
El color púrpura es un libro epistolar. Es el relato de una vida a través de unas cartas dirigidas primero a Dios, después a una hermana perdida y a unos hijos desconocidos y finalmente a la naturaleza en su inmensidad, al Todo absoluto. Esas cartas son un canto a la soledad y a la desesperanza pero también son un canto a la esperanza y al amor. Son cartas escritas por la mente de una mujer para plasmar los colores de un mundo que no entiende y en el que no halla ni un resquicio para poder entrar.
La primera vez que vi el cuerpo de Shug Avery, largo y negro, con sus pezones de color ciruela negra iguales que sus labios, me figuró que me había convertido en hombre. ¿Qué miras?, me pregunta. Cortante. […] ¿Nunca habías visto una mujer desnuda? No, señora, le digo. Nunca...
Es el diario que la flaca, fea, ignorante, lesbiana, pobre, negra e inútil Celie (miss Celie, la pobre Celie) escribe para expresar aquello que no le dejan decir porque las mujeres no hablan y mucho menos las esclavas domésticas. El color púrpura es el relato de una vida escrito para Dios, para los hombres y sobre todo para la mente que lo redacta.
¿Quién te has creído que eres?, me pregunta riendo. Tú no puedes maldecir a nadie. Eres negra, eres pobre, eres fea, eres una mujer. Vamos, que no eres nada.
Esta novela entrañable es el fruto del vientre “espiritual” de la feminista negra georgiana Alice Walker. Una mujer valiente que siendo niña escuchaba los relatos de sus padres y sus abuelos sobre la vida en los campos de algodón. Una tradición oral que le sirvió como inspiración para crear la historia que nos presenta en esta obra que recibió el Premio Pulitzer en 1983. El primero que se concedía a una mujer negra.
Ojalá encuentre a alguien y se case. Mira mucho a mi hermana pequeña, y ella está asustada. Pero yo le digo: yo cuidaré de ti. Si Dios me ayuda.

La obra arranca narrando una violación. Una doncella negra de 13 años es desvirgada por el falo del compañero de su mamá, por su supuesto padre, su Pa. Un violador despreciable que aprovecha la enfermedad de la madre de la niña para coaccionarla diciéndole: “No se lo cuentes a nadie más que a Dios. A tu mamá podría matarla.” Una violación silenciada por esa amenaza y convertida en una costumbre. Un año de continuas relaciones forzadas; doce meses pisoteando la dignidad de una mujer con el alma infantil. Una niña despreciada que vive entre el dolor y la alegría de una ensoñación aún incumplida.
Él no me dijo ni una palabra amable. Sólo: Eso que tu mamá no quiere hacer vas a hacerlo tú. Y me puso en la cadera esa cosa y empezó a moverla y me agarró los pechos y me metía la cosa por abajo, y cuando yo grité, él me apretó el cuello y me dijo: Calla y empieza a acostumbrarte.
Celie también fue una niña maldecida por su madre moribunda. Una madre que descubre a su hija preñada y piensa que es de algún tipejo con el que fornica a escondidas. La pobre mujer ignora que es la cosecha de su “querido” marido. Un embarazo al que le seguirá un segundo. Una parejita de infantes que le son arrancados a la niña Celie por su procreador. Y son asesinados en el bosque, abandonados o vendidos. Ni el consuelo de saber cuál ha sido su destino se le da a esa niña-madre humillada. Y no obstante, pese a haber sido menos que el felpudo en el que su Pa se limpia el barro de las botas, ella conserva intacta su bondad y dirige sus esfuerzos a evitar que su hermana pequeña padezca los mismos tormentos.
Hoy me ha pegado porque dice que en la iglesia le guiñé un ojo a un chico. Algo que me entraría, porque de guiñar, nada. Y es que a los hombres ni los miro, la verdad. A las mujeres sí las miro, porque a ellas no les tengo miedo.
Una pobre niña que debe soportar cómo la llama mentirosa y la injuria su cruel amo negro. Porque la joven Celie vive como una esclava. Primero a las órdenes de su padrastro y después a las del viudo que la llevó a su hogar para que cuidara de sus hijos. Y es que fue entregada sin contemplaciones por el violador que quiso reservarse para su deleite a la flor de la familia: la pequeña Nettie. Por fortuna la hermana menor de la fea Celie escapó y dejó atrás, muy atrás, ese ambiente y a esas bestias con envoltorio humano. Y tan bien lo hizo, que durante muchos años nada supo de ella la resignada Celie.
Oh, Celie, la desconfianza es algo terrible. Y también lo es el daño que podemos causar al prójimo sin querer.
Mediante este acuerdo matrimonial, en el que una vaca fue lo más importante del contrato (mucho más que la flaca Celie) la niña ultrajada se transformó en madrastra humillada. Unos años más oscuros que su piel en los que sólo había una semilla de esperanza: Cierto día, en la ciudad, reconoció a uno de sus hijos. Iba con un matrimonio que lo trataba con dulzura. La buena Celie sonríe al verlo y consuela su dolor pensando que al menos su hijo vive mejor de lo que hubiera hecho de haber seguido con ella. Un encuentro que también logró aplacar su angustia al imaginar a sus hijos muertos, perdidos en la noche eterna.
Miss Celie es además una negra arrancada de la escuela a la fuerza. Es una mujer que como casi todas las demás, carecía de capacidad de decisión. Sus varones las manejaban como a la mercancía; las vendían, casaban ,violaban, pegaban, torturaban, escupían, mataban... Y eso por no comentar las vejaciones a las que las sometían los señoritos blancos para los que trabajaban.
Un sistema patriarcal (machista y clasista) que no entendía del color de la piel. Igual se aplicaba a los blancos que a los negros. La discriminación racial era un problema entre clases sociales, la marginación de la mujer era la norma en todas ellas.
Harpo, tienes que ayudar a Celie a traer agua. Ya eres un hombre y es hora de que ayudes.

Son las mujeres las que tienen que trabajar, dice él.
¿Qué?
Que para trabajar están las mujeres, y yo soy un hombre.
En su vida no puede cumplir siquiera un deseo tan simple como ir a ver a una cantante. Las mujeres deben estar en casa, no en los bares ni en los clubes. La diversión es cosa de hombres y sólo ellos pueden hacerlo.
Celie cocina, limpia, friega, trabaja en el campo, cose, clava tablones, remienda y pone su cuerpo para que se la folle su “esposo”. Y lo escribo así porque como podéis imaginar, una mujer no podía sentir placer en el acto sexual. La mujer debía hacer que el hombre gozara, pero ella ni podía imaginar algo así. Nada era tan aberrante en la mentalidad de la época como pensar que una mujer podía disfrutar sexualmente. Bueno, algo lo era aún más: la homosexualidad, femenina o masculina.
Tanto dolor la convierte en una mujer sin ilusiones que prefiere callarse antes que volver a recibir más golpes. Nada cuestiona porque nada le dejan preguntar. Ella es sumisa porque no cree que luchar sea útil. Prefiere convertirse en un árbol, ser madera insensible, antes que recibir mayor castigo por intentar rebelarse. Además ¿qué haría si se rebelara? Todas las demás aceptan su destino, ésa es su obligación.
¿Nunca le has pegado?, pregunta Mr.---
Harpo se mira las manos. No, señor, dice en voz baja, cortado.
Entonces, ¿cómo quieres que te haga caso? Las mujeres son como los niños. Hay que hacerles saber quién manda.
Y eso como mejor se consigue es con una buena paliza.
Por suerte, hay alguna excepción a esta norma de mujer sumisa y cumplidora. Sofía, la esposa de Harpo, uno de los hijastros de Celi. Sofía y sus hermanas son conocidas en la ciudad como “las amazonas” por su fortaleza física, su determinación férrea y su incapacidad para tolerar las humillaciones. Este carácter, valiente pero insuficiente, lleva a Sofia a la cárcel por golpear al alcalde blanco. Una condena de 12 años de prisión por un puñetazo. Una pena tan dura que incluso la amazona negra acaba por doblegarse y cumplir la mayor parte de la pena como criada de la señora a la que respondió: Mierda, no. Una respuesta airada a la oferta de la dama blanca para que trabajara como su criada. Una respuesta irrespetuosa que además de la prisión, le costó a Sofía una paliza de muerte y el desprecio de quienes no tenían el valor de rebelarse.
Ahora me doy cuenta de que Shug tiene una manera de hablar y a veces hasta de hacer, que parece de hombre. Los hombres dicen estas cosas a las mujeres. Chica estás imponente. Las mujeres siempre hablan del pelo y de la salud. De los niños […] Ninguna le dice a la otra que está imponente. […] Shug le digo con el pensamiento, estás imponente, chica, bien lo sabe Dios.
La flacucha Celie es una esposa que ni siquiera sabe cuál es el nombre de su marido. Ella se dirige a él anteponiendo Mr. al apellido. Es una esposa que incluso debe cuidar de la amante enferma de su marido. Una cabaretera negra como el betún que al principio desprecia a la anfritiona por su fealdad y servilismo. Pero que con el tiempo se convertirá en el amor verdadero de la vida de Celie.
Y es que cualquier océano, por inmenso que sea, ha de tener una orilla. Y las olas del oscuro mar de las desgracias de Celie rompen en los acantilados de la isla de la felicidad de Shug Avery (Shug es apócope de Sugar). Ese dulce apelativo es el nombre de esa cantante de variedades independiente, libertina y bisexual. Celie y ella acabarán viviendo juntas en la casa rosa de Miss Avery. Y allí rodeadas de tortugas y elefantes en figuras, colchas y cortinas vivirán felices durante bastante tiempo. El suficiente para que los ojos oscuros de Miss Celie ardan de pasión y descubran que el mundo no nos viene impuesto. Nosotros podemos cambiarlo y crearnos nuestro propio universo. Sólo necesitamos valentía, fuerza de voluntad, capacidad de sacrificio y trabajo duro. Y el apoyo de alguien que nos conforte en los momentos duros y nos dé alas en los buenos ratos.
Yo te quiero, miss Celie, me dice. Entonces se levanta un poco y me da un beso en la boca. Hum, dice como sorprendida. Entonces la beso yo también y digo: Hum. Y seguimos besándonos hasta no poder más. Luego nos tocamos.
Una hermosa relación lésbica que se romperá porque Celie se cansa de soportar los escarceos de su mujer Sugar con hombres jóvenes.
Una ruptura sin rencor, con comprensión y manteniendo encendida la hoguera del amor. Y como es comprensible una ruptura dolorosa. Inmenso es el dolor de sentirse abandonado por nuestra amante. Más profundo aún es el dolor de la traición que impide que nuestras cuerdas vocales vibren y nos hace recurrir a escribir lo que sentimos, lo que queremos decir en ese amargo momento.
Yo me acuerdo de mi hermana Nettie. Y me acuerdo tan a a lo vivo que hasta me duele. Alguien a quien acudir. Tiene que dar tanto gusto que no sé si podría resistirlo.
La negra, fea y débil Celie vivió en la pobreza durante muchos años. Y si el mundo hubiera sido justo, ella no tendría que haber aprovechado la tela de los sacos de harina para hacer cortinas. Pero su sociedad machista y racista no estaba dispuesta a permitir que una negra joven poseyera riquezas y pudiera vivir sola. Menos aún si ella no tenía un hombre al que dar placer en la cama.

Por eso ella debe soportar durante muchos años a un marido infiel, egoísta y pusilánime. Un marido que es tan ruin como para esconder las cartas que le ha estado enviando a miss Celie esa hermana que se marchó para no volver más. Unas cartas sacadas por los dedos negros de Sugar del fondo de un baúl oscuro que pertenece al hombre que pretende tener a su esclava Celie completamente aislada del mundo. Un aislamiento que absorbe las esperanzas de esa mujer que sufre al vivir abrazada por la soledad absoluta.
Y es que la protagonista vive durante tantos años en una soledad tan solitaria como vacía, que el alma se vuelve lágrimas al leer sus confesiones a Dios.
Estoy contenta. Tengo amor, tengo trabajo, tengo dinero, amigos y tiempo. Y tú vives y pronto estarás en casa. Con nuestros hijos.
No obstante, la cara amable del mago Destino consigue que los niños “perdidos” de Celie acaben en las manos de su hermana fugada Nettie. Una niña lista que está siendo educada por la pareja de misioneros negros que “adoptó” a los dos bebés: Olivia y Adam. Y todos ellos viven felices en una misión entre la tribu africana olinka.
La lectura de las cartas de Nettie enciende la vela de la esperanza y de la ilusión en el alma de Celie y le dan tres razones para luchar. Tres razones que unidas a la fuerza, constancia y amparo de su Shug conseguirán que decida abandonar el abismo de sumisión en el que vive; y escale sus paredes hasta llegar a ver el brillo del rocío matinal en la pradera de una nueva vida en libertad.
Y durante esta etapa, el relato se convierte en una novela de gente tan negra que de puro negro son azules. Nos acerca la vida, usos y costumbres en un poblado africano. Descubrimos las inquietudes, afectos y temores de sus habitantes. Y las de sus visitantes. Nos ofrece información sobre sus funerales, sus cabañas, su forma de vida, sus cultivos incluso sobre sus rituales de iniciación sexual o la forma en que actúan cuando llega la menarquia de sus hijas.
Mira, ahí bajo, en el minino, tienes un granito que se calienta cuando haces eso que tú ya sabes con alguien. Y se calienta y se calienta y por fin estalla. Eso es lo bueno. Pero hay más cosas buenas. Besos, caricias con los dedos y con la lengua.
Un detalle interesante (más allá de la historia) es ver cómo en una de las cartas de Nettie se pondera la alegría que uno siente cuando llega a un lugar lleno de gente que es como tú. Y más todavía cuando esa gente vive allí feliz y libre aun a pesar de ser como tú. Un recurso narrativo de la autora que no es sino una maravillosa alegoría de la liberación del homosexual de sus cadenas, recurriendo al paralelismo con la rotura de los eslabones de la discriminación por el color de la piel.

También son especiales los párrafos en los que miss Celie nos cuenta cómo descubre su cuerpo y su sexualidad. Sus comentarios son de una ternura e inocencia sorprendentes. Imaginar las escenas descritas con ese aire tan infantil te lleva a querer estrechar a alguien entre tus brazos o a que te estrechen a ti en ese preciso instante.
Intimidades que se cuentan y que no están siendo escuchadas porque la mente está ocupada por la nada, y por una nada en cantidad.
Otra curiosidad es que en esta época el Harlem neoyorquino era visto por los negros del Sur como un paraíso de libertad. Era un barrio para negros opulentos con gas, agua corriente y electricidad. ¡E incluso retretes en el interior de las casas!
Querido Dios:
Se acabó, dice Shug. [...]
Pero yo estoy atontada.
Mi papá linchado. Mi mamá, loca. Mis hermanos, sólo hermanos a medias. Mis hijos, no son hermanos míos. Pa, no es mi pa.
Debes de estar durmiendo.
Entre todas las cartas del libro, hay una sola que no lleva la firma de Celie o de su hermana Nettie. Y ésa es una carta en la que se le comunica que su hermana y sus hijos viajaban desde Liberia África a los EE.UU. en un barco inglés hundido por minas nazis. Y que por tanto habrán muerto todos. Una carta extraña, enemiga de las demás, que como el fuego del verano arrasa las ilusiones apenas brotadas en el jardín de miss Celie. Un jardín que había sido abonado poco antes con la alegría de saber que sus hijos no eran fruto del incesto pues su Pa no era su padre verdadero. Un tornado de dolor que arranca la fe y el sentimiento religioso en la hasta entonces muy devota Celie. Una mujer que después blasfema sin temor, siendo criticada su actitud por quien es considerada “una descarriada”: por su Shug y sus teorías acerca de la divinidad de la Naturaleza. La autora, escritora y médium, introduce en su discurso una dura critica al racismo en la imagen de Dios que nos presentan. Dios siempre tiene aspecto de hombre blanco, de europeo, de amo.
Y destaca la importancia de la educación, de saber escribir bien y de ser educado y respetuoso para lograr aquello que se busca. Y Walker también nos invita a reflexionar sobre la sinceridad de los cambios que se dan en algunas personas. Es decir, el agresor cambia, la víctima perdona y ambos vuelven a compartir su tiempo y parte de sus vidas. ¿Es esto una cadena lógica de acontecimientos?
A mí me parece que Dios se mosquearía si al pasar por un campo, no vieras El color púrpura.
El color púrpura es, en esencia, la crónica de la vida de una mujer que siempre está en la ribera del río de la vida. Al principio ni llega a mojarse los pies siquiera. Y cuando por fin se decide a entrar en el agua, es la corriente la que la arrastra. Ella es una mujer atemorizada que nota cómo se ahoga y se hunde en el fango de ese río. Necesita aprender a nadar y para eso hace falta alguien dispuesto a enseñárselo. Celie es una secundaria en su vida y lo peor de todo es que son muy pocas las veces en las que ha pensado que podría ser protagonista. Afortunadamente, encuentra una mujer decidida a enseñarle cómo sortear los rápidos del río y no precipitarse por la cascada de la desesperación. Y la huesuda y sumisa Celie aprende bien. Y supera los obstáculos y consigue controlar sus extremidades para que nunca más sea la corriente quien la arrastre sino que cualquiera de sus movimientos nazca en su voluntad.

Y como recompensa a este esfuerzo titánico, la pobre Celie puede gozar al fin de su Liberia particular. Ese país africano fundado por esclavos liberados que regresaron a la que era su tierra ancestral después de haber recuperado su ultrajada dignidad. ¿Quién acompañara a esta anciana venerable en su Liberia particular, en ese jardín de felicidad color púrpura?
Yo creo que estamos aquí para cavilar. Para preguntar. Y que preguntándonos por las cosas grandes, encontramos respuesta para las pequeñas, casi por casualidad. Pero sobre las grandes te quedas como al principio. Y cuanto más cavilo y me pregunto, más amor siento.
Disfrutad de esta novela excelente. Y ved también la interesante película homónima que dirigió Steven Spielberg y protagonizaron Whoopi Goldberg y Danny Glover. Y, por favor, recordad siempre que pocas cosas hay más duras en la vida que mantener una correspondencia con el silencio. Quizás que nadie pronuncie nuestro nombre.
Respondamos nuestras cartas.Muchas gracias.
Todas las citas han sido tomadas de: El color púrpura, Alice Walker. Trad. Ana María de la Fuente, Plaza y Janés, Barcelona (1983).
Imágenes:Danae de Correggio, Chica tocando mandolina de Caravaggio, El festín de Venus de Rubens y Madalena de Caravaggio.
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¿Dónde se denuncian los robos de cosas intangibles? En abril llegó una nueva colaboradora a MíraLES. También es víctima de robo. A ella le robaron diez años de su vida. ¿Cómo sucedieron los hechos? Comenzaron cuando tenía 20 años y acudió a su madre para decirle que, al parecer, le gustaban las chicas. Su madre acudió al sicólogo. El sicólogo acudió a sus juicios: “No te preocupes, eres normal (entendiendo normal como heterosexual). Lo único que sucede es que te obsesionas con chicas, pero eso no quiere decir nada, todo el mundo tiene obsesiones. Cuando te vuelva a pasar, vienes a verme”.
Ella vivió una década repitiéndose esas palabras cada vez que se enamoraba de una mujer. Ella vivió una década manteniendo relaciones breves y fallidas con chicos. Diez años le costó empoderarse y que sus sentimientos gritaran más algo que su sicólogo y su madre.