
Una opina que aquello no está bien,
la otra opina que qué se le va a hacer.
Y lo que opinen los demás está de más.
El beso de Aquiles arranca con un par de estrofas (el estribillo) del himno lésbico romántico de años 80, de Mecano Mujer contra mujer. Con unos versos del Canto XXIII de la Ilíada de Homero y el poema El amor duerme en el pecho del poeta de Sonetos del amor oscuro de nuestro Lorca.
Esta novela es española y sus destinatarios “previstos” son los adolescentes, las generaciones del futuro. Y por ello, la correspondencia por SMS ocupa un espacio importante en su trama. Uno pocos caracteres mantienen abiertos los senderos de la amistad y permiten comunicar ternura, cariño... Y por eso mismo, su historia se desarrolla en la sociedad de un mundo real, muy cercano. Es nuestra sociedad la que se nos presenta en sus páginas. Una sociedad en la que los argumentos activistas se intercalan con comentarios homófobos. Un país, una sociedad y una ciudad en la que vive Jonás.
Respondió Aquiles el de los pies ligeros: “¿Por qué, mi amado compañero, vienes a pedirme tales cosas?” Te obedeceré y cumpliré todo lo que me pides. Pero acércate y abrázame aunque sólo sea durante unos segundos, para aliviar mi llanto.
Jonás es el protagonista de esta aventura que al igual que la Ilíada homérica está compuesta por 24 cantos, pues 24 eran las letras del alfabeto griego.
Es un adolescente asturiano que tras perder a su padre en un accidente, se ha visto forzado a cambiar el campo y el mar de Gijón por la monotonía uniforme de una urbanización en los alrededores de Madrid. Allí vivirá con una madre viuda que reinicia su vida en un restaurante de Chueca regentado por una pareja gay.

La alegría sólo lleva al desencanto, pensaba. […] La muerte solo hace sufrir a los vivos.
Este joven desterrado descubre el efecto de la distancia sobre una relación amorosa. Y por primera vez siente miedo al atravesar la puerta de un instituto. De ser uno más en un grupo pequeño y conocido pasa a ser un chaval en el pórtico de la adolescencia que esté entre gente con la que no se encuentra a gusto en una ciudad que no es de su agrado. Estas y otras muchas son las preocupaciones y los problemas que ahogan el aliento vital de Jonás. Y el boxeo será la espita que alivie la presión del gas contenido en la bombona de su corazón. Un corazón con una homofobia mal disimulada.
El restaurante está en un barrio de Madrid que se llama Chueca.
—¿El de los maricas? —respondió sorprendido.
—Homosexuales, Jonás, Homosexuales. Los dueños son muy simpáticos y en cuanto puedan me van a dar el horario que he pedido.
—¿Trabajas en un barrio de maricas? —insistió Jonás.
—No solo hay gays. Yo trabajo allí y no lo soy. De momento. ¿Por qué pones esa cara? Es una broma. Anda, pon la mesa.
—No me gusta que trabajes ahí —Jonás se puso serio.
En un principio el relato se construye sólo alrededor del joven Jonás. No obstante, muy pronto son tres los ejes en los que se enrolla la madeja argumental: Ana, Carlos y Jonás.
Jonás. Ese Jonás venido desde Gijón que vive perdido en sus pensamientos y sentimientos como el Jonás de la Biblia lo hacía en el interior de la ballena. Un chico tímido, inseguro, dulce y romántico. Un joven que en el fondo prefiere Puccini a otros cantos. Una persona sencilla, sin ropas de marca, con alma transparente y unos ojos claros enturbiados por el dolor y el miedo.
Ana, la hija de un vendedor de bombillas, es quien da luz a dos vidas apagadas. Es la libélula roja que revolotea sobre el estanque poco antes del ocaso. Una chica inteligente, divertida y sin miedo a decir lo que piensa. Una adolescente tan madura que llega a traicionar su amor por fidelidad a su mejor amigo.
Porque no me importa, mamá. No tengo nada en contra de los maricones. Pero no los quiero cerca de mí, ¿no puedes entenderlo?

Carlos saltador de trampolín con habilidad para llegar a ser olímpico. Un joven con sonrisa de galán de cine en blanco y negro que lucha por romper la puerta de su armario. Hijo de un delineante y una ama de casa vive en un combate permanente, en el sufrimiento continuo. Lo atenazan el miedo al chantaje, la coacción o la amenaza. Y esos puños lo estrangulan hasta asfixiar sus ilusiones. Subsiste imaginando a su novio ideal, se recrea en el beso a un hombre que aún no ha aparecido.
Jonás no controla su vida siempre lo arrastra la corriente: la muerte de su padre, la amistad con Carlos, la relación con su antigua novia Elena, el trabajo de su madre, el cortejo de Ana, hasta que decide hacerse cargo del timón de su nave de una vez por todas. Y así logrará llevar su proa a un puerto definitivo. Asturias es el lugar para pensar y reconciliarse con uno mismo.
Aunque fingiera toda la vida, aunque fuera con novias y no besara nunca a un hombre, ¿dejaría de ser marica? Marica. Marica. Carlos temía esa palabra más que ninguna otra. Hasta ahora, nadie...
Carlos y Jonás entablan una amistad nueva y distinta. Una relación en la que se comunican incluso los pensamientos más íntimos. No hay secretos, hay una comunión total entre ambos jóvenes. Una comodidad absoluta que les permite abandonarse y comportarse como si estuvieran solos. La soledad. La temida soledad que es paliada por un sentimiento que quizás se teme y se odia aún más. Esta fraternidad los lleva a escuchar ópera en la azotea en un gramófono de aguja y viejos vinilos encontrados en una casa abandonada. La música de Los pescadores de perlas los acompaña mientras contemplan el firmamento y dejan que el silencio de sus labios enlace sus corazones. Una amistad con momentos homoeróticos que encendían la pasión y la esperanza. Una amistad interpretada como amor por uno de ellos. Una visión que es rechazada por el otro.
Pero si todos fuéramos maricas, no nacerían más niños y nos extinguiríamos.
En El beso de Aquiles hay referencias a los mitos clásicos más conocidos como el bautizo del mar Egeo, los aconteceres de la guerra de Troya, el oráculo de Delfos, la mítica relación de Aquiles y Patroclo. Y también un guiño a las últimas adaptaciones cinematográficas de las obrás clásicas y en particular a sus “detalles” homosexuales.
Y una visión muy tierna de Madrid de ese adolescente “provinciano” que pasea por Carretas, Gran Vía o Cibeles. Y todo su visión del hechizante cielo multicolor de Madrid. Ese cielo único que se sostiene sobre la catedral de la Almudena, el Palacio Real y el Teatro Real. Un cielo que anuncia la voluntad de Madrid de convertirse en el hogar de acogida de quienes así lo deseen.

Porque tengo miedo, Ana, esto asustado. No tienes ni puta idea de lo que es sentirse así. Que todo esté montado al revés de lo que tú sientes. La gente habla mucho, se las dan de liberales, de modernos, pero en el fondo todos pensamos igual. Yo también pienso como ellos. No quiero ser gay. No quiero tener que decir... ¿Que todos hablen de sus ligues y yo tenga que callarme? ¿Escuchar lo de maricón a todas horas, en los vestuarios, en el recreo? No puedo, Ana. Es demasiado para mí.
En El beso de Aquiles hay varios duelos dialécticos entre adolescentes que no son sino el reflejo del combate entre dos bandos de la sociedad. La división eterna entre los que están a favor y quienes se oponen. Una división basada en prejuicios sociales y familiares. Y en los propios. Unos prejuicios que provocan que un descerebrado de nombre simbólico someta a bullying intensivo a un compañero del instituto porque es un invertido. Lo humillará en el patio hasta que surge un profesor de latín que se convierte en el depositario de una confesión. Un discurso conmovedor en el que las lágrimas se diluyen en la lluvia vespertina. Pero no todo son derrotas o pérdidas. También hay victorias inesperadas. Victorias que surgen tras confesiones inmediatas. Una confesión que escucha un padre atónito con una medalla al cuello y una botella de cava en la mano. Un padre anonadado que felicita a un hijo que le acaba de decir que es gay sin darle mayor importancia al asunto. Estas y otras confesiones vendrán seguidas por disculpas de muy pocas palabras. Y éstas por perdones concedidos de inmediato, con un guiño de un ojo y la dulzura de un beso en la mejilla.
—¿Qué vas a poner?
—¿Te gusta la ópera?
—¿Ópera?
—¿Has escuchado ópera alguna vez?
—Pero si es un coñazo. Estás mal de la cabeza...
—¿Qué dices? ¿No te ha parecido música de viejo? Ana dice que soy como un viejo. Es alucinante escuchar algo que se ha grabado hace tantos años. Es como viajar en el tiempo.
Y algunas de sus páginas se mancharán con la sangre que mana de la herida del rechazo, del rencor por la confusión de sentimientos. Un hombre que se convierte en una bestia al sentirse engañado, ultrajado, vendido por un amor imposible y despreciable según su opinión. Un amor revelado en la declaración de unos sueños perdidos entre los puentes de estrellas. Una declaración tan grata como dolorosa con la banda sonora de I get a kick out of you de Cole Porter. Una declaración que convierte una amistad fraternal en una indiferencia absoluta por el estúpido orgullo de un corazón herido.
El suspense se mantiene en El beso de Aquiles hasta las últimas líneas. Un final esperado por algunos y no deseado por muchos otros. Un final que acaece justo cuando nace un nuevo año. Una Nochevieja en la que un adolescente ejerce como vigilante de los sueños de una ciudad y su firmamento.
Con aquel beso, Carlos se había convertido en un desconocido. El otro, al que admiraba, al que había confesado sus pensamientos y miedos más íntimos, el otro resultó ser un embustero, un impostor que se evaporó como el himno sobre aquella azotea.
Al final del libro está la parte didáctica de la obra. Varios apéndices escritos por Isabel García Santiago con la elegancia inherente a la sencillez: Un cuestionario sobre homofobia y homofilia. Unas cuantas páginas destinadas a aclarar dudas típicas que surgen sobre gays y lesbianas (Para tenerlo claro). Y otras tantas líneas dedicadas a reflejar los diferentes puntos de vista y actitudes que podemos adoptar ante el hecho homosexual (Puntos de vista). Una recopilación de citas “que hacen pensar” del texto ficticio de Alberto Conejero y unas recomendaciones literarias para adolescentes (de cualquier edad) muy completas y de lectura cuasi-obligatoria.

Un material que comparte con la novela su vocabulario fácil y su estructura sencilla. Cualidades que la hacen legible y comprensible para un adolescente de Bachiller o un estudiante de último curso de la ESO.
No quiero que me olvides. No quiero que finjas que estás bien si no lo estás. Llámame y lloramos juntos. Si cuelgas las lágrimas, yo colgaré los guantes.
El beso de Aquiles es una obra cercana, fresca y moderna. En definitiva, un libro con dos orillas bien conectadas por el puente del buen gusto didáctico. Un libro que es un modelo de libertad educativa en las aulas. Unas páginas en las que cualquier tema se trata con naturalidad y sin hacer excepciones. Una obra escrita para hacer pensar, para plantearse cuestiones y comportamientos. Invita a los lectores a obtener sus propias respuestas y a decidir en función de ellas. Un entretenimiento divertido que educa potenciando la crítica personal y el juicio del individuo.
Un juicio crítico que debe dar respuesta a la pregunta clave: “¿Qué cambia cuando alguien nos dice que es homosexual?”
Pensemos una respuesta mientras contemplamos ese hermoso “Cielo de Madrid”. Ese páramo etéreo de ilusión y esperanza. La ventana desde la que contemplan la ciudad quienes ya la han abandonado. Nuestra tierra de Jauja.Una respuesta acertada nos hará merecer un beso de Aquiles, de Héctor o de Helena. Cuestión de gustos. Muchas gracias.
Un amor por ocultar
aunque en cueros no hay donde esconderlo.
Lo disfrazan de amistad
cuando salen a pasear por la ciudad.
(Mecano, Descanso Dominical)
Todas las citas han sido extraídas de: El beso de Aquiles. Alberto Conejero Sánchez (Novela) e Isabel García Santiago (texto didáctico). Cálamo y Cran. Madrid (2006).
Imágenes: Sirena de John William Waterhouse, Pesadilla de John Henry Fuseli, Paula y Francesco de George Frederic Watts y Un arcadio de Thomas Eakins.
Comentarios de Mirales generados por Disqus

¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.