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por Rubén GP

Nocturno de Chile

Agosto 2011

 

Allí estaba Neruda, musitando palabras cuyo sentido se me escapaba pero con cuya esencialidad comulgué desde el primer segundo.

En esta novela del ilustre escritor chileno Roberto Bolaño se nos transmiten las que fueron las últimas palabras de un sacerdote que fue homosexual solapado, poeta inspirado y crítico literario afamado. Es el relato postrero que de su vida hace un cura instruido y temeroso. Un hombre de Cristo con nombre de mártir (precisamente el del santo icono de la homosexualidad); un primer apellido vasco (de las poderosas familias emigradas de Euskadi); y un segundo apellido francés (uno muy popular al ser el cierre del apellido del autor de La libertad guiando al pueblo).

En poco más de 150 lienzos, Bolaño nos bosqueja la vida, hechos y milagros de Don Sebastián Urrutia Lacroix, el sacerdote Ibacache. Pinturas al óleo, acuarelas, litografías, collages, grabados, bocetos inacabados... en los que se retratan muchos rostros. Imágenes de personajes reales (Neruda, Pinochet y su Junta Militar) y de individuos ficticios en los que se encarnan vicios, críticas, ilusiones y virtudes (El personaje de Farewell es un irónico retrato abstracto del famoso crítico Hernán Díaz Arrieta, alias “Alone”).

Habla usted como un chupador de picos. Y yo: nunca lo he hecho. Y Farewell: aquí estamos en confianza, aquí estamos en confianza, ¿ni en el seminario? Y yo: estudiaba y oraba, oraba y estudiaba. Y Farewell: en confianza, en confianza...

Nocturno de Chile es una obra crítica con la sociedad chilena del siglo XX en particular, y con el comportamiento del ser humano en general. Es una sátira, con un humor tan sutil como mordaz, en la que nos sumergiremos en el lago de su corazón. Y nos mancharemos con esa sangre oscura y caliente como los halcones ensucian su pico cuando asesinan a las palomas. Bolaño nos presenta a esas rapaces como un modelo de nobleza. Ellas cazan por instinto, sin hacer sufrir a la víctima, dándole una muerte limpia y “justa” o justificada desde un prisma naturalista. Sin embargo, el hombre aparece como el paradigma de lo indigno, de la injusticia. El ser humano caza no por instinto sino por satisfacción. Hace sufrir a sus congéneres por un placer morboso, tortura e impone condenas a “inocentes” por algo tan estúpido como el color de su ideología.

Su descripción de los sucesos de principios de la década de los 70 no es historicista. Todo aparece en el libro: desde el suicidio del presidente socialista Salvador Allende después del bombardeo de la Moneda, hasta la colaboración de algunos de sus ciudadanos en las ominosas torturas del régimen de hierro impuesto después; pasando por la entronización del General Pinochet, el apoyo de los EE.UU, la colaboración de la CIA... Y no obstante, nada de eso es juzgado ni preconcebido. Simplemente es expuesto con objetividad.

Y al mismo tiempo el miedo de oír aquello que no se puede oír, las palabras esenciales que no podemos escuchar y que con casi toda probabilidad no se pueden pronunciar.

En este libro no hay capítulos separados, ni párrafos ni puntos aparte siquiera. Es un continuo. Al igual que la vida, no puede detenerse sin desaparecer. Es por tanto, un flujo de palabras que manan sin descanso como el agua brota de un manantial. Unas palabras nos embriagan con el aroma de los libros y la soledad de ese cura, de edad inexacta, que saluda a las dos dimensiones del mundo desde una cama situada frente a una ventana solitaria.

Un hombre que en sus últimos momentos parece no querer disfrutar del llamado “coro de ángeles”. Ese lugar en el que sólo hay música, el único lugar digno de ser habitado.

Nuestro buen padre Sebastián es elegido para impartir clases de marxismo y socialismo nada más y nada menos que a la jerarquía de la Dictadura: Augusto Pinochet y los tres miembros de su Junta Militar.

La relación es cordial pero no brota la semilla de la amistad entre ellos. El General atiende durante las lecciones pero carece de habilidad para ir más allá de la fría urbanidad.

El Libertador de la Patria y el sacerdote instructor pasean juntos en primavera por un jardín bajo los ojos brillantes de la subyugante luna llena chilena. Y conmovido por esa sonrisa blanca, el padre Sebastián recita dos de los poemas más bellos del italiano Giacomo Leopardi. Versos que no afectan al General. Como estricto hombre de Estado, él se muestra indiferente a esas emociones que van más allá de la formalidad y el protocolo militar. él es un hombre que se presenta a sí mismo como un soldado intelectual e interesado por la Cultura. Un experto en asuntos militares, políticos y económicos. Un hombre que incluso lee alguna que otra novela. Pero un hombre que ignora la poesía porque el ha enterrado la sensibilidad y la emotividad humanas. Es un hombre que parece tener siempre en sus oídos el popular: ¡General Pinochet, esta lucha es por usted!

Un espacio inhabitable pero el único espacio que vale la pena habitar, un espacio en donde dejaremos de ser pero el único espacio en donde podemos ser lo que de verdad somos...

Nocturno de Chile es un excelente retrato costumbrista de su país. La primera parte de la obra se entronca en la mejor tradición de la novela naturalista que por estos lares tan bien cultivaron Emilia Pardo Bazán, Clarín o Galdós. Y la segunda parte es una novela psicológica, describiendo la realidad desde el interior de su protagonista.

Leeremos una denuncia y una crítica de la situación en la que vivían los campesinos -mucho peor aún sus mujeres- en Sudamérica a mediados del siglo XX. Un mundo rural oprimido por los caciques, con miles de personas obligadas a vivir en el servilismo absoluto, con miles de mujeres oprimidas por sus señores y por unos esposos que también eran sus amos.

Su ignorancia, su analfabetismo, su temor reverencial a Dios y su respeto a la Iglesia y su clero. La influencia de la religión católica, de una Iglesia cuyo comportamiento y actitud hacia los cambios sociales siempre ha sido cuanto menos cuestionable.

Pero no todo es negro en la vida de estos aparceros. También hay momentos en los que algunos rayitos de felicidad alumbran su pobreza extrema y con gran humildad van dispersando la oscuridad permanente.

Ojeras. Labios partidos. Pómulos brillantes. Una paciencia que no me pareció resignación cristiana. Una paciencia como venida de otras latitudes.

Con tanta crudeza como sinceridad muestra la repugnancia que un joven sacerdote esta sintiendo cuando la gente lo rodea y empiezan a besarle la mano y a hacerle peticiones imposibles. Un asco mal disimulado que se traduce en un áspero: ¡Reza más, hija mía, mucho más!

En la obra se respira la influencia del tango y de sus letras desgarradas como denuncia de las infamias pasionales y las dolorosas desigualdades sociales. Y también se huele el orgullo nacional.

La defensa a ultranza de la patria, muy a menudo identificada con la tierra como fuente legítima de poder y orgullo. Y se captan los juegos de Bolaño con los títulos nobiliarios y los derechos, poderes y misiones “divinas” de los gobernantes. Hombres que se consideran elegidos por el Poder Supremo para regir el destino de la nación y evitar el caos y la degeneración de sus súbditos.

También es canto amargo contra el sistema político imperante. Se puede sentir que en el fondo intenta decirnos que más allá del color del Gobierno, el hecho diferencial está en la capacidad de éste para ponerse en el lugar del pueblo y entender sus problemas y necesidades.

Y una crítica afilada a los comentarios silenciosos sobre la supuesta homosexualidad de los demás. Palabras que hieren a esos hombres que defienden a ultranza las llamadas leyes naturales. Dureza verbal para los intentos de normalizar lo que no admite norma alguna. Y desprecio hacia las leyes de los hombres cuando éstas son injustas o inmorales.

Muy interesante es la manera en que Bolaño refleja los intentos reales de don Augusto (curioso que lo bautizaran con un nombre de emperador, una amarga coincidencia o una premonición irónica) por desacreditar a Salvador Allende (otro nombre curioso para quien acabo siendo un mártir) haciendo entender que el presidente socialista era una especie de zote ignorante, muy alejado de cualquier fuente intelectual.

Cuando volvió a subir las escaleras el niño me miró por encima del hombro de la empleada que lo cargaba en brazos y tuve la impresión de que esos grandes ojos veían lo que no querían ver. María Canales se sentía orgullosa de él...

Las palabras del moribundo nos hablarán sobre las salas de tortura de la DINA, la agencia encargada de interrogar a los “disidentes” comunistas. Y asistiremos al envejecimiento de la rebeldía juvenil ya sea ésta de derechas o de izquierdas. Un inconformismo que casi siempre acaba apolillado y sumergido en el fondo de un cajón mohoso. Y podremos pasear por las ruinas de una dictadura que muy pronto perdería la última de sus reliquias. Una buena muestra de cómo el polvo y el olvido cubren cualquiera de las obras del ser humano. ¡Qué efímera es la fama en este mundo! Sic gloria mundi transit, que nos diría Cátulo.

Hice como que entendía y dejé que mi mirada vagase por el local carente de sillas. Algunos hombres me devolvieron la mirada. En los semblantes de algunos creí descubrir un dolor inmenso. Los cerdos también sufren, me dije.

Uno de los “capítulos” más profundos y evocadores de la novela es aquel en el que se nos cuenta la historia de don Salvador Reyes. Un literato y diplomático chileno destinado en París durante la ocupación nazi. Un caballero que puntualmente llevaba algunos alimentos a un pintor guatemalteco que vivía en una pequeña buhardilla. Un anfitrión solitario que apenas hablaba con su generoso invitado. Un hombre joven y fracasado que desde la única ventana de su buhardilla contemplaba el desolado espacio de un París ocupado; un París privado de su paleta habitual por el gris uniforme de los invasores alemanes. Un hombre que sufría de “melancolía”. Un hombre-silueta que no comía, casi no hablaba y ya sólo miraba. Miraba con los ojos fijos en un punto perdido en la oscurecida Ciudad de la Luz. La cima de la etapa es el encuentro con el heroico piloto y escritor nazi Jünger. Una conversación sobre Alberto Durero, sobre libros y héroes, sobre cómo vivir la vida en el recuerdo. sobre la alegría de la melancolía y sobre la disposición para una vida... incierta.

Otra anécdota propicia para el comentario o la reflexión es la historia del zapatero austriaco que le pide permiso al Emperador para erigir la llamada ”Colina de los Héroes (Heldenberg)”. Reflexión sobre la vanidad humana, la muerte y la vida en el recuerdo.

Y yo: para mí sería un honor. Y Farewell: o procedería a arrastrarlo al baño y a culeármelo de una buena vez. Y yo: no es usted quien habla, el el vino, son esas sombras que lo inquietan. Y Farewell. No se ruborice, todos los chilenos somos sodomitas Y yo: todos los hombres son sodomitas, todos llvan un sodomita en el arquitrabe del alma, no sólo nuestros pobres compatriotas, y uno de nuestros deberes es ponernos sobre él, vencerlo, ponerlo de rodillas.

Nuestro buen Sebastián, miembro del Opus Dei, emprende un viaje por Europa para aprender cómo evitan allí el deterioro de las iglesias y catedrales. Una aventura auspiciada por los señores Odiem y Oido, quienes la financian y patrocinan. Miedo y Odio son los dos sentimientos que mueven el corazón del sacerdote.

Las iglesias y los lugares escogidos para esta travesía europea son simbólicos como los nombres de los halcones de los maestros cetreros; rapaces que han sido bautizados con la capa de los grandes héroes trágicos. Tragedias, comedias, ensayos, relatos históricos y demás clásicos greco-romanos que serán la “orquesta silenciosa” que acompañará al Golpe Militar en el espíritu y en el dormitorio de Urrutia.

Enunciar los hechos intercalándolos con referencias a los clásicos es el medio elegido por Bolaño para reconstruir el viaje de la sociedad chilena desde la etapa previa a la victoria de Allende hasta el triunfo del golpe de Pinochet.

El cielo azul de Santiago nos habla de paz, de tranquilidad y de silencio. Un silencio sin libertad, impuesto por el toque de queda perpetuo. Un renegar de los orígenes por miedo, vergüenza o cualquier otro sentimiento despreciable.

Farewell les iba guiñando el ojo a unos desconocidos. Eran jóvenes y parecían malhumorados, pero a mí me parecieron surgidos de un sueño en donde el mal humor y el buen humor sólo eran accidentes metafísicos.

El cierre de la novela y de la confesión del padre Ibacache es de una dureza insólita. Un cerrojo sin llave enganchado a las cadenas de la fuerza residual del paradójico joven envejecido. Un espíritu cansado en cuya boca anida el leitmotiv, el latiguillo de la obra en forma de pregunta retórica: Sordel, Sordello, ¿qué Sordello?

Un candado para un baúl lleno de remordimientos y sentimientos de culpa por asesinar a ese espíritu interior que trató de liberarse. Un baúl repleto de angustia por haberse dejado dominar por él. Y desbordado por un revoltijo de deseos sexuales insatisfechos, atracciones inevitables, batallas perdidas de antemano...

Uno tiene la obligación moral de ser responsable de sus actos y también de sus palabras e incluso de sus silencios, porque también los silencios ascienden al cielo y los oye Dios y....

Además de su manejo prodigioso de la sintaxis, Bolaño demuestra un amplio dominio del vocabulario. Escoge las palabras con mimo, logrando que un personaje nos quede descrito y ubicado con unas cuantas palabras que salen de su boca.

Y magistral es la manera en que el difunto escritor chileno nos describe los cambios del alma del padre Sebastián. Un oscurecimiento progresivo que hace volar a su pluma desde la “alta lírica” (la poesía apolínea sobre los sentimientos y el espíritu) a la “lírica vulgar” (la poesía dionisíaca sobre las pasiones carnales).

Una novela en la que los más dispares asuntos son tratados y sacados a las tablas de una manera así como distraída, “a la chilena”.

Y yo le acariciaba la espalda, una espalda a la que le había salido una pequeña joroba, pero que por lo demás seguía siendo una bella espalada, como la de un labriego adolescente o como la de un atleta primerizo, e intentaba...

Una vez más se nos señala la necesidad del diálogo y el intercambio de ideas entre los intelectuales, escritores y demás artistas para evolucionar y mejorar sus propias concepciones. Las dictaduras asfixian estos préstamos de ideas al prohibir las reuniones, las asociaciones o el paseo en grupo por una avenida.

Y se nos aparecerá el árbol de Judas, el símbolo de la traición absoluta, del pecado más nefando. Y lo hará en los miles de cuerpos mancillados y espíritus quebrados que se lamentan en el silencio y la oscuridad del sótano de una casa apacible. Una casa en la que los literatos y los artistas charlan alegremente y se intercambian críticas y cumplidos. Todos ellos sabedores de que viven en una burbuja de papel pero ignorantes de los pies de barro del gigante que los acoge.

Han de ser los ojos de un niño, prototipo de la inocencia, los que vean aquello que los ojos de los adultos (paradigmas del cinismo) se niegan a ver y a mostrar a los demás.

De vez en cuando alguna de sus palabras llega con claridad. Insultos, qué otra cosa. ¿Maricón, dice? ¿Opusdeísta, dice? ¿Opusdeísta maricón, dice? Luego mi cama da un giro y ya no lo oigo más.¡Qué agradable resulta no oír nada!

Nocturno de Chile es una novela dotada de tanta fuerza como el amarillo de las calles de Santiago. Un amarillo delicuescente que absorbe las ilusiones y las decepciones. Un amarillo que absorbe incluso el azul del cielo del resto del país.

Su primoroso título bebe de esta fuente y evoca una melodía de ocaso o de amanecer. Y así se construyen una narración ocre. No en vano es el relato de un santo varón agonizante. Son las confesiones de un hombre cuya sotana y cuya alma están manchadas por el polvo del camino de su vida. El arranque es suave, muy tranquilo, como la Aurora en la Patagonia. Y su final deslumbra como la puesta de sol en una playa de Valparaíso. La cadencia de su lectura me ha llevado a evocar el Concierto para violín nº 2 de Camille Saint-Saëns, la Tercera sinfonía de Mahler y el Concierto nº 7 en Re menor de Albinoni. Un viaje desde el nacimiento a la muerte en un día de verano en un bucólico valle andino. Las palabras se ordenan en una prosa teñida por el mismo lirismo que Bolaño nos legó en Los detectives salvajes. El ritmo narrativo es equilibrado sin que haya etapas demasiado tediosas ni intensas en exceso. Mantiene un fluir sosegado consigue una obra con aroma a Historia, un tacto cálido como un metal en el alba y un sabor agridulce como una vida, como cualquier vida.

Mala cosa. Querer es bueno. Impresionarse es malo.

Una historia de allende los mares que conmueve hasta hacer reír y hasta hacer llorar. Lágrimas de alegría o de tristeza que siempre podremos enjugar en el borde de nuestras frazadas antes de encender la oscuridad y dejar que la almohada acaricie nuestro rostro.

Una ficción real tan breve como entretenida que bien puede leerse de un tirón en 3 o 4 horas. Eso sí, su lectura puede no llevar mucho tiempo, pero el tiempo que nos deja libre nos servirá para pensar. Nocturno de Chile tiene un don para mover los engranajes de nuestra mente y hacernos pensar mucho, tal vez demasiado. Es cuestión de gustos, y para satisfacerlos todos ya están los colores, ¿no os parece?

Disfrutadla. Muchas gracias.

El joven envejecido, lo que queda de él, mueve los labios formulando un no inaudible. Mi fuerza mental lo ha detenido. O tal vez ha sido la historia. Poco puede uno solo contra la historia. El joven envejecido siempre ha estado solo y yo siempre he estado con la historia.

Todas las citas han sido tomadas de: Nocturno de Chile, Roberto Bolaño. Anagrama, Barcelona (2000).

Imágenes:La llegada de Maria de Medici a Marsella de Rubens, Alegoría de las bendiciones de la Paz de Tintoretto, Santa Catalina de Alejandría de Caravaggio y Josué y la esposa de Putifar de Tintoretto.

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