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por Rubén GP

Las once mil vergas

Noviembre 2011

 

Las once mil vergas o Los amores de un hospodar es el curioso subtítulo que escogió el escritor Guillaume Apollinaire para esta novela de ficción tan peculiar como polémica.

Apollinaire era uno de los habitantes más aventureros de los salones y los cabaret del París vanguardista de principios del siglo XX. Un buen amigo de artistas bohemios y literatos tormentosos como Breton, Dufy, Braque, Miró o Picasso. Un hombre famoso por una obra clave en la Historia del Arte: Los pintores cubistas (1913). Estudio crítico del que derivó el nombre del movimiento clave en la revolución artística surrealista.

Y este varón de vasta cultura fue un hijo de la conflictiva Roma neoclásica, fallecido en un París sombrío que se sacudía el polvo sangriento de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Un crítico reconocido y un poeta excelente que dedicó algo de la tinta de su pluma a escribir sobre lo prohibido: el sexo. Y sobre todo aquello que rodea esta actividad humana considerada una de las Bellas Artes por muchas mentes bienintencionadas. Y por algunas maliciosas también.

El clítoris en erección de Wanda penetró pronto en las nalgas satinadas entre las cuales iba y venía como un hombre. La pequeña Ida, cuyo pecho ahora desnudo era encantador aunque plano, fue a continuar el juego de su vela, sentada entre las piernas de Nadeje, cuyo coño chupó sabiamente.

Guillaume Apollinaire es un maestro de lo escabroso, de la lujuria, de lo maldito, de la perversión, de los tabúes... y entre su abundante obra erótica, Las once mil vergas merece un puesto de honor. Una corona de laurel ganada por su lenguaje descarado y su valentía modernista.

Cuando la obra se publicó en el primer cuarto del siglo pasado fue despreciada como un “librucho inmoral e indecoroso”. Y aunque algunos escritores surrealistas como Braque la ensalzaron en ese celebérrimo célebre París avant-garde, no fue hasta la década de los sesenta cuando Las once mil vergas recibió su visado perpetuo para el Olimpo de la Literatura erótica y pornográfica.

Las manos de ella no estaban inactivas; habían agarrado la polla del príncipe y la habían dirigido hacia el estrecho sendero de Sodoma.

Y es que entre sus páginas hay descripciones explícitas de mil y un encuentros sexuales tan dispares como atrevidos, imaginativos y originales. La mayor parte de ellos con un carácter homosexual más marcado que el componente heterosexual. Escenas lésbicas salvajes, penetraciones anales brutales, felaciones sin pudor ni descanso, manos y pies perdidos en los orificios más arcanos e insospechados. En sus cuadros expresionistas nos topamos con duetos, tercetos, cuartetos, sextetos, octetos y nonetos de cuerpos desparramados y espíritus entregados al placer destructivo. Bacanales con tantos personajes en acción como solistas en los movimientos más complejos de La nozze de Figaro de Mozart.

Se puso a removerse con más rapidez y abandonó el coño de Culculine hasta haberse corrido tres veces, mientras que ella misma se corría diez veces.

El protagonista de esta obra sádica es el príncipe rumano Vibescu, Mony Vibescu. Un aristócrata elegante y apuesto que había heredado junto con una fortuna inagotable el no menos apreciable título de “hospodar-subprefecto”. Un título vitalicio que lo convertía en un funcionario del sexo y los placeres. Y es que Vibescu es algo más que un millonario diletante y vicioso. Él siempre es “algo más”. Y por eso el no sólo copula o fornica; él “jode” como bebe un caminante sediento; él “folla” como una bestia encelada. Pasional y desenfrenado, pero siempre refinado. Un sibarita tanto en los asuntos de comedor como en los de dormitorio. Un ninfómano descarado que presume de ser el único varón que todas las mañanas es “enculado” por varios criados y su “dotado” ayudante de cámara.

Si os tuviera en una cama, viente veces seguidas os probaría mi pasión. ¡Que las once mil vírgenes o aún once mil vergas me castiguen de engañaros!

Escatología, necrofilia, coprofilia, zoofilia, gerontofilia, sadomasoquismo, pederastia, lesbianismo, bestialidad, sangre, flagelaciones, lluvia dorada, sadismo, castraciones, lluvia blanca, arneses, dildos, cirios, látigos, cerillas, fustas, vampirismo, violaciones... estas son algunas de las palabras cuyo significado se nos aclara en Las once mil vergas y objetos cuyos usos se nos amplían entre sus páginas.

El espía, en cuanto hubo recibido la tercera descarga empezó a gozar furiosamente y agitaba su culo chupando el pijo de Cornabeux, como si tuviera aún treinta años de vida por delante.

Desde el título, Apollinaire busca la provocación. Once mil no es una cifra al azar. Son once mil porque once mil fueron las vírgenes que acompañaron a Santa Úrsula en su martirio. Un desafío elegante a los principios religiosos decimonónicos. Un juego aún más sutil si tenemos en cuenta que en francés ambos términos, virgen y verga (vierge et verge), tienen una fonética similar.

Todo se compra, todo se vende; basta con ponerle precio.

Y tras ese órdago a la religión, viene el desprecio velado hacia la -tan eficiente como excesiva- burocracia gala que se encierra en el sujeto del irónico subtítulo: “hospadar-subprefecto”.

Acuérdate, Sodoma es un símbolo civilizador. La homosexualidad hubiese hecho a los hombres semejantes a los dioses y todas las desdichas vienen de ese deseo que unos sexos diferentes pretenden tener el uno del otro. No hay más que un medio en la actualidad para salvar a la desdichada y santa Rusia, es que los hombres profesen el amor socrático hacia los enculados, mientras las mujeres van al peñasco de Leucade a tomar lecciones de safismo.

Un libro breve en páginas pero profundamente extenso en su contenido. Una obra aun más intensa que los relatos del “perverso” marqués de Sade. Una prosa dura y directa que aborda los temas más escabrosos sin caer jamás en lo vulgar. El fruto maduro de una imaginación desbocada y una pluma apasionada. Una delicia agridulce con un toque cómico en sus exageraciones y deformaciones. Y es que más que describir, Apollinaire dilata los límites del lienzo hasta conseguir una caricatura de las relaciones sexuales y todo lo que las rodea.

Decenas son las escenas curiosas, cientos los personajes rocambolescos y miles los encuentros inverosímiles:

—una orgía brutal en un coche-cama del Orient Express que culmina con un doble asesinato y sangrientas prácticas necrófilas.
—una prostituta japonesa que muere reventada en una penetración mientras su amante alemán es empalado (tras haber sido violado por un regimiento ruso) en la barra de un burdel de Porth-Arthur.
—una enfermera de un hospital de campaña que viola a los cadáveres mientras lame la sangre de los heridos anestesiados.

En otro rincón, sobre una tumbona, dos bonitas muchachas de gordo culo bolleaban lanzando breves “¡Ah!” de voluptuosidad.

—hombres con tres testículos y obsesionados con apagar cigarros en los pezones erectos de muchachas vírgenes.
—un aristócrata bien parecido que se acerca a dos damas con su impresionante verga erecta asomando por la abertura de su pantalón diplomático.
—en medio de la guerra ruso-japonesa de principios de siglo XX veremos una representación atroz y satírica con un condenado a muerte, un bebé, un prisionero esclavizado y un matrimonio de inmigrantes sometidos con el látigo.

Estelle ya había metido su lengua en el coño de su fámula y chupaba a la vez el interior de un coño ardiente y la gorda pija de Mony que se removía con ardor.

—escritores artesanos que escriben en su piel mientras copulan y son felados por tres bocas
lenguas que abandonan vaginas lubricadas para lamer el escroto de un semental que chupetea el ano de su amante.
—un hombre que se masturba en el vagón comedor de un Orient-Express con Bucarest como estación término.
—los pies de una delicada actriz que masturban al señor con quien después copulará hasta morir (literalmente) de placer.
—fantasías truculentas de un maestro y dos discípulas lesbianas permanentes y furcias ocasionales.

Se puso como loca y agitándose hacía descender poco a poco el cuerpo de su amante a lo largo del palo. Este se corrió mientras expiraba.

—una conjura para asesinar al príncipe de Serbia se convierte en una orgía a nueve bandas, incluso con algún eclesiástico (muy puritano y ortodoxo) que disfruta con el pecado de Onán mientras contempla la escena.
—un poeta versificando mientras eyacula en el coche-cama de la primera clase de un tren internacional.
—asesinos, ladrones y maltratadores convertidos en ayudantes de cámara por su inigualable habilidad para encular a su señor.

Estas son algunas de los golosinas de este quiosco literario en el que se defiende con ardor la orgía como remedio para muchos males del cuerpo y del espíritu. Y el uso de las velas como instrumento de placer y de alabanza a los divinidades del gozo supremo.

Entre los labios de aquel coño rosado bullía un clítoris bastante largo que probaba sus hábitos de tribadismo. El pijo del príncipe intentaba en vano penetrar en aquel reducto.

Y es que, por encima de todo, Las once mil vergas de Apollinaire es una rareza. Literatura “diferente” y no apta para corazones timoratos ni mentes puritanas. Un libro sobre zorras y para zorras, independientemente de su sexo. Ah, pero sólo para esas zorras sobre las que nos hablaba María Jesús en su editorial de agosto.

Y ya no diré nada más sobre esta obra imprescindible en toda colección de literatura erótica o pornográfica. Os dejaré con el epitafio grabado en el monumento funerario de Mony, un príncipe hermoso como el Apolo de Belvedere:

Aquí yace el príncipe Vibescu / Único amante de las once mil vergas / ¡Más valdría, caminante, no lo dudes! / desflorar las once mil vírgenes.

Todas las citas han sido extraídas de: Las once mil vergas, Guillaume Apollinaire, Trad. Xavier Aleixandre, Laertes, Barcelona (2003).

Imágenes:La cueva de las ninfas de la tormenta de Edward Poynter, Leila de Frank Dicksee, Las Dánaes y El despertar de Adonis de John William Waterhouse.

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