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por Rubén GP

Las bostonianas

Junio 2011

 

Las bostonianas de Henry James es un relato —escrito por entregas para la revista The Century— que tiene como eje la lucha por el sufragio femenino. Esa batalla en la que tuvieron que concentrarse cientos de mujeres tan entregadas como valientes en todos los países del mundo. En España el denodado esfuerzo de mujeres como Hildegart, María de Maetzu o Clara Campoamor fue el que consiguió rectificar esa injusticia histórica bastantes años después de haberse logrado en el Reino Unido o en los EE.UU. Y además de por este interesante trasfondo político feminista, os comento este libro porque es una de las primeras novelas en las que hay una pareja de “amigas íntimas” como protagonista indiscutible.

Había creído hasta entonces que en espíritu había una doble llama, la mitad de la cual se dirigía hacia una amistad íntima con una persona verdaderamente extraordinaria y la otra se dirigía hacia los sufrimientos de las mujeres en general.

La primera mitad de esa curiosa pareja a la que conocemos es la señorita Olive Chancellor. Ella es una dama de la burguesía de clase media-alta de la por entonces pequeña ciudad de Boston. Una abolicionista, racionalista y jacobina cuya vida estaba consagrada a la defensa de los derechos de la mujer. Una mujer sometida voluntariamente a una “virginidad perpetua”, que vive ese peculiar celibato en la casa familiar que compartía con su hermana viuda Adeline Luna. Olive era una vestal del sufragismo universal inmersa en una ciudad donde nadie miente. Y nadie tenía necesidad de mentir porque no había preguntas indiscretas que contestar. El famoso Don't ask, don't tell! del ejército estadounidense en una vertiente civil.

Y la “media naranja” de Olive es Verena Tarrant. Una joven con aspecto de sauce en llamas a la que le ha sido concedido el don de la diosa Atenea-Minerva: la elocuencia [Habilidad ansiada por el autor, que sufría un acusado tartamudeo]. Nada más ver a esta muchacha, la señorita Chancellor sabe que debe consagrarla a “su causa” y convertirla en sacerdotisa célibe del feminismo. Es una joven contradictoria, asustada, ignorante, sumisa... que poco a poco descubre el mundo. Y cuando cree saber lo suficiente sobre él, entonces... entonces actúa como veréis en este largo relato. Verena es hija de un pastor-curandero-charlatán y de una médium que ha tenido a la pobreza como hermana y a la necesidad como tutora. Nada hace especial a esta chica desgarbada más allá del rojo encendido de su larga melena. Ese detalle y su habilidad para mover a las masas con la única fuerza de sus palabras. Poco importa el contenido de su mensaje, pues el timbre de su voz, los gestos que la acompañan y el magnetismo de su persona logran convencer y llevar a casi todos a su redil.

Había logrado reducir a su auditorio a un solo hombre; la atención general era apasionada; el público sonreía cuando ella sonreía, permanecía inmóvil cuando ella hablaba con solemnidad; y era evidente que...

El tercer personaje en discordia es Basil Ransom. Él es un caballerete nacido en el estado de Mississippi, un látigo de llameantes ojos negros. Un combatiente sudista derrotado y arruinado que pretende salir adelante en una de las ciudades más importantes del Norte triunfador: New York. Encarna el prototipo de terrateniente con nombre y sin dinero que ha cambiado las mansiones sureñas de seda y alabastro por hoteluchos norteños con cortinas de sarga y ladrillos mohosos. Hombre galante, algo tímido y muy caballeroso, es primo lejano de la antipática y siempre fría Olive. Machista acérrimo, a lo largo de la novela defiende sus ideas sin cambiarlas un ápice. Ideas que pueden resumirse en: las mujeres son lo más bello de la Naturaleza; han sido creadas para satisfacer los deseos del hombre; y cualquier aportación de la mujer a cualesquiera de las ramas del Saber es una estupidez, ya que el intelecto femenino no ha sido hecho para pensar. Las únicas excepciones a este último postulado serían las llamadas “marimachos” y las predestinadas a ser “solteronas”. Unas ideas reaccionarias que eran típicas en prácticamente todos los caballeros de los estados sudistas. Y que aún son características de algunas sociedades contemporáneas.

Se trate de lo que se trate, lo único que hay que hacer es buscar a la dama; ella es la explicación. Bueno, yo siempre estoy en busca de ella y siempre la encuentro. Por supuesto que siempre me produce un gran placer; pero eso viene a probar que ella es el motor universal.

Este buen caballero queda prendado de la “curiosa” Verena y pese a todos los obstáculos que se interponen en su camino —Olive el más importante de ellos—, persigue sin descanso al objeto de su deseo. La corteja y la acosa con galantería y condescendencia, recurriendo a todas las artimañas a su alcance. Acude a los mítines feministas, y se retira para volver a la carga. Y así continúa hasta que... hasta que ocurre lo que vais a conocer cuando leáis Las bostonianas.

Los demás personajes son tan complejos como el trío protagonista y encarnan a la perfección los vicios y virtudes que el autor trata de presentarnos a través de ellos. Entre estos os destacaría a la entrañable señorita Birdseye, toda caridad y entrega a los demás. Y a su compañera de fatigas, la doctora Prance. Mujer rígida, profesional y sin más curiosidad que la dirigida a la Medicina, su segunda pasión. La primera se arremolinaba entorno a esa viejecita octogenaria con un alma tan fuerte que es capaz de apartar a esa doctora de acero de su consulta durante un mes. En sus propias palabras, “la señorita Birdseye es la única persona del mundo por la que ella —la doctora Prance— haría tal sacrificio”. Otra relación lésbica encubierta en la que se intuye todo pero no se confirma ni se muestra nada

Ese tono le produjo la primera manifestación de impaciencia, la primera, literalmente, la primera nota de reproche que había surgido en el curso de su notable intimidad. Las mejillas de Verena se encendieron, y sus ojos...

Un detalle de la maestría literaria de Henry James es que el perfil psicológico de cada uno de estos personajes —algunos extravagantes y estrafalarios— viene dado por la descripción de sus rasgos físicos, de las cualidades de su voz, de sus gestos y ademanes, de su lenguaje y sus expresiones, de sus actitudes...

La historia transcurre en un país que está comenzando a cerrar las heridas abiertas por la Guerra de Secesión. La mayor mancha de sangre de la Historia de esa nación que fue adalid de la Independencia y precursora de los regímenes democráticos modernos. Nación que encarnó la Libertad y llevó a la práctica los principios de la Revolución francesa. Ese movimiento liberador que triunfó 13 años después de que las 13 antiguas colonias británicas firmaran la Declaración de Independencia.

Desde aquella primera entrevista sintió que había sido conquistada y se abandonó a este sentimiento con los ojos cerrados, como lo hacemos cuando una persona en quien tenemos plena confianza nos propone, con nuestro consentimiento, hacernos conocer una nueva sensación.

Mediante Las bostonianas, James se aventuró a mostrar a aquellas mujeres (y hombres) que leyeran la novela y compartieran esas “virginidades perpetuas”, que no estaban solas y que su peculiaridad no era algo contra-natura. Olive Chancellor era un personaje respetado en su comunidad y se movía en círculos femeninos sin mayores problemas. Mediante su historia les hacía ver que era posible vivir su opción, aunque fuera en el espacio limitado de su “hogar-santuario”. También se ha comentado que junto a esto, el autor quiso criticar la volubilidad de la masa que se deja arrastrar con docilidad por cualquiera que maneje bien el arte de la oratoria. Y que al mismo tiempo intentó prevenir de los peligros de los personajes populistas que empezaban a surgir en ese Nuevo Mundo incipiente. De hecho, en el último tramo del libro, la actitud del público —como colectivo— recibe críticas directas. Y se percibe el esfuerzo del novelista por diferenciar al individuo pensante y único de la masa anodina y aborregada. Por desgracia, este último fin no llegó a cumplirse, pues el populismo sigue siendo uno de los grandes peligros de nuestras sociedades. Aun a pesar de saber dónde acabaron los movimientos de este tipo, independientemente de cuál fuera su color.

La aspiración más secreta, más sagrada de su naturaleza, era la de poder tener un día una fortuna semejante: ser una mártir, poder morir por algo digno.

Otro de los problemas tratados en Las bostonianas es la esclavitud y las concepciones opuestas que sobre ella tenían los dos bandos de la Guerra de Secesión. Y no sólo la esclavitud de las plantaciones de algodón. La clave de la lucha de esas mujeres no está en su combate por obtener el derecho a votar libremente. El objetivo de su batalla es conseguir el derecho a sentir, a sentir en libertad, sin tener que someter sus sentimientos a los deseos de su “amo”. Ésta es la auténtica esclavitud que las mujeres pretendían abolir después de que el presidente Lincoln hubiera liberado a los “trabajadores” del Sur. Y ése es el mensaje central de esta novela, más allá de su desarrollo o su desenlace: la mujer debe ser libre para sentir, para amar sin que nadie le imponga un quién, un cuándo o un cómo.

¡Oh! ¿Cómo podría yo pedirle que renuncie a algo? Soy yo quien renunciaré... renunciaré a todo.

En ningún párrafo de la novela veremos las palabras lesbiana, o lesbianismo, o sáfico, o tríbade, o.... No hay una sola referencia directa y, sin embargo, desde el principio es claro como un cielo de primavera que las protagonistas son una pareja lésbica. La obra fue escrita en 1886 cuando aún la sociedad de los EE.UU. —incluso en los estados más progresistas del Noreste— era bastante pacata y mantenía un estricto código moral victoriano. Lo público y lo privado estaban bien diferenciados. Y mientras las relaciones “íntimas” no abandonaran la privacidad del hogar, nadie iba a poner objeciones a que dos muchachas vivieran juntas en una muy estrecha amistad.

Mediante eufemismos de este tipo es como Henry James se refiere a la relación lésbica que vinculó a las protagonistas durante varios años. Y ahora nos parecerá ridículo, pero volviendo a la época en la que se publicó Las bostonianas debemos admitir que fue toda una osadía que James escribiera esta novela.

Este pequeño grupo era bastante heterogéneo y más bien suburbano; abundaba en damas que deambulaban con libros […] y con pequeños ramilletes de flores exquisitas que se regalaban unas a otras.

Un relato delicioso, una buena muestra de la literatura realista estadounidense. De gran belleza formal y con unos personajes tan profundos y tan bien definidos que no es difícil verlos ante nosotros en sus ambientes. La precisión en las descripciones las hace capaces de transmitir la ampulosidad de un salón de la más alta sociedad o la pobreza de la salita de una casucha de los bajos fondos. Y mejores aún son los paisajes que nos pintan las palabras de James. La belleza serena y la quietud de las regiones costeras, la hermosura salvaje de los bosques y los páramos, la pulcritud de los barrios nobles de Boston o New York, la sordidez de las barriadas con calles de madera, paredes de humedad y techos de hollín.

La señorita Chancellor era una mujer predestinada a la soltería. Tal era su condición, su destino; nada podía estar escrito más claramente. Existen mujeres solteras por accidente y otras por propia elección, pero Olive Chancellor era una mujer ajena al matrimonio por todas las implicaciones de su persona. Era soltera como...

Ambientar la trama en Boston no es casualidad. Si en Philadelphia brotó la Independencia y la idea de Nación, en esta ciudad atlántica es donde arraigó el germen de los grandes movimientos estadounidenses de liberación: la abolición de la esclavitud, el sufragio para las mujeres, la igualdad legal de varones y hembras, la lucha por evitar la segregación racial, la defensa de la independencia de las mujeres casadas, el acceso a la universidad de las féminas... No en vano, la universidad de Harvard fue una de las primeras en crear colleges para mujeres, para formar doctoras, abogadas, profesoras y juristas.

Es curioso cómo se nos muestra en esta novela la rivalidad entre Boston y New York. La primera aparece como ciudad del Saber y de los valores, aferrada a las costumbres, discípula de la Cambridge británica, más apegada al Viejo Mundo. La segunda emerge como la gran urbe cosmopolita, la gran dama del teatro y el vodevil, la ciudad de los inmigrantes, de la vida al instante y de las oportunidades de cristalizar el “sueño americano” en ese Nuevo Mundo.

Tal era la estrechez de puntos de vista de personas que hasta ese momento uno suponía con capacidad para abrir sus corazones a todas las novedades reformadoras, y que de pronto se veían enfrentados a una prueba auténtica.

En Las bostonianas no hay condescendencia con ningún vicio o “defecto” adquirido. Todos ellos son despreciados o criticados con dureza. Una crítica acerada bien acolchada por el almíbar de las palabras elegantes. Y es que la más amable de las dulzuras puede esconder la más venenosa de las dagas. Y la mentira más abyecta se puede acomodar entre las más hermosas palabras sin que nada rechine en el mensaje. También se siente la crítica hacia las obligaciones sociales y la cortesía absurda. Y se deja sentir el incipiente poderío de la prensa, que habría de convertirse muy pronto en el Cuarto Poder.

Aun entre los reformadores ella establecía diferencias; pensaba que todas las personas sabias ansiaban grandes reformas, pero que no todos los patrocinadores de esas reformas eran necesariamente sabios.

Olive y Verena emprenden un viaje a la Antigua Europa que cierra una etapa de formación, de cimentación de ideales y de creación de necesidades. Sobre este viaje iniciático tan sólo se comentan las estancias de la pareja en los círculos femeninos de Londres y París, las dos grandes capitales “sáficas” de la época. Se alaba lo mucho que aprendieron de las mujeres que allí compartían su lucha y de cuán avanzadas estaban en los aspectos organizativos. Y también se menciona la belleza de la capital del Renacimiento: Florencia. Otro nombre ligado a la libertad sexual de las sociedades griegas en las que se inspiró.

A medida que avanza la narración es fácil darse cuenta de que todos los personajes saben el tipo de relación que une a esas dos jóvenes. Olive compra el silencio de los poco escrupulosos padres de Verena con cheques periódicos por cantidades muy jugosas. Y no sólo compra su silencio, en el fondo está comprando a esa chica de quien ella se ha enamorado.

Y la tiene que comprar porque Verena no comparte la orientación de Olive. Y si vive con ella es por su... Bueno, ya descubriréis vosotros mismos cuáles son las razones por las que la oradora pelirroja consiente someterse a los dictámenes de la adusta sacerdotisa de Safo. Una mujer paciente que como una araña astuta teje una red alrededor de su presa. Sin asfixiarla pero manteniéndola bien atada, bien atrapada. La capacidad de sufrimiento se enfrenta al deseo de libertad. El espíritu de sacrificio combate con el ansía de placer carnal.

Un comentario despreocupado sobre el Fausto de Goethe nos da la mejor pista para entender la evolución de la historia de ese feliz segmento forzado a ser un triángulo imposible.

Todas las personas volvieron la cabeza para ver a Olive mientras avanzaba, y Ransom oyó que un caballero, a su lado, le decía a otro:
—Me imagino que ella será también de la misma especie.

Esta novela fue acogida con frialdad por la crítica coetánea y fue rechazada por su visión política. Después su valoración fue mejorando, a medida que se centró en su valor literario y en la profundidad de su trama y en la calidad del retrato costumbrista que nos ofrece. En 1984 James Ivory rodó la película homónima. Una adaptación interesante protagonizada por Vanessa Redgrave (Ganó el Globo de Oro y fue nominada al Óscar), Madeleine Potter y Christopher Reeve.

Verena sabía que todo aquello no la conduciría a nada, ya que cada cual debe dirigir su propia vida; era imposible dirigir la vida de otra persona, especialmente cuando esa persona era tan diferente, tan arbitraria e inescrupulosa.

Mención aparte merece la traducción del insigne escritor mexicano Sergio Pitol. La musicalidad de la versión española de la obra supera a la del original en inglés. La fluidez de las palabras, la dulzura de las descripciones sin caer en el empalago, la amabilidad de los giros, la elegancia de las ironías, la ternura y el mimo con el que Pitol ha traducido la novela se consiguen pocas veces. Por eso, más allá del interés que pueda suscitar el tema de la narración, su extraordinaria belleza formal y la armoniosa cadencia de sus párrafos exquisitos merecen que leamos Las bostonianas con atención.

Una novela con un tono melodramático, con intrigas en opulentos salones de baile con entarimados de vanidad y artesonados de prejuicios. Una obra en la que también hay espacio para analizar algunos de los problemas típicos de una sociedad tan rígida como clasista o los conflictos asociados a esa superstición popular que enriquecía a cientos de espiritistas y curanderos.

Sus capítulos son breves —no más de doce o quince páginas— y podrían animarnos a leerlos poco a poco. Sin embargo, el relato ha sido tan bien hilvanado que cuesta dejar el libro una vez que nos hemos dejado enredar en su telaraña. Ansías saber cómo arrancará la carrera de Verena, cuál será la salida a su dilema, en qué sentido irán sus esfuerzos y cómo acogerá el público sus palabras y sus actos.

Y este deseo de continuar leyendo se ve favorecido por el diálogo que James establece entre el narrador y el lector. Un diálogo respetuoso con la intimidad del personaje. El narrador no desvela todas y cada una de las ideas o los sentimientos del elenco protagonista. Muchos de ellos, así como sus motivaciones e intereses futuros, permanecen en el terreno de la conjetura o velados por el secreto. Así obliga al lector a pensar y a trazar por su cuenta un esquema, a crear su propio orden en la acción.

Ella no insistió, consciente como siempre de que en una relación como la suya, cada una de las partes debía guardar un profundo respeto por la libertad de la otra. Hasta entonces nunca había violado la libertad de Verena, y por supuesto no era...

Por todo ello, Las bostonianas es un libro capaz de conseguir que una risa de victoria suene en nuestros oídos como un alarido de derrota y desesperación. Una novela con un cierre que ha sido elegido con libertad y apasionamiento. Un cierre que es la primera y premonitoria etapa de un futuro descrito magistralmente por Henry James en poco más de una docena de palabras.

Ya las descubriréis. Gracias.

Todas las citas han sido tomadas de: Las bostonianas, Henry James. Trad. Sergio Pitol, Mondadori, Barcelona (2006).

Imágenes:Mesa con postres de Jean David de Heem, Molino de agua y Paisaje con bosque de Hobbema Meindert, Naturaleza muerta con libros de Jean David de Heem, Mujer con un cuenco de frutas de Tiziano y Leda y el cisne de Jacopo Carucci.

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