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por Rubén GP

El arpista ciego

 

Con el sonido de las risas de los niños que juegan en los parques y las siluetas de las parejas que pasean con los dedos entrelazados termino de leer la que va a ser mi segunda recomendación literaria de este mayo que hoy comienza: El arpista ciego de nuestro buen amigo Terenci Moix.

No es necesario que comente mucho acerca de este autor. Uno de los homosexuales más reconocidos y con mejor reputación en el mundo literario español del siglo XX. Ganador de muchos premios literarios importantes, entre ellos el premio Planeta, es un autor con una legión de seguidores. Y el hecho de que sea un best-seller no le resta calidad a su obra. Es una muestra de Literatura accesible, entretenida, bien escrita, popular y cercana, muy cercana.

Yo soy un pobre humano, y más lo era cuando descubrí que el cuerpo me reclamaba cuerpos parejos. Así de claro. Veía niños de mi edad y pensaba que habían nacido para amarme. Pero al ver a un hombre mayor, un verdadero macho de establo, sentía que había nacido para clavarme su jabalina por donde se me antojara. Y a una edad en que el cuerpo no sabe lo que quiere, el mío ya gritaba: "¡Profanadme!". Así de…

En El arpista ciego nos relata la historia de cuatro adolescentes: Ipi el arpista, Jonet el flautista, el faraón-niño Ramsés y la hermosa princesa Anjesenamón. Y la escribe para aquellos que aún no hemos amordazado al adolescente que vive en nuestro interior.

Las lágrimas que el joven arpista ciego le arranca al faraón con sus melodías son uno de los puntos culminantes del relato. Hacer llorar al faraón era un delito en el Antiguo Egipto. Ipi lo hacía y el faraón no lo castigaba por ello. El joven Ramsés lloraba con "gusto" y sus lágrimas eran un tributo de homenaje que el faraón entregaba a aquel a quien él mismo concedió el título de Príncipe de los Sonidos.

Se pusieron a bailar, primero separadas, después juntas y al final estaban tan unidas que se rozaron los labios sin querer, pero como al cabo de un momento sí querían, cruzaron lenguas y visitaron paladares.

Nofret ofrecía la tímida resistencia propia de las diosas ansiosas por ceder.

Que me conozco, Merit, que me conozco. No tientes al león que duerme. Son muchos años de castidad para quebrantarla ahora con la hija de mi mejor amiga. No podría sentirme más culpable.

El arpista ciego no es una novela histórica al uso. Es una fábula apabullante. Una narración con imágenes delicadas y pasiones salvajes. Un relato abiertamente homosexual y descaradamente promiscuo tanto en el comportamiento de los personajes como en el uso del lenguaje. Terenci no recurre a cultismos ni a vocablos difíciles. Su léxico es sencillo y la ambientación le da un aire zarzuelesco a la historia. La trama se desarrolla en el Egipto faraónico pero su aroma tiene una marcada fragancia hispana. Hay muchos modismos y giros que todos reconoceremos como nuestros.

Y en el corazón del ciego entró de pronto la vanidad, pero aquella primera carga fue inofensiva, pues sólo era un deseo de que los demás lo amasen gracias al don que le habían dado los dioses. De modo que aceptó tocar en la fiesta de Pifer…

En esta obra se habla sin reparos, y se describen claramente, escenas de prostitución masculina y femenina, homosexualidad, lesbianismo, adulterio, incesto, zoofilia y todo tipo de temas de los considerados "tabúes". También nos cuenta cuán fría puede llegar a ser una mujer, sea ésta esposa o amante. Y cuánto calor puede esconder en sus labios y entre sus piernas cuando así lo desea.

Como es habitual en este artesano de las letras, las descripciones están compuestas con mimo y cariño. Es adorable la manera en la que Terenci describe la relación fraternal entre el arpista y el flautista. Una relación que para éste tiene una vertiente amorosa que no comparte aquel.

Jonet llegó a los pies del trono sosteniendo en alto el tallo de plata. Él recogería la rosa azul, engarzándose ambos en una unidad perfecta. Y recordó entonces las palabras del Tiempo, con su tono de profecía astral: "Esa flor no se dirige al amor de un día, sino al amor verdadero"

En la historia de El arpista ciego hay cuatro lugares emblemáticos:

La Ciudad del Sol construida por Akenatón, el faraón hereje. Él abolió el culto a los dioses tradicionales, desterró las prácticas religiosas de Amón e instituyó la primera religión monoteísta: la del dios Atón, el Disco Solar. Este faraón, esposo de la bella Nefertiti, convirtió su ciudad en la única capital del imperio y así rompió la tradición de Tebas como capital religiosa y de Menfis como capital administrativa. En esta ciudad, muerta con la caída de su fundador, se criaron el faraón-niño Ramsés y su esposa Anjesenamón.

El hogar de la Dama de la Casa en la Calle de Las Acacias: Es el lugar en el que nace y vive el protagonista del relato. Es la casa de Ipi, el arpista ciego de Tebas. En ella convive con su madre, su nodriza y sus dos hermanas: la estricta y estudiosa Seshat y la promiscua y siempre "caliente" Merit. Aquí se devanan algunos de los hilos más importantes de la madeja de esta historia, entre las piernas del escriba o entre las de la sacerdotisa vestal.

Sé un artesano de la palabra para que puedas perdurar porque el poder del hombre está en la lengua, y el poder de la palabra es más fuerte que el de cualquier combate.
Como el dios macho era listo, no se sabe si por dios o por humano, sacó el pene en ele momento en que la diosa entraba en éxtasis y le dijo:
Diosa bibliotecaria: bébete mi néctar porque en él se halla el germen de toda sabiduría.
Si es sabiduría lo que contiene, que sea mi mejor libación.

El palacio del faraón en Tebas, la llamada Casa Dorada: Aquí todo es lujo y ostentación. Lagos con barcas de oro, jardines con árboles sagrados, estancias que nunca terminan, columnas a las que ni siquiera roza el eco de las palabras de los hombres, flores y estatuas… Marca el límite entre la ciudad y el desierto, entre la vida y la muerte, entre la comunidad y el bereber solitario.

El Palacio del Tiempo en la cordillera el Himalaya: Un lugar de goce y deleite en el que se puede beber el licor espumoso del olvido. Un castillo lleno de placeres que esconde la estancia del Ojo que Todo lo Ve. Un Ojo cuya visión pone el futuro en las manos de un encandilado Jonet. Un promiscuo flautista, hijo bastardo y hermanastro de Ipi, que descubre cuál es el Amor Verdadero y cuál es la importancia de este sentimiento en la vida de un hombre o de una mujer.

Hermano mío eres y hermano tuyo seré, pues te he elegido y me has elegido. Contrariaremos la voluntad de los hombres y de los dioses porque yo te haré grande asumiendo lo que los demás consideran tu anomalía. ¿Acaso no tengo yo la mía? También un ciego es un extraño entre los hombres. Es cierto que no puedo darte lo que me pides, porque no es una de mis inclinaciones naturales, pero puedo ofrecerte algo mejor: mi agradecimiento por lo que me has dado tú.

El adulterio carece de importancia en la sociedad egipcia que nos relata Terenci. Se acepta el contubernio entre hermanos, las relaciones homosexuales entre varones y se comenta con tanta indiscreción como malicia las relaciones entre esas "mujeres que se frotan el vientre".

En el relato se capta la soledad y la sensación de desamparo que siente el niño ciego. Un niño y un adolescente que no sabe cómo son los colores ni es capaz de distinguir la luz en una nación que tiene al Sol como primera divinidad.

El abandono de Ipi se ve paliado primero con la aparición de Cabriolo, el gato danzarín que sabía hablar el lenguaje de las aves y charlaba con su dueño mientras devoraba dátiles con elegancia.

Más duro que la ofensa es el dolor, y me lo callo. Y más cruel que todo es buscar con los dedos de la facciones de mi hermano en la música y encontrar sólo al aire… Sólo los ojos son completamente míos, porque no los querría nadie. Ni siquiera un loco como él.

La necesidad sexual del cieguito es compensada por una hermana que le enseña la única ciencia que conoce. Lo hace de manera anónima y queda impresionada por lo mucho que les ha gustado a ambos. Después surge su hermano Jonet y se convierte en su compañero del alma. Los dos son músicos y se complementan en sus melodías. Sin embargo, la inspiración de Ipi es divina -no en vano es ahijado del dios Ippi, quien lo bendijo con su sonajero- y la de Jonet es terrena.

El deseo insatisfecho de Jonet, la reticencia del arpista y la decisión de unos dioses cansados de las locuras del flautista abortan esta relación fraternal y así aparecen los nuevos compañeros de Ipi: el faraón Ramsés y su esposa.

Y recordando con ironía que al artista lo llaman servidor de la Verdad, dijo la Dama a los pintores de la tumba: Os felicito, porque a partir de hoy también sois doctos en el embuste.

Como es frecuente en la obra de Terenci Moix, El arpista ciego no es un libro para minorías. Es una novela en tono de comedia muy accesible, fácil de leer y con una trama sencilla. Y cuando escribo sencilla no quiero decir que sea simple, ni mucho menos. Es un conjunto con muchos elementos y múltiples relaciones entre ellos. Relaciones unívocas, bidireccionales, duales, recíprocas, relaciones que no siempre son coherentes para una mente lógica ni para un corazón moralista.

Ya que todos los hombres son iguales en la mezquindad, seamos todas las mujeres semejantes en la falacia. Finjamos que nos importa sobremanera nuestro amante cuando, en el fondo, sólo deseamos que se marche. Pues ya cumplió, y una vez ha cumplido, cualquier hombre es un estorbo.

Es un libro con bastantes lágrimas y muchas risas. Una obra que aparenta ser ligera pero que en el fondo no lo es. Hay muchas lecturas más allá de lo que se ve en un primer acercamiento a la obra. Mientras lo lees te encuentras con pasajes hilarantes como la narración de la oreja-hijo de Sanafer, el carnero hijo de Merit, la historia del arquitecto convertido en menstruación y muerto de sed en la vagina de su amante, los ejercicios sexuales de la diosa Hator, el falo-obelisco que domina a la diosa bibliotecaria o el encuentro lésbico entre la refinada sacerdotisa de Amón y la "ramera más conocida de Tebas."

Como además, se sabía que el niño milagroso había nacido del coito entre dos mujeres, hubo gran tortillerismo en Tebas, y Merit lo aprovechó para fundar una academia donde se enseñaba a las niñas del abolengo a gozar de sus compañeritas de sexo desde la más tierna edad, de manera que…

Capítulo aparte merece la desaparición de Jonet. El Tiempo se enamora de él, de su juventud, y enganchándolo en su falo erecto lo lleva a su palacio. Allí le jura convertirlo en su único amante si Jonet se compromete a permanecer eternamente joven y no accede a la Sala del Ojo que Todo lo Ve.

Ellos y sus deseos son quienes ocupan las horas solitarias del maestro del arpa. Ipi y su inseparable Cabriolo viven en el palacio real, en los aposentos del faraón. Y el joven ciego trata al dios viviente como a un igual, llegando incluso a gritarle o a rechazar su ayuda y sus peticiones.

El arpista ciego es un relato de comadres, de vecinas de la calle principal de Tebas, capital religiosa del imperio egipcio. Una novela de intrigas familiares en la que tienen un papel importante los dimes y diretes de las vecindades. Los chismes, que por las noches se cuentan las vecinas cuando descansan en las azoteas del ajetreo diario, son piezas fundamentales de la historia.

¿Qué importa quién sembrara? Semilla es, y para una mujer ha de ser lo único que importe. En otras palabras, semillero soy para cualquier sembrador que sepa usarme. Y sabré recoger los frutos, que no soy parca en recolecciones.

La narración de la historia de Ipi fluye sin giros bruscos, tranquila como un viaje en barco por el Nilo que da la vida. Ipi no ve y así su vida se convierte en una sinfonía de sonidos, de olores, de tactos… La partitura de su existencia está escrita en el aire, en la tierra, en el agua del Nilo pero nunca en un pentagrama en un papiro.

Porque aunque vosotros no lo sepáis, el Tiempo se lleva nuestros instantes. ´Si, sí, me lo dijo Él mismo. Estamos juntos, somos una familia, por mucho que cambien las religiones seguiremos siendo la base del mundo, pero llegará un momento en que iremos faltando de uno en uno […] Veréis como no va quedando nadie. Y desearéis hallaros en el reino de los muertos, porque será la única manera de volver a estar todos juntos.

Su vacío interior y su soledad espiritual se rellenan de música, de acordes de arpa, de las vibraciones de esas cuerdas tensadas para hacer llorar a los que ven y para acariciar la melancolía de quienes están ciegos ante la vida.

Rara avis sería- dijo Osiris-. Un solo dios crea la intolerancia y fomenta el fanatismo. Enseñemos a los hombres que, cuando llegue un dios que presuma de unicidad, desconfíen de él. […] ¿Qué dios puede librarnos a los dioses de un Dios único?

La obra culmina en un final de cuento, de leyenda. Con su moraleja y alguna que otra lección ética implícita en las palabras y expresiones empleadas. El Tiempo es el Dios supremo y único. El que posee el control sobre el Bien y el Mal, sobre los Hombres y sobre el Mundo.

No se trata de una obra histórica áspera y fría. Ni siquiera es rigurosa. Terenci se toma bastantes licencias y siempre, siempre mantiene el tono ameno que hace tan entretenida la lectura de El arpista ciego.

En cualquier caso, conocía el arte de gustar, pues con un gesto suave, que no podía ser improvisado, dejó caer lentamente el faldón, se quitó el pectoral y los brazaletes, luego el tocado y avanzó hacia el lago, dispuesto a hacer la competencia a los nenúfares.

Los parias son invitados a los mejores palacios de Tebas y así surgen conflictos y enfrentamientos de lo más dispar que podamos imaginar. Personajes muy supersticiosos cuyo comportamiento lo guía el temor a las maldiciones y a las desgracias enviadas por los dioses. Asistiremos a duras discusiones entre la hermana ramera y el hermanastro mancebo por el amor del arpista, de ese dios sobre la tierra. Y a desenlaces sarcásticos que llevan a desgracias inesperadas y a alegrías no deseadas.

Remordimientos amargos y afilados agrietan el corazón del pobre arpista quien sufre por el hermano que ha desaparecido por arte de magia y por no poder ver el sol naciendo en los extremos del desierto que rodea los jardines del palacio. Una amargura y una melancolía resignada que sólo encuentra alivio en el corte de la Segadora eterna.

Sé que siempre haré llorar a los que me quieren, porque soy toro y sólo me vuelvo paloma cuando regreso, pidiendo perdón. Pero somos iguales, y tú eres mi lado bueno, y debo conservarlo como sea, o pereceré en el combate.

En la trama hay varios guiños a los iconos homoeróticos del cine de los años cincuenta, tan querido por Terenci, como son James Dean y Sal Minneo o Lo que el viento se llevó. Hay también sueños maravillosos y viajes fantásticos entre fábulas y apariciones míticas, hechizos, condenas propias de cuentos "infantiles" como maldiciones divinas para quienes amaban al flautista enloquecido.

Mi corazón se dirige continuamente hacia él, pero no quedo contento: para sentirme pleno, mi cuerpo debería invadir el suyo. Porque mi forma de entender el amor es que el corazón sin un cuerpo, no va a ninguna parte.

La promiscuidad de la hermana de Ipi, Merit, es aceptada con cierta resignación. Ella necesita copular con cualquiera porque es una necesidad de su cuerpo. Ésa es su virtud. Esta promiscuidad exagerada es llevada a la parodia por Terenci. Una burla o un sarcasmo del autor hacia ese estereotipo, pues no en vano Merit es llamada "la genial fornicatriz".

Casi todos los personajes son volubles y muy veleidosos en los asuntos amorosos. Las Grandes Damas egipcias aparecen como mujeres cotillas y al igual que cualquier vecina de barrio hablan sobre quienes viven a su alrededor.

Los sentimientos vuelan libremente y el polvo de estrellas de las figuras divinas cae allí donde uno menos lo espera. Se convocan asambleas de dioses con problemas psicológicos propios de hombres. Charlas entre dioses que son conversaciones de la corrala más típica del Madrid del siglo XX. Dioses y hombres. Monstruos y hombres. Dioses y monstruos. Todos los personajes unidos en una cadena de elementos sobrenaturales.

"Yo que no veo los colores, te exijo a ti que te emborraches con ellos, ya que puedes verlos. Tu futuro está en una tumba oscura; tu destino, en manos de la muerte. Vive, pues, ese día, goza del hoy, solázate en el presente. Porque sólo eso existe, y lo demás es vana fantasía." Ése era el mensaje de los ciegos que te precedieron: pregonar la alegría de vivir por encima de todas las cosas.

Hay una mezcla agridulce en la descripción de la lucha entre el recuerdo y lo que ya no será. Y asistimos a duelos musicales entre arpa y flauta, entre un arpista vanidoso y un flautista arrogante experto en los placeres mundanos, entre un hijo legítimo y un bastardo fantasioso. Ambos son descarados y orgullosos, y a cada uno le falta algo esencial en el imperio egipcio: la vista y el linaje.

En toda la narración subyace un mensaje de tolerancia y liberalidad. Se acepta al diferente, incluso se defiende su diferencia. Se considera algo bueno que la gente y los dioses -proyecciones de los seres humanos- sean diversos y tengan opiniones distintas.

Vive Tebas la profunda estación de los amores, y hasta los lotos se abren para ser copulados por la brisa. Y la brisa se entrega a una cópula de eternidad que sólo pertenece a Egipto.

Disfrutad con este canto al famoso Carpe diem. La narración de la biografía de un joven ciego que tiene un arpa por amante y la de un flautista bastardo que descubre la rosa azul del Amor Verdadero. Aprovechaos de esta historia de eterna adolescencia con este Peter Pan egipcio de la época de Ramsés. Y mientras gozáis con las peripecias del arpista, recordad que lo más delicado que existe es el afecto de un alma solitaria.

Gracias.

Pasa un día feliz, hermano,
olvida la maldad, vive lo bello,
hasta que te llegue el tiempo de morar
en la tierra que ama el silencio…

(Canto del arpista ciego)

 

Todas las citas han sido tomadas de: El arpista ciego, Terenci Moix, Planeta, Barcelona (2002).

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