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por Rubén GP

Carol

Agosto 2011

 

Vivir contra mi propia naturaleza, eso es degeneración por definición.

Una novela de Highsmith ocupa el espacio que MíraLES me reserva este mes para escribir sobre literatura lésbica. Una denominación bastante problemática, pues en muchos lugares aún no está muy claro a quién o a qué le corresponde la mencionada etiqueta. ¿A los libros que escriben lesbianas? ¿A los libros con historias sobre lesbianas? ¿Qué necesita un libro para ser considerado lésbico? Cuestiones como éstas aún no tienen una respuesta definitiva. Por eso, hasta que un dogma establezca lo prohibido, nos guiaremos por el criterio de “calidad” literaria. Un concepto aún más controvertido si cabe, pero cuyos escollos se superan con más facilidad: nuestros gustos pueden definirla.

Sólo tenía conciencia de Carol, de la mano de Carol que se deslizaba sobre sus costillas, del pelo de Carol rozándole los pechos desnudos, y luego su cuerpo también pareció desvanecerse en ondas crecientes que saltaban más y más allá, más allá de lo que el pensamiento podía seguir.

Carol es una novela escrita en 1952. El primer editor que la recibió la rechazó por considerarla “poco ética” y Patricia Highsmith tuvo que llamar a una segunda puerta. Esta vez sí la recibieron como merecía y con muy buen olfato comercial publicaron una obra que se convirtió en un auténtico best-seller y una referencia en la literatura homosexual. El título de esta obra (considerada “la primera novela lésbica con final feliz”) corrió de boca en boca, y los ejemplares se agotaron en sus sucesivas re-ediciones.

No os preocupéis porque no os he destripado el desenlace. Este dato aparece en la contraportada de Carol y en el prólogo de su autora. La historia de sus dos protagonistas es lo bastante amena y absorbente como para no darle relevancia al dato anterior. Y además, el final se construye con preguntas inesperadas, respuestas valientes, indecisiones bien decididas y gestos sorprendentes.

El más leve recuerdo o contacto contigo me deprime y no quiero rozarte ni rozar nada tuyo o relacionado contigo.

En las décadas de los cincuenta y sesenta (etapa pre-Stonewall), miles de ojos ávidos de libertad y corazones atribulados por el miedo descubrieron una historia de amor homosexual en la que, por fin, no había suicidios, matrimonios forzados o intentos estúpidos (e impuestos) por volver a “lo correcto” según los criterios de la Sociedad y la Justicia. Una pareja lesbiana en la que se vislumbraba un futuro, feliz o no pues eso depende sólo de ellas; pero una pareja a la que al menos se le ofrecía la oportunidad de comprobarlo.

Eres una chica muy guapa —dijo—. Y muy sensible, ¿verdad?
Yo creo que es usted magnífica —le dijo Therese con el valor de la segunda copa, sin importarle cómo sonaría, porque sabía que de todas maneras aquella mujer acabaría sabiéndolo.

La ambientación de esta obra es muy útil para que veamos (y comprendamos) las diferencias entre las clases sociales, sus hábitos, gustos, principios, valores, intereses y sus costumbres. Y a través de los detalles de sus descripciones sociales asistiremos a la consolidación de la clase media impulsada durante las tres legislaturas del presidente Roosevelt.

Una muñeca era una clase especial de regalo de Navidad, algo prácticamente vivo, lo más parecido a un bebé.

Junto a ello, veremos la eclosión de los primeros movimientos culturales del Green Village neoyorquino. Y los tímidos inicios de la liberación sexual de los jóvenes, las relaciones extra-matrimoniales así como el retrato del adulterio y la homosexualidad en la puritana sociedad estadounidense. En sus páginas además se refleja muy bien el aburrimiento y la monotonía de los trabajos de las mujeres que consumen su alegría vital trabajando tras los mostradores de unos grandes almacenes a mediados del siglo XX.

Tenía las cejas rubias, y subrayaban la curva de su frente. Therese pensó que su boca era tan sagaz como sus ojos, que su voz era como su abrigo, rica y suave, y que, de algún modo, parecía lleno de secretos.

Carol es la historia de una dama sui generis de costumbres peculiares. A grandes rasgos, en Carol se nos narra el romance de dos mujeres muy diferentes: Therese y Carol. La dama que presta su nombre a la novela, titulada en un principio The price of salt, es una sombra fantasmagórica omnipresente en el entramado.

Therese es una joven católica de 19 años criada en un orfanato de monjas. Es el fruto de una familia rota, con una madre desabrida a la que no amaba y un padre al que no conocía. Es una adolescente ingenua, que aún no ha madurado pero que sabe luchar para conseguir un puesto como escenógrafa teatral. Adorables son su ingenuidad y su timidez, muy propias de su época. La enjuta Therese vive en un minúsculo apartamento en un barrio humilde de NY, con una Virgen de madera como adorno principal en su estantería roja hecha con cajas de fruta. Un proyecto de mujer que se deleita con los manjares de sus sueños.

En su corazón permanece el recuerdo del amor infantil que una niña de ocho años sintió por una monja de su orfanato: la hermana Alice. Una tutora cariñosa que con sus transparentes ojos azules le tejió unos guantes de lana verde a su discípula favorita. Unos guantes que quedaron en el fondo de un armario envueltos en su papel de seda blanca como la reliquia de un sentimiento prohibido.

La felicidad era un poco como volar, pensó, como ser una cometa. Dependía de cuánta cuerda se le soltara...

Y alrededor del dueto de mujeres protagonistas revolotean tres varones: Richard, Dannie y Harge.

Richard es el hijo aburrido y convencional de una familia de inmigrantes rusos. Un pintor diletante que ama a Therese, la ataca despacio y espera la rendición con la certeza de su conquista. Y al ser vencido por el Amor pelea por ella recurriendo a una batería de prejuicios homófobos: enfermedad, locura, perversión, delito...

Después de diez meses, aún no estaba enamorada de él y quizá nunca lo estuviera. Y eso pese a que le gustaba más que ningún otro hombre que hubiera conocido. A veces pensaba que estaba enamorada de él. Se despertaba por la mañana […] recordando de pronto que lo conocía, recordando su rostro iluminado cuando tenía hacia él algún gesto de afecto.

Muchos son los sentimientos que ahogan el corazón de Therese en este relato. La inquietud por saber que no está enamorada de Richard y que nunca podrá estarlo. El temor a romper esa relación “socialmente correcta” e iniciar una aventura (marginada socialmente) con consecuencias imprevisibles. Sus remordimientos por no querer lo suficiente a ese hombre que decía amarla de verdad. La preocupación por no sentir ganas de salir con otros hombres y por rechazar las proposiciones de cualquiera que se le acerque.

Y después sus dudas por el afecto que parece sentir hacia un estudiante de Química que se ha prendado de sus encantos.

Dannie es ese graduado novato que trabajará en California y se desviará en su viaje para encontrarse con la mujercita a la que ama y decirle que la esperará durante unos meses hasta que aclare su vida y, sobre todo, su corazón turbulento.

Sí. Tú lo sabes, ¿no? —le preguntó Carol en su tono monocorde e inconfundible—. A ojos del mundo es algo abominable.
Por la manera de decirlo, Therese no pudo por menos que sonreír.

Y el último del trío es Harge, el esposo de Carol. Un cuarentón de ojos azules con rostro afable. Un buitre con plumaje de ruiseñor que bajo sus alas pardas incuba los huevos del odio, la venganza y los celos.

Su rastro hediondo dirige los focos hacia la prima donna de la obra: Carol. Ella es una dama de clase alta, rubia, elegante y con una hermosura deslumbrante. Una señora amante del color verde y de las mujeres. Unos ojos grises, un rostro pecoso, unos dedos finos con un llavero en trébol de cuatro hojas y un cuello pálido envuelto en pañuelos de seda verde y dorado. Aventurera y con un carácter duro, está divorciándose de su esposo Harge. Un matrimonio contraído por costumbre social, porque “todas las chicas de su edad lo hacían”. Un enamoramiento tan pasajero como vacío. Una mujer valiente y cobarde al mismo tiempo. Una dama con orgullo para no dejarse abatir ni pisotear y cobarde para no perder a quienes son parte esencial de sí misma.

Es fácil identificarse con el personaje de Carol, bastante más que con el de Therese. Porque a Carol la sentimos como un personaje contemporáneo. Todos hemos conocido alguna mujer así, parecida a ella o con problemas similares.

¿Por qué te lo tomas tan a la tremenda? —le preguntó ella—. Estás casi frenético.
—¡Tú te lo tomas tan a la tremenda como para romper conmigo! ¿Qué es lo que sabes de ella?
—¿Y qué sabes tú de ella? ¿Alguna vez se ha propasado contigo?

Las protagonistas se encontraron en Navidades en un abarrotado centro comercial. Therese trabajaba en la sección de juguetes y Carol buscaba una muñeca para regalarle a su hija Rindy. El reconocimiento fue inmediato y el flechazo también.

—¿Cómo crees que vas a poder crear algo si todas tus experiencias son de segunda mano? —le preguntó Carol, en un tono aún más suave y despiadado.

El proyecto de un crucero a Europa y un nuevo puesto como decoradora en una comedia de provincias sirven para que Therese rompa con ese horrible trabajo en los grandes almacenes.

Unas vacaciones en el Viejo Continente que se transforma en un viaje en coche por el invierno del Nuevo Mundo. La aventura de esta pareja de mujeres es un recorrido iniciático por los EE.UU. Por Illinois, Ohio, Philadelphia, New Jersey, Dakota, Iowa, Carolina, Arkansas y Nuevo México. Un circuito con salida y meta en el mismo estado: NY.

Un monito de peluche llamado Jacopo es el recuerdo de un antiguo viaje de amor de Carol. Y después es regalado por la amante eterna (Abby) como bautismo para el nuevo romance.

Había oído hablar de chicas que se enamoraban las unas de las otras y sabía qué tipo de gente eran y el aspecto que tenían. Ni Carol ni ella eran así. Pero sus sentimientos hacia Carol coincidían con todas las descripciones...

Un masaje de hombros tras tocar una pieza de Scarlatti al piano no lleva allí donde se esperaría. Y es que Carol es una caja de sorpresas y un modelo del arte de describir sin escribir. El sexo es algo implícito sin que se dibuje nunca nada con descaro. Se entrevé un cuerpo desnudo en la ducha mientras la espuma resbala por unos senos húmedos y se remansa en un vello púbico dorado. El primer encuentro sexual Therese-Carol transcurre en la habitación de hotel de una de las ciudades estadounidenses llamadas Waterloo.

Un nombre simbólico, pues esa batalla implicó la derrota del absolutismo napoleónico. Y es que muchas de las palabras de Highsmith combaten las ideas excluyentes, estereotipadas y burlescas sobre las lesbianas, sus gustos, sus apariencias y sus comportamientos.

Enamorarse. O incluso hacer el amor. Creo que el sexo fluye de manera mucho más ociosa en todos nosotros de lo que queremos creer, especialmente de lo que los hombres quieren creer. Las primeras aventuras no suelen ser más que una manera de satisfacer la curiosidad, y después de eso una intenta repetir las mismas cosas, tratando de encontrar ¿qué?

Párrafos hermosos y personificaciones deliciosas de los meses del año; flirteos en los diálogos; juegos entre comida y sexo; amistades y traiciones; un desagradable proceso de divorcio, con una niña de por medio cuyo régimen de visitas debe negociarse. Metáforas hermosas con la felicidad y la juventud desplegándose como el vuelo de una cometa. Paisajes que se desgastan de tanto mirarlos. Y otros detalles, como incluir novelas de Gertrude Stein entre los ejemplares de la biblioteca de una orden religiosa. Todo esto se ha guardado en el baúl nacarado de Carol.

Pero, en primer lugar, ¿podía ella decir que estaba enamorada de Carol? Había llegado a una pregunta que no sabía responder.

Patricia Highsmith destaca la importancia de la seguridad en uno mismo, en el ser humano en general y en sus posibilidades. Y nos muestra las dudas de los protagonistas sobre si el lesbianismo tiene origen natural o deriva del condicionamiento y el entorno social. Ellas saben que ser lesbiana está mal visto por el resto de la gente, que las despreciarán y odiarán por algo tan grosero. Y necesitan gran valentía para no renunciar a lo que persiguen, pese a todo y a todos.

Quiero decir que acostarse con hombres o mujeres depende mucho de la costumbre —continuó Carol—. Y tú eres demasiado joven para tomar esa decisión tan radical. O adoptar esa costumbre.

Carol es una novela de finales y comienzos, pero más de inicio y nuevas aventuras que sobre declives. Un libro que no es irregular en su ritmo. Mantiene un nivel continuo en medio de los altibajos emocionales de la historia del dúo principal. Ellas viajan desde la cumbre de la felicidad al abismo de la desolación, el miedo, la inquietud, el abandono. Sus corazones sienten la soledad acercándose, rodeándolos y controlándolos. Y sus carnes el desgarro por el dolor, la pena y la tristeza.

Un nuevo corte de pelo es el inicio de otra vida. Una vía para remontar el curso del río y abandonar la hondonada donde dejó a una mujer la torrentera de la burla y el desamor. Una riada de frías cartas de despedida, de rotura de ideales, de compromisos y principios.

Therese desoye los consejos de la razón. Lo que quieren advertirle sobre su amada y lo enfermizo de sus sentimientos. Muchos son los diálogos de sordos que quieren apartarlas de su amor. Las chantajean, las persiguen, las odian, las desprecian, las advierten... y ellas lo dejan todo de lado. Las derrotas acaban siendo victorias. El amor que les da la vida debe rechazarse porque la sociedad prohíbe ser una de ésas, una de las pervertidas. Unas preocupaciones resumidas en una frase: Hay que vivir en el mundo. Una frase que manifiesta cuán importantes son la visibilidad, el respeto y la tolerancia.

Seguro que había amor en la gente pobre, que esperaba su turno y preguntaba débilmente cuánto costaba tal muñeca, meneaba la cabeza apesadumbrado y se daba la vuelta. Trece dólares y cincuenta centavos por una muñeca que sólo media veinticinco centímetros de altura.

Nuestro estado de ánimo marca cómo captan los demás nuestras debilidades. La vida del ser humano es una vida de fénix en la que se renace para ir aprendiendo en cada resurrección o, al menos, intentarlo. Y en cada momento brotan melodías cuyas notas sirven como puente de cristal entre presente y pasado. Recuerdos y semblanzas del ser amado en todos y cada uno de los pequeños milagros de la Naturaleza: viento, Sol, Luna, pájaros, hierba, estrellas, flores, árboles...

En Carol se percibe el deseo de sentirse amada más que la necesidad de amar a alguien. Los desenlaces son difíciles y pese a ello, es una novela de esperanza. Hay miedo pero no hay suicidios ni muertes oscuras por conflictos irresolubles. Hay expectativas. Y una personalidad fuerte que se transmite en un gesto. Una persona será un gesto y una caricia se convertirá en una vida.

La relación entre dos hombres o dos mujeres puede ser absoluta y perfecta, como nunca podría serlo entre hombre y mujer, y quizá alguna gente quiere simplemente eso como otros prefieren esa relación más cambiante e incierta que se produce entre hombres y mujeres.

Y así tenemos una novela lésbica; y romántica; y detectivesca; y un libro de carretera (road novel), emotivo y sincero. Algo más de doscientas páginas repletas de imágenes de poesía que excitan e incentivan la imaginación. Y entre ellas muchas líneas que son una clara defensa de las relaciones gays, llegando a ser equiparadas con los matrimonios heterosexuales. Y todo ello combinado con unos cuantos dilemas existenciales terribles puesto que si nos hicieran escoger entre nuestro hijo y nuestra pareja, nuestro amor, ¿qué elegiríamos?

¿Por qué nos gusta alguien? ¡Qué excitante nos resulta hallar ese punto intrigante que nos seduce! Es ese poquito de sal que lo hace distinto, especial ante nuestros ojos y corazones. Y nos preguntamos: “¿cuánto nos cuesta la sal?” Y nos respondemos: “¿por qué la sal tiene un precio? ¿No deberían dárnosla gratis?”

Muchas gracias. Feliz mes de agosto.

>—Prueba con los mejillones. —Abby se estaba comiendo los suyos con fruición—. A Carol también le encantan.

Todas las citas han sido tomadas de:Carol, Patricia Highsmith, Trad. de Isabel Núñez y José Aguirre. Anagrama, Barcelona (1997).

Imágenes:Cupido de Parmigianino, Mujer bañandose de Tiziano, Diana y sus acompañantes de Jan Ver Meer, Judith y Holofernes de Tintoretto y Venus de Tiziano.

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