
El mismo mar de todos los veranos, publicada en Lumen en 1978, es la primera novela española que trata abiertamente el lesbianismo, siendo las mujeres protagonistas absolutas del relato.
Es la primera novela de la trilogía que la barcelonesa Esther Tusquets completó con El amor es un juego solitario (Premio ciudad de Barcelona en 1980) y Varada tras el último naufragio.
Y los hombres rondan desorientados y perdidos a su alrededor, ¡tan relegados a un segundo papel!, mientras las tetas bullen divertidas y esplendorosas, tímidas y peleonas, estremecidas de frío y de champán, y nosotras intercambiando saludos de pezón a pezón.
El mismo mar de todos los veranos, al igual que Retorno a Brideshead, son las memorias de un personaje central que actúa como narrador y protagonista. Aquí no son recuerdos de la bucólica Gran Bretaña de la II GM, la acción transcurre en la Barcelona de los años setenta en un mes de mayo florido y hermoso. Son recuerdos que se remontan más de treinta años casi hasta llegar al trienio oscuro de la Guerra Civil.
Pero no es un documento histórico ni una biografía, se trata más bien del cuento de una vida. Una novela de mujeres en la que los hombres son eslabones secundarios de las cadenas de palabras con las que se ha tejido el cesto. Un relato de tristeza infantil, una historia pequeña y discreta. Un baile de disfraces en un lugar que se oculta del resto de la sociedad bajo un disfraz de setos, rosales, nardos y buganvillas.
A la inversa de lo que ocurre con el dolor, la verdadera ausencia empieza realmente un poco antes de que se produzca el vacío material de la ausencia, empieza en el instante mismo en que comprendemos de verdad que el otro va a marcharse y nosotros vamos a quedar sin él.
La cicerone de la obra es una mujer que fue una niña mal aceptada por su madre. Una hija inferior que no colmó las expectativas de una mujer altiva y egocéntrica. Una madre que buscaba una copia de sí misma. Es una mujer casada con Julio, un hombre al que nunca quiso. Una mujer casada por dejarse llevar mansamente allí donde los demás querían que fuera después de haber perdido la ilusión. Una mujer muerta poseída por un hombre falso. Un marido infiel que compensa sus escapadas con mareas de rosas rojas como el terciopelo de los sillones del Teatro de la Ópera. Un marido que no comprende que no hay falta que hacerse perdonar porque no hay sentimientos hacia lo que él es y hacia lo que él representa.
Una mujer que habita un mundo de ensueño. Una mujer que aún es una niña que disfruta viviendo en la casa vieja y despreciada. Una mujer que se siente huérfana de madre, huérfana de hija y bastarda del amor. Una fémina solitaria que busca salir de la tierra de nadie en la que ha sido encarcelada.
Una mujer que encuentra tiempo y soledad para reconstruirse tras un nuevo naufragio en su vida. Una mujer que vuelve a encender las llamas de las velas blancas del candelabro de plata. Una mujer que vive en la soledad máxima, sin más compañía que sus fantasmas y sus ensoñaciones. Una lesbiana obligada a vivir una farsa. Forzada a representar los papeles que le asignan los demás. Nadie le pregunta, a nadie puede confiárselo. Todos la vigilan, nadie la consuela ni intenta comprenderla. Una mujer que se acostumbra a vivir sin nadie que la piense, sin nadie que recuerde su nombre. Una mujer melancólica, herida, curada y herida aún más profundamente. Una mujer que recurre a los somníferos para dormir y atenuar los dolores del alma.
Unos ojos en los que ya no había miradas, sino el vacío atroz de una única mirada asesinada, unos ojos terribles como el lugar en que se ha cometido un crimen irreparable: los ojos de Sofía ya no se abrían a nada.
Una mujer que ha sido encarcelada en una torre de marfil sin puerta que no tiene más salida que aquella que está más allá de las almenas de su balcón. Una Rapunzel que no lanzará su rubia trenza después de oír la llamada de un príncipe. Esta jovencita esperará el clamor de una princesa o una sirena de los bosques encantados.
Una figura inadecuada, diferente a los demás eslabones de la cadena. Una incomprendida. Una magdalena en un mundo de galletas maría. Una convidada de piedra en las citas con su única amiga. Una amiga dispuesta a perorar pero remisa a escuchar a quien está frente a ella.
Un ser humano que se siente vacío, más vacío de lo que nunca nadie podría imaginar. Alguien que aprende a vivir la soledad dentro de un envoltorio de apariencia feliz, tan delgado como una lámina de celofán.
Y me pregunto qué diablos pinto yo en esta genealogía de vírgenes prudentes, un eslabón torcido en una cadena irreprochable, mientras ellas se entienden perfectamente por encima de mí, la diosa y la doctora intercambiando opiniones sobre la niñita difícil, como sobre un perrito que se han encontrado en la calle atropellado con la pata rota y con el que no saben qué hacer, porque encima muerde.
La niña con cuerpo adulto es una lesbiana consolada de sus penas mediante postales con letras enormes que dejan lugar sólo para el saludo; y a través de hojas cuadriculadas con letritas estructuradas en juegos de números y fórmulas. Es una planta envejecida prematuramente que busca una primavera que le devuelva el verdor a sus hojas. Una planta dada por muerta que brota con más energía que nunca y se lanza a una carrera por alcanzar el sol.
El mismo mar de todos los veranos es una historia de espectadores que desean ser protagonistas pero no tienen valor o les falta el empuje para saltar a las tablas e interpretar el papel que han memorizado años atrás. Su columna vertebral es una actriz de la vida diaria que siempre abandona el monólogo en el mismo punto y no es capaz de continuar aun a pesar de desear acabar de una vez por todas esas líneas que se le atragantan.
Una acróbata sin fuerzas para saltar el abismo entre ilusión y realidad. Necesita un empujón para atreverse a cruzar el puente de cuerda que va rompiéndose a cada paso y se convierte en un camino de ida sin retorno posible.
Creo que la casa vieja y la niña oscura sellamos un pacto en las tinieblas. Inventamos extraños mitos órficos, secretos ritos subterráneos, para escapar así a la diosa de la luz […] Introdujimos tenaces el desorden, la angustia, lo ambiguo y mutilado en un universo que se creía, o al menos se quería perfecto.
Una mujer que no es sino una Ariadna abandonada en la isla de Naxos por un Teseo egoísta que mató al Minotauro para después dejarla a merced de Dionisios. Un personaje luminoso embarrado en el charco de la mediocridad que se siente deprimido, fracasado, desilusionado. Agotado tras la batalla. Alguien que ya no ama las palabras porque ha perdido la confianza en ellas. Y si no ama las palabras tampoco puede amar lo que éstas comunican. Murallas de palabras que aíslan cuando se quiere ser libre. Palabras adivinadas, nunca escritas ni pronunciadas. Palabras en forma de gestos que son entendidas como mensajes invisibles dirigidos a la diana del corazón.
Una profesora que recupera la fe en las palabras. Y una palabra -promiscuidad- que resurge como una palabra hermosa, no como escándalo para los oídos sino como reino de las delicias para una niña que juega a ponerse un disfraz abandonado. Un disfraz de diablo/diablesa conservado en el baúl de su abuela materna como reliquia de la ropa unisex.
El baúl de los disfraces de una abuela que soportó estoicamente haberse casado con un hombre al que no amaba. Y vivió junto a un buey que la montaba sin que ella sintiera una brizna de placer. Una mujer avanzada para su época que vivía aventuras fugaces para poder mantenerse viva. Una abuela que participó en orgías prohibidas y disfrutó en recepciones tediosas.
Porque le estaban permitidos […] los disfraces y los amantes y hasta las orgías, pero no le estaba permitido liberarse del buey que la pisoteaba, que la poseía noche tras noche en la cama sin entenderla, sólo la muerte hubiera podido liberarla, y el vieja no moría, mientras ella -nosotras- sí iba muriendo un poco cada día.
Un drama trágico que es un sustituto de la vida. Una obra con referencias a la posguerra española con sus contrastes entre virginales solteronas beatas y damas extranjeras en su propia ciudad. Descripciones con un humor ácido e irónico de los prototipos del Régimen y del valor de un apellido en la promoción social de un individuo. Es imprescindible la presentación de la familia protagonista, de la madre, el padre, los amigos, las vecinas, la portera… Una familia “típica” del bando de los vencedores, sin manchas en su historial. Hay referencias a la infancia en un colegio religioso y a los detalles de una casa en la que todo se modificaba en una rueda sin fin de cambios absurdos. Y por encima de todo Tusquets relata la opresión de la mujer en la sociedad franquista. Su sometimiento al hombre, su obligación de ser dócil y obediente. La presión de la familia y el entorno para que lo fuera y adoptara el papel de esclava.
Eso nunca se parece a lo que anhelamos en nuestra infancia, y es precisamente lo que anhelamos en nuestra infancia lo que hemos venido buscando a lo largo de la vida y lo único que tal vez podría satisfacernos, porque hay una diferencia insultante entre las realidades y el deseo.
Nada puede ser perfecto. Ni nadie lo es tampoco. Todos acaban perdiendo los papeles. Hay triángulos amorosos, sirvientes despedidas, relaciones extra-matrimoniales tras la fachada de familia respetable y con prestigio social. Y un magnífico relato del valor simbólico de una ofensa pública en el ámbito social en el que se desarrolla la novela.
Una estatua de Mercurio sonriente con sus genitales descubiertos sin la púdica hoja de parra, como metáfora de la hipocresía y de los valores puritanos de la sociedad española de la década de los cuarenta.
Un mes de mayo que es el símbolo de la pureza virginal y el territorio de las fantasías más lascivas y las perversiones más calenturientas. Las flores mutan en elementos sexuales, con su esperma dorado y sus labios blancos, azules, rojos o rosados.
Una pudorosa hoja de parra y una impúdica cinta rosa de encaje que son símbolos de dos realidades sociales y dos mentalidades antagónicas.
Entonces mayo era el mes de la Virgen y las flores, acaso fuera también el mes inconfesado de los más más imposibles amores, y mientras los lirios y las rosas blancas […] agonizaban […] nosotras soñábamos en alcobas nupciales atestadas de nardos.
Una niña adulta que se siente Alicia en el país de las maravillas. Por fin ha encontrado un hada tropical a la que seguir hacia el reino de Nunca Jamás y así podrá coser de una vez por todas la sombra a los pies del niño eterno. Una princesa “azteca” -algo desgarbada- que se convierte en vigía y vigilante de la princesa que nunca fue lo suficientemente princesa. Una joven tímida y algo huraña que acaba deshaciéndose como los helados que se derriten en el papel.
Gatos, flores, casas, pitidos de locomotora, disfraces, quillas, luces de mar… símbolos de la nueva realidad que dos mujeres han creado con su amor. Vivencias lesbianas ocultas que se desarrollan en un mundo de enanos, abrigadas en la sombra de los setos. Juegos de palabras con el triángulo y sus vértices. Fantasías de alto voltaje con descripciones eróticas tan subyugadoras como excitantes.
El otro protagonista de la obra además de la MUJER como género, es el MAR. El mar blanco, mar de la imaginación. El mar verde, mar de felicidad. El mar azul, mar de la angustia. El mar picado, mar del cielo. El mar ocre, mar de hojas caducas. El mar rojo, mar del remordimiento. El mar gris, mar de los desconocidos. El mar púrpura, mar de las oportunidades despreciadas. El mar naranja, mar de las pasiones demoníacas.
Yo era una criatura débil y apasionada, tan orgullosa como vulnerable, condenada a los embates de una furia fatal, de una pasión devastadora, que habría de estrellarme inexorable contra los acantilados del vicio, o contra los acantilados, no menos escarpados de la santidad y la virtud.
La prosa de Tusquets es fluida y el ritmo narrativo no es monótono. Es un sendero ascendente y descendente como una carretera de montaña. Su pluma tiene facilidad para crear ilusiones en los lectores: descripciones desbordantes e imaginativas de los genitales y puntos clave femeninos. Aventuras, exploraciones de territorios desconocidos, juegos de celos, danzas de cortejo, excitaciones compartidas. Teatros de Ópera que se convierten en palacios imaginarios de cuentos reales. Fantasías incestuosas concentradas en un fetiche. Fábulas en las que no hay diferencia por sexo. Diálogos entre pájaros de lo más diverso, desde el pavo real a los cisnes sin olvidar al patito feo. Ése que acabará siendo un cisne de plumaje albo.
Hay pasajes de un erotismo brutal y salvaje descritos con elegancia. Hay paisajes bucólicos que aquietan nuestro corazón. Paisajes tan nítidos que pueden respirarse. Hay sensuales retratos de las mujeres que van descolgándose por las lianas de la jungla del relato. Hay escenas oníricas saltando de la realidad a la ficción en un juego sin reglas repleto de cambios bruscos. Y hay un salto sin red como colofón a una vida de privaciones y sacrificios.
Se preguntan qué van a hacer con esta madre incorregible, pero ninguna de las dos me piensa de verdad, para ninguna de las dos existo de verdad, al igual que tampoco he podido existir nunca para Julio, porque si hubiera existido para él, de verdad, tal como soy, un solo instante, se hubiera producido el milagro.
Una historia infantil en tres actos. Un dolor que anula la visión de unos ojos criminales. Miradas que mueren bajo el peso del silencio ajeno. La pasión reflejada en las pupilas que acaba convertida en odio y repugnancia. Silencios intencionados que aniquilan miradas esperanzadas. Miradas duras y afiladas que aplastan sonrisas.
Al leer esta novela se aprecian discretas referencias a otras obras clave de la literatura lésbica como El pozo de la soledad de Radclyffe Hall, o a Las mil y una noches, a cuentos infantiles o al Lago de los cisnes de Tchaikovsky. Tusquets narra combates imaginarios entre una Odette y una Odile que luchan por conquistar a la misma princesa.
No voy a escapar jamás, la elegió para mí y por mí. Jorge la construyó para mí al abandonarme en la isla de Naxos, al abandonarme sin posible reencuentro a mitad de camino entre mis ya imposibles laberintos, que habían sido mi único refugio […] y aquel otro mundo más utópico del que no tuve más prueba que las palabras de Jorge.
El mismo mar de todos los veranos es un relato cercano porque quién no ha sentido alguna vez eso de “mi soledad empieza a dos pasos de ti”. Una obra que refleja la necesidad de que haya al menos un espectador para que la magia de la pantomima exista, para que el teatro sobreviva.
Una mujer madura que anhela romper la burbuja de la realidad para volver al reino de los sueños de su infancia y su adolescencia. Una mujer madura que encuentra una sirena caribeña con quien pretende romper las normas. Una ruptura silenciosa; escondida en el refugio de su aislamiento, evitando quedar expuesta a la incomprensión de los demás. Un juego de claves, de falsas posturas, de verdaderas intenciones, de equívocos intencionados, de signos inequívocos. De miedo, de afán de libertad.
La niña eterna supera su postración, sobrevive a la crueldad de los demás y se enamora de esa Wendy que ha logrado coserle su sombra a los zapatos. Una niña que va a ser una mujer completa. Con ella nunca volverá a ser un cuerpo vacío sin sombra. La alegría y las ganas de diversión vuelven a las mejillas de una mujer macilenta y solitaria.
Una intercambio de claves no entregadas, de insinuaciones perdidas, de gestos obsesivos, viciosos y placenteros. El ruiseñor de oro y esmeraldas del emperador adquiere vida y se convierte en una mujer ansiosa de alimentarse de los pechos de otra mujer.
Cojo a la ninfa entre mis brazos, y la oprimo, la mezo, le acaricio una y mil veces el pelo largo, sedoso, lacio, las mejillas mojadas, los hombros estremecidos, y entre beso y beso, en los breves momentos en que mis labios se separan un poco de sus labios, la arrullo con palabras increíbles, tan extrañas, palabras que no he dicho nunca a ningún hombre.
Explicaciones imposibles para un abandono. Vivir entre dos mundos obliga a conjurar espectros y convocar fantasmas para así desvanecerlos y apartarlos de la vida de quien los sufre. Desesperanza tras una mirada esquiva del destino y una decisión sin vuelta de hoja.
Tusquets describe rituales de conquista pensados hasta en el menor de sus detalles. Una ceremonia entre tres pozos de sombra. Un túnel emocional con dos salidas difíciles por igual, la castidad o el vicio. Y también intercala saltos desde los recuerdos de infancia a los predios de un nuevo presente de ilusión. Nos narra el desfile de un entierro que es la culminación de una época. El punto y final de una historia con nombre de mujer valiente y audaz. Mujer criticada y repudiada.
Y mi mano va abriendo suavemente el estrecho camino entre su carne y mi carne, entre nuestros dos vientres confundidos, hasta llegar al húmedo pozo entre las piernas, unas fauces babeantes que devoran y vomitan todos los ensueños, y yo me hundo en él como en la boca de una fiera, arrastrada por…
Surgen detalles como hacer que el aroma de un perfume sirva de vínculo entre dos almas irreconciliables y opuestas en fondo y forma. Nos encontramos con principios de un sueño que son finales de una realidad; y metas de un sueño que son la bandera de salida de una realidad.
Una danza macabra de la realidad que atraviesa la armadura de la fantasía y cala en el corazón del sueño que fallece sin remisión.
Y como cierre de esta recomendación, qué sería mejor que el leit motiv de esta novela veraniega: “Rapunzel, Rapunzel suéltate el pelo.”
Intentando no pensar en lo que dirían la anciana anglosajona y la doctora en Harvard, la divina Atenea y su más brillante sacerdotisa, a dúo y escandalizadas, o quizá sí pensándolo y hallando un incentivo nuevo en ello, porque es más vergonzoso amarte que decapitarte, es más terrible acariciar un segundo tu cola que cortarte la cabeza o ponerte sostenes de raso…
Todas las citas han sido extraídas de: El mismo mar de todos los veranos. Esther Tusquets. Editorial Anagrama, Barcelona, 1990.
Comentarios de Mirales generados por Disqus

¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.