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por Rubén GP

A pleno sol (El talento de Ripley)

Septiembre 2011

 

No hay nada como sentirse orgulloso de la persona a quien se ama, ¿verdad?

La acción de esta novela arranca sin preámbulos, sin presentaciones. En una cafetería se decide el destino del protagonista de la saga, cuyo nombre descubrimos en los labios de un policía: Tom Ripley. Y hablo de saga, porque ésta es la primera obra en la que aparece el popular personaje creado por Patricia Highsmith. Y resurgirá, timará y desaparecerá en las páginas de varios libros más: La máscara de Ripley, El amigo americano (El juego de Ripley), Tras los pasos de Ripley y Ripley en peligro (editados en español en Anagrama). Y aunque diferentes, todos son tan complejos y trepidantes como el que os comento este mes, el primer relevo de la carrera: A pleno sol.

Finalmente cuando consiguió subir al coche, con lágrimas de frustración y rabia corriéndole mejillas abajo, la tía Dottie le había dicho alegremente a su amiga: —¡Es un mariquita! ¡Un mariquita de arriba abajo! ¡Igual que su padre!

¿Qué puedo contaros sobre el argumento de esta novela que no hayáis visto en alguna de sus dos adaptaciones al cine? La primera, dirigida en 1963 por René Clément, con un Alain Delon embriagador. Un Delon que nunca volvió a aparecer tan seductor como en A pleno sol. Más tierno lo estuvo en Rocco y sus hermanos. Más sólido y enérgico en El Gatopardo. Pero más seductor, no. Nunca.

Anthony Minghella rodó en 1999 la segunda adaptación de la historia de Tom y Dickie: El talento de Mr. Ripley. ésta la protagonizaron un soberbio Jude Law como Richard Greenleaf; un entrañable y eternamente joven Matt Damon como Ripley; y una sencilla y “delicada” Gwyneth Paltrow como Marge.

Otra cosa que quiero decirte, y decírtelo claramente —dijo Dickie, mirándolo—, es que no soy invertido. No sé si se te ha metido esta idea en la cabeza o no.

Alain Delon y Jude Law son dos de mis hombres favoritos tanto por su elegancia y su atractivo físico como por la personalidad tan seductora que le dan a sus personajes. Una masculinidad en la que se mezcla la fortaleza con la sensibilidad, lo entrañable y lo protector, las inquietudes y la certeza.

Escribo este comentario en la terraza de mi casa con un telón de enredaderas y una ventana entreabierta en la platea. Entre los batientes atisbo los rostros en blanco y negro de ambos actores y también alcanzo a ver a Rob Lowe, Paul Newman, Brad Pitt y Tony Curtis. Las demás fotografías de mi galería de mitómano se ocultan de la mirada indiscreta de la ventana y embellecen la fresca oscuridad estival.

Después del bochorno vespertino, la noche invita a leer a la luz de las estrellas. Y A pleno sol es un libro muy de verano, con un texto refrescante y una historia cálida. Una obra entretenida, de lectura rápida y fácil, plagada de descripciones cinematográficas. Una novela centrada en el engaño como recurso para subsistir y en el deseo de gozar de la dolce far niente europea en general, e italiana en particular.

Igual que yo —pensó Tom—, y probablemente se estará dando la gran vida en Italia. Con dinero, una casa y una embarcación, ¡cualquiera no se la daría! ¿Por qué demonios iba a regresar a casa?

Un relato de sobremesas con martinis muy secos y atardeceres con una copa de coñac en manos enjoyadas. Un coñac que será francés en las ocasiones felices, e italiano en las demás.

También es historia de viajes, de partidas y retornos. La narración de un regreso deseado por unos padres e ignorado por un hijo feliz en su destierro. Una vuelta al hogar que nunca tendrá lugar, ya que su cumplimiento se encargó a un joven que acabará siendo el asesino de dicho reencuentro. Un Celestino convertido en Otelo por amor al lujo y a los placeres.

No, no has hecho nada en concreto, pero resulta fácil observar que no te gusta que esté aquí. Siempre que te esfuerzas en decirle algo amable, se nota el esfuerzo, ésa es la verdad.

A pleno sol (El talento de Ripley) es la historia de una época en la que las cartas aún eran el medio para mantener el contacto entre amigos, familiares y amantes. Una conferencia telefónica entre continentes requería media de espera y sólo era posible para quienes podían pagar sus tarifas. Una historia que hoy no podría repetirse. Con las redes sociales, los móviles, los e-mails... nadie puede desaparecer de ese modo a menos que quiera hacerlo, claro está.

Apurando un San Francisco aderezado con un toque de Bombay Sapphire, pienso en A pleno sol y mi imaginación evoca la Costa Azul francesa. Navega por Florencia y Venecia. Desciende la escalinata de la plaza de España en Roma y se sumerge en la Fontana di Trevi. Deambula por el barullo napolitano. Y vuela a las diminutas islas del Jónico y el Egeo. Y con el último sorbo, anida en uno de esos paraísos de paredes encaladas, sol, velas blancas, agua, sonrisas y silencio.

Escenarios “típicos” y elegantes en los que se apoya una narración sobre solitarios, sobre seres humanos que desean vivir como les apetece, sin cumplir las normas sociales ni preocuparse por sus reputaciones. Ellos en primera persona son quienes nos desvelan sus fantasías, sus devaneos amorosos, sus deseos más oscuros, sus anécdotas, sus inquietudes, sus lugares y sus tiempos para el placer. Personas puras y limpias de pensamiento entremezcladas con individuos oscuros, calculadores y desalmados.

Y ambos, paulatinamente, sin perder las buenas costumbres, lo dejarían en la calle. Todas las palabras amables que le dijesen serían a costa de un penoso esfuerzo. Tom no podía soportarlo por más tiempo. Decidió que sí...

Nada se nos oculta en sus historias salvo un secreto. Un arcano familiar que se resiste a ser desvelado. El fondo de un baúl que no llega a ver la luz para así mantener encendida nuestra curiosidad. Y esto pese a que se trata de una historia sobre fingimientos y mentiras. A pleno sol es un tratado sobre la Hipocresía; sobre el “caer bien” sin espontaneidad, más de una manera estudiada hasta el agotamiento. Es el relato de una vida perpetuamente en escena. El telón nunca cae en la representación de Tom Ripley ya que ficción y realidad se han fundido en él, en su mente y en su corazón.

Un rico magnate naviero estadounidense contrata a un joven para conseguir que su hijo único vuelva a los EE.UU. Y deje atrás su vida en Italia. El joven elegido es Tom Ripley y su misión tiene un comienzo poco prometedor siendo él un joven muy prometedor.

Tom Ripley es muy inteligente y su mente desprecia a los demás, a los comunes. Su mirada se clava en los ojos de los otros para captar si tendrán su nivel. Su corazón y su espíritu se complacen con las cosas exquisitas y delicadas. Aquellas de calidad y alto precio. Las que marcan la diferencia. Como hace él, o como le gustaría hacer.

De acuerdo, puede que no sea un invertido, pero es un don nadie, lo cual es peor. No es lo bastante normal para hacer vida sexual, de la clase que sea, ¿me entiendes? […] A él le interesa que sigas confundido y manejarte, al igual que a tu padre, como a él le convenga.

Ripley también es un especialista en sacar información a los demás “por si acaso”. Esos datos reveladores e íntimos son una manera de fabricarse un escudo contra ataques futuros y fundirse una espada frente al presente. Sabedor de sus habilidades extraordinarias, las usa con la misma precisión con la que su mente calcula. Estudia a su “víctima” y absorbe hasta el menor de los detalles de su personalidad y su comportamiento. Después como un camaleón humano se mimetiza en el sujeto y lo suplanta a la perfección.

El personaje de Ripley debería caernos mal pues es un mentiroso patológico y un asesino. Y aún sabiendo eso, no lo odiamos ni lo condenamos siquiera. Patricia Highsmith construye un héroe de la tragedia contemporánea. Es un personaje mítico, maldecido y soberbio cuyo orgullo lo conduce a la muerte. Un hombre-niño que se describe a sí mismo a través de las palabras que usa para definir a su amigo más íntimo.

Hay en él muchos otros rasgos que contrarrestan esas facetas negativas. Comprendemos sus motivos, compartimos sus inquietudes, sentimos compasión por él y contribuimos a crearle una coartada para sus “otros actos”. ¿Otra muestra de su habilidad para manipular a los demás? Quién sabe, tal vez lo sea.

Se mostraba generoso con los desconocidos y también con sus amigos, pero era presa de frecuentes cambios de humor que le hacían pasar de la sociabilidad al retraimiento más exagerado.

Tom Ripley vive como un hombre pescado en una red de mentiras, de firmas falsas, de datos inventados... Y también es un joven sin infancia que se siente “hijo” por primera vez cuando a los 23 años recibe una cesta de fruta de despedida en el camarote del trasatlántico en el que emigraba de su vida pasada.

Un jovencito inmaduro de carácter voluble y con un trauma infantil. La tía Dottie, quien se encargó del huérfano Tom, disfrutaba burlándose y humillando a ese sobrino al que consideraba “tan mariquita como su padre”. Y así crió un hombre que temía reconocer su homosexualidad y lo convirtió en terreno fecundo para la enfermedad mental.

Su vida es la de un actor solitario que cambia su papel casi cada día. Se engaña a sí mismo y a los demás. Y sigue haciéndolo aun sabiendo que lo hace.

Ella le apretó un hombro, el único contacto físico que ella se había permitido con él desde que se conocían.
Te echaré de menos también —dijo ella.

La homosexualidad reprimida es uno de los rasgos más interesantes de Tom. Vive en un limbo de ambigüedad sexual, sin mantener relaciones con mujer alguna y sin acabar de reconocer su atracción por los varones. Una ambigüedad sexual que también comparte el co-protagonista de la novela: Richard Greenleaf, Dickie. En el relato se percibe la tensión sexual en algunos pasajes. Y en las películas basta recordar las miradas y los gestos entre Jude Law y Matt Damon en esa sugerente partida de ajedrez en una bañera. Y además de captar esa pasión contenida a duras penas, hay ciertos elementos de la vida de ambos nos llevan a pensar que viven como una pareja gay en la casa de Richard. Sin embargo, el apuesto Richard pone tierra de por medio y trata de asentar su débil imagen heterosexual. Discute con Tom recriminándole su “inversión” y gritándole que él no es uno de esos “invertidos”. Palabras que contradicen algunas actitudes y comportamientos de los labios que lo profieren. Y palabras que serán una vela encendida en el polvorín emocional de Tom.

Un fortín en el que se apretujaban su complejo de inferioridad, su envidia, su amor no correspondido, sus celos hacia la desconfiada Marge, su desprecio hacia sí mismo, su afán de venganza al sentirse despreciado y rechazado por su amado y, sobre todo, su miedo a ser excluido y apartado de esa vida principesca a la que no pertenecía.

Tom decidió celebrarlo yéndose a un club nocturno de Roma y encargando una cena principesca que tomó en elegante aislamiento, instalado en una mesa para dos, con velas y todo. Le era absolutamente indiferente cenar e ir al teatro solo.

Después de aquella noche, Ripley es un hervidero de resentimientos. Y el fuego de su ira sólo podrá extinguirlo con la sangre de Richard. Un asesinato bien planeado que se convierte en un crimen improvisado con una fuerte carga de miedo y sangre. Sangre que impregnará la madera de una barca en una caleta mediterránea. Sangre de la que renacerá un “nuevo y mejorado” Dickie.

Una vez superado el problema de Richard, la vida acomodada de Tom en Roma es sobresaltada por un nuevo problema: Freddie Miles. Un amigo “pijo” de Richard. Un snob que encarna al invitado al que nadie querría encontrarse en una fiesta. Un hombre descarado, con aspecto de buey y una mentalidad capaz de darle una paliza de muerte a un hombre al que considerara un afeminado.

Sentarme en una mesa y ver cómo pasa la gente. Te ayuda a ver la vida con distintos ojos. Los anglosajones estamos muy equivocados al no practicar la costumbre de ver pasar a la gente desde la mesa de un café.

La actitud despectiva de Miles hacia él y su acusación indirecta de “desviación sexual” ofenden a Tom. El joven se siente tan insultado como asustado, y esa sensación le hace abandonar su compostura. Y entonces su espléndida representación se derrumba.

Tom supera este contratiempo tal y como hizo con el obstáculo Greenleaf. Uno de los altares de la Vía Appia le sirve para liberarse de la carga Miles y retomar su papel protagonista.

Su amor era tranquilo y benévolo, pero en modo alguno sociable. Necesitaba tiempo para pensar y no tenía ganas de entablar amistad con los demás pasajeros, con ninguno de ellos...

Se convierte en el perfecto Richard de nuevo. Ripley es un hombre meticuloso en su caracterización y en sus interpretaciones. Controla hasta el último detalle del vestuario, del acento y la entonación, de los rasgos de la firma. Aspectos nimios son considerados para así coronar la mejor representación: Tom se funde con su nueva personalidad, la de su víctima. Y nadie puede diferenciarlos, salvo los más allegados al muerto.

Tras el asunto Miles, el maníaco asesino se siente perseguido. La policía lo investiga. Tiene que suspender un viaje a Capri donde quería recuperarse de las heridas emocionales del desenlace. Y se ve presionado por el miedo a ser detenido o, peor aún, descubierto en su papel.

Sin poder abandonar Italia, se refugia en Palermo y allí idea un plan. Desecha esconderse y decide que nada romperá sus ilusiones de vivir en su Venecia soñada. Allí alquila un palacete renacentista con vistas al Gran Canal y vive como un príncipe barroco en ese entorno idílico.

A Dickie le había ofrecido amistad, compañía y respeto, todo lo que podía ofrecer, y Dickie se lo había pagado con ingratitud primero, ahora con hostilidad. Dickie, sencillamente, lo estaba echando a empujones. Tom se dijo que si lo mataba durante aquel viaje, le bastaría con decir que había sido una víctima de un accidente.

Un lugar en el que Tom recibirá a la recelosa y siempre crítica Marge e incluso al padre de Richard. Lugar al que acudirá la policía. Y lugar desde el que...

Desde las ventanas ojivales de ese palacio contemplaremos el desenlace de A pleno sol. Un final que no os voy a desvelar. Lo sustituiré por una pregunta: ¿Es el final del libro el que vemos en las películas? Sólo tenéis una manera de comprobarlo.

>Y una última cuestión: ¿La frontera entre amigo íntimo y compañero de cama es realmente tan tenue entre dos gays? ¿Es fácil que uno se convierta en otro?

Muchas gracias.

Sí. Cada año tengo una cita conmigo mismo aquí. Celebro cierto aniversario.

Todas las citas han sido extraídas de: A pleno sol, Patricia Highsmith, Trad. Jordi Beltrán, Anagrama, Barcelona (1988).

Imágenes:La reina de Saba embarcándose hacia su reino, El desembarco de Cleopatra en Tarso, Ruinas de Roma, Escena portuaria frente a la Villa Medici y Vista imaginaria de Tívoli de Claude Lorrain.

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