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por Rubén GP

El lustre de la perla

Junio 2011

 

El lustre de la perla es en esencia un relato de la pérdida de inocencia de una joven ostrera de un pueblecito costero que se convierte en estrella del music-hall londinense: Nancy Rey. Una adolescente que duerme el sueño de la niñez sin inocencia, ya que después de su fracaso personal se ve obligada a vender sus servicios sexuales a “caballeros”, rectos hombres victorianos, tan hipócritas como viciosos, que la confunden —por ir travestida— con un jovenzuelo de las calles.

Una joven disfrazada de caballerete que vive un tiempo como “esclava” sexual de una peculiar aristócrata viuda. Esta, una mujer acaudalada —tan refinada como impúdica, morbosa y autoritaria— introduce a su puta en el refinamiento de los exquisitos círculos sáficos del siglo XIX. Una vida de ociosidad, sumisión, desfiles eróticos, orgías y baños diarios en aceites y fragancias que concluye tan abrupta y repentinamente como empezó. El orgullo herido de la dueña y el pecado imperdonable cometido por la esclava acaban con esta última desnuda, golpeada y humillada en medio de una calle más oscura y solitaria que la noche.

—Sé —dijo él, lentamente— que erais... como novias.
—Como novias. De las que hacen ¿qué? ¿Se cogen de la mano? ¿Has creído, entonces, que eras el primero que te acostabas con ella? ¿No te ha dicho que me la follo?

Una joven sin sueños, ni inocencia, ni ilusiones... que vagabundea buscando una sombra amiga que la acoja bajo su manto de caridad. Le bastaba con una palabra amable, incluso se humillaría haciéndose pasar por analfabeta con tal de conseguir que alguien tuviera clemencia con esa esclava que osó incumplir la voluntad de la diosa Diana del palazzo conocido como Felicity Place.

Con un ramo de berros bajo el brazo, Nancy llega al que cree su último destino. Y se encuentra ante una puerta turbia y una cara fría y dura como el mármol ennegrecido de la entrada. Un recibimiento poco cordial seguido por unos días de tensa frialdad. La vida en la casa de Ralph y Florence no es fácil al principio. La propietaria es una mujer atribulada por el recuerdo de su desaparecida amante platónica y agobiada por su trabajo sindical. Una mujer pobre y caritativa con apariencia de estatua que acoge con temor y un abrazo de hielo a la humillada Nan.

Un gélido encuentro invernal que con el calor de la bondad y el ardor del sacrificio se transforma en un tórrido verano pasional. Un estío de proclamas políticas, oratoria inflamada y lucha por la igualdad femenina que desemboca en un romántico otoño. Una estación con afán de eternidad en el que los suspiros humedecen los labios de una pareja lesbiana con la misma cadencia que las hojas amarillentas caen de las hayas en las riberas del Támesis.

Cuando la veo —dije—, no sé lo que es. Es como si no hubiese visto nada igual en mi vida […]. Veo los número de los otros artistas y no me dicen nada..., son como polvo. Luego ella entra en escena y... es tan bonita, y tiene un traje tan bonito y una voz tan dulce... […]. No he visto nunca una chica igual. No sabía que hubiese chicas como ella...

Nuestra protagonista descubre muy pronto que, en menos de un instante, aquello que nos da la felicidad puede pasar a ser el manantial de la infelicidad más dolorosa. Y tan duro como este hallazgo es el convencimiento de que la realidad no es la cristalización de nuestras ilusiones.

Ante los ojos de Nancy el imaginado polvo de estrellas del maquillaje es sustituido por el negro hollín londinense de finales del siglo XIX. Y surgen los miedos típicos de una adolescente que da sus primeros pasos en la penumbra de la mansión del Amor después de haber golpeado tímidamente las aldabas de sus puertas.

Es fácil empatizar con los personajes principales, ya que pese a pertenecer al último aliento del siglo XIX, sus rasgos, comportamiento e ideales se han bañado en nuestra época y —con las salvedades obvias— pueden considerarse coetáneos. Los lugares y las situaciones planteadas encajan bien en el esquema general dela obra y lo hacen coherente. Y más aún las luchas interiores cuando esos personajes se enfrentan a una de esas ominosas encrucijadas del Destino. Encrucijadas anunciadas por ángeles que no siempre traen la Buena Nueva a nuestras vidas.

En El lustre de la perla nos serán revelados secretos del mundillo de la farándula, arcanos escondidos en el frú-frú de las sedas y el tintineo de los abalorios. Se nos dirá cómo aprender las costumbres de la gran ciudad mediante la observación y el análisis de sus habitantes, de sus tics y su comportamiento en el día a día. Una gran ciudad que concede la fama o envuelve en el anonimato según los deseos de quien frota su lámpara mágica siempre encendida.

Veremos que el combate entre el bien del ser amado y nuestro egoísmo personal por amor no siempre acaba con la victoria del primero de los ejércitos. Y confirmaremos que las consecuencias de estas batallas no pasan desapercibidas en el vecindario de nuestra conciencia.

He añorado a Lily durante tanto tiempo que he llegado a creer que desear algo era sólo otra manera de desearla a ella, pero ¡oh!, qué diferente me ha parecido este deseo cuando he sabido que te deseaba a ti, a ti sólo, sólo a ti...

Se nos presentará el nerviosismo y la desazón de ver la propia pasión ilícita reflejada en los ojos de otro individuo con una gran diferencia: en ese rostro rival esa pasión se vuelve “pública” y aceptada. Y sabremos cómo a esa intranquilidad se le une el dolor de suponer que la persona amada comparte esa pasión “natural” y la luce orgullosa en un paseo por el parque o en el velador de una pastelería.

Desde el borde del acantilado contemplaremos la oscuridad del océano de la resignación cuando el deseo debe ocultarse y la pasión tiene que ser enterrada por el temor que impone la intolerancia de una sociedad dura, correosa, incorregible e inflexible. Waters también nos deleita con la miel de la pasión prohibida, con ese temor a que nos descubran “haciendo el amor”, con ese placer que acompaña a la ruptura de una imposición.

Me siento como si hubiera estado repitiendo palabras de otros toda mi vida. Y ahora que quiero hablar por mí misma no sé cómo hacerlo.

Nuestros oídos se deleitarán aprendiendo la diferencia entre asistir a una función y estar en un teatro. Las palabras de Nan nos desvelarán poco a poco cómo son los interiores de un teatro: sus bambalinas, sus camerinos, sus palcos y plateas, sus fosos y gallineros, sus candilejas y sus sombras, sus estrenos y sus cierres...

Leyendo esta novela, advertiremos cómo las lentejuelas y el colorete de los artistas se acaban fundiendo con el individuo. Quien se enfrenta a un público desde un escenario es una aleación única, una mezcla de ser humano real y de personaje de sueños. Por eso, cuando se desvisten y limpian sus rostros, actores y actrices dejan una parte de su personalidad colgada en los percheros o empapando unos algodones en una palangana de porcelana blanca.

Una de las cumbres de El lustre de la perla se alcanza en una epifanía entre las candilejas de una sala de variedades en un barrio modesto de ese Londres obrero y revolucionario. Una conversión inmediata que sólo es igualada por la visión de luz del Amor que brota en la oscuridad de una buhardilla. Una buhardilla con hielo de estrellas en el techo y frías sábanas de basto algodón en el suelo. Y un par de cuerpos de fuego bailando entre ambos.

Pero si me quedaba con ella, tendría que ser como ella había dicho; tendría que aprender a refrenar mis impertinentes deseos sáficos y a llamarla “hermana” […]. Y si mi corazón y mi cabeza —y mis entrañas calientes, ansiosas— se rebelaban contra aquel desaire, tendría que reprimirlos.

Otro aspecto interesante de esta novela es la capacidad de su autora para reducir el mundo a un escenario de un garito londinense y, en sentido contrario, para trasladar la historia al teatro del mundo, convirtiendo pasiones particulares en sentimientos universales e intemporales.

Los ojos de Nancy son las ventanas desde cuyos quicios veremos la confrontación entre la apacible vida rural y el ritmo de la gran metrópoli que no descansa jamás, ni en las horas más oscuras de la noche. Los teatros provincianos empequeñecen de vergüenza al compararse con los coliseos capitalinos. Las humildes candilejas y los telones raídos sienten en sus oídos las risas de desprecio de las fatuas fachadas de mármol de esos inmensos teatros atiborrados de arañas de cristal, butacas de terciopelo, aristócratas, furcias y prostitutos.

Eran actos de amor, aquellas pequeñas y humildes atenciones, y de placer, y hasta puede que de una especie de auto-placer, pues me sentía extraña y encendida y casi avergonzada al realizarlos.

En este ambiente tan teatral un acto tan común como quitarse el maquillaje de la cara y la pintura de los labios adquiere la solemnidad de un ritual sagrado en presencia de la nueva creyente de esa religión ancestral. Esa religión de sacerdotisas y vestales, esa religión vedada al falo prominente.

El público de esos teatros es descrito como una masa prejuiciosa, ignorante y voluble. Una masa informe capaz de vitorear a dos chicas que actúan con ropa de hombre, jugando a confundir y a liberar las imaginaciones morbosas. Una masa anónima que si descifrara el lenguaje en clave de esa pareja femenina las insultaría y sepultaría bajo un torrente de escupitajos y blasfemias. Una público que más allá de su nivel educativo o posición social, ataca e injuria aquello que sale de la norma, de sus normas. Una masa conformista que necesita a un individuo valiente que ponga la verdad frente a sus ojos. Un público que, como el emperador del cuento, se deja engañar por los pícaros sastres que lo llevan desnudo por las calles. En El lustre de la perla es un borracho quien despierta a esa masa dormida, ya lo dice el adagio latino: “In vino veritas” (En el vino la verdad). Una palabra lanzada por la lengua de este oráculo con el acierto de una jabalina olímpica es suficiente para que todo el entramado se desmorone. Acusaciones y recriminaciones cuyas palabras nos sonrojan al leerlas; y lo hacen no por su intención o su contenido, sino porque esas misma palabras aún las escuchan cada día muchas mujeres (y hombres) consideradas “desviadas” en sus entornos más íntimos.

Me gustaría destacar que Sarah Waters recurre a un doble sentido con una nota de humor muy británica jugando con las ostras, los cuchillos y las perlas a lo largo de todo el relato. Basta recordar que las ostras son moluscos hermafroditas y que pueden ser hembra o macho según las necesidades “de la población”. Hay perlas entre valvas barbudas, en colgantes, collares, broches y gargantillas. Incluso las perlas adornan arneses de cuero y falos de madera. Cada una de esas perlas tiene un significado especial y es símbolo de quien la porta o la regala. Perlas infinitas que traen lágrimas —de placer o de tristeza— y traen risas —de alegría o de insatisfacción irónica—. Incluso hay una breve alusión a la Venus de Botticelli, esa diosa emergente de una ostra perlada.

Tienes que sostener la ostra en la palma de tal forma que la parte plana quede arriba... Así, así […]. Luego coges el cuchillo y lo introduces... no entre las dos valvas, sino en esta abertura. Y luego la sujetas y la abres […]. Hay que mantenerla derecha, porque está llena de jugo y no se te tiene que caer ni una gota, porque es la parte más sabrosa.

También recurre a la provocación y a los equívocos en ese omnipresente “donjuanismo” femenino. Son varios los personajes que disfrutan vistiéndose como varones y haciéndose pasar por tales. Una afición que es provocación y desafío a los imperativos sociales. Una sociedad caracterizada por su profundo desconocimiento de qué era el amor entre mujeres. Y no sólo ignoraba el qué, sino que también desconocía el cómo y el porqué, si es que había llegado a preguntárselo alguna vez.

Yo creía que si tú supieras que me gustabas como.., como novia... En fin, yo nunca había oído hablar de una cosa parecida, ¿y tú?

Y nos deja bien claro que la homosexualidad era un delito en el código penal victoriano y lo ejemplifica con una doncella adolescente llevada a un reformatorio por haber sido acusada de tendencias “sáficas” y corrupción de menores. En algún momento alude indirectamente a la condena de Óscar Wilde por ser sodomita, y de forma más directa a su poco pudorosa obra erótica Teleny. Y además nos regala algunos de los versos más conocidos (¡Oh, mi camarada!...) de Hojas de Hierba de Walt Whitman.

Cantó aquella noche como..., no puedo decir como un ángel […]; quizás, entonces, como un ángel caído; o mejor aún, como un ángel que cae: cantó como cantaría un ángel que cae fuera de los límites del cielo que acaba de estallar a su espalda, y con el infierno todavía lejos y todavía no presentido.

Paradójicamente, el suicidio de un cómico “acabado” pone fin a una fiesta decadente y da la salida de una maratón amorosa. Una carrera sentimental en la que dos criaturas emergen del hielo del glaciar y se funden en el barro del delta. Una maratón agridulce que, como en la tradición griega, se cerrará con la muerte del heraldo de la victoria.

La primera relación lésbica de Nancy arranca una noche en la que el Támesis arrastra trozos de hielo bajo el Puente de la Torre. Fragmentos desgajados de los corazones pétreos de dos amantes que hasta ese momento se habían negado a permitir que sus témpanos sucumbieran a la hoguera de un deseo sexual compartido.

Una niña que de ser actriz de reparto se convierte en protagonista. Una niña que comienza a sentir el polvo de las tablas del escenario en el dobladillo de sus pantalones de “chico”. Una niña que es sombra de una mujer, su complemento ideal. Una niña que es la profundidad de la silueta plana de una cantante de cabaret.

No dije nada; pero no me había sonrojado de pena. Me había ruborizado porque mi cabeza pelada y mi cuello desnudo me producían una sensación lasciva. Me había ruborizado [...] porque había sentido que me excitaba, me inflamaba y deseaba a Kitty. De hecho, cuanto más se acentuaba mi aspecto de chico, tanto más me parecía desearla.

Abandonos y renuncias que son sacrificio y alivio al mismo tiempo. Dejar atrás lo que hemos conocido no siempre se adorna sólo con tristeza y pesar, sino que suele ir ornado con las cadenas de la libertad y los pendientes de la alegría. La picaresca de la imaginación se ve superada por la maldad de la vida real. Lo impensable se estrella en nuestros ojos y los irrita como la sal del agua marina. El amigo se ha convertido en amante. Los cambios en los planes de viaje para aterrizar en la sorpresa se vuelven odiosos. Y lo son porque el destino real es la más cruel de las desilusiones: ésa que se arropa con el aroma de la traición. La vergüenza y el temor a asumir nuestra auténtica condición nos lleva a decir adiós al convoy de la felicidad. Y los celos. Esos celos que se lanzan al agua para capturar a la “ostra” que va a engendrar las perlas del placer carnal en el interior de su cuerpo vivo entre sus valvas.

Muy grande es también la vergüenza de volver al hogar humilde y vulgar. Una sensación contrarrestada al llevar muchos regalos en las manos. Regalos que ofenden sin quererlo, porque desentonan con el resto del mobiliario o porque hacen patente la diferencia de clases entre la “triunfadora” y el resto de “perdedores”.

Una familia que ama tanto a su hija que prefiere desterrar las sospechas y permitir que su niña parta con su amiga íntima. Una familia que desea el triunfo de su hija pequeña aunque ellos queden fuera de la carpa de ese éxito. Una familia que venda sus ojos para evitar frustrar la única ilusión de una adolescente en cuyos ojos ven el brillo de una perla, ese tesoro escaso que sólo aparece en una de cada mil ostras.

Como la amaba, no podía sino ansiar que viniese; pero nadie debía saber que la amaba, ni siquiera ella. Pensé que sería una tortura tener que sentarme a su lado en la mesa con aquel amor dentro de mí, mudo e inquieto como un gusano corrosivo.

Nuestros corazones tintinearán al sentir esa necesidad de ocultar, disimular los sentimientos para evitar que desaparezca la tierra en la que arraigan unos sueños que empiezan a tener brotes en sus ramas. Unos sueños hechos realidad que llevan el rubor a las mejillas de una joven niña con manos ásperas y olor a mar. Un aroma a ostras, a salitre y a arenques que en la nariz de la amante se vuelve fragancia de sirena. Y así, por la magia del enamoramiento, la Cinderella de la ostrería rural es elevada al trono del cabaret y al lecho de la prima donna.

El dolor que desgarra tu alma cuando el hierro candente de la traición la atraviesa. Tu confidente, quien más te quiere, aquel en quien más confías te abandona, te deja atrás porque no puede soportar lo que eres, lo que la Naturaleza te ha dado. Y la tristeza que supone decirle adiós a tu hermana/o y saber que en esa palabra la estás perdiendo para siempre.

Nuestra cada vez menos inocente protagonista emprende un viaje de la opulencia a la sordidez, un trayecto solitario de la tramoya del mercado de almas al mercado de la carne en un suburbio. Un viaje que se repetirá en los dos sentidos un par de veces más durante el relato. Y es que en ocasiones, el destino nos abofetea el rostro y funde nuestras ilusiones como la llama de una vela derrite la mantequilla en la tostada que acompaña nuestro té.

Me pides que me alegre por ti, Nancy, tienes que saber que lo único que he querido siempre, de todo corazón, más incluso que mi felicidad, es que tú fueras feliz. Pero también tienes que saber que no puedo alegrarme por tu amistad tan anormal y extraña con esa mujer. Nunca […]. Crees que eres feliz, pero sólo estás descarriada, y esa mujer, tu “supuesta” amiga, tiene la culpa.

La sorpresa al ver que el día aparentemente más oscuro no es el Pórtico del Infierno, sino la Puerta del Paraíso. La esperanza de una nueva oportunidad se reencarna en un traje azul de sarga y en un uniforme de soldado con guerrera roja y pantalones blancos. Haciéndonos ver cómo la prostitución es uno de los pocos recursos disponibles para un pobre travestido.

La lesbiana se convierte en prostituto por la magia de la necesidad y con la ayuda del travestismo de las variedades. Sorprendentes encuentros entre cupés con encajes dorados y guardias reales de uniforme con corbatas de seda en la entrepierna.

Encuentros sexuales descritos con abundantes detalles, desde los prolegómenos hasta la consumación del placer. Orgasmos solitarios y éxtasis compartidos en atmósferas de vicio y morbo. Orgías, sadismo, cueros y arneses con falos prominentes, libros eróticos, juguetes sexuales en baños de vapor, prostitución femenina y masculina.

Creo que fue el pelo lo que más me atrajo. Las mujeres que yo había visto con el pelo tan corto lo llevaban así porque habían estado en el hospital o en la cárcel; o porque estaban locas. Nunca se habrían parecido a Kitty Butler. El pelo se le ajustaba a la cabeza como un gorro cosido, expresamente para ella, por un sombrerero de dedos diestros.

En El lustre de la perla hay algunos momentos faltos de ritmo que se compensan con pasajes en los que la acción es impetuosa y desbordante. Después de leerla percibes que es una obra irregular, con algunas concesiones a la galería, que peca de poca naturalidad en algunas escenas y que en ocasiones recurre a tópicos demasiado frecuentes. Y al mismo tiempo quedas convencido de que es una novela entretenida, bien documentada, con párrafos deliciosos, un buen uso de los dobles sentidos, con una trama bien ajustada, sin cabos sueltos ni personajes abandonados, con profundidad psicológica en los protagonistas y buenos perfiles secundarios como Ralph o Diana. Y concluyes que es un buen ejemplo de literatura lesbiana, muy explícita y comercial en el mejor sentido de este adjetivo tan impopular.

Poner a mi servicio el agujero del culo; o tus lindos labios, quizás. O simplemente meter tu bonita mano blanca por la ranura […]. La tengo más dura que el palo de una escoba y ansiosa de vaciarse.

En las casi 500 páginas de esta novela, además, hay espacio para retratar la situación del Londres pre-bélico con las luchas entre los ricos patronos y las masas obreras. Trabajadores que por entonces empezaban a agruparse en sindicatos marxistas y partidos anarco-comunistas buscando una mejora sustancial en sus condiciones laborales. En esta última parte, el lector puede oler la pobreza y saborear la privación. Se tienen ganas de calentar esos pies con sabañones y esas manos despellejadas y enrojecidas por la dureza del trabajo y la frialdad del agua.

Y la discriminación dentro del mundo homosexual también tiene un lugar entre esas páginas. Hay lesbianas capaces de llamar butches (marimachos) a otras sáficas. Sienten vergüenza al considerarse incluidas en el ambiente de “esas individuas”. Acotan territorios y dejan muy claro que ellas no son de la misma naturaleza que las otras. Reniegan de su colectivo y se ponen por encima diciendo: “Yo no soy una marimacho. A mí sólo me gusta ella” mientras sus pupilas se concentran en esa ella.

Me cogió la muñeca y suavemente condujo mis dedos hasta sus pechos. Cuando se los toqué ella suspiró y […] volvió a agarrarme de la muñeca […]. Allí Kitty estaba húmeda, y lisa como terciopelo […]. Fue como si me tocase yo misma, porque la mano resbaladiza que la acariciaba a ella parecía acariciarme a mí: sentí que mis bragas se ponían húmedas y calientes...

Una denuncia áspera suavizada por párrafos con detalles tan tiernos como aquellos en los que se recurre al símbolo de una rosa como broche bajo un velo, como adorno en un escote, como sello de una relación acabada, como nota de alegría en una desgastada americana gris, como tributo a las candilejas de un teatro vacío...

¿No os apetece deleitaros con el jugo delicioso que se esconde en la más excelente de las ostras de Whitstable, las mejores del condado de Kent, las más finas de Inglaterra?

Son ostras con valvas húmedas, cálidas, cosquilleantes y muy, muy jugosas.

Todos ellos loando las delicias de lo que yo llamaría amor de tortilleras pero que los libros, al igual que Diana, llamaban pasión sáfica […]. Yo no la había follado, no habíamos jodido […]. No tenía un chocho o un coño entre las piernas.

¿Y no os gustaría saber el significado de la expresión —sacada de la jerga teatral— que da título a esta interesante novela de Sarah Waters?

Si vuestra respuesta es sí, os basta con leerla. Gracias.

Todas las citas han sido tomadas de: El lustre de la perla, Sarah Waters, Trad. Jaime Zulaika, Anagrama, Barcelona (2004).

Imágenes:El origen de la Vía Láctea de Tintoretto, Naturaleza muerta con flores y fruta de Jean David de Heem, Leda y el cisne de Correggio, Venus con espejo de Tiziano, Retrato de una mujer luciendo sus pechos y Mujeres jugando de Tintoretto.

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