
Aunque Renée Vivien es más conocida por su poesía, en 1904 dio a la luz la novela Une femme m’apparut (Se me apareció una mujer), un texto absolutamente valiente y cautivador que no fue traducido al español hasta el año 2006. Este mes en MíraLes queremos rescatar esta obra maestra de la literatura femenina.
“Al caer de una tarde indecisa, la Anunciadora vino hacia mí”. Así comenzó, según Vivien, su calvario amoroso con Natalie Barney. La lucha desesperada que nuestra autora mantuvo contra las infidelidades de su amada vino a plasmarse en esta novela enormemente simbólica, heredera de los novísimos lenguajes que el siglo XX había traído consigo. En ella, una Renée ignorante y feliz recibe la visita de una misteriosa entidad femenina (la Anunciadora), quien le comunica que en breve entrará en su vida una mujer especial que le hará conocer el Amor (el verdadero amor, no el de los hombres). Le vaticina sufrimiento, desdicha, dolor sin fin. Sin embargo, para la Anunciadora, todo ello será motivo de alegría, pues cualquier cosa es preferible a la desolación que supone no conocer nunca el amor. Esta escena de Anunciación sáfica, una especie de reelaboración literaria y transgresora de un cuadro de Caravaggio, nos da ya una idea del ambiente onírico y extravagante en el que va a transcurrir Se me apareció una mujer.
Lorély (el personaje que encarna a Natalie Barney en la novela) aparece inmediatamente para cumplir los augurios “anunciadores” del misterioso ser sobrenatural, y Renée cae irremisiblemente enamorada de ella. Lorély es una mujer etérea, inasible, caprichosa a ojos del lector… Una especie de valkiria de carácter despótico que vive rodeada de muchachas a las que no puede amar, pero en cuya compañía se complace. Ése es su drama: su incapacidad de amar. Tampoco puede amar a Renée, aunque el lector (al igual que la protagonista) se hace ilusiones al respecto en las primeras páginas. Lorély desgrana una cantinela incesante, un quejido monótono a lo largo de todo el libro acerca de su búsqueda del amor. Y culpa a todas las mujeres de no saber despertar en ella ese sentimiento. Mientras tanto, Renée busca dentro de sí la forma de conquistarla, conoce a otras amantes despechadas de la diosa Lorély, conversa con su mejor amiga acerca del amor espiritual… Y poco a poco, va aceptando su destino. Todo ello transcurre en escenarios irreales, apenas esbozados, que remiten a cuadros prerrafaelistas y ensoñaciones idealizadas sobre la Edad Media. Es el Modernismo bebiendo sorbos desesperados del Romanticismo tardío. En realidad, es Renée Vivien huyendo del mundo que le tocó vivir, e imaginando un paraíso lésbico pre-industrial.
Yo me atrevería a afirmar que se trata del primer intento de insertar el psicoanálisis en la literatura. El psicoanálisis antes de Freud, ¿por qué no? Renée enamorada ve en Natalie a una diosa germánica de belleza glacial, un ser moralmente superior a quien nada conmueve, porque nada le basta. Una valkiria que sufre. Los hombres no existen (excepto como presencia cotidiana y patética de un mundo exterior que apenas se atisba en la novela). La vida, en realidad, está compuesta de mujeres; y de dolor. El dolor causado por Lorély. Es precisamente este dolor profundo el que Vivien trata de representar en la novela mediante la exposición de su mente atribulada, de sus percepciones, de su mundo interior. Todo ello a través de un lenguaje profundamente poético y certero, que destila un sabor amargo.
—Me amas mal —interrumpió mi flor de Selene—. Me amas mal, puesto que no sabes ni retenerme ni comprenderme.
—Siempre se ama mal, Lorély. Amar bien es dejar de estar enamorada.
Se me apareció una mujer posee un estilo lírico y triste, que se percibe incluso a través de la traducción. Procura calma, pues a pesar de hablar del dolor, lo hace desde dentro, sin interferencias mundanas. Sólo se trata de una mujer y su duelo. Y aunque los lectores contemporáneos tengamos la tentación de chasquear la lengua pensando que Lorély practicaba un poliamor hipócrita; que culpar a los demás de no inspirarle amor a uno es un comportamiento inmaduro y tiránico; que lo mejor que se puede hacer cuando no se es correspondido es retirarse elegantemente; que Vivien sufrió gratuitamente los caprichos despóticos de una mujer que no la quiso… a pesar de todo eso, creo también que deberíamos estar agradecidos de que alguien supiera convertir su dolor en algo tan bello.
No debe olvidarse tampoco que ésta es una de las primeras novelas abiertamente lésbicas de la literatura universal. Que su composición no se inscribió en ningún tipo de estrategia de algún anacrónico movimiento LGTB de la época, sino que proviene de la arrolladora inconsciencia del dolor. Que su publicación supuso algo que ahora no alcanzamos a imaginar, porque llegamos cuando la mesa ya estaba puesta. Y que Renée Vivien murió cinco años después, sin saber por qué el mundo no podía ser de otra forma y por qué Natalie no la amó. Creo que por todo ello, su lectura es altamente recomendable.
Más información:
Renée Vivien, Se me apareció una mujer, El Cobre, Barcelona, 2006 (trad. de Susana Cantero).
Libro cedido por cortesía de la librería Berkana.

¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.