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por Rubén GP

Retorno a Brideshead

Agosto 2010

 

Retorno a Brideshead. Las memorias sagradas y profanas del Capitán Charles Ryder fue editada en 1945 y es considerada – junto a la trilogía La espada del honor- la mejor obra del prolífico escritor británico Evelyn Waugh.

Waugh la escribió durante la Segunda Guerra Mundial (II GM), en su convalecencia por las heridas sufridas en un salto en paracaídas en diciembre de 1943. Y es una obra que combina drama coral, comedia, monólogos y tragedia.

Toda una vida entre la salida de la luna y su declive. Luego la oscuridad.

Son las memorias de un hombre amargado, solitario, desesperanzado, cansado y abandonado que un par de veces estuvo a punto de saborear el néctar de la felicidad eterna con la punta de su lengua. Un hombre harto de la guerra y agotado de perseguir el Amor. Un hombre con descendientes pero sin hijos. Un hombre que ya no sabía lo que era amar y necesitar a otro. Un hombre que llora por la juventud perdida. Son recuerdos en la guerra, recuerdos que siempre acompañan, como ese verano que jamás se olvida.

Durante casi diez años largos y muertos […] me dejé llevar por un camino exteriormente repleto de cambios e incidentes, pero nunca, durante esa época, excepto alguna vez en mi pintura, -y aún así con intervalos cada vez más espaciados-, me sentí vibrar con la misma vitalidad que a lo largo del tiempo que duró mi amistad con Sebastian.

Charles Ryder es un oficial británico desencantado con su papel en la II GM. Es destinado a un cuartel de campaña que no es sino una casa señorial requisada por el gobierno. Es Brideshead. La mansión que el frecuentó diez años antes. Es un nostálgico que sufre porque no puede recuperar lo que vivió en los años previos a la guerra. Un hombre cansado de luchar contra un rival insuperable, inabarcable… algo o alguien que no deja lugar a nadie más.

A través de los ojos del oficial Ryder, Waugh compone una descripción irónica y nostálgica de la decadencia del periodo dorado de la aristocracia británica moderna. Un texto en el que se respira añoranza por la Inglaterra eduardiana, por ese estilo de vida previo a la I GM que se perdió con las bombas sin que fuera posible volver a él. Es un retrato de una degradación paulatina que se ve, se palpa como el ocaso de un Imperio, lento y constante. No hay remedio, no se encuentra forma de evitarlo aunque se sabe que dónde está el mal y cuáles serán las consecuencias.

Había vivido una infancia solitaria, y una adolescencia limitada por la guerra y ensombrecida por el luto; a la dura vida de la adolescencia inglesa entre hombres, y a la prematura solemnidad y autoridad del sistema escolar, se añadía mi propio carácter, más bien melancólico y severo.

El capitán Ryder es un artista, un pintor observador. Los recuerdos fluyen a través de los caudales de palabras y de las tintas de los óleos. Dibujos que son bocetos del espíritu. Bosquejos de sentimientos que se plasman en el lienzo. Los colores son los que deben ser, y están donde han de estar.

El arranque de la historia es una amistad juvenil muy intensa entre Lord Sebastian Flyte, un joven de 19 años – tan hermoso como excéntrico- aferrado a su oso de peluche, y Charles Ryder, un joven de la misma edad que no había descubierto aún el significado del verbo VIVIR. Dos amigos que pasean agarrados del brazo bajo los castaños en flor. Una amistad que es el amor verdadero para el primero. Una amistad que para Charles es algo para lo que aún no tiene nombre. Una etapa de evolución, un primer acercamiento, un sentimiento que crece pero no llega a cuajar. Una amistad cuya mejor síntesis está en la despedida de las cartas de Sebastian a Charles: “Un abrazo, o lo que prefieras.

El castillo de Brideshead es un personaje de este relato coral. Esta mansión campestre no es un personaje cualquiera, es el protagonista por excelencia de la historia de los Marchmain y Charles Ryder. Es lugar de acogida, núcleo del sentimiento familiar, es centro de reunión, campo de batalla, pañuelo de lágrimas, manto de alegrías, cárcel de sentimientos, isla de religiosidad, nido del adulterio y por encima de todo, es nexo. Ese palacio es el nexo entre varios mundos: los universos de cada uno de los miembros de esta familia británica tan peculiar. Un vínculo inmaterial que los enlaza mediante las piedras del antiguo castillo convertido ahora en mansión de sus almas.

Todos los demás atributos de la juventud: el entusiasmo, los afectos generosos, las ilusiones, la desesperación […] aparecen y desaparecen a lo largo de la vida. Forman parte de la vida misma. Pero la languidez […] la mente que busca la soledad y se entrega a la introspección, sólo pertenecen a la juventud y con ella mueren.

Retorno a Brideshead es un libro en el que se habla de excesos. Excesos en el comportamiento de sus protagonistas, excesos en la decoración, en el vestuario, en el carácter de los personajes, en las dimensiones de las casas, en los jardines. Todo parece ser exagerado en un mundo cuyo esplendor va perdiendo su brillo paulatinamente. Un sistema de clases excesivamente rígido que es reventado por las nuevas corrientes políticas y sociales surgidas tras la I GM.

También es un libro de contrastes y confrontaciones. Entre lo antiguo y lo moderno, entre los que se educaron llorando por el epitafio de las Termópilas y los que ni siquiera lo conocían. Entre los ricos y los pobres. Entre señores y criados. Entre oficiales y soldados. Entre hombres y mujeres. Entre Hombres con mayúsculas y hombres sin iniciales. Entre criados y señores. Entre sangre noble y dinero. Entre renta fija y especulación. Entre estetas y remeros. Entre valores morales y principios éticos. Entre católicos y protestantes. Entre creyentes y agnósticos. Entre aquellos que tenían un título y los advenedizos que despreciaban el título y buscaban el dinero. Entre los hijos de Oxford y los vástagos de la universidad de la vida. Entre los nacidos en Gran Bretaña y los “colonos oportunistas” de Canadá, Australia…. Entre devoción y repulsa. Entre egoísmo y sacrificio. Entre conservadores y progresistas. Dignidad sin poder, riqueza sin esplendor

Modernidad de mediados del siglo XX frente a un estilo de vida procedente de principios del siglo XIX. Un modo de vivir propio de la nobleza inglesa. Un estilo anclado en el pasado más tradicional: Mayordomos, ayudantes de cámara, valet, criados, casas señoriales, cacería del zorro, monterías, copas de oporto al final de la cena, lecturas familiares en voz alta junto al fuego de la chimenea…

- Me refiero a eso de la navidad, de la estrella, de los tres magos y el buey y el asno.
- ¡Oh, sí! En eso, sí creo. Es una idea encantadora.
- Pero no puedes creer en algo sólo porque es encantador.
- Pues yo lo hago. Es mi manera de creer.

En Retorno a Brideshead hay un Catolicismo omnipresente. Arraigado a cada uno de los hijos del matrimonio Marchmain con el pegamento con el que una sombra se engancha a su cuerpo. En la novela puede verse la influencia de la religión y la educación en el desarrollo de la personalidad y en el comportamiento de un ser humano. Cómo sus principios condicionan las acciones y cómo sus valores dan lugar a crisis de identidad y conflictos internos cuando son contrarios a los dictados del corazón. Ir contra la moral reinante es destructivo. La desesperación y la sensación de vacío que sienten aquellos que necesitan a Dios, aquellos que ven a Dios como su mejor amigo. Las renuncias que deben hacerse en nombre de la Iglesia. El sentimiento de culpa por tus pecados continuos. Los combates interiores entre tus apetencias y deseos, y las imposiciones de tu religión. Cismas internos que llevan a la autodestrucción o a la purificación absoluta. Se perdonan los pecados por el vicio o por la estupidez, la inocencia o la ingenuidad.

Problemas religiosos que sobrevuelan ambiciones ocultas, esperanzas oscuras, deseos mundanos, misterios fríos y secretos abominables. Egoísmo enmascarado por la generosidad y la entrega sin límites. Obstinación, respeto por la voluntad. Forzar a alguien a hacer algo que no quiere hacer y que tal vez desea en el fondo pero no lo reconoce por orgullo. Conversiones por interés, sentimientos religiosos en quien nunca ha sentido el calor de Dios en su interior. Amor a lo Superior frente al amor a lo pequeño, a lo insignificante. Soberbia para ponerse en el lugar de Dios, para rivalizar con él. Arrepentimiento por las malas acciones cometidas. Vanidad para entender aquello que está más allá de la comprensión humana.

Una sociedad cínica llena de prejuicios sociales y raciales. Una sociedad clasista que había impregnado su aroma en las familias. Burla, insensibilidad y desprecio campan entre hermanos. Humillaciones familiares. Principios religiosos estrictos que han dejado a un lado la bondad y la compasión. Una religión dura como el mármol que convive con triángulos amorosos en la fortaleza de la castidad y los buenos modales. Una homosexualidad plena en el reino de la pureza y la rectitud moral católica.

Cuando una persona odia con tanta fuerza, en realidad odia algo de ella misma. Alex odia todas sus ilusiones de muchacho: la inocencia, Dios, la esperanza,. La pobre lady Marchmain ha tenido que soportar todo esto. Una mujer no ama de tantas maneras diferentes.

Una historia compleja en la que sus personajes adquieren tintes shakesperianos: un rey Lear, un Othello, una Ofelia, una Lady Macbeth, un Romeo, una Julieta, un Bufon, un Yago… Personajes que son seres humanos en apariencia, meros experimentos de humanidad en su interior. Son fragmentos de hombre que juegan a ser un hombre completo:

Charles Ryder: Es el cerebro del relato: pensador, protagonista y narrador. Es un joven de clase acomodada -no aristocrática- criado por un viudo excéntrico y con grandes carencias afectivas. Su etapa en Oxford le permitió conocer el mundo de la nobleza a través de su amistad-amor platónico con Sebastian Flyte. Cambió sus estudios de Historia por los de Arte para concentrarse en la pintura. Llega a ser un pintor arquitectónico relativamente famoso. Se casa con Celia Mulcaster y tiene dos hijos con ella. Se divorcia y reinicia su vida. Durante la II GM es un capitán hastiado de la guerra, nostálgico del pasado y desencantado con el hombre. Un tipo raro que se sorprende porque ninguno de los miembros de su pelotón había llevado un libro para los momentos de descanso.

La mansión de Brideshead es, sin lugar a dudas, el centro neurálgico de su desarrollo emocional. A lo largo de su vida su camino se cruza con los de los miembros del clan Marchmain: amigo-confidente de Sebastian, amigo de Cordelia, amante y esposo “de hecho” de Julia, oponente de Bridey, defensor de Lord Alfred… Un agnóstico en el reino católico.

Hooper: Joven suboficial del batallón de Ryder en la II GM. Representa la nueva generación, nacida en la etapa entreguerras, que desprecia el sistema aristocrático y defiende la igualdad. Es el símbolo del presente que devora al pasado.

Edward “Ned” Ryder: El excéntrico padre de Charles. Un viudo extraño, misántropo que no parece preocuparse por el bienestar de su hijo más allá de su educación. Aunque sí lo hace, como demuestra en su manera de enseñarle a no malgastar su asignación. Un padre que no es capaz de hablar directamente con su hijo. Un padre que se protege del mundo contemporáneo entre reliquias y libros polvorientos. Un padre que sabe más de lo que aparenta, un padre que combate con dos armas: la ironía mordaz de su ingenio y un desprecio intencionado.

Lord Alfred Flyte, marqués de Marchmain: Aristócrata inglés bien parecido y elegante, con estilo byroniano y una fuerte conciencia de clase. En su juventud se enamoró de una joven católica, Teresa, y se convirtió al Catolicismo para poder casarse con ella. Hizo construir una capilla privada en Brideshead como regalo de bodas y concibió cuatro hijos con ella. Sin embargo, no pudo soportar las restricciones religiosas que Teresa le imponía. Por ello, después de la I GM se quedó en Venecia viviendo con su amante, Cara, siendo apartado por ello de la “moralista” sociedad británica. No retornará a su mansión favorita hasta enviudar.

Lady Teresa Flyte, marquesa de Marchmain: Una joven de profunda y sincera religiosidad católica que contrajo matrimonio con el marqués de Marchmain. Una mujer muy estricta que fue abandonada por su marido y se encargó de inculcar sus principios religiosos a sus hijos. Su voluntad es férrea y su conciencia de clase muy marcada. Es intuitiva pero implacable con las faltas morales y los pecados contra la Iglesia. Un personaje prototipo de mujer piadosa.

Cara Hicks: Una elegante mujer francesa que vive en Venecia como amante de Lord Alfred. Al igual que el marqués, ella también estaba casada en Gran Bretaña. Es una mujer inteligente que sabe que no es amada, pero que permanece junto a quien ella ama para protegerlo. Una mujer con la que Lord Alfred vive porque le sirve para evitar que su mujer legítima pueda acercarse; y con ella sus principios asfixiantes. Cara es una amante comprensiva que no odia ni desprecia a la esposa. Al contrario, la comprende y la compadece. No le achaca faltas ni le busca defectos. No la odia. Es la única que en la novela habla directamente con el joven Charles sobre su relación con Sebastian.

Esas amistades románticas se dan entre ingleses o alemanes, pero no entre latinos. Creo que son muy positivas si no duran demasiado. […] Es ese amor que experimentan los niños antes de conocer su significado. En Inglaterra llega cuando casi sois hombres. […] Es mejor sentir esa clase de amor por otro muchacho que por una muchacha.

Lord Brideshead Flyte (“Bridey”): Primogénito de Lord Alfred y heredero natural de su villa palaciega. Es un hombre estricto, muy religioso que intentó ordenarse sacerdote. Vive apartado de los demás en parte por sus principios y en parte por su incapacidad para empatizar. Llega a ser tan rígido que su dureza se vuelve crueldad. Cerca de los cuarenta, encuentra una viuda con la que decide casarse. El matrimonio no es bien visto por su padre –por la vulgaridad y la falta de clase de la viuda- y decide cambiar el testamento en favor de su hija Julia.

Lady Julia Flyte: Es la hermana mayor de Sebastian, segunda hija del matrimonio Marchmain. Es una joven hermosa con una belleza florentina propia del quatrocentto que es presentada en sociedad en el último baile de una época moribunda. Se casa con el parlamentario canadiense Rex Mottran en circunstancias inesperadas. El matrimonio no funciona bien porque para él fue poco más que un trampolín para ascender. Ella descubre las infidelidades de Mottran y decide hacer lo mismo marchándose a América con un amante. Después acaba siendo la amante de Ryder quien la quiere en parte por su parecido con Sebastian. Es una mujer muy influida por la religión que a pesar de saberse débil y pecadora, no puede prescindir de su “amistad” con Dios.

Lady Cordelia Flyte: La menor de los cuatro hermanos Marchmain. Una niña religiosa que anhela servir a Dios. Siente vocación y se dedica a aliviar las penas y sufrimientos de los demás ayudando en hospitales de campaña. Es una joven fea con aspecto de solterona que a pesar de ser muy devota no es tan estricta ni fría como su hermano mayor. Hermosura interior, fealdad exterior.

Lord Sebastian Flyte: El tercer hijo de los Marchmain es el precursor de la historia de Ryder. Es un joven que se siente amenazado sin descanso por una familia opresiva, sobre todo por los principios religiosos de su madre. Es un veinteañero anclado en su infancia, en su Nanny, a quien quería y sentía como su madre. Un pobre niño indefenso encerrado en un cuerpo adulto que vivía atemorizado y atado a su oso de peluche que lo acompañaba aun en Oxford.

Es un joven gay que no tolera su homosexualidad. No la comprende y no puede aceptarla porque va en contra de sus principios morales católicos. Se avergüenza de sí mismo y se arroja en los brazos del alcohol para olvidar su desgracia. Cuando conoce a Charles siente que ha encontrado el amor definitivo pero no es correspondido en la medida que él lo espera. Esta decepción lo entierra un poco más en el pantano de la autodestrucción. Recurre a emborracharse como refugio y como vía para superar sus complejos. Se ve forzado a esconderse en países en los que podía ser uno más sin perder su elegancia; sin su atractivo físico pero con sus buenos modales y su cortesía de aristócrata inglés. Sebastian tiene miedo a su familia, a sí mismo. Sólo se siente querido por (y él quiere a): su padre, su Nanny y su hermana menor Cordelia. Los demás lo apartaban de su vida. Es un joven que impresiona, que no deja indiferente. Un joven que se desprecia y se odia. Alguien que no sabe qué es la alegría verdadera, solo ha olido su apariencia. Sebastian fue llevado a clínicas con la esperanza de que le curarían no sólo su alcoholismo sino la “desviación” que era el origen de su pesadumbre permanente. La raíz de la planta cuyo fruto era la melancolía. La degradación de Sebastian fue tal que acabó uniéndose a un individuo de la peor calaña. Un soldado alemán que se había disparado en el pie para obtener la licencia. Alguien aún más desgraciado que el Lord. Al joven Marchmain le servía para sentirse necesario, sentía que tenía que cuidar de él y lo hacía. Pese al rechazo de todos, él continúa junto a ese individuo. Una comunión de desamparados.

Me avergüenzo de mí mismo – declaró gravemente Sebastian-. No quiero que te relaciones con los miembros de mi familia son tan demencialmente encantadores. Me han ido quitando cosas durante toda mi vida. Una vez que se apoderen de ti gracias a su terrible encanto, te convertirán en amigo suyo, no mío, y no lo voy a permitir.

Rex Mottran: Un advenedizo canadiense que ambiciona un ministerio y recurre al matrimonio con Julia para lograrlo. La experiencia no es buena y acaban divorciándose. Es un hombre robusto, sin principios, rudo, sin escrúpulos y con dos únicos amores: el poder y el dinero.

Celia Ryder: Una joven de buena familia que se casa con Charles Ryder en un matrimonio de conveniencia para ambos. Es una mujer vivaz, con muy buenas cualidades para desenvolverse en sociedad. Tiene dos hijos con él pero en su vida conyugal las infidelidades son pan de cada día. Charles acaba pidiéndole el divorcio para poder casarse con Julia.

Anthony Blanche: Un homosexual sin armario, amigo de Charles y Sebastian en Oxford. Aparece y desaparece a lo largo del relato pero sus apariciones aunque breves siempre son intensas y muy profundas. Es un hombre excéntrico, promiscuo y de lengua e ingenio bien afilados.

Aloysius”: El osito de peluche de Sebastian. Su nexo, junto con su aya Nanny Hawkins, con esa infancia nunca superada.

En esencia, sí; no exactamente del mismo modo que a ti. Ella nunca lo amó como lo amamos nosotros, ya sabes. “Amamos”Esta palabra suponía un reproche contra mí. En el verbo amar de Cordelia no existía el tiempo pasado. ¡Pobre Sebastian! -dije- Es demasiado triste. ¿Cómo acabará?

Una novela tormentosa, pasional, amores intensos, odios aún más intensos, desprecio, ira, cólera, compasión, perdón, dolor, comprensión… Pero no es un folletín. Es una novela bien tejida. Hay anuncios sorprendentes, bodas por interés, quien ya es desechado por su edad acaba encontrando a alguien que se interesa por él, o más bien, por lo que tiene y representa. Hay sospechas, preguntas indirectas para así romper las reticencias y conseguir la información que realmente se intenta conseguir.

Sí, lo conocí muy bien. Pertenecía a unos amigos míos. Y al pronunciar estas palabras, sonaron tan raras a mis propios oídos como las de Sebastian cuando, en vez de decir “es mi hogar”, dijo: “es donde vive mi familia.”

En Retorno a Brideshead hay algún que otro giro vital sorprendente, carambolas imposibles a tres bandas. Amores nunca olvidados. Un amar que no puede conjugarse en pasado o en futuro, es un verbo siempre en presente; en un presente doloroso y acre. También hay decepción por lo que se ha conseguido, sensación de que se podría haber llegado a ser, a hacer o a tener algo más. Saberse nacido para un destino que no serás capaz de alcanzar, un territorio de ensueño vedado a la persona real. Palabras de un hombre tan asqueado de la impostura de su matrimonio que en su regreso ni siquiera acude a ver a su segunda hija, nacida cuando él aún estaba en Centroamérica. Se va con su amante, con su auténtico amor. Allí donde sabía que podía ser feliz pues ya lo había sido años antes bajo los castaños en flor.

Palabras sencillas que ocultan el auténtico mensaje. Palabras que son símbolos. Símbolos que son representaciones de los hechos. Palabras que ansían abandonar la naturaleza muerta y anhelan pasear por los jardines del paraíso de Brideshead.

Familias atípicas. Testamentos y testaferros. Cambios de voluntades. Bellezas renacentistas aderezadas con el punto justo de melancolía. Ojos tristes reinando en rostros alegres por el vino. Incomprensión e incapacidad para entender qué se había hecho mal, cuáles habían sido los fallos. La desaparición de uno de los personajes no hace sino aumentar el brillo de otro.

Mientras esperaba en la oscuridad me horrorizó percatarme de que algo dentro de mí había muerto silenciosamente tras un largo periodo de deterioro, y me sentí como el marido que, después de cuatro años de matrimonio, se da cuenta de repente de que ya no siente deseo, ternura ni aprecio por la mujer que una vez amó; ningún placer en su compañía, ningún interés en gustarle, ninguna curiosidad por nada que ella pudiera hacer, decir o pensar; […] ningún sentimiento de culpa por el desastre.

Retorno a Brideshead es una novela y también es una serie extraordinaria de 11 capítulos -considerada una de las 25 mejores producciones británicas- rodada por la BBC en 1981 con Jeremy Irons, Diana Quick y Laurence Olivier entre sus protagonistas. Y una película, no tan excelente, rodada en 2008 por Julian Jarrold.

En la obra hay un desenlace que se presiente, se intuye y que al final cristaliza en una realidad. Y un final sorprendente. El desarraigado encuentra por fin un lugar en el que vivir, una sociedad que lo acoge sin preguntar, sin tener nada en cuenta, sin echarle en cara su actitud o su comportamiento. ¿Dónde acabarán los huesos de Sebastian?

En aquellos días yo iba en busca del amor, y me presenté lleno de la curiosidad y la aprensión -no reconocida por mi parte-, de allí, por fin, descubriría esa puerta baja escondida en el muro que otros, lo sabía, habían descubierto antes que yo, que llevaba a un jardín secreto y encantado, en alguna parte oculto, sin que ninguna ventana del corazón de…

Un relato de alguien que es iniciado en los asuntos del amor no por un maestro de la vida, sino por un joven infantil que es guía y discípulo al mismo tiempo. Amores impensables son romances tórridos con una estación de destino impuesta por las circunstancias. Nunca deseada. Una soledad por la ausencia del amigo que no se consigue llenar. Sensación de culpa, castigo por el pecado, remordimientos. Homosexualidad vivida en bares a media luz, en callejones tenebrosos y sociedades oscuras.

Memorias de un caballero renacentista encerrado en una guerra del siglo XX. Memorias de un pintor arquitectónico británico. El aroma de una amistad que franqueó la frontera del Amor y acabó retratada en el lienzo de la vida de sus protagonistas. Un óleo costumbrista en el que se saborea la pátina del tiempo. El dolor de las espinas clavadas y nunca arrancadas. La inspiración de un oficial aburrido de vivir en una guerra que no era capaz de ocultar su guerra interior.

Y una señal de la cruz. Una señal de la cruz que da por zanjada una vida y cierra la puerta a una historia de una Arcadia particular. Una señal de la cruz que sirve como sello para un mañana que nunca llega, un amanecer que muere en la paleta del pintor.

No quiero hacerte las cosas fáciles. Espero que se te destroce el corazón; pero lo entiendo, sí, lo entiendo.

Retorno a Brideshead encierra un lamento. El lamento de un joven con un trauma enraizado en el fervoroso catolicismo de su madre y en el abandono del hogar por su padre. Un joven con una relación ambivalente hacia su familia, una mezcla de amor, odio, temores, celos, deseos frustrados Un lamento nunca escuchado, jamás atendido. Un lamento casi tan subyugante como las Lamentaciones de Jeremías del británico Thomas Tallis, ese imprescindible canto “Quomodo sedet sola civitas”. Un lamento que merece ser escuchado en el teatro Brideshead.

El lugar quedó desierto y todo aquel esfuerzo no sirvió de nada. Quomodo sedet sola civitas. Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

Todas las citas han sido extraídas de: Retorno a Brideshead. Evelyn Waugh. Trad. Caroline Phipps. Tusquet Editores, Barcelona, 1993.

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