar los sucesos y llevar el timón. Mujeres cuyas cualidades son subestimadas por varones soberbios que dicen desvivirse por resguardar a esos “seres desvalidos” que necesitan su “protección” para poder existir. Mujeres y madres a las que se amenaza con la más terrible de las prohibiciones: negarles el derecho a cuidar y educar a los hijos de sus entrañas. Un veto que incluso les prohíbe amar a sus pequeños.

Helmer.- ¡Ah, es odioso! ¿De esa manera vas a traicionar los deberes más sagrados?
Nora.-¿Qué consideras tú mis deberes sagrados?
Helmer.- ¿Tengo qué decírtelo? Son tus deberes con tu marido y con tus hijos.
Nora.- Tengo otros no menos sagrados.
Helmer.- no los tienes ¿Cuáles son esos deberes?
Nora.- Mis deberes conmigo misma.
Helmer.- Ante todo, eres esposa y madre.
Nora.- No creo ya en eso. Creo que, ante todo, soy un ser humano, igual que tú..., o cuando menos...

Como el canto de Orfeo ablandó el corazón de Hades, Nora pretende que su danza ilumine la senda para que el milagro florezca en el corazón de su esposo. Orfeo obtuvo el permiso para bajar al Averno y “rescatar” a su Eurídice; la danzarina de Ibsen hace brotar el milagro pero no logra sembrarlo en el corazón esperado.

La decisión de Nora es locura para unos, error para otros, escándalo para los demás y necesidad imprescindible para ella. Una decisión sin gritos ni portazos. La determinación de una niña-muñeca convertida en ser humano. Un libertadora liberada, consciente de sus carencias y convencida de sus posibilidades. Una combatiente aislada que pretende saber a quién asiste la razón: ¿a ella o a su sociedad? Una mujer que desea convertirse en la levadura que transforme un matrimonio ficticio y desequilibrado en una unión amorosa con igualdad entre sus miembros.

Una intención que es un milagro, ¡el mayor de los milagros! Un milagro que lleva los sones mediterráneos de una tarantela napolitana al enigmático oscuro Atlántico de los fiordos noruegos. Una mascarada final entre “el invisible” y “la mascota” -sin dudas ni disfraces- en un tercer acto vertiginoso que concluye con el primer párrafo de un cuarto acto inédito: el acto de una vida.

Muchas gracias.

Me llamaba su muñequita y jugaba conmigo como jugaba yo con mis muñecas. Después he venido a tu casa […] Quiero decir que de las manos de papá he pasado a las tuyas. Lo arreglabas todo a tu gusto, del cual participaba yo o lo simulaba, no lo sé a ciencia cierta; tal vez lo uno y lo otro [...] Tú y papá habéis sido muy culpables con respecto a mí. A vosotros incumbe la responsabilidad de que yo no sirva para nada.

Todas las citas han sido extraídas de: Casa de muñecas, Henrik Ibsen, trad. Juan del Solar, Espasa Calpe, Madrid (1980).

Imágenes: La lechera de Bordeaux de Francisco de Goya, Retrato de una sobrina del artista de Frank Dicksee, La maja vestida de Goya y Eucaris de Frederic Leigthon.

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  • ¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.

    Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.

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