
El 10 de enero de 1948 nació este libro de ficción con sabor a biografía novelada. La ciudad y el pilar de la sal es una novela de juventud sobre la pasión y los sentimientos; sobre sexo homosexual y amores platónicos; sobre satisfacción de instintos primarios y sobre planes de vida y futuros incompletos. Una obra tan atrayente como imperfecta que presume de romper la máscara del romanticismo como atributo indispensable del amor.
Mientras se desnudaba, Jim trató de fijar la imagen de Bob para siempre, como si ésa fuera la última vez que se veían. Lo grabó en su mente detalle a detalle: hombros anchos, caderas estrechas, piernas delgadas, sexo curvado.
Los primeros editores calificaron el borrador de esta obra como “basura obscena y perversa”. Su autor arriesgó su reputación al publicarla, puesto que años después aún le recriminaban que hubiera escrito “ese libro inmoral”. Gore Vidal ganó la apuesta vendiendo miles de ejemplares. Y gracias a su osadía nosotros podemos deleitarnos hoy con su trama y su estilo.
La prosa del juvenil Gore Vidal es sencilla y dura, sin frases artificiosas o expresiones forzadas. Y su lenguaje es coloquial y directo. Saetas verbales que atacan sin contemplaciones prejuicios, prohibiciones y complejos. Unas palabras afiladas que recuerdan el bisturí del cáustico Truman Capote.

Me pregunto si existe algún hombre que busque eso tan completo que tú deseas. No creo que los hombres sean capaces de tanto sentimiento, por eso es por lo que tantos prefieren los hombres a las mujeres.
Vidal construye un protagonista con una habilidad especial para captar los deseos, anhelos e ilusiones de los demás. Una virtud reforzada por una disposición inusual para satisfacerlos si está en su mano o en alguna otra parte de su cuerpo. El rey de esta tierra de tinta y papel es Jim Willard: un soñador empedernido, un jugador de tenis extraordinario y un prostituto aún más soberbio.
Jim Willard es un adolescente eterno que se destruye recreando en su imaginación un idilio que nunca existió. Una relación amorosa -bastante inmadura en su planteamiento- que jamás llegará a tener consistencia más allá del terreno de los sueños. Un joven que se convierte en una estatua de sal de tanto mirar atrás, como la mujer de Lot cuando ella y su familia salieron de Sodoma antes de que el fuego del airado Yavhé arrasara la ciudad viciosa por excelencia: “Su mujer miró hacia atrás y se convirtió en pilar de sal” (Génesis 19, 26).
Jim contempló el cuerpo de Bob coloreado por el fuego: un cuerpo esbelto y musculosos. Se armó de valor y rodeó la cintura de Bobo con su brazo. Excitados se nuevo se abrazaron dejándose caer sobre la manta.
Y Jim Willard sabe comportarse como un joven, quizás algo aburrido, que encandila con su silencio fragante. Un seductor que recuerda a Hans Castorp, el atractivo personaje de La Montaña mágica de Thomas Mann. Sexualmente tan apetecible como Hans, Jim también disfruta de la soledad. Si bien el personaje recreado por Gore Vidal no es un hombre alejado de la vida social. Todo lo contrario. El bueno de Jim es un invitado popular en las fiestas y celebraciones de los personajes más variopintos de Hollywood. Actores, guionistas, directores, productores y compositores van a intentar ganarse allí el favor del tenista y llevárselo a las pistas de sus dormitorios.
En el árbol de su vida abundan los ancestros grises. Es hijo de un matrimonio de conveniencia. Un hogar sin amor conyugal. Una familia con un ambicioso y mediocre hombre gris como cabeza. Un varón que desprecia a sus hijos y somete a su esposa a un régimen espartano. Cada desayuno familiar es una batalla con ejércitos sin armas ni estandartes. Jim era un niño blanco en una familia gris. El mayor de los hijos varones y el único que tenía potencial para superar el listón familiar.
Era consciente de lo difícil que sería vivir en un mundo de hombres y mujeres sin participar en su necesario y ancestral dúo. ¿Podría participar? Sí, se dijo a sí mismo.
Dos son los hombres con los que Jim comparte las primeras etapas de su vida emancipada: Paul Sullivan, un escritor egocéntrico y frustrado; y Ronald Shaw, un actor aún más presuntuoso que el literato. Shaw cree ser un personaje tan popular como Benjamín Franklin. O incluso más que el rostro de los billetes de 100 dólares.
Pero uno solo es el amor verdadero de este eterno adolescente: Robert Ford es el nombre de ese varón anhelado. Bob era el hijo del borracho del pueblo. Un joven atractivo con cuerpo atlético y espíritu inquieto. Un marino prometedor casado con el mar desde los 16 años. Un nómada acuático con una esposa y una niña esperándolo en la compañía de seguros de un suegro codicioso. Un mocetón que al madurar fue convertido en esclavo. Una ofrenda exquisita para las diosas de la Lujuria y la Crueldad. El vástago de la inocencia embadurnado con los maquillajes de la ambición, la hipocresía y el deseo descontrolado.

Después ambos se detuvieron. Sin embargo, siguieron agarrados, como esperando una señal para separarse o continuar. Pasó un buen rato y ninguno se movió. Sus suaves pechos se tocaban, mezclando su sudor, jadeando al unísono.
Con el excéntrico Paul Sullivan, nuestro protagonista compartirá sábanas y mantel en dos etapas. Y en la segunda lo hará en el seno de una relación que serviría como “modelo clásico” de una pareja abierta. Una pareja prolongada hasta el cuarteto o traspuesta a terceto sin que se resienta la flexibilidad del elástico dúo. La encarnación de esa fórmula ideal tan imaginada por muchos de quienes leemos estas líneas.
Mediante el personaje de Sullivan, Gore Vidal nos pinta a un homosexual sádico y espiritualmente reprimido. Un mago de las palabras que disfruta hiriéndose, lamentándose y compadeciéndose. Su vida es un hervidero de equívocos y conflictos interiores entre sus deseos y su razón. Y en ese maremágnum existencial brota María. Una doncella tan esquiva como hermosa. Una amiga de la ex-mujer de Sullivan. Una fémina a la que le gustan los hombres conflictivos. Y le gustan tanto que llega a enamorarse de alguien tan problemático como Jim Willard.
Quizás todos fuésemos más felices con amigos y sin amantes.
Ese tenista solitario en la multitud que en contra de sus ansias naturales, se muestra receptivo a sus encantos y requiebros. Así se inicia un singular partido “a triples” entre una mujer romántica y liberal, un homosexual reprimido y frustrado, y un jovenzuelo gay fantasioso y diletante.
Una relación ficticia concebida por un Jim que intenta disimular su condición. Quiere ser diferente. Anhela ser “normal” y pretende ser mejor que los demás miembros de “su cofradía rosa”. Desprecia a quienes viven sin importarles la opinión de los demás ni someterse a los engranajes normativos del mundo. Se pavonea ante aquellos “mariquitas” que perdían el aliento por sus huesos y no sabían comportarse como “hombres normales”. Jim es un gay convencido de su habilidad para disimular su condición, su inversión, el error de su génesis. Arrogancia y superioridad impropias de alguien cuya autoestima es sólida.
El gigoló de Beverly Hills pretende ser uno de esos personajes que viven con un pie en cada una de las orillas del río de la sexualidad. En la ribera izquierda son homosexuales satisfechos. En la derecha heterosexuales aguerridos. Y en el puente sobre el río, ni una cosa ni la otra.

No te estoy hablando de ellos como personas […] Me refiero a ellos como pareja sexual. Si a un hombre le gustan los hombres, quiere un hombre, y si le gustan las mujeres, quiere una mujer. Pero ¿quién quiere a un tío raro que no es ninguna de las dos cosas?
La ciudad y el pilar de la sal es una de las primeras novelas en las que los gays no contraen matrimonios de fachada ni malviven llorando en soledad. Aquí el protagonista es un atleta con un cuerpo digno de Policleto. Un hombre sin “pluma” ni ademanes indebidos.
Vidal escribe un libro sexual en cuyas hojas se arraciman encuentros tórridos y pasajes calurosos. Una novela descarada, sin complejos ni tabúes, bastante más prosaica que lírica. Un libro muy de carne y hueso que, no obstante, mantiene un ojo en el espíritu de sus protagonistas. Hombres cuya divisa es el famoso Carpe Diem: Homosexuales que viven el presente deshaciéndose del abrazo del pasado y eludiendo el saludo del futuro. Hombres que son felices sabiéndose gays, sin lamentos ni recriminaciones.
De todos modos hay algo que no funciona cuando dos hombres viven juntos, o un hombre y una mujer si nos ponemos en eso. A menos que tengan hijos no tiene sentido.
En este sendero de sal pasean la vida y el amor en el ejército. Y la pasión en barracones llenos de hombres sudorosos y excitados. Hombres que maldecían a sus oficiales, se burlaban de las mujeres y perdían su dinero entre luces de cigarrillos y alientos de alcohol.
Viviremos momentos con un humor ácido y doliente. Y espiaremos situaciones en las que nos queda clara la influencia de la apariencia y la imagen física en el éxito social y el progreso económico. Muchos son los pasajes irónicos y fluidos con diálogos ágiles e inquietos. Más aún los comportamientos reprensibles y las actitudes chulescas. No tan abundantes pero bastante más dolorosas son las sátiras de Vidal sobre los estereotipos y otros tópicos. Y como no siempre se vive “en sociedad”, en el corazón de un protagonista viviremos conflictos éticos entre unos ideales puros y unos actos reprobables y pecaminosos.
Elemento clave en el desarrollo de la historia es un encuentro adolescente en una cabaña en la montaña junto a un torrente de agua helada. Un entorno idílico para una pasión bucólica, infantil y ¿posible? Un entretenimiento para uno y un proyecto de vida para el otro protagonista.
Es más fácil tener relaciones sexuales con un hombre que hacerse su amigo.
El misterio es otro ingrediente que abunda en La ciudad y el pilar de la sal. Las palabras sinuosas de Vidal -en la mente o la boca de Jim- no desvelan los secretos ni el destino de las aventuras de sus personajes. Eso tienen que descubrirlo nuestros ojos siguiendo el rastro de tinta como Hänsel y Gretel su reguero de miguitas de pan.
Y el mar es el color del fondo de la novela. El mar como Parnaso de la libertad. En las primeras millas un marinero de cubierta y un grumete parten de New York con destino incierto. El primero va en busca de la aventura. El segundo se enrola buscando un príncipe azul.

Un amor por lo náutico que nos embriaga en sus descripciones de fondas y bares lóbregos en puertos de marineros bronceados. Y en las dársenas, diques y embarcaderos abarrotados de amantes sórdidos. Un anticipo de lo que leeremos (y veremos en la adaptación del teutón Fassbinder) en la inolvidable Querelle.
Jim le abrió los calzoncillos y vio el espeso y rubio vello púbico del cual entresalía la pálida cantera. Su mano se cerró lentamente alrededor del miembro. La mantuvo así por lo que pareció una eternidad, hasta que se dio cuenta de que...
La ciudad y... se nos presenta acompañada por varios relatos de juventud de su autor. Siete breves historias, algunas homoeróticas, confirmando el interés de Gore Vidal por romper tabúes. Y su intención de que rompiendo ese techo de cristal, se pudiera acabar con los prejuicios sociales, económicos, raciales y, por supuesto, sexuales. Cualquiera de los siete relatos es atrayente pero yo me quedaría con tres: El petirrojo, Erlinda y el señor Coffin y El trofeo Zenner. El primero por mostrarnos la crueldad que puede anidar en la inocencia; el segundo, por el veneno que gotea de los colmillos de su astuta ironía; y el tercero, por su maestría al retratar la homosexualidad y su imagen social a mediados del siglo XX.
La ciudad y el pilar de la sal, un divertimento delicadamente homosexual sobre el tema clásico del Liebestod o el amor más allá de las dificultades y la muerte. Una obra sin un grandilocuente final wagneriano. Una obra con un desenlace que se diluye en el río del presente como hojas de otoño barridas por el viento. Un clásico de nuestra literatura para entretenernos mientras la nieve glasea los aleros de nuestros tejados.
Muchas gracias.
Esto lo entristeció y lo irritó. Se estaba cansando de tantas mentiras necesaria. ¡Qué ganas tenía de decirles lo que él era realmente! De pronto se preguntó qué ocurriría si todos los que eran como él se comportasen con toda naturalidad y sinceridad. La vida sería mejor para todos si el sexo se considerase como algo natural, no algo temible; si los hombres pudiesen amar a otros hombres sin tapujos -como debía ser-, así como amar a las mujeres con la misma naturalidad.
Todas las citas han sido extraídas de: Todas las citas han sido tomadas de: La ciudad y el pilar de la sal (y siete relatos de juventud). Gore Vidal, Trad. Richard Guggenheimer. Anaya y Mario Muchnik, Madrid (1997).
Imágenes: La Arcadia de Thomas Eakins, La fragua y Patio de locos de Francisco de Goya y Luchadores de Gustave Coubert.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.