
Soy Myra Breckinridge, que no será nunca poseída por ningún hombre. Llevando puestos solamente un liguero y un vestido a modo de escudos, he mantenido alejada a...
Así comienza la novela de Gore Vidal que os comento este mes. Es la presentación de una mujer “especial” que deja bien claros sus objetivos, sus cualidades y sus principios en las primeras líneas de su narración.
Y escribo “su” porque este libro son las notas que Myra Breckinridge fue escribiendo, como parte de su terapia psicológica, para expresar sus inquietudes y todo aquello que la confundía.
Mediante capítulos breves y “autobiográficos”, intercalados con algunas grabaciones personales del otro protagonista forzado de la novela, nos cuenta una etapa de su vida. Y nos da también algunas señales indicadoras de cuál será su camino en el futuro. Y esta ensalada biográfica vendrá aderezada por concisos recuerdos en flashbacks al mejor estilo del cine clásico de Hollywood. Y es que precisamente, esta época dorada del cine -la década de los cuarenta y parte de los cincuenta- es un leit-motiv de la narración. Un fetiche de Myra y de Myron, su hombre difunto.

Así fue como Myra Breckinridge logró una de las más grandes victorias de su sexo. Pero una victoria que todavía no está completa, aunque sea la única entre todas las mujeres que sabe qué es ser una diosa entronizada, todopoderosa.
Myra es una mujer que recurre a una actriz y a una película para componer su interpretación en cada momento de su nueva vida. Una viuda que reclama al tío de su marido –el magnate de Hollywood Buck Loner- lo que le corresponde según indican los tres testamentos que guarda en su bolso de charol negro. Tres documentos legales en los EE.UU. derrotados por un certificado de matrimonio falsificado en el Monterrey mexicano.
Una mujer hermosa, valiente, atrevida, responsable, atractiva, orgullosa hasta la arrogancia. Impertinente, dura y tierna a la vez. Despiadada y con instinto maternal. Una femme fatale enamorada de una jovencita candorosa, ingenua y prejuiciosa: Mary Ann.
Esta fémina cuasi divina también es una sacerdotisa que profetiza una nueva religión. Aquélla en la que no habrá barreras ni límites. Una sociedad pluri-sexual en la que no tendremos que hacer el amor en pareja siempre que haya cerca otras personas con las que compartir ese placer. Un universo de pansexualidad. Y es que Gore Vidal critica con dureza el puritanismo religioso. Así como reprueba la visión judía y cristiana de la sexualidad y el matrimonio como herramientas para la conservación de la raza y no como unión para el placer.
Aunque sólo fuese para realizar mi misión: la destrucción del último vestigio de la virilidad tradicional en la raza, con el fin de realinear los sexos, reduciendo así la población mientras se aumentase la felicidad humana y se preparase a la humanidad para su siguiente etapa.
Myra Breckinridge es una creación original e ingeniosa, publicada en 1968. Sus páginas fueron acogidas con sorpresa y crearon polémica. Fue despreciada entonces y es ensalzada casi cinco décadas después. Es una novela que no ha envejecido porque su protagonista vive en el limbo de la juventud eterna, ese paraíso reservado a los personajes inolvidables.

En la intrincada historia de este ángel negro destaca el episodio en el que se desarrolla un tópico “juego sexual” enfermera-paciente. Myra domina la situación y poco a poco va convirtiendo a su víctima en un niño, en alguien indefenso e inseguro. Somete, humilla y mutila psicológicamente a un joven mediante una exploración física sui generis. Exploración que concluye con la violación de un virginal ano rosado con un dildo atado a la cintura de la enfermera.
Mi famoso uno-dos, aprendido de Myron: uno, halago excesivo con su ápice de verdad envuelto en nácar cultivado; dos, el golpe mortal.
Y es que Myra es una diosa capaz de sodomizar con un miembro de plástico a un típico “machito” estadounidense de los años cincuenta: Rusty. Un hombre con antecedentes penales por tráfico de marihuana que es una caldera de sentimientos contradictorios.
La experiencia fue denigrante para él pero para ella fue la satisfacción máxima. Marcó la cima del placer de la diosa, un orgasmo olímpico. Una humillación al macho que, no obstante, sirvió para descubrirle a esa víctima su verdadero camino y para encontrarle un futuro profesional.
Y después de vivir esta violencia extrema, nos topamos con la ternura con la que esa misma Myra acaricia los rizos dorados y los senos rosados de la que fue novia de Rusty: la coqueta Mary-Ann.
El lesbo-erotismo de la relación entre maestra y discípula es tan hermoso que nos hace desear sentir en nuestras lenguas la candidez de esos pezones tímidos y juguetones.
El deseo puede tomar tantas formas como recipientes existen. Pero lo que se vierte en esos recipientes es siempre la misma pasión humana en su principio, carente por completo en su definición hasta que lo que la contiene le da forma.
Myra Breckinridge nos ayuda a abrir nuestras mentes y comprender mejor algunas situaciones que aún nos chocan o no terminamos de encajar en nuestro puzzle de la realidad. Y en sus páginas también descubriremos cuál era la visión del mundo que tenía la juventud que aspiraba a la fama y a la celebridad. Dos regalos que sólo Hollywood podía concederles a unos cuantos elegidos. Jóvenes ilusos y soñadores que inician carreras pero nunca llegan a la meta. Seres humanos dispuestos a hacer cualquier cosa por conseguir sus sueños de oropel. Y cuando escribo “cualquier cosa”, eso implica todo lo que la imaginación humana es capaz de concebir.

En la historia de la diosa imbatible se intercala el combate entre los grandes estudios cinematográficos en decadencia (MGM, Universal, Columbia) y la incipiente televisión comercial. Una televisión recién salida del horno catódico que cautivará a la audiencia del futuro. El notario que certifica que las épocas doradas están y se acaban. Y que cualquier intento de regresar a ellas es tan vano como fatuo. Su excelencia estuvo allí, pero el presente es siempre superior, es nuestro golden time. Una reflexión de Vidal parecida a la que Woody Allen nos ofrece en su Midnight in Paris.
La masculinidad de Myron, era, a veces, intensa, pero los aspectos femeninos de su naturaleza eran dominantes, como yo sabía muy bien. Deseaba que los hombres lo poseyeran, no al revés. Se veía a sí mismo como una mujer, hecha para sufrir a manos de un hombre rudo.
Se nos relata la influencia creciente de las sectas de todo tipo y creencias de lo más peculiar en el sur de California; preludio de los movimientos de liberación. Y ahonda en los contrastes entre Los Angeles y New York. Entre el Este y el Oeste de los EE.UU. Comentarios quizás algo típicos pero tan reales como comunes.
Y también se huele el rastro de la persecución del comunismo y el marxismo en los EE.UU. de los años cincuenta. Las cenizas de la quema de brujas de McArthy ensucian el rostro de algunos personajes como Buck Loner, el tío de Myron.
Y escondido entre las piedras del camino, vislumbraremos el reflejo de la preocupación del autor por la superpoblación mundial y el problema de su manutención. Varias son las referencias a las teorías de Malthus sobre el control de la natalidad y los mecanismos para regular su crecimiento. Unos temas muy en boga durante los años 60 y 70.
Las diferencias son borradas hasta tal punto que los hombres son mujeres, son hombres, no son nada, lo son todo, son uno.
La prosa de la inventiva de Vidal es rápida y sinuosa. Se enrosca a nuestras pupilas como una serpiente en celo y nos seduce, nos lleva a su nido y copula con nuestros sentimientos. La lees sintiendo cada una de sus palabras. La lees de un tirón, sin esfuerzo, dejando que su aroma te invada como sales de lavanda disolviéndose en un baño de vapor.
El bosque de vapor en el que se relaja Myra, la cazadora más astuta y artera. Mujer lujuriosa y taimada trabaja como profesora de expresión corporal y de empatía en una escuela de interpretación. Sus clases están abarrotadas y ella se desahoga a gusto frente a su auditorio. En sus pupilos proyecta su lujuria, su ira, su venganza, sus frustraciones y sus alegrías. Es franca con ellos y no teme decirles la verdad. Se atreve a soltarles a la cara su mediocridad, su falta de talento. Y goza haciéndolo pues sabe que así no se sorprendan cuando salgan de la Academia y los abofetee la vida real.
Sólo en tres ocasiones levantará Myra su falda. Y en cada una de ellas deja sin palabras al varón que lo presencia y al lector que lo contempla.
Todo empezó arriba, cuando me arrancó los vestidos, en el ropero. Luego me violó, de pie, con un colgador de metal enrollado a mi cuello, ahogándome. Casi no podía respirar. ¡Era delicioso!
Myra Breckinridge es además una obra atrevida que clama por la educación en la igualdad -tanto en el aspecto sexual como en la relación hombre-mujer– Sus palabras pretenden romper tabúes, mitos, conceptos morales insulsos, superfluos o incomprensibles. Quiere levantar barreras y violar fronteras.

Y para ello se recrea en descripciones de bacanales universitarias con hombres y mujeres que despreciando los principios duales del sexo se comportan como bisexuales. Mantienen relaciones lésbicas, gays, heterosexuales o mixtas sin distinción ni preocupación alguna. Frente a bisexualidad no aparece homo u hetero sexualidad, Gore Vidal nos plantea el concepto de monosexual. Y por supuesto, ésta es la excepción. Sentirse atraído por un sólo sexo es la rareza. Mientras que considerar el atractivo físico de ambos sexos y reaccionar ante él sin mayor problema es la norma natural. El sexo es duro, incluso con violencia extrema en algunos casos. Precisamente el masoquismo es la vía de escape para liberar el odio que un hombre humillado siente hacia esa mujer inalcanzable que abusó de él.
De manera sencilla Vidal nos resume algunas teorías psicológicas sobre la sexualidad -homo u hetero- y los conflictos de identidad de género o de sexo. El objetivo es alcanzar el éxtasis supremo, el orgasmo máximo, la grand mort. Satisfacerse hasta tal punto que nos llevé a despreciar el sexo después de haber gozado algo así.
Sé lo que deseo y sé lo que soy: una creación de mi voluntad, ahora preparada para conquistar un territorio donde, hasta la muerte de Myron, sólo había podido entrar en sueños.
Myra nos conmueve describiendo un suicido de una manera tal que no podemos ignorar la hermosura morbosa que adorna a la muerte. Y lo excitante que puede ser el dolor. Masoquismo y perversión sexual son dos términos que enamoran cualquier alma, incluso las más puritanas.
Daremos un paseo por el interior de su mente hasta lo más recóndito de su esencia. Un trayecto psicológico ameno e interesante. El individuo surge como creación de su propia voluntad y no de las manos de un demiurgo o de los condicionamientos sociales.
Tragó con dificultad, la mirada fija en la triangular oscuridad bajo mi falda, invitando a la pregunta perenne: “¿Qué es, lo-que-usted-sabe o los pantys?”. ¡Qué siga preguntándoselo!
Los dilemas de la protagonista se nos narran a través de las situaciones cotidianas de su vida. A través de su normalidad descubrimos sus “anomalías”. Alteraciones estudiadas por el obeso doctor Montag, un psicólogo clínico amigo de Myron y terapeuta de Myra.
Me maravilla el modo en que Vidal es capaz de componer en Myra una dualidad víctima-verdugo tan compleja. Según la percepción que tengamos de ella y de sus circunstancias, sufriremos con ella, la compadeceremos o la despreciaremos. Su habilidad empática es insuperable. Ella es una seductora que nos envuelve en una de esas relaciones viciosas amor-odio que no pueden quebrarse.
Es una mujer que prefiere la adoración al amor. Una mujer capaz de poner ante los ojos de una joven inocente la verdad. La verdad cruda y dura en un ocaso en las playas de Malibú. Un entorno idílico para desgarrar ese corazón sencillo y virtuoso. Una araña soberbia y presumida que teje su red de placer perverso para atrapar a la “mosquita muerta” que la ha cautivado con sus encantos sencillos y su pureza mojigata.

Consideran totalmente inmoral la normal tendencia humana sexual hacia la promiscuidad.
Un atropellamiento marca un punto sin retorno en la vida de Myra. Un nuevo y definitivo punto de inflexión. La línea de salida de una carrera cuyos giros y trayectoria nos parecerán ilógicos. Un cierre sorprendente para una obra tan especial como absorbente.
La ambigua Myra oculta un secreto que nos revela casi al final de la obra. Un arcano que convierte a esta novela de Vidal en un libro pionero en un tema que no puedo descubriros sin romper el velo del silencio. El juramento de silencio. Pero un asunto que entonces fue transgresor como pocos lo habían sido. Un tema “actual” que quizás ya no conserve ese aroma contestatario pero que aún es indisoluble a la fragancia de la sorpresa y en ocasiones, del escándalo.
Una pregunta oscura que se repite solitaria en la noche: ¿Dónde están mis pechos? ¿Dónde están mis pechos?
Supongo que os ha quedado claro a lo que me refiero. En todo caso, es fácil romper el velo. La cuchilla la lleva en sus medias de lycra nuestra Myra. No basta con arañar su piel, debemos ahondar en sus motivos más oscuros. Y no quedaremos indiferentes. Descubramos el rostro de esta diosa omnipotente que removerá las palancas más ocultas de nuestro mecanismo emocional.
Muchas gracias.
De niña anhelaba que Lana Turner me estrujara contra sus opulentos senos murmurando: “¡Te amo, Myra, querida, perfecta!”
Myra Breckinridge, Gore Vidal, Trad. Rosendo Castillo, Mondadori DeBolsillo, Barcelona (2006).
Imágenes: El lago Kawaguchi de Koitsu, Koshigaya en la provincia Musashi de Hiroshige, Barco en el mar tranquilo y El monte Fuji visto desde la plantación de té de Katakura en la provincia de Suruga de Hokusai y Monte Fuji desde el lago Kawaguchi de Koitsu.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.