
¿Emma? No la he vuelto a ver desde aquella noche en el barco. Estaba estupenda vestida de marinero. —Las mujeres están fantásticas cuando se ponen ropa de hombre —puntualizó la señora Copperfield con entusiasmo.
La autora de Dos damas muy serias era un mujer excéntrica. Una dama con peculiaridades físicas y marcadas manías intelectuales. Una hembra valiente con un carácter que no dejó indiferente a los que se hollaron el sendero de su vida. Unas gafas de pasta, dos ojos inteligentes y una melena rebelde eran su tarjeta de presentación. Jane Bowles: una escritora elegante, una cocinera extraordinaria y una amante encandilada por el detalle.

En su única novela, la sensibilidad de Bowles describe con precisión amorosa decenas de alimentos a los que comunica rasgos humanos. Una habilidad especial que unida a un humor oscuro y a una caravana de críticas constructivas vestidas de ironía, consigue que Dos damas muy serias sea tan pasional como irritante, tan dura como tierna.
Y así este relato se percibe como una obra inteligente en la que se nos cuenta cómo “dos damas bien”, dos señoras serias y respetables se bajan de sus pedestales de marfil. Y después se sumergen en el mundo báquico del placer sexual prohibido. Dos mujeres sibaritas que gozan de las exquisiteces de los banquetes de la carne.
Pacífica se acercó a la orilla. De pronto se enderezó y puso firmemente sus manos en las estrechas caderas de la señora Copperfield. Esta se sintió a la vez feliz y mareada. Al volver la cara rozó con la mejilla el vientre mullido de Pacífica. Se agarró a uno de sus muslos, con un vigor acrecentado por tantos años de tristezas y frustraciones.
Dos damas muy serias es un texto surrealista en el que la lógica de Descartes o los silogismos aristotélicos no gobiernan sus palabras. Es un relato modernista con encuentros impensables, situaciones imposibles y personajes insólitos en los lugares más inesperados. Entre sus líneas hay juegos de apariencias, un continuo equilibrio entre enseñar para mostrar y mostrar para ocultar. Y no obstante, los personajes juegan sin hacer daño o -al menos- sin la intención de hacerlo. Varias son las catarsis de sus espíritus y muchas son las conciencias que alteran su ritmo emocional. No en vano, la novela presume de narrar la bajada al infierno de dos mujeres acaudaladas de la clase alta estadounidense: la señora Copperfield y la señorita Goering. Christina Goering es una damisela pelirroja y poco agraciada que desde sus primeros años ha sentido la llamada del mundo espiritual. Ahogada por la opresión de su mansión solitaria, opta por compartir su hogar con una “amiga íntima” (la señorita Gamelon) que rellene su soledad y el vacío de su corazón.
Varios años después, una noche de luna encarnada, Christina asiste a una fiesta en la que hay un personaje cuyo hogar la ayuda a liberar sus deseos místicos reprimidos. Y esa madrugada decide abandonar su entorno elegante y coqueto por el ambiente rudo y campestre de State Island. Deja la metrópoli neoyorquina para arraigar en las praderas de los suburbios. Allí convivirá con su amiga, con su amigo “especial” Arnold y con el excéntrico padre de este último. Allí vivirá un devaneo amoroso con un perdedor amargado y resignado a su negra suerte. Y allí ejercerá como refinada “chica de compañía”.
Me siento menos triste que antes. Son los efectos externos de la tremenda lucha que he sostenido conmigo mismo, y ya sabes que el rostro de la victoria se parece muchas veces al de la derrota.
La señora Frieda Copperfield es una mujer altiva, casada con un hombre al que no ama pero por quien siente un tierno cariño protector. La monotonía de su matrimonio consume su energía y ahoga sus instintos. Un agobio al que contribuye la ruindad de un esposo que se aprovecha de la situación. Su desprecio, envuelto en condescendencia, convierte a Frieda en un ser melindroso y asustadizo que busca sin saber qué quiere encontrar.

Unas vacaciones en Panamá (entonces un país incipiente en el que se había terminado el famoso Canal que lo convertía en un jugoso escenario para los ejecutivos estadounidenses) le mostrarán cuáles son sus prioridades y la meta que quiere alcanzar en su vida. En esos días se enredará con una prostituta adolescente panameña: Pacífica. Y abandonará a su marido para quedarse a vivir con ella en un burdel destartalado regido por una madame alcohólica. Una madame desventurada pero siempre dispuesta a alegrarse con unos tragos de ron y un chal sobre los hombros. La bondadosa señora Quill que guarda secretos propios y ajenos, y que sabe decir la verdad a la cara sin ofender.
El nombre de la jinetera centroamericana, Pacífica, es un símbolo universal. Como lo es su nacionalidad. El canal conecta los océanos Pacífico y Atlántico. El Amor vincula en Panamá a la estadounidense y a la sudamericana. Meses después, la putilla callejera abandona su hogar para vivir el sueño americano en la ciudad de las oportunidades. Y en ese NY se convierte en una mujer que hace feliz a otra mujer. Una dama que por fin descubre el significado de las palabras libertad, independencia y felicidad.
La señora Copperfield apoyó su mejilla en el pecho de la mujer. El olor de la gasa le recordó su primera representación teatral en el colegio. Sonrió a la negra, con su sonrisa más dulce y más tierna.
Un capítulo aparte merece la familia de Arnold. Un homosexual reprimido y regordete que se enamora platónicamente de la señorita Goering. Un hombre que no se decide a trabajar porque nada le gusta o lo incentiva. Un agente inmobiliario cuyo placer más gratificante es comer y disfrutar de otros suculentos manjares aún más carnales. La madre de Arnold es una celosa compulsiva que vive encerrada en su hogar. Allí se consume envuelta en una bata rosa y gritando a quien se cruce en su camino. Su destino es someterse a un marido que no la ama y que la respeta aún menos de lo que la ama.

El padre de Arnold es un caballero de ópera buffa. Flirtea con cualquier mujer joven, desprecia a su hijo por homosexual y pusilánime, y se burla de su esposa. Un soñador frustrado por no haber conquistado la cima del éxito. Un dandy inconsciente de sus limitaciones cuya excentricidad consigue que caiga bien incluso a sus enemigos.
Ya no era hermosa, pero descubrí en su rostro unos fragmentos de belleza más excitantes que cualquier otra cosa que haya conocido en todo su esplendor. ¿pero quién no ha amado a una mujer mayor?
De este modo, Dos damas muy serias puede verse como una novela de lunáticos, de personajes más allá de los cauces ordinarios. Seres con rarezas dignas de un circo. “Anormales psíquicos” con quienes algún feriante habría ganado muchas monedas exhibiéndolos como se hacía con los deformes en la Edad Media. Un elenco digno de esa joya fílmica de principios de siglo: La parada de los monstruos (Tod Browning, 1932):
Su figura de colegiala y su leve cojera, es más o menos la misma que era cuando yo la conocí hace más de viente años, ya entonces evocaba al golfillo eterno, tan atractivo como el más atractivo de los no adultos, y sin embargo con una sustancia más fría que la sangre...
Docenas de extraños personajes sumergidos en la narración de Bowles. Una narración bastante naif en algunos pasajes. Una ingenuidad que nos suena infantil e impropia de un adulto maduro y responsable. Un juicio que sabremos precipitado ya que esa inocencia no está reñida con una vida “en pecado” o con la transgresión de las normas morales. Algunos de los comportamientos más rebeldes y antisociales de las protagonistas comienzan como juegos infantiles cuyas consecuencias serán más profundas de lo supuesto. Un tono infantil que no disimula la dureza de las aristas de sus espíritus.
Soy una persona fundamentalmente alegre. Es decir, disfruto con todas las cosas que disfruta la gente alegre.

En las descripciones de Dos damas muy serias se capta la exuberancia de las ciudades costeras del Caribe, su carnaval de colores, sus aromas, el bullicio de los mercados, sus puestos entoldados, la mezcla de tonos de piel: blanco, negro, mulato, mestizo, amarillo... y la orgía de olores a mango, papaya, plátano, cayena, hierbabuena y lima verde. Y en medio de este caos multicolor, la oscuridad de la gris uniformidad de los europeos y norteamericanos. Hombres y mujeres segregados voluntariamente de ese mundo salvaje en nombre de la “civilización”.
Un combate continuo entre ideas, colores y alimentos muy bien reflejada por la tinta de Bowles. Como los contrastes sociales entre el lujo de los suntuosos hoteles de ricos y la sencillez de los hostales autóctonos. O el descaro de las putas que se acercan a las damas y las invitan a sus habitaciones con un descaro impropio de una mujer “educada”.
Puede usted objetar que todas las personas son de igual importancia, pero por mucho que yo quiera a Pacífica, me parece obvio que soy más importante que ella.
Denuncias duras que se alternan con reflexiones sobre la misión del artista en la sociedad y las cualidades que alguien debe atesorar para quedar incluido en la definición de artista. Unas reflexiones encadenadas con argumentos que refuerzan la creencia social de la relación irrompible entre Arte, Belleza y quietud de espíritu.
Romances efímeros como la llama de una cerilla, apagados y encendidos por la volubilidad sentimental propia de los seres humanos. La aridez y la dureza de la convivencia impuesta y no deseada. La familiaridad del lugar que se visita con frecuencia más allá de nuestros deseos. Una familiaridad que crea un sentimiento de pertenencia y nos muestra la cara amable de la vida.
Y abundantes descripciones de las casas de mancebía y de las meretrices caribeñas; y de paseos por las calles abarrotadas de prostitutas antillanas que esperan a sus clientes sentadas frente a sus cabañas de “un solo ambiente”.
Y relatos oníricos de experiencias platónicas que aclaran a los oyentes la tendencia homosexual de la oradora.
Y conversaciones entre una dama y un conductor de autobús sobre putas y burdeles.
Y sueños morbosos y pensamientos groseros.
Y fantasías sexuales con una mujer a la que le han amputado brazos y piernas.
Y eternas melindres y temores femeninos que consumen incluso las cenizas de la pasión más fogosa. Y rechazos que exasperan al varón que ansía las llamas de la hoguera del frenesí.
Yo siempre estoy contenta porque sé lo que debo tomar y lo que debo dejar; pero usted se halla siempre a merced de cualquier cosa.
Dos damas muy serias es una novela lésbica en la que el sexo o el lesbianismo no son los ejes a cuyo alrededor gira el entramado. En este relato dos lesbianas construyen sus vidas extramuros, más allá de los límites impuestos por sus sociedades. Y así se convierte en una proclama por la liberación de la mujer del machismo social y doméstico. Una novela de heroínas de salón, mujeres que transforman su existencia sin preocuparse por cambiar el resto del mundo. Un egoísmo y una indiferencia que al final logran que también cambie ese mundo que parece no importarles en absoluto.
Cogió las manos de la señora Copperfield y la hizo levantar de la cama. —Ahora ven, encanto —le dijo, mientras la abrazaba—. Eres muy pequeña y suave. Eres dulce y tal vez te sientas sola.
Un aspecto interesante de las historias de Christina y Frieda es que en ellas no siempre vencen aquellos personajes cuyas personalidades son más fuertes o están mejor asentadas. En este universo no rige la Selección Natural. Hay un equilibrio entre los defectos y virtudes de unas y otras de tal manera que se compensan sus debilidades y se potencian sus fortalezas. Y otra curiosidad: la primera versión en español de esta novela fue publicada por una editorial con un nombre tan particular como representativo: Virago Ediciones.
Un ángel de la guarda aparece cuando somos muy jóvenes y nos concede una franquicia especial.
¿De qué?
Del mundo. La suya tal vez sea la suerte; la mía es el dinero. Muchas personas tienen un ángel de la guarda. Por eso viven tan tranquilas.

Dos damas muy serias. Dos damas responsables quienes bajo su seriedad esconden mundos demenciales de comicidad amarga y tristeza esperanzadora. Señoritas valientes que se enfrentan a fríos y desabridos directivos de hotel. Señoras valientes que dejan a su marido y conviven con una puta. Esposos indiferentes que no se oponen al deseo callado de sus cónyuges insatisfechas. Hombres tan ruines como para incluso alimentar la hoguera en la que se consumen esas esclavas.
Dos damas muy serias. Dos mujeres diferentes que se bañan desnudas en el mar y se revuelcan por la arena durante el amanecer. La vida que eligen esas damas puede ser difícil, muy difícil. Les va a exigir muchos sacrificios y una lucha constante. Además no habrá marcha atrás después de dar el primer paso; si bien siempre les quedará la tenue esperanza de huir en uno de los barcos que zozobran en el puerto. Desde allí podrían zarpar hacia lugares remotos donde nadie las conozca ni las juzgue por nada ni por nadie.
¿Pero es posible que alguna parte de mí misma, oculta a mis sentidos, esté acumulando pecado tras pecado tan deprisa como la señora Copperfield?
Una esperanza tan duradera como un castillo de arena en una playa. Un sueño convertido en espuma que ahoga la bondad y desborda la bañera del odio. Cuando se siente la derrota y no hay recursos a mano, se acude a la amenaza y al chantaje como armas para retener aquello que creemos merecer por nuestro esfuerzo. El sudor, el tiempo y los sacrificios hacen que lo sintamos sólo nuestro, aunque no lo sea en realidad.
Como dice Truman Capote en su prólogo “Escribir nunca es fácil; por si alguien no lo sabe, es el trabajo más duro que hay; y para Jane creo que es difícil hasta el punto de ser auténticamente doloroso”. Seamos justos y recompensemos a Jane Bowles leyendo el bebé que tanto le costó parir. Un recién nacido que celebra las pequeñas victorias de aquellos cuya vida es una derrota constante.
En lo que a mí se refiere, son como peces nadando en agua sucia. Si cierta forma de vida no los complace, y nadie los aprecia, se van a otro lugar. Quieren complacer y ser complacidos, por eso es tan fácil darles un buen porrazo por la espalda, porque nunca en la vida han sentido de veras odio.
Todas las citas han sido extraídas de: Dos damas muy serias, Jane Bowles, Trad. Lali Gubern, Anagrama, Barcelona (1981).
Imágenes:Lady Windsor y El jardín de Pan de Edward Burne-Jones, Circe ofreciéndole una copa a Ulises de John William Waterhouse, Princesa atada a un árbol de Jones y La dama del lago de Waterhouse.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.